domingo, 16 de marzo de 2008

JALEO EN EL SALÓN DE BAILE


REPRODUZCO ESTE CUENTO DE "LA RADIO ENCENDIDA". A MÁS DE UNO LE TRAERÁ RECUERDOS


JALEO EN EL SALON DE BAILE


Mi primo Juan Pablo y Santi "pechotoro" tuvieron una pelea un nefasto domingo del 76 en la discoteca Young's.
Mi primo tenía entonces 15 años y "pecho" 16. Yo tenía 14 y cuando empezó aquel increíble episodio habría preferido morirme en el acto, volatizarme sin más allí mismo. Mi primo Juampa vivía en Donosti y estudiaba en el colegio francés. Sus notas eran insultantemente buenas y su aspecto era de un pulcro que hería la vista. Durante toda mi infancia, su figura era constantemente invocada como ejemplo a seguir: educado, ocurrente, encantador...además de cosechar unas calificaciones brillantes se permitía practicar sofisticadas actividades extraescolares con denominaciones que entonces se me hacían exóticas: informática, ai-kido, armonía, hockey sobre patines...las celebraciones familiares contaron siempre con un número estelar en el que Juampa recitaba un largo poema que sabía de memoria para después entonar el himno de su colegio a dos voces con mi prima Ana Mari. Los aplausos de tios ,abuelos y padres retumbaban por todo el patio de vecinos mientras yo procuraba escabullirme antes de que alguien se empeñara en que canturreara el himno del Athletic como número cómico de la sobremesa.
Bien, antes de que nadie se deje llevar por lo previsible, diré que a mí me encantaba mi primo Juampa. Que me lo pusieran como modelo a seguir era algo irritante pero tampoco caía en la trampa de culparle. Su impresionante currículum era asunto suyo, algo perteneciente al mundo de las obligaciones y por tanto, a ese que no me interesaba en absoluto.
Durante toda la infancia, él era para mí el excitante pariente que sabía juegos distintos , que dibujaba como un mago, que urdía bromas divertidísimas para asustar a primas y tías. ..El primito era la novedad y su presencia siempre se asociaba a tumultuosas reuniones familiares y por tanto a fiestas, juegos, tartas y canapés.
Si puedo calcular con exactitud la edad que mi primo tenía el día de los mamporros es por una razón: es un año mayor que yo. También hay otra para recordar los años de su contrincante: iba a mi clase y era doble repetidor.
Aquella insólita pelea vino a situar en un mismo escenario a dos actores incompatibles en el teatro de mi existencia. Si Juampa formaba parte del repertorio festivo familiar, Santi estaba justo en el otro extremo: era mi mayor preocupación, la encarnación misma del terror, una de las principales razones para despreciar la condición humana y la vida misma.
Desde el primer desgraciado día en que ingresé en el instituto, algo hubo en mí que llamó poderosamente su retorcida atención. La plácida vida estudiantil que yo había gozado en el colegio se transformó en un calvario cuando construyeron el “insti” y mis padres decidieron que ya estaba bien de atracos mensuales en la factura escolar. De pronto me vi perdido entre los pasillos hostiles de un centro donde no conocía a nadie y donde abundaban los chicos con vocación de duros. Los que en mi anterior etapa colegial se consideraban alumnos “difíciles” casi habrían sido ejemplares en mi nuevo destino. El tal Santi era lo peor que me había topado en mi corta vida. Sus ojos emanaban odio, su boca dibujaba una perenne sonrisa de desprecio, sus andares, forzados por unos vaqueros a presión, eran chulescos , su mente calenturienta, cubierta por un matojo de greñas grasientas que gustaba repasar con un peine portátil, sólo procesaba maneras de hacer la vida imposible…Antes de entrar en mi nuevo centro yo, como todos, ya tenía noticia de sus andanzas. El y su cuadrilla se habían forjado una merecida fama de cabrones aumentada hasta el esperpento por el imaginario infantil. Su mismo mote alimentaba versiones a cual más improbable: la más extendida hacía referencia a su asombroso valor para lanzarse a las aguas del rompeolas desde lo más alto de los arrecifes con el pecho por delante. Otra de las leyendas aseguraba que alguien trató de clavarle una navaja en el pecho y esta se rompió. Lo cierto es que él era “pechotoro” y su hermanito menor, que era una especie de reproducción a escala, era “pechines”.
Durante los primeros días del curso yo era un alumno más, sumergido en una masa de novatos asustados tratando de pasar inadvertido, hasta que de la forma más absurda, el destino lanzó un foco de atención sobre mi persona que yo jamás habría encendido. Aquel maldito profesor de historia no hizo más que repetir una rutina pedagógica: preguntar al torpe de turno y una vez humillado, vapulearlo con la respuesta de otro; una costumbre estúpida que sólo puede tener una consecuencia: crearle enemigos al alumno “distinguido”. Y eso es exactamente lo que me ocurrió. Cuando Santi se encogió de hombros con aires de fastidio y el dedo índice del maestro apuntó hacia mi humilde y encogida personilla, no tuve los reflejos necesarios para dar una respuesta incorrecta. El precio de aquella afrenta fue muy caro. Mas me habría valido recibir una bronca docente, o haber sido castigado, incluso golpeado por el profe antes que escuchar aquel complaciente: “Muy bien, al menos alguien estudia en esta clase" que me marcó durante semanas interminables.
_ A ver, dime pitagorín, ¿cuál es la capital de Italia?…venga, si lo dices bien te doy una galleta y si no te doy dos ¿vale?. Venga…
Pechotoro y sus mariatxis, media docena de meritorios dispuestos a seguirle hasta la muerte, se dedicaron entonces a hacerme este tipo de ofertas en cuanto podían asaltarme.
Mi situación derivó hacia la más absoluta desolación. Resulta sencillo decir aquello de “hay que contarlo en casa”, pero algo en apariencia tan obvio hay que medirlo con los parámetros adecuados a esa edad. Antes de aparecer como un cagueta ante padres, profesores y alumnos uno tiende a engañarse a sí mismo, a pensar que la situación está mejorando, que ya no se meten tanto contigo, que parece que hay otro al que putean ahora más. Aplicando una absurda lógica piensas que serás redimido si te comportas como es debido, es decir, si respondes mal a las preguntas del profesor y por supuesto, te abstienes de levantar el dedito para demostrar que has estudiado como un empollón de mierda. Cuando una nueva humillación te saca del engaño, vuelves a plantearte cómo decirlo en casa, pero las amenazas concretas de rebanarte los huevos en caso del menor chivatazo, resultan harto verosímiles en boca de quien crees capaz de tales proezas. Llegó el momento de conocer, quizá por primera vez, la angustia existencial.
Para sobrellevar semejante agobio sólo me quedaba la imaginación. Las sesiones vespertinas del “Gran Cinema” alimentaban mis más deliciosos sueños: de pronto, un día, los cinco gañanes me acorralaban en un rincón del patio y sin esperarlo, recibían una precisa e incontestable somanta de hostias. Yo era Terence Hill, Bruce Spencer, Bruce Lee, 007…no se lo esperaban, pero ese ser, aparentemente enclenque, conocía técnicas secretas de autodefensa capaces –si quería- de producirte la muerte súbita con una certera patada. Cuando la nube se evaporaba, sólo quedaba la melancolía y la música.. El viejo tocadiscos de maleta, abandonado en el camarote, recobró su ancestral protagonismo. Decenas de discos abandonados desde que mi hermano se aburriera de organizar “guateques” volvieron a girar bajo el peso de una aguja mágica que extraía virutas de placer de un simple trozo de plástico. En las tétricas noches de zozobra, un pequeño transistor me ayudaba a sobrevolar el puto mundo real, donde no corrían mis mejores tiempos. Rara era la noche en la que las emisiones de Radio Luxemburgo y las incipientes efeemes locales no se mezclaban con mis sueños hasta el amanecer . El rock & roll era mi droga, mi prozac, mi paraíso artificial. Por alguna razón, que nunca he conseguido precisar del todo, el sonido de aquellas guitarras distorsionadas bramando sobre contundentes colchones de bajo y batería era lo que pedían a gritos mis neuronas, lo que calmaba mi mono de sensaciones alternativas y me dotaba de algo remotamente parecido al valor y a la seguridad en mí mismo.
Pero tampoco en esto faltaban incertidumbres. Mis grupos favoritos sonaban en las mismos billares frecuentados por los malos . Si se me ocurría entrar, Pecho y sus secuaces podían aparecer en cualquier momento y dedicarme unos minutos. En esos contextos, además, jugaban en casa. Ni siquiera el verme arropado por mi cuadrilla de amigos servía gran cosa, como mucho ayudaban a crear bulto y así dificultar levemente mi identificación. Cuando la máquina de un-duro-dos canciones empezaba a bramar con las motos del “I’m the lider of the gang” todos los aspirantes a delincuente se ponían cachondos. La misma música que me daba valor podía de pronto volverse amenaza. ¿Que opinarían The Sweet, Gari Glitter o Slade si les vieran empujarse así? ¿a quien iban dedicadas aquellas notas, a ellos o a mí?.
Si los futbolines se habían convertido en territorio minado, qué decir de las discotecas. Aquellos templos de perdición, rodeados de morbosa mitología vivían su mayor esplendor. Mi pueblo, convertido en pocos años en una pesadilla cubista, apenas conocía el término "servicios", lo único que casaba con su definición eran los urinarios del parque, solo aptos para estómagos curtidos. Sin embargo, las boites, salas de fiestas y demás tugurios conocían inmensas colas y llevaban su irresistible prestigio hasta los rincones más recónditos de la margen izquierda del Nervión. El Galo's, el Brisa's, el Young's, el Delfin Verde , el Country, el Aloha, el Volante... rivalizaban para atraer a las masas de jóvenes que vomitaba el tren de Jueves a Domingo. Santurtzi estaba en el circuito de las principales estrellas del correoso pop español y no era raro ver las paredes embadurnadas con nombres de primera fila: Miguel Rios, El Duo Dinámico, Juan y Junior, Los Bravos, Lone Star. Los rumores de patio de colegio, propagados por los más atrevidos excitaban la calenturientas seseras preadolescentes. Se relataban improbables Sodomas y Gomorras en los "reservados", donde las chicas eran engañadas con pastillas de "cachondina" . Se hablaba incluso de supuestas elementas a las que "les iba la marcha" y te asaltaban sedientas de sexo por los rincones. Pero si algo había que eliminaba definitivamente cualquier tentación eran las peleas. Esas sí que te las creías, no había más que ver la excitación con la que subían calle arriba las hordas masculinas, expeliendo hormonas agitadas a su paso. Las épocas doradas de grupos de rock irrepetibles pasaron por mi pueblo pillándome demasiado joven y quizá también demasiado timorato.
Pero entonces llegaron ellos.
Caminaba yo cabizbajo, llevando el peso del mundo hacia mis cuitas escolares cuando vi aquel cartelote pegado en el muro que bordeaba mi ruta: "Discoteca Young's presenta en directo: THE STORM, ". En aquellos momentos eran exactamente el grupo que yo quería ver. Salieron por la tele, en un programa increíble que presentaba Gonzalo García Pelayo y su puesta en escena me pareció el colmo de lo salvaje. Solo tenían un disco sencillo pero la máquina de los futbolines no paraba de sacarle virutas: "It's All Right" y "I Gotta Tell your Mama" . Eran sevillanos y cantaban en un inglés macarrónico que los hacía aún más quedones. THE STORM tuvieron una vida efímera truncada por la mili pero la historia no ha hecho justicia con aquellos dementes que rompieron de golpe con la mojigatería escénica del pop celtibérico.
Decidí tantear el ambiente a la hora de comer. Compartía yo la mesa de la cocina, como era habitual entonces, con mi hermano pequeño y mi madre. Yo rumiaba la manera más hábil de plantear la cuestión cuando ella se adelantó con una noticia bomba:
._ Viene el primo Juan Pablo a pasar unos días, el tío Álvaro está en el hospital y me he ofrecido a tenerlo en casa. De momento estará con nosotros el próximo fin de semana, espero que le hagáis sentirse como en casa.
Estupendo. Aumentaba el número de vallas en la ya complicada carrera de obstáculos, solo tenía que vencer el miedo a que me partieran la cara, conseguir el dinero para la entrada -con mi paga semanal no llegaba ni al portal- y cargar con el primito, cuyo planeta vital se encontraba a varios millones de años luz de la galaxia STORM. Bastante problema tenía ya con tratar de convencer a mi cuadrilla, ellos no eran tan musicales como yo o al menos no compartían mis gustos. Cuando mis amigos acudían a la máquina pincha-discos tendían a elegir paisajes más comunes: "Supertramp", "Elthon John", "Nino Bravo", "Oskorri"... mis grupos favoritos no eran tomados en serio y mi plan, simplemente, les hacía dudar de mi salud mental.
._ Tu te quieres suicidar. Seguro que la banda Pechotoro tiene ya las entradas...
Asi que: nada. Otra oportunidad de oro que se disipaba ante mis narices. El caso es que mis sentimientos eran contradictorios. Era perfectamente consciente de que no penetrar en aquella estancia me iba a ahorrar dinero y probables disgustos. A base de repetírmelo a mí mismo incluso podía sentir un cierto alivio. Sin embargo algún impulso inexplicable me lanzaba de nuevo hacia las puertas del infierno y el sentirlas cerradas a cal y canto me sumía en una lacerante sensación de fracaso.
._¿Que te pasa?, estás muy raro...
Lo que faltaba. Mi primo en casa tratando de interrogarme.
._¿Raro?, no, ¿por qué?
._ No sé. Tú siempre te ríes mucho y te gusta hablar y ahora estás tan callado...
Dios mío. El pobre Juampa descubriendo a su verdadero primo, y justo cuando su padre se recuperaba en el hospital de un ataque al corazón...sus ojos me miraban con tanta limpieza, con tanta incomprensión que no pude evitar confesarle todo. Estábamos en mi cuarto, con una emisora musical sonando de fondo, tratando de sumergirnos en las supuestas emociones del "Monopoly" y él:
._¿Cuando es esa actuación?
Y yo:
._ Esta tarde, dentro de mmm... dos horas.
._ Si quieres podemos ir. Seguro que lo pasamos bien.
Así me lo soltó, sin aspaviento alguno, sin que sus rasgos faciales evidenciaran la menor alteración, como si el plan fuera tan asequible como dar un paseo por el parque. La verdad es que imaginarme a mi primo en el "Young's" era todo un cortocircuito, Juan Pablo combinaba bien con los cumpleaños familiares, o con el Parque Infantil de Navidad pero en un concierto de Storm...
Lo cierto es que poco más tarde estábamos los dos haciendo cola entre una excitada masa de peregrinos de aplastante mayoría viril. El se había encargado de ponérmelo todo fácil. ¿Permiso?, "bueno no se puede pedir para todo, a veces hay que hacer cosas sin que se enteren los padres". ¿Dinero?, "tranquilo, en casa me han dado suficiente para pasar unos días". ¿Peleas?, ¿aglomeraciones?, "nos apostamos en algún rincón discreto, que se vea bien el escenario y ya está..." Si mi primo, el repeinado de Donosti, se lo tomaba con tanta confianza ¿por qué habría de cortarme yo, supuesto hijo del proletariado industrial?
Mientras esperábamos en la cola, la presencia de un elemento como él ejercía un inquietante magnetismo. Era un día lluvioso y la gabardina elegida, junto a sus gafas y su pulcro peinado eran, al parecer, toda una provocación. Yo notaba que los tres excitados mozalbetes que nos seguían en la fila estaban hablando de él. Me llegaban retazos de conversación inquietantes: "mira al de la gabardina", "dale al de las gafitas" .No sé a qué conclusiones llegaban pero sin duda les resultaban divertidísimas. La cola avanzaba lenta y yo trataba de mantener el tipo, la espiral de tensión crecía, llegó un momento en que el juego malévolo consistía en empujarse unos a otros en dirección a mi primo. Hubo un par de empellones que presagiaban tormenta pero el episodio terminó allí, un providencial grupo de chavalas se unió a los agresores y les hizo perder todo el interés en nosotros.
Minutos mas tarde entraba por primera vez en una discoteca. Como ocurre con las experiencias primerizas, tengo vivamente grabado aquel momento extraordinario. Tras despojarnos de pesos superfluos en el guardarropa nos dirigimos hacia las puertas batientes. Nos recibíó una densa caverna repleta de siluetas excitadas bajo unos destellos infernales. La música sonaba a un volumen hasta entonces desconocido y los graves retumbaban hasta hacer prácticamente imposible la conversación. En aquellas enormes torres de sonido atronaba un éxito del momento: "Master Blaster" de Stevie Wonder. Juampa me señaló unas escaleras y nos dirigimos a ellas avanzando entre cuerpos duros y sudorosos . Logramos situarnos en una atalaya de buena visibilidad . Hasta allí llegaba un tufo espeso, cargado de humos y esencias mareantes emanadas desde la masa bailonga. Mi primo parecía excitado y divertido. Yo no le había puesto al corriente de mis más hondas preocupaciones, no en detalle y aunque abundaban las cuadrillas de presuntos pendencieros, no veía por ningún lado a pechotoro y sus "pechettes", lo cual me iba soltando paulatinamente los esfínteres. Desde aquella tribuna podían observarse con detalle los diversos ejemplares que poblaban la estancia y sus curiosos comportamientos. Por allí pululaban las cuadrillas de lobos endomingados mirando con escaso disimulo a las huidizas ovejas. Se apostaban en la barra los llaneros solitarios, cubata en ristre, esperando su momento con poses de "saloom". Chicas organizadas en compactas cuadrillitas entraban y salían sin cesar del baño como atrapadas por alguna extraña compulsión. La aparente masa homogénea de danzantes en pista también ofrecía, en una observación atenta, diversos matices: el machito embutido agitando cadera, la divina solitaria exhibiendo melena, el torbo mirón de culos, el bolinga incordiante, la pareja de amigas que ha ensayado en casa una coreografía bobalicona. Yo, sinceramente, no podía en esos momentos entender muy bien qué le veían de divertido. Si los Storm no fueran a aparecer sobre el escenario ¿qué gracia tenía aquello?. Hacía un calor sofocante, el oxígeno escaseaba entre una humareda pestilente, la música de moda, el insoportable "sonido Filadelfia", retumbaba hasta la migraña y cualquier desplazamiento suponía un zarandeo sudoroso entre masas de gesto hosco. Fuera de aquel manicomio existían calles donde pasear, bancos donde sentarse, bares donde consumir sin agobios. Sí, sin duda algo muy poderoso e inquietante concentraba a todos en un lugar donde acaso ocurriera algo digno de contar, algo que, quizá, tenía que ver difusamente, con esos pantalones ajustados que se cimbreaban entre los focos y que habían desviado mi mirada, casi sin querer, hacia un punto fijo.
._ Tenemos una consumición. Vamos a pedir algo.
Mi primo se aburría. Habría que bajar. Bien pensado quizás un poco de alcohol me vendría bien para afrontar la actuación -eso de "concierto" solo se aplicaba entonces a las orquestas sinfónicas-.
Dejándome llevar por la mayor experiencia de Juampa, que al menos conocía alguna fiesta estudiantil, accedí a meterme entre pecho y espalda un mejunje dulzón compuesto de batido de chocolate con Licor 43. Su mera remembranza me produce retortijones, pero mi férreo estómago de entonces apenas apreció alteración alguna. Donde sí se experimentaron fue en mi cabeza. Esa dosis inopinada de alcohol me ayudó a espantar fantasmas. Por fin logré reírme con alguna broma de mi primo y mimetizarme un tanto con la masa de zombis dominicales. Tan suelto llegué a sentirme que propuse alegremente un acercamiento a escena. ¿por qué no?, seguramente sería de los que más ganas objetivas tenía de ver de cerca a la banda. Avanzamos entre zarandeos y una vez alcanzada la pista de baile la suerte me sonrió: comenzó a sonar con estruendo el "48 Crash" de Suzie Quatro y los dos nos sentimos animados a ensayar un tímido conato de baile.
Bueno, las cosas funcionaban. Ya podía paladear el relato entusiasta que contaría a mis -sin duda- atónitos amigos: "No sabeis, estuve en el Young's y lo pasé bomba, me tomé un batido con licor y bailé un montón y el concierto estuvo cojonudo"... ni Juanpa ni yo disfrutábamos relajadamente de la danza. En realidad el goce venía del simple hecho de atrevernos, de vernos a nosotros mismos formando parte de un todo en el que no se notaba -pensábamos- nuestra evidente bisoñez, es más, juraría que pocos entre los que nos rodeaban conocerían la canción como yo. Nota a nota nuestros músculos se iban soltando, los movimientos se hacían un pelín mas audaces ,con algún conato de simulado guitarreo y hasta empezábamos a corear por bajines algo parecido al estribillo. Demasiado bonito para ser verdad. Los últimos acordes rockeros dieron paso al maldito Demis Roussos y su empalagoso "Velvet Morning", las borrachera de colores se transformó en penumbra. Comenzaba "lo agarrao" y la pista conocía en segundos una reconversión integral. La masa de cabezas agitadas despejaba la zona y un lento goteo de parejas acopladas iba repoblando la zona devastada. La fauna masculina comenzaba un rastreo mal disimulado en busca de piezas propicias y ellas iniciaban una diáspora hacia posiciones de retaguardia. Aquello no iba con nosotros o al menos así lo creía yo.
-¿Pedimos baile?
- Tu estás loco, mira que tías, estas son todas mucho mayores que nosotros, ni siquiera nos ven, somos invisibles. Además algún novio se puede mosquear.
- No digas bobadas, si no quieren dicen que no y ya está. Observa.
Así de suelto se movía ya mi primito. Tras otear brevemente el terreno, se acercó a una cuadrilla de amigas que departían animadamente alrededor de una mesa y ofreció sonriente sus servicios. La oferta les debió de parecer divertidísima porque de pronto estallaron todas en aparatosas carcajadas. Menudo palo para el pobre Juampa, ya me estaba yo preparando para una sesión de ánimos solidarios cuando, ante mi pasmo, una de las chicas se levantó sonriente y ¡sí!, iba a bailar con él. Eso no estaba en el guión. Mi primo bailando sonriente con una morena menuda pero aparente y yo observando desde la columna con cara de imbécil. Umberto Tozzi ilustraba la escena con aquel odioso soniquete que repetía hasta el vómito "Te Amo, te aaamo".
Quedarme solo, aunque fuera por unos minutos, no era lo que más me apetecía. Aunque tratara de dibujar una pose dura y plenamente familiarizada con el entorno, mis más íntimos temores habían regresado. La discoteca en general era territorio macarra y el Young's en particular era uno de sus feudos favoritos. Desde que habíamos entrado, el volumen de clientes no paraba de crecer y la estancia en la sala resultaba cada vez más incómoda. El humo, la mixtura de perfumes agresivos y el aumento de grados etílicos hacían subir la temperatura ambiente por momentos.
Las luces se habían atenuado hasta la penumbra para ambientar lo agarrao y la bola de espejos comenzó a reflejar destellos de luz, una lluvia de circulitos blancos se paseaba incordiante por todos los rincones . Llegó un momento en el que perdí de vista a mi primo. Sonaba aquel tema calientapollas de Jane Birkin “J’taime moi non plus” que tantas entrepiernas estremeciera y la concurrencia bailante desbordaba la pista. Yo no sabía ya donde ubicarme. Algunos machitos beodos me habían empujado al pasar con cierta animosidad y ya no me sentía seguro en la columna. Tras deambular como un zombi por entre los bultos oscuros me empecé a plantear seriamente una huida a tiempo. Es cierto, me quedaría sin ver la actuación, pero ¿quién podría disfrutar en semejante entorno?, de seguir así no merecían la pena ni los mismísimos Rolling Stones. Por si fuera poco, aquel brebaje dulzón, unido a la la agitación del baile me tenían un tanto aturdido. Cada poco tiempo me parecía que aquellos mareantes puntos de luz me mostraban por un instante el ojo izquierdo, la oreja derecha o la inconfundible nariz aguileña de Pechotoro. ¿Pero como iba a irme dejando a Juampa ahí dentro?. Maldita sea, se supone que él estaba en mi territorio y no al revés. Estaba claro que su vida en Donosti escondía facetas que a mi se me escapaban. Tanta soltura en una discoteca desconocida no era normal . En aquellos instantes de confusión se produjo la primera pelea de la noche. Se escucharon primero algunos alarmados gritos femeninos acompañados de un conato de estampida. Para cuando pude distinguir algo, los dos contrincantes se insultaban y escupían con los rostros amoratados de furia mientras sus respectivas cohortes los separaban con aparatosa energía. Uno de los púgiles, alto y desgarbado, mostraba una vistosa mancha roja en la camisa. Me asombra recordar que en aquella sala no existía ningún servicio de orden. Un camarero, bajito, compacto y con mucho remango, los expulsó de la sala en segundos con garbosa autoridad y a nadie se le ocurrió rechistar.
Estaba yo absorto en la contemplación de la escena cuando noté algo duro que me oprimía el glúteo izquierdo. Una corriente de pavor se apoderó de mi voluntad y encogió mis testículos hasta el miniaturismo. Era él, sí, el payaso de mi primo con la gafas empañadas y uno de esos combinados chocolatero en cada mano.
._ ¡Que susto me has metido, mongol!
._ Tengo las manos ocupadas…y no te quejes que te traigo gasolina.
No hace falta decir que fue un tremendo alivio. Empezaba a temerme que su baile hubiera ido más lejos de lo previsto y ahora se encontrara efectuando “maniobras orquestales en la oscuridad”. Visto lo visto no me habría extrañado demasiado. Un evento semejante habría justificado de sobra mi abandono pero francamente, habría sido una gran putada.
El cabronazo de mi primo le estaba sacando chispas a la tarde. Sentados sobre dos “puffs” que pudimos cazar al vuelo, Juan Pablo me volvió a sorprender con el relato de los largos minutos pasados. Según su atropellada versión la chica le había apretado dos veces las tetas contra el pecho y le había rozado con los labios alrededor de la oreja…
._Soy gilipoyas, si la digo para subir, seguro que viene conmigo al reservado.
Envidia. Lo que sentí, exactamente, fue envidia. Al primito jamás le había envidiado nada -y mira que mi madre se empeñaba en intentarlo- ni las actividades extraescolares, ni la lluvia de matrículas de honor ni las ovaciones a sus cánticos, nada, pero que se atreviera con tanto desparpajo a pedir baile a una desconocida y que llegara siquiera a plantearse actividades carnales con ella... eso, lo confieso, me corroía las tripas.
En aquella animada conversación agilizada por el trago, Juan Pablo me deslizó algunas claves que yo desconocía. El muy canalla ya había catado varias modalidades de disfrute carnal , nada digno de aparecer en “Enmanuelle”, en realidad no eran más que algunos refrotones y algún beso furtivo , palmarés de lujo, sin embargo, para el atónito pardillo de le escuchaba. La clave estaba en sus veranos irlandeses, en los que yo le había imaginado siempre sumergido en una tortura didáctica insoportable junto a impenetrables familias nativas..
El primito bebía ya con una soltura pasmosa , bailaba suelto y agarrao sin complejos y atención, en pleno relato de sus hazañas sacó un paquete de “Lola” del bolsillo de su camisa con el aire rutinario de quien efectúa un acto reflejo y encendió un pitillo con la técnica resuelta de un estibador.
No había duda, por mucho que fuéramos de la misma sangre y que viviéramos a pocos kilómetros, él era un chico de ciudad y yo, viviendo en una selva de hormigón, era encima un chico de pueblo, tócate las pelotas. A medida que transcurría la tarde, ese aspecto tan pulído de Juampa , que tanto me preocupaba al principio, se iba tornando más mundano. Ahora estaba despeinado, apenas quedaba rastro de gomina y llevaba la camisa con chorretones de sudor y abierta hasta el ombligo.
Juampa, por primera vez en su corta historia, estaba consiguiendo por sí mismo lo que mi buena madre no había conseguido en su vida: mi admiración. Ante relato de sus proezas sexuales europeas yo tan solo pude farfullar alguna mentira piadosa ambientada -claro está- en fiestas del pueblo -relatada con toda la verosimilitud que fui capaz de invocar-, no mucha, me temo-. Justo en el momento en que se interesaba por los detalles de aquel hipotético magreo en las campas de Oyancas, la sádica melodía del “Mamy Blue” fue interrumpida por la voz de un disk-jockey dicharachero, escuela “40 principales", que anunció por megafonia la inminente presencia en escena de Storm, “desde Sevilla con su potente rock duro”.
No, aquello no fue respondido con un grito atronador de júbilo ni con un mar de puños elevados al cielo. De hecho las parejas que en ese momento se quedaron sin baile, salieron remolonas de la pista con gesto de fastidio.
Aquel inconcebible concierto me resultó tan poderoso que incluso a veces me cuesta creer que fuera real. Allí no hubo liturgias prefabricadas ni actitudes copiadas del último video-clip made in London. El rock cañero y espectacular era rara avis y aún estaba en fase de captación. Solo una ínfima minoria de los allí congregados sospechábamos lo que íbamos a ver, el resto , la gran masa discotequetera habitual, asistia con cierta expectación pero ninguna sumisión. Aquel día pude ver como una banda se iba ganando a pulso cada aplauso, cada melodía coreada , cada movimiento de pelvis hasta merecerse un bis absolutamente sincero y atronador, sin cerillitas ni ceremonias prediseñadas. Storm respondían rotundamente a su nombre, eran una tormenta de energía dispensada en deliciosos ritmos machacones. Cuatro greñudos que ocupaban sus puestos con absoluta seguridad y que presentaban las canciones turnándose en el protagonismo y quitándose la palabra con total desparpajo. Como era preceptivo en aquellos primeros setenta , tambien dieron ruenda suelta al inevitable solo de bateria. Daba igual que se tratara de un concierto de Juan Bau o de La Charanga del Tio Honorio. Si el percusionista sabía hilar tres redobles seguidos ya te podías dar por jodido. El puto solo era el recurso perfecto para conseguir que el cantante descansara y que el tiempo corriera, así , tras la plomiza exhibición de las habilidades del bataka, cualquier canción que viniera después resultaba agradecida. Los Storm también recurríeron a este truco pero de otra manera. Cuando ya empezaba a resignarme a la sobredosis de baquetazos que se nos venía encima el tío saltó del escenario y empezó a repicar con sus palos contra todo: basos, mesas, cabezas, lámparas, focos…una quedada. El artista consiguió algo inaudito: después de la actuación todos hablaban de… ¡el solo de batería!.
Cóño, el replicante Nexus 6 decía en Blade Runner aquello de:"Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir" . Pues bien, a mí también -supongo- me joderá un huevo morir y sin duda objetaré que he visto en directo a Los Storm en el Young’s club.
Sí, claro, por señalado que fuera el evento, no es eso de lo que os iba a hablar. Aquella fecha estaba destinada a grabarse en mi memoria por más de un evento y por relevante que fuera mi primer concierto en condiciones , lo que vino después acabó por relegarlo a un segundo plano.
Todo empezó cuando las luces de la disco volvieron a brillar y los congregados frente al escenario nos fuimos dispersando. Comprendi de sopetón, que había ingerido más alcohol que en todo el resto de mi vida y que las trazas que lucía mi primito no eran sino el reflejo de las mías. Nos habíamos desmadrado sí, habíamos bailado y saltado y coreado los estribillos y celebrado los pletóricos finales de canción. Ahora de pronto estábamos uno frente al otro, sudorosos, incrédulos, riendo bobamente, diciéndonos sin decirlo que la operación había sido un éxito. Sin haberlo previsto habíamos terminado en primera fila y ahora sentíamos la cabeza como una cafetera en ebullición. Cogidos por los hombros nos dirigimos hacia el baño igual que hacíamos en casa de la abuela, cantando aquel soniquete de la tele: "habia una vez un barquito chiquitito que no podía, que no podia navegar". Era el gran momento, la simbiosis mágica entre los niños que disfrutaban en los "cumples" y los jóvenes que asomaban ya la oreja. Y sí, entonces fue cuando ocurrió.
Segun nos íbamos acercando al baño íbamos tambien distinguiendo una figura que se perfilaba en la puerta. Estaba apostado en pose chulesca, con una mano en la cadera y la otra apoyada en el marco de la puerta. Pronto tuve que asumir la evidencia del horror. Una corriente interna me recorrió las vísceras y me dejó al borde del desmallo. Sí, era él, sonriendo con dientes de caimán, paladeando lo que se avecinaba como si fuese pura delicattesen. Al parecer nada en el mundo podía producirle tanto placer como torturarme a mí, insignificante pendejo que había osado contestar una maldita pregunta de clase.
._¡Vámonos!
Grité aterrorizado tirando del brazo de Juanpa. Tratamos de alcanzar la salida a trompicones pero enseguida comprendimos que la escenita no estaba improvisada: dos lacayos habituales nos obstruyeron el paso en plena puerta y nos sacaron a la calle, allí donde ya no vendría ningún camarero a poner orden. En aquellos momentos el pánico me bloqueó por completo. Enseguida apareció Pechotoro con paso relajado y gesto malvado. Mi primo y yo estábamos retenidos por dos mostrencos que nos habían retorcido el brazo contra la espalda y nadie de los que por allí pasaban parecían tener la menor intención de intervenir.
_Qué chavales, ¿ligando un poquito?
Los dos comparsas se rieron como si oyeran un buen chiste y el jefe simuló enfadarse:
_ ¿Qué pasa? ¿que no me ois? ¿estais sordos o pasais de mí?, tú gafitas, contéstame ¿ligando un poquito?
El macarra tomó delicadamente las gafas de mi primo con dos dedos y las dejó caer hacia el suelo. Antes de que cayeran del todo las propinó una fuerte patada que las envió hasta la carretera haciendo parábola por encima de los coches aparcados.
_ ¡Oh Dios mío! ¡que mala suerte! juraría que he oído cristales rotos...
Fue entonces cuando sucedió. En pleno estallido de lerdas carcajadas, una rodilla furtiva se clavó en la entrepierna de un pechotoro desprevenido y cuando éste se retorcia dibujando una "o" de sorpresa en su boca, Juampa le endosó un cabezazo en plena faz de los que -si sobrevives- nunca se olvidan. La visión del malo entre los malos con el hocico ensangrentado y retorciéndose de dolor tuvo un efecto inesperado entre los dos sicarios que emprendieron una veloz huida calle abajo. Mi primo no remató la jugada. Salió disparado en busca de sus anteojos y montó en cólera cuando comprobó que -efectivamente- estaban hechos papilla. Mis ojos no estaban preparados para una escena así. Juampablo se abalanzó entonces sobre su víctima, levantó al macarra del suelo agarrándolo por la pechera y lo estampó una y otra vez contra uno de los vehículos allí aparcados.
-¿Quien me va a pagar esto, eh?, (plof) ¿quien? (plof), eres un idiota ¿entiendes? (plof),un idiota (plof)...
Así son a veces las cosas. Ese Juampa insólito que había actuado como un autético Mohamed Alí noqueando a Sonny Liston, lloraba ahora desconsolado por la suerte de sus antiparras. Y ese panoli que ahora le admiraba profundamente, trataba de consolarlo mientras nos alejábamos de la escena más insólita que jamás hubiera sospechado que llegara a presenciar. Me temblaban las piernas y no podía evitar volver la cabeza cada poco para comprobar que seguía allí: Pechotoro, un guiñapo cabizbajo que emitía gemidos desde el pavimento.
La vida es lo que tiene. Mientras el cine o la literatura suelen tener un final claro del que extraer conclusiones, la vida se empeña en continuar hasta estropearlo todo tarde o temprano. Así que aquel lunes me siguieron puteando, aunque eso sí, la energía en el empeño fue decayendo paulatinamente. Nuevos pardillos entraban en su punto de mira dispersando el incordio.
Mi primo volvió a su vida donostiarra de desfiles festivos y liceo francés. Eso sí, nunca volví a burlarme de sus extrañas clases extraescolares, especialmente de aquel "Ai-Kido" que obviamente, no era ninguna chorrada. Las discotecas nunca llegaron a formar una parte sustancial de mi ocio aunque sí el rock & roll, que estaba llamado a vivir años de gloria y aclamación masiva.
Cada cierto tiempo vuelvo a pasar delante de la disco. Hace años que no funciona. Una cancela mugrienta deja entrever la entrada del local con los anuncios de las últimas bandas que actuaron en ella. Cuatro tipos con camisas hawaianas y una maciza pechugona van dejando día a día que el tiempo amarillee sus felices sonrisas de poster.

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6 comentarios:

Bruno Pekín dijo...

Sencillamente...genial. De verdad. Hay que tirar de este hilo. He visto la memoria lúcida de una generación y se llama Roberto Moso.
Joooooooderrrrr: ¡El Delfín Verde¡. Manda huevos. Geeeeniaaal¡. Avanti, campeón. Y no lo olvides: la resignación es un suicidio cotidiano. ASÍ QUE ¡A TODA VELA¡¡A POR MÁS¡...
Pd. ¡El Volante¡¡Por el amor de dios, creo que voy a llorarrrr¡

ROBERTO MOSO dijo...

¿Ves patito,como tu charca te sigue importando? Los pubs de Moyua nunca podrán ser tan genuinos...

Anónimo dijo...

Eh! que poca memoria!!!, si no recuerdo mal, el apodo de pechotoro ¿no tiene algo que ver con que cogió "a pelo" uno de los monos que se escapó del puerto?.
Por cierto. y el Delphos?. Hay vi a Moris cantando "Zapatos de Gamuza azul". Tenía 15 años.

Anónimo dijo...

Yo he conocido al "pechines" pequeño, a Javi.

Pero lo que quería saber (si aún andas por aquí) si me puedes decir donde estaban ciertas discotecas, porque yo por lo visto soy unos 8 años menor que tu.

El Young's si no me equivoco estaba en las Viñas, en frente de la funeraria de Gamero.

El delfín Verde estaba en el callejón de Capi, subiendo hacia el cine Savoy.

El Galo's, el Country y el Aloha eran los de Capitán Mendizabal.

Pero los que no me suenan son el Brisa's y el Volante, aunque creo que este último estaba en Cabieces.

¿Dónde estaba el Brisa's?

¿Os acordáis del Delphos?

¿Y de uno que estaba al principio de la Txitxarra (al lado de las escaleras que bajaban al restaurante La Paloma) y que creo que se llamaba el President?

A ver los abueletes de la época si andáis por aquí.


Saludos.

Cándido Lucas dijo...

Delphos fue el antiguo Brisa's.

nineuk dijo...

Correcto! saludos.