jueves, 11 de diciembre de 2008

LLUEVE


Se que estas afirmaciones se hacen con escaso rigor (no rigurosidad, como está tan de moda decir mal) pero no recuerdo tanta lluvia seguida en mi vida. Ya, ya se que el agua es necesaria y una bendición y todo eso pero tantos días seguidos de charcos, limpiaparabrisas, botas, penumbra y humedad me tienen hasta el culo. El constante azotar del agua rabiosa contra los cristales me trae a la memoria un cuento que incluí en "La Radio Encendida" y que te reproduzco por si tienes unos seis minutos para leer (y no lo conoces ya). A ver que te parece. (atchissssss!)

CONCIERTO PARA PIANO Y OLAS

Querido Iván. Ahora que estoy muerto ha llegado el momento
de que leas esta carta. Tengo que advertirte desde el principio de
que se trata de algo importante que sin duda te afectará.
Si todo se ha desarrollado tal y como lo planeé, te habrán hecho
llegar el sobre con este texto en su interior, tras mi desaparición.
Si has seguido las indicaciones, te imagino leyendo en soledad,
con tiempo suficiente por delante para una lectura reposada.
Antes que nada, hijo, quiero que sepas que siempre traté de ser
un buen padre para ti. Imagino que lo logré a medias. Yo nunca
tuve demasiada vocación. En el fondo de mi alma siempre pensé
que nadie tiene derecho a traer vidas a este perro mundo y mucho
menos a enfrentar a nadie con la incógnita de su propio final.
Quizás te suene duro, pero para mí, fuiste un hijo “asumido” más
que deseado, una consecuencia del amor que sentía entonces por
tu madre y hasta cierto punto, una de las causas de nuestro alejamiento.
Cuidado Iván, no te culpo de nada. Quiero decir que tu
presencia agudizó nuestras diferencias, pero estas habrían acabado
con nuestro idilio tarde o temprano. No, yo no deseé tu llegada
al mundo, pero una vez que ocurrió siempre estuviste en mi
corazón y en mis pensamientos. Llevo muy vivo conmigo el
recuerdo de mi padre al que también quise con dolor y la verdad,
espero al menos haber mejorado aquella difícil relación.
Te adelanto que se trata de revelarte un secreto y por tanto
tengo que empezar por pedirte disculpas. Espero que al término
de tu lectura, comprendas al menos por qué decidí ocultarte todo
esto hasta el día de mi muerte. Otra cuestión, bien diferente, es
que puedas perdonar lo que te voy a contar. Me pongo en tu lugar
y reconozco que yo mismo no sé muy bien cómo reaccionaría de
verme en tu situación. También te confieso que he calibrado con
minuciosidad, durante todos estos años, la posibilidad de ocultártelo
para siempre, al fin y al cabo sería una forma de ahorrar
previsibles disgustos. Finalmente me he decidido a contártelo
así. Quién sabe, el destino es traicionero y siempre existe la posibilidad,
por remota que sea, de que los hechos se descubran de la
manera más inesperada sin que tú tengas mi versión. Eso es algo
que me tortura íntimamente y es también la razón última de que
me haya puesto a escribir. Te diré también que los secretos son, al
parecer, una constante en la familia. Mi propio padre mantuvo
una relación amorosa durante décadas y tu abuela no lo supo
hasta después de su muerte.
Los hechos que te voy a narrar sucedieron hace mucho tiempo,
cuando tú tenías dieciséis años y tu madre y yo nos acabábamos
de divorciar. Fue un periodo duro y penoso para todos. No sé muy
bien cuántos recuerdos conservas de aquel triste periodo, permíteme
que te sitúe.
Tras la ruptura yo me fui a vivir a nuestro decrépito apartamento
de la costa. Era un enero cabrón y yo me sentía la última
mierda del universo. Fueron días eternos de ocio melancólico,
pijama y zapatillas. Mi único aliado entonces fue el piano. Aquel
instrumento era un mueble inerte y mudo, desde que tu desistieras
de aprender a tocarlo. Su abrumadora presencia en el que
fuera tu cuarto de verano constituía un monumento al fracaso.
Vete a saber, quizá fuera precisamente por eso que yo tendiera a
sentarme junto a él y juguetear con sus teclas. Ya sabes que yo no
sabía gran cosa de notas ni de armonías, pero de forma instintiva
iba creando mis propias melodías. Aunque no lo creas, siempre
he tenido algún oído para la música. En la escuela primaria estu-
ve varios años cantando en el coro y durante mi juventud hice mis
pinitos con un viejo órgano Hammond heredado de mi tío. Tras
días de enredar distraído, me iban saliendo dibujos de cierta consistencia.
Bien, ya lo sé, eso no es exactamente “tocar el piano”,
pero sin ser grandes sinfonías, los resultados tenían su belleza y
al menos hacían más liviano el lento y torturante discurrir del
tiempo. El rumor de las olas, chocando tercas contra los acantilados
contiguos al edificio de apartamentos donde habitaba, se
sumaba a menudo a mis incipientes composiciones en aquel
duro invierno.
Reunía yo entonces fuerzas para acometer algunas tareas
inaplazables: vender la maldita vivienda donde veía pasar mis
días, alquilar algún piso barato en la ciudad y enfrentar una vuelta
al trabajo decidida y en clave positiva, que pusiera fin a una
baja por depresión que ya se alargaba demasiado. El propio agujero
donde invernaba era un rastro penoso de la época en la que
pasábamos allí veranos bulliciosos en familia y el piano constituía
uno de los pocos muebles que –por razones de peso– no habían
sido arrastrados por el largo y doloroso naufragio amoroso. Por
no tener, no tenía ni televisión…
Acurrucado en una tristeza existencial sin grandes altibajos
–supongo que gracias a la medicación– procuraba que mis días
contaran siempre con simples tareas inminentes: Bajar a hacer la
compra, calentar algo de comer, arrastrarme hasta la ducha,
escuchar cualquier cosa por la radio, dormir a cualquier hora, llamar
a la inmobiliaria… En realidad aquella existencia vegetativa
acabó siendo casi llevadera y si por mí fuera, la habría alargado
sine die, pero también estabas tú Iván. Tú necesitabas un padre a
tus dieciséis confusos años y no un mamarracho desaliñado con
el que aburrirse poderosamente cada cierto tiempo. En demasiadas
ocasiones yo renunciaba a los días que me correspondía estar
contigo sólo porque no me veía capaz de ofrecerte nada más que
mi patética compañía.
Cuando te tocaba venir, obligado por la ley y por tu responsabilidad
de buen hijo, yo me sometía a un lento y esforzado afeitado,
preparaba comidas de verdad y hasta planchaba algunas prendas
como quien escala el Alpe d’Huez. También adecentaba un poco
la casa, lo suficiente para que en el posterior interrogatorio, tu
reverenda madre no obtuviera unas conclusiones demasiado alarmantes
sobre mi situación.
Pero no había manera. Nuestras conversaciones eran lacónicos
intercambios de tópicos, el tiempo pasaba lento, denso, insoportable
y aunque era evidente que nos queríamos, aún lo era más
que preferíamos huir en direcciones opuestas. En cada despedida,
al verme sólo de nuevo, mi delicado castillo de naipes anímico
se desmoronaba sin remedio. De poco valían entonces pastillas
ni consejos médicos, la tristeza se tornaba dolor y la existencia
castigo. La cadencia de las notas podía repetirse lenta y agobiante
durante horas.
Pero un día algo cambió. De pronto, un taciturno domingo por
la tarde, nuestro intento de conversación de sobremesa contó con
un invitado sorpresa. El rugido de las olas se mezcló con unos
inquietantes resuellos que parecían venir del piso de abajo. Los
apartamentos de la costa no suelen alardear de la solidez de sus
tabiques. La evidencia era aplastante. Allí había sexo intenso,
hacían el amor como sólo lo pueden hacer amantes desenfrenados
con hambre atrasada. Yo tenía la difusa conciencia de que la
vivienda estaba habitada desde fechas recientes, alguna vez había
coincidido en la escalera con una mujer joven, seguramente
extranjera, pero esta era la primera vez que notaba su presencia.
Dudo que lo recuerdes pero entre tú y yo, entonces, se produjo una
repentina corriente de connivencia y nuestras bocas sonrieron a la
par. Sí, ya sé que no es gran cosa, pero aquella tarde fue mejor.
Cada nueva espiral de jadeos, cada escalada en el rítmico crujir de
muelles era un nuevo motivo para nuestra íntima celebración.
Horas mas tarde pudimos observar entre cortinas como se aleja-
ba, con ademanes furtivos, el presunto amante, un hombre fuerte
y menudo de mediana edad, con bigote y cabellos entrecanos,
embutido en una chaqueta vaquera con los cuellos levantados.
Aquella solo fue la primera de una larga serie. Episodios similares
se fueron sucediendo desde entonces con frecuencia. A
veces, al alboroto habitual se sumaban sonidos de origen indefinido.
Extraños chasquidos, golpes secos, aullidos apagados… mi
consciencia era incapaz de decodificarlos y mi imaginación barajaba
alternativas que a mí mismo llegaban a asustarme. Algo así
ocurría también con los llantos. Su ubicación, a menudo enredada
entre gemidos de placer, los situaba en el terreno de lo insondable.
Las sesiones podían alargarse durante auténticas eternidades
y cuando ya pensaba que el agotamiento los habría derrotado,
mi capacidad de asombro era retada con un nuevo resurgir.
Pasado un tiempo, no mucho, el compacto tipo del bigote salía
escopeteado por el portal y desaparecía en las sombras.
Una mañana la vi en la tienda. Era más joven de lo que yo suponía.
Sin ser una top-model, el conjunto transmitía una sensación
de serena belleza. Aunque mantenía una sonrisa de vocación cortés,
me pareció que su mirada no podía disimular alguna melancolía.
Esperábamos turno y me sorprendió que se dirigiera abiertamente
a mí:
–“Usted debe ser mi vecino, el que toca el piano ¿verdad?”
La mención a mi supuesta cualidad me hizo sentir un enojoso
calor interior. A Loli, la tendera, le faltó tiempo para darse por
enterada. En aquel primer intercambio de cortesías con mi nueva
vecina, pude saber que su nombre era Olga, que venía de la lejana
Georgia y que tocaba el violín. Llevaba menos de dos años fuera
de su país y sin embargo su dominio del castellano era notable.
Cuando salió de la tienda, Loli, la viuda, que apenas me hablaba
desde el divorcio, me aventuró algunas de sus deducciones:
–“Para mí que el tipo ese la tiene de entretenida, ya sabes, estas
pobres chicas llegan con una mano atrás y otra adelante y no tienen
donde caerse muertas”.
Loli, es decir, Doña Dolores y yo, no habíamos simpatizado
nunca. Su marido era en vida, algo así como el borracho oficial de
la urbanización y tras muchos años de calvario ella parecía albergar
un sordo resentimiento hacia la totalidad del género masculino.
Durante los días de nuestro cataclismo amoroso ella solía
ejercer de confidente para Julia. Algo en su mirada parecía escupirme
sutilmente. El destino, sin embargo, había querido que
ambos compartiéramos soledades invernales entre aquellos
inhóspitos y carcomidos apartamentos vacacionales, una endeble
urbanización construida al borde del mar en los remotos años
setenta, cuando no había ley que lo impidiera. Una sombra de
burla se asomó a su cansina mirada:
–No sabía que fueras músico.
–No lo soy.
–Ya.
Debo decir que desde entonces, inevitablemente, cada vez que
me sentaba al piano me acordaba de Olga. Limitado como estaba
por mis nulos conocimientos, las piezas que yo iba urdiendo eran
necesariamente sencillas y un tanto repetitivas pero saciaban mi
necesidad de evasión como nada podía hacerlo. Nunca estaba
seguro de ser escuchado, ella salía con frecuencia de casa. A veces
me la solía cruzar en las escaleras, la veía salir muy preparada, elegante
y sexy a la vez. Qué suerte tenía el maromo de la chaqueta.
Vinieron entonces días desapacibles. Un viento gélido y alborotado
se filtraba por las rendijas de aquellas paredes de papel y
las olas desbocadas trepaban hasta la misma fachada. La radio
hablaba de records históricos en la bajada de temperaturas y de la
inminente llegada de un temporal de frío y nieve. En esa maldita
casa, diseñada en la ignorancia del invierno, no había más calefacción
que una vetusta placa eléctrica que rescaté del desván. Me
vi a mí mismo forrado de ropa, con un gorro de lana encajado
hasta las orejas y tratando de tocar el piano con guantes de piel.
Entonces sonó el timbre.
–“Perdone que le moleste, no consigo poner la estufa, ¿puede
ayudarme por favor?”
Olga me estaba pidiendo que la acompañara a su casa. Lo hacía en
zapatillas y vestida con una simple bata de cuadros. Aunque trató
de disimularlo, mi aspecto de indigente le sorprendió.
–“Hace frío ¿verdad?, yo nunca creía que había este frío aquí, en
mi país sí hace frío, mucho”.
Yo era el maduro y ella la jovenzuela. Yo era el autóctono y ella
la extranjera, ella tenía un problema y yo –quizás– la solución, lo
lógico es que yo mostrara aplomo y ella cierto nerviosismo. Pues
no. Entrar en aquella estancia, escenario de tantas proezas amorosas,
junto a aquella belleza eslava, vestido como un indigente,
me perturbaba hasta la taquicardia. Internamente agradecí que el
frío explicara mi tembleque.
Su piso poco tenía que ver con mi guarida. El mobiliario era
también reducido pero alfombras y tapices de un gusto exquisito
abrigaban suelos y paredes. La cocina era moderna y acogedora y
el baño invitaba a una larga y relajada estancia. Si pude advertir
todos estos detalles fue gracias al proceso de puesta en marcha de
la calefacción. Lo que ella llamaba “estufa” era una completa instalación
a gas propano que solo necesitaba de un nimio detalle
para ponerse en marcha: encender la gélida caldera. Cuando el
mecanismo de ignición se dignó a funcionar, la temperatura se
fue caldeando progresivamente hasta alcanzar un ambiente habitable.
A sus ojos me había convertido en un pequeño héroe.
Compartimos entonces café en su cocina. Hablamos de Georgia,
del fracaso del comunismo, de su infancia feliz y de las penurias
de su juventud, de su añorada familia, de la música y su poder
balsámico, de la ola de frío… por supuesto no tocamos el tema de
sus estrepitosas sesiones amorosas.
Dios, cuanta pena contenida en sus esforzadas palabras, en el
azul de sus ojos, en sus medias sonrisas. Un impulso estúpido me
empujaba sin cesar a abrazarla, a posar su linda cabeza sobre mi
pecho y acariciarla durante una eternidad. En algún momento
comenzó a recoger la vajilla y algo en sus ademanes me hizo percibir
que mi estancia allí podía ser imprudente. Recordé entonces
a su fornido amante y me perturbó la posibilidad de que apareciera
de pronto. Balbuceé alguna excusa y me esfumé.
Llegaron las anunciadas nieves hasta la misma costa y la playa,
intensamente blanca bajo un cielo de plomo, adquirió un aspecto
irreal. Acurrucado en el sofá, con la placa eléctrica en las mismas
narices, el teléfono me arrancó de un sueño profundo. Su penetrante
timbre percutía con saña entre mis paredes craneales. Era Julia.
–¿Álvaro?
–Sí Julia, buenos días.
–Son las siete y cuarto de la tarde.
–Gracias por la información. ¿Algo más?
–(Suspiro) Sí, supongo que ya sabrás que la nieve lo ha colapsado
todo, hoy no podrá ir Iván, porque sabes que hoy le tocaba ¿verdad?
–Sí claro –mentí–.
–(Suspiro) Otra cosa. Tienes nuevos vecinos en el piso de abajo
¿no?
–Re… sí.
–Bueno, pues te rogaría que no trivializaras las cuestiones de sexo
con el chico. Ya que no tienes la madurez necesaria para hablar en
serio del asunto, lo menos que puedes hacer…
Basta. La colgué sin contemplaciones. Me dolía la cabeza como
si la hubieran inflado a presión. Disolví dos analgésicos en agua y
bebí la efervescente solución. Mientras preparaba unos huevos
para “desayunar” mi subconsciente repetía la melodía de piano
con la que estaba afanado. Sí, era un reflujo de los sueños perturbadores
que acababa de padecer, lo mismo que la erección a
media asta que aun se empeñaba en subsistir. No recordaba exactamente
qué había soñado pero sí con quién. ¿Me estaba obsesionando
como un adolescente? Ridículo. El viento soplaba entonces
como si quisiera partir los cristales. La radio repetía llamadas
a la calma mientras alarmaba con listas de muertos de frío y accidentes
horribles. Me sentía una especie de farero en Groenlandia.
Desayuné desganado, con la sospecha de que esos huevos no estaban
en su plenitud y me decidí a realizar una esforzada tarea: trasladar
la herrumbrosa placa “Butater” hasta la habitación del
piano. Allí me dediqué largo tiempo a recrear aquella cadencia
obsesiva. No sé si era el vendaval que se empeñaba en sumarse a
la orquesta o la necesidad de olvidar la maldita llamada de tu
madre, pero aquel día me sentía afinado como una guitarra y me
sumergí en cuerpo y alma entre aquellas notas. “La música es el
lenguaje que usan los hombres para hablar con los dioses” decían
los griegos. Sí, era algo religioso lo que yo vivía en comunión con
aquel instrumento desafinado y quizás por eso mismo ocurrió el
milagro. Al principio no conseguía identificar el origen de lo que
estaba pasando pero pronto pude apreciar, con nítida emoción,
cómo se unía a mis notas el sonido cálido y envolvente de un violín
lejano. En un primer momento me asusté, pensé que sería
cosa de las pastillas o de mi progresiva degradación psíquica.
Paré en seco de tocar y al poco el violín enmudeció. Pronto comprendí.
Olga me estaba siguiendo. Arranqué de nuevo emocionado,
un tanto torpe por la excitación. Mi diestra vecina me secundó
y me dejé conducir al éxtasis como jamás me ocurrió nunca.
No existían entonces miserias en el mundo, ni en mi vida lamentable.
De hecho no existía nada, solo aquel torbellino donde giraban
piano, violín y viento huracanado.
No podría precisar el tiempo exacto que estuvimos dando vueltas
a la misma estructura. De un modo natural los dibujos iban
cambiando sutilmente sin salirse de tono. Su violín era particularmente
libre y hermoso y a medida que avanzábamos aquello
iba funcionando solo, como si no fuéramos nosotros los intérpretes, como si simplemente ejecutáramos la voluntad de un Dios,
del Dios de la belleza, de la compenetración, por qué no decirlo:
del amor. La vida se mostraba irónica una vez más: cuando trataba
de recuperarme de un golpe especialmente cruel, cuando
seguía vivo por la simple cobardía de no atreverme a morir, de
pronto, sin haberlo pretendido, me visitaba con los brazos abiertos
una experiencia intensamente mística.
Pero lo sublime y lo prosaico suelen estar pegados. El frío acabó
entumeciendo mis dedos y en algún momento la magia se esfumó.
Acerqué mis ateridos dedos a la vieja estufa y comprobé que
me temblaban como presa del delirium tremens.
–Ella es una puta y él lo mismo es traficante. Yo creo que deberías
avisar al administrador.
–Son acusaciones muy graves, ¿no le parece?
A Loli le repateaba que le llamara de usted, al fin y al cabo tampoco
era mucho mayor que yo. Pero en realidad yo no lo podía evitar.
–Todo es muy extraño. Ese tipo siempre aparca lejos de la casa, en
zonas discretas ¿por qué?
Doña Dolores era incondicional seguidora de la doctora Fletcher.
Se empeñaba en recrear una versión novelesca y realmente irritante.
–Yo soy su único vecino y lo único que he visto es una mujer que
vive sola y mantiene una relación. Ella parece una mujer culta…
–Y muy guapa. Los hombres con eso os cegáis. La mayoría de las
rusas que vienen por aquí son putas o algo parecido. Allí lo pasan
muy mal las pobres. Él también debe de ser ruso ¿sabes?
–Ella es de Georgia y toca el violín –dije, en lugar de estrangularla–.
–Lo que yo te diga, la “flauta dulce” toca esa.
Había dos razones poderosas para no mostrarme desagradable
con la arpía: La primera que algo de todo aquello pudiera ser verdad
y la segunda que yo estaba hecho un trapo. Debía de tener fiebre,
aunque fui incapaz de encontrar el termómetro. De hecho, laexcursión hasta la tienda en medio de una tormenta siberiana era
consecuencia de la falta absoluta de una mínima intendencia.
Me tomé dos tabletas y me acurruqué entre las mantas, todas
las que pude encontrar. Mi viejo transistor trataba de entretenerme
bajo la almohada. Protección civil aconsejaba no coger los
coches y conductores atrapados informaban de un caos infernal.
Recuerdo una pausa musical que me reconfortó poderosamente:
Girl de los beatles. Se me aparecían entonces unos ojos azul tristeza
contándome historias lejanas. Ninguna referencia al presente,
ni a esa relación tan apasionada con el hombre del bigote.
A ratos me dormía y mis sueños se mezclaban con las charlas de
la radio y con el silbar del viento entre las rendijas de las persianas.
Escuché el timbre del teléfono insistiendo a rachas aisladas
pero no podía juntar fuerzas ni para mover un pie.
La radio se iba muriendo y yo me identificaba con ella.
–Tómate este zumito cariño, que necesitas vitamina C.
No, mi pobre madre no estaba allí para cuidarme y el tiempo se
iba haciendo denso y doloroso. A ratos escuchaba también algún
eco doméstico procedente del piso inferior. La bomba del váter,
las cacerolas de la cocina, la televisión. De pronto, escuché también
llantos. Fue tras una corta y excitada conversación telefónica
en un idioma que recordaba al ruso. Lloraba a cortos intervalos,
con un rastro de profunda desesperación y aquella tristeza se
me agarró al pecho. De nuevo estuvimos interpretando la misma
sinfonía, aunque ahora sin su voluntad.
Bien, Iván. Ahora quiero que pongas toda tu atención en lo que
voy a relatar. Llega lo más sustancial, la razón última de todo este
rollo que te estoy soltando y que, supongo, te tendrá un tanto
confuso. En la vida de todo ser humano hay momentos que marcan
su trayectoria de forma crucial. En mi caso, los acontecimientos
que te voy a relatar rompieron brutalmente el guión y marcaron a fuego el resto de mis días. Vas a comprender enseguida por
qué tantas veces me sorprendías pensativo y con semblante serio,
por qué siempre tuve esa obsesión con cerrar la puerta por dentro
y, sobre todo, por qué me preocupaba tanto por tu seguridad. Te
advierto que lo que vas a leer puede impresionarte, e incluso causarte
algún tipo de shock. Quiero que comprendas que podría
haberlo ocultado y llevarlo conmigo a la tumba, te confieso que lo
he meditado horas, días enteros, pero a ti no te puedo engañar.
Siempre he tratado de inculcarte valores de honradez y franqueza.
Si estos sucesos te llegaran por otras fuentes sabe Dios qué
cuadro incompleto te harías de los hechos y en qué categoría
situarías mi actuación. Sólo te pido que leas despacio lo que voy
a relatar y te tomes todo el tiempo que necesites para digerirlo.
Aquel enigmático varón que veíamos salir del portal ¿te acuerdas?
Pues bien. Aquella noche irrumpió en casa de Olga hecho
una furia. Desde mi lecho del dolor pude escuchar impotente
cómo la gritaba y la golpeaba como un poseso y cómo ella profería
los alaridos más desgarradores que jamás haya escuchado. Yo
sudaba y me retorcía entre las mantas y notaba mi corazón a tanta
velocidad, con tanta potencia, que parecía ocupar todo mi organismo.
De buena gana hubiera bajado y le hubiera descerrajado
un cargador entero a aquella bestia inmunda, pero tú me conoces.
Jamás he tenido un arma en la mano y nunca he sido lo que se
dice un tipo aguerrido. Además, ¿quién era yo para entrometerme?
Como sabes, ellos tenían a menudo interminables exhibiciones
de pasión y hasta ese instante estaba convencido de que se
amaban intensamente, sea cual fuera su relación. En mitad de la
refriega pude sentir de pronto cómo destrozaban un objeto de
madera. Una resonancia de cuerdas estallando se me clavó en el
pecho como si me hubieran acuchillado. Era el violín. Ese puto
mastuerzo estaba haciendo añicos el instrumento con el que Olga
me había acompañado en nuestro viaje a la gloria. No pude
aguantar más. Aconsejado por la locura me puse el primer abrigo
que encontré y me lancé a la oscura intemperie sin importarme
nada. No sé el tiempo que anduve dando tumbos por aquellos
inhóspitos parajes. Sé que durante un buen rato anduve bordeando
los arrecifes, hipnotizado con las olas enrabiadas que me llamaban
desde el final del precipicio. Yo no era nada, solo un leve
trozo de materia flotando entre aquella galerna de nieve. Creo que
si en aquellos momentos no te quedaste sin padre fue simplemente
porque el instinto de supervivencia, y mi cobardía innata,
me impidieron dar ese simple salto final.
No era eso, al parecer, lo que estaba escrito. Con las exiguas
fuerzas que me quedaban traté de volver hasta mi guarida. Al
pasar junto al coche, cubierto casi al completo por una capa blanca,
decidí refugiarme adentro. Puse el motor en marcha, conecté
la calefacción y me acurruqué como un cervatillo herido. En
pleno tránsito hacia la inconsciencia, un bulto en las sombras
llamó mi atención. Allí estaba de nuevo el hijo de puta, iniciando
vigoroso el camino de vuelta sin el menor asomo de culpa. “Ahí te
quedas puta, toca ahora el violín si tanto te gusta”, parecía decir
con su paso airoso y su gesto de hurón. Al pasar frente a mí se
diría que advirtió levemente el ruido del motor pero no le alteró
lo más mínimo. Y aquí viene lo substancial.
Sin ser muy consciente de lo que hacía, pasados unos minutos
puse el auto en movimiento y le seguí a cierta distancia. Se dirigía
a pie al camino que bordea los acantilados. ¿A qué demonios
iba? La estación del tren estaba justo en sentido contrario y no era
probable que hubiera podido llegar en coche hasta allí. La respuesta
fue tan sorprendente como prosaica: al tipo le apetecía
vaciar la vejiga en aquel preciso lugar, al borde mismo del abismo.
¿Te acuerdas de nuestras conversaciones sobre novela negra?
Yo siempre te defendía que el crimen perfecto era perfectamente
posible. Tú no hacías sino argumentar como yo mismo lo haría
antes de esa remota noche: “Siempre quedan flecos sueltos, el
asesino no puede vivir con su crimen y acaba delatándose de una
u otra forma, los cadáveres tienen un inexplicable instinto justiciero…”
fantasías, querido Iván. El crimen perfecto no sólo es
posible sino que puede incluso surgir de la puñetera casualidad.
A veces, cuando entrábamos en una de nuestras polémicas sentía
la tentación de soltártelo a bocajarro:
–Querido hijo, yo cometí el crimen perfecto y no me ocurrió nada
malo. Al contrario, mi vida comenzó a ser mejor a partir de entonces.
Claro que también tenías parte de razón. Aquel muerto sí me
persigue todavía y nunca he podido evitar del todo el miedo a su
venganza. Cuando un policía se me acerca por cualquier razón o
alguien se equivoca al llamarme al teléfono, no puedo evitar un
sobresalto. Pocos meses después de lo ocurrido viví un absurdo
episodio con un repartidor de butano. Tenía pinta de eslavo y
estaba convencido de que venía a por mí. Su cara abombada insistía
en que le abriera desde el pequeño monitor del portero automático.
Alguien le abrió la puerta y lo vi entrar con ceño asesino.
Aterrado llamé a la policía diciéndoles que me venían a robar. Lo
hice con tanta credibilidad que me mandaron una patrulla enseguida.
Te puedes imaginar el inmenso ridículo de la situación.
Tampoco he vuelto a mirar igual ningún rostro con bigote.
Sí, hijo. Yo protagonicé el dichoso “crimen perfecto” y ni siquiera
tuve que planearlo. Fue un impulso natural, movido quizás por
un estado en el que yo rozaba la locura. Ni siquiera hube de armarme
de valor. No calibré la situación ni un solo segundo, simplemente
aceleré y me lo llevé por delante. Si el auto no le siguió en
su caída al vacío fue cosa de centímetros. Ese frenazo ha convivido
con tu padre durante el resto de su vida, todos y cada uno de los
días, cuando arrancaba el motor, cuando me acostaba, al levantarme,
cada vez que podía pensar, siempre hijo mío, siempre.
Aún no sé de dónde pude sacar las fuerzas, pero aún conseguí
conducir de nuevo hasta el aparcamiento, subir a rastras hasta el
apartamento y llamar al servicio de urgencias.
Tú sabes, hijo mío, que yo nunca he sido creyente. Sin embargo,
desde entonces tampoco me he atrevido nunca a negar alguna
influencia sobrenatural, algo que nos supera como supera a las
hormigas la comprensión del ser humano. Recuperé la conciencia
varios días más tarde en la sala de cuidados intensivos. Fue una
experiencia muy extraña, casi como si pudiera experimentar mi
propio alumbramiento. Sé que pasé un tiempo en un grado muy
tenue de conciencia. Los perfiles de todos aquellos ingenios que
me mantenían vivo se fueron definiendo muy despacio, en un
periodo de tiempo que a mí se me hizo eterno, aunque después
comprobé que no debió de ser tanto. La recuperación de la conciencia
iba incubando en mi pecho una euforia incontenible.
Cuando aquella inolvidable enfermera corrió a atenderme yo estaba
en un estado de extrema emotividad, riendo a lágrima viva,
temblando como un poseso, entregado felizmente a lo que mis
vísceras quisieran mostrar en aquella erupción de vida. Pero pronto
salté al otro lado. La conciencia paulatina de los últimos hechos
que había vivido me paralizaron en seco y te juro que un pavor
extremo se apoderó de mi debilitado ser. De pronto reparé en que
a buen seguro me esperaban horribles interrogatorios y presumiblemente
un largo periodo de cárcel, quizás el resto de mis días.
No fue así. Lo que iba captando a mi alrededor no eran sospechas
ni tiranteces, era el calor humano de todos vosotros. Tanto
tú, como los amigos y familiares que fueron apareciendo, incluida
tu madre, me transmitíais unos deseos de verme recuperado que
actuaron como motor de mi supervivencia. Allí no había rastro de
policías y el personal del hospital me trataba con exquisita amabilidad.
Si ahí había un presunto asesino, ese no parecía ser yo.
Salí de aquella, querido Iván, todavía no sé ni cómo. Un buen
día las puertas corredizas del hospital se abrieron hacia un
mundo primaveral que me acogía sonriente. En pocos meses me
vi estrenando apartamento, ya en plena metrópoli y sumergido
en mi nueva rutina laboral, donde no tardé en recuperar el
pulso. Mi coche tampoco era el mismo. Una de mis primeras
tareas fue mandar al desguace la única prueba visible del delito:
una ligera abolladura en el capó delantero que nadie parecía
haber advertido.
¿Y el muerto? Te conozco Iván, eso te reconcome, ¿no “dijo”
nada el muerto?
El muerto apenas susurró. Una de mis primeras tareas cuando
volví al mundo fue frecuentar la hemeroteca municipal. Escudriñé
montañas de periódicos tratando de hallar alguna mínima
pista y sí, finalmente creo que di con algo. En los balances de víctimas
por el temporal de frío aparecía, en algún rotativo, no en
todos, una mención al cadáver de un hombre sin identificar, posiblemente
extranjero, hallado en la playa. Al parecer según las
autoridades locales “la tormenta debió de sorprenderle cuando se
hallaba pescando en algún punto de la costa donde, probablemente,
le sobrevino un golpe de mar”. Hasta en eso hubo suerte.
La desaparición de una familia completa por culpa de un aparatoso
accidente de tráfico provocado por la nieve, desviaba todo el
foco de atención. Ante aquella horrible foto de un monovolumen
volcado junto a varios bultos tapados con mantas, quedaba sumido
en las penumbras un tipo gris y solitario “que se dedicaba a la
pesca nocturna”. Ni siquiera puedo estar seguro de que sea el
mismo cadáver, la playa en la que apareció está a algunos kilómetros
del lugar de los hechos.
Lo que nunca supe es qué pasó con Olga. La última vez que la
vieron salía de su casa con una maleta en dirección a la estación.
Loli me contó que los dueños de la casa se la encontraron “hecha
una pocilga” y con un montón de objetos tirados por el suelo,
incluido un violín hecho añicos.
No tengo la menor idea de cual pudo ser su destino. Te confieso
que la busqué, pero claro, sin hablar para nada con policías ni
detectives. Mis deseos de volver a verla llegaron a ser obsesivos,
investigué en las orquestas, en el conservatorio, en los bares de
alterne. Hablé incluso con la embajada de Georgia pero siempre
había frenos. ¿Sabe usted si estaba casada o tenía pareja? Me preguntó
cierto día el embajador. Aquel calambrazo me hizo comprender
que bien podría ser yo un tierno ratoncito dirigiéndose
confiado al queso de la trampa mortal.
Jamás he vuelto a tocar el piano. Soy incapaz. Sin embargo
aquella melodía envolvente me ha seguido a todas partes, todos
los días. Moriré escuchándola y ya sé, con toda seguridad que el
momento de mayor placer de mi humilde existencia se produjo
en aquel inesperado concierto para piano, violín y olas.
Que el destino sea piadoso contigo, hijo.
No me juzgues con demasiada severidad.
Tu padre, que siempre te ha querido.
---------
Iván dejó los papeles sobre la mesilla y quedó unos minutos
pensativo, con la cabeza apoyada en el reposacamas y con la vista
perdida entre las nubes que podían verse avanzar a través de la
ventana.
–¿Qué era eso que leías con tanto interés? Preguntó la chica que
dormitaba a su lado, con voz somnolienta.
–Asuntos de familia, cielo.
Iván besó a Olga dulcemente junto a la oreja. Ella lució una leve
sonrisa mimosa.

9 comentarios:

Javier dijo...

Excelente Roberto. Muy bueno.

Helua dijo...

Me ha gustado muchísimo..

susana dijo...

Ahora que lo vuelvo a leer y me vuelve a gustar intento recordar el nombre de tu musa y creo que se llamaba Faranay?,vete a saber cómo se escribe...
Antes nuestros inviernos eran siempre de katiuskas,impermeables y paraguas,creo que como el tiempo no era noticia era lo normal,ahora en los "eguraldia"dicen "riesgo" de lloviznas,te asustan....
ANIMO MOSO,QUE YA TOMARAS EL SOL!
SIEMPRE AMANECE!

Roberto Moso dijo...

Por cierto, ahora que caigo ZORIONAK ATRASADAS FOR YOU! (soy un desastre) y por supuesto, gracias por los comentarios. Mejor que no te acuerdes,. a ver si va a pedir derechos de autora!

susana dijo...

Gracias,he empezado a vivir el 50 con
gripe y mirando la lluvia en los cristales,como tú y escribiendo,voy a tener que empezar a publicar,también como tú y ojalá tan bien como tú,mííra...

El Conde de MonteCristo dijo...

Yo también hasta los huevos de tanta lluvia...y de tanta nieve. Joder qué pesadez.
Como dijiste en la entrevista, un relato que podría tener perfectamente una versión cinematográfica. Me ha gustado volver a leerlo.

Javier dijo...

Pues aqui en Logroño no llueve demasiado, llueve lo normal, en estos casos, y la nieve que tanto anuncian aun no la hemos visto por ningun lado

Anomiko dijo...

Está buenooooo.
Para mi gusto pelín larga la justificación de la "falta de justificación" del padre, pero por lo demás, interesante redacción.
También me ha gustado ver que has puesto un graffiti de Banksy en la cabecera.

Roberto Moso dijo...

Pues mira, a mí me alegra saber quien es el autor. Muchos zankius.