viernes, 24 de abril de 2015

MALDITO

El traficante de esclavos lee con displicencia un libro de poesía. Le parece simple, bisoño, desorientado. Un ejercicio estéril de egolatría juvenil. Una sucesión de florituras pretenciosas con ínfulas de malditismo. El traficante cierra el libro con cierta ceremonia y bruscamente lo arroja al fuego, donde las llamas van lamiendo golosas su propio nombre: Arthur Rimbaud

2 comentarios:

Alex Palahniuk dijo...

El más grande, Baudelaire; y, encima de todo, contratista de esclavos. Se lo pasaba en grande el tío. Por cierto: soy un gran odiador de los escritores que van de malditos. Cansan a cualquiera. ¡Abrazos!

Juli Gan dijo...

Ah, los poetas malditos franceses. Todo oscuridad y enfermedades venéreas.