jueves, 22 de septiembre de 2022

BIBA ZUEK.

 Programa especial sobre Zarama en Biba Zuek. Un día especial en el que tuve la ocasión de conocer a Leire Martinez, Andoni Egaña, Julen Leturiondo y a Mikel Elizegi, entre otros. Una tarde para no olvidar, la verdad. Puedes ver y escuchar la entrevista AQUI 


viernes, 22 de julio de 2022

COREOMANÍA


La coreomanía,  danzamanía,  dancing mania, enfermedad del baile,  manía de bailar  o, popularmente,  baile de San Vito, fue un  fenómeno social  que se produjo, sobre todo, en los  países centroeuropeos  entre los siglos  XIV  y  XVII. Se trataba de personas bailando de manera irregular, a veces miles a la vez. Afectaba a hombres, mujeres y niños, que bailaban hasta que se derrumbaban de agotamiento. Uno de los primeros brotes importantes fue en Aquisgrán, Alemania, en 1374, y se extendió rápidamente por toda Europa; un brote particularmente notable se produjo en la epidemia de baile de 1518 en Estrasburgo.

Según la Wikipedia,  afectó a miles de personas durante varios siglos. No fue un hecho aislado y estuvo bien documentado por sus contemporáneos. Fue, sin embargo, poco estudiada seriamente, y los diagnósticos se basan en conjeturas. En general, había músicos que acompañaban a los bailarines, pero no siempre. 

Algunas teorías proponen ciertos cultos religiosos detrás de las procesiones de gente bailando para olvidar así la pobreza del período. Otros, sin embargo, piensan que es una enfermedad psicógena masiva en la que la aparición de los síntomas físicos similares, sin causa física conocida, afecta a un gran grupo de personas que se van contagiando unos a otros. 

Miles de personas bailando sin parar hasta la extenuación sin causa aparente. Danzad danzad malditos… En este verano, con este torbellino de guerras, subidas de precio desbocadas y COVID persistente son miles los que se lanzan a bailar en festivales, verbenas y demás saraos con furia renovada.                                     Un día de estos lo mismo le cogemos gusto y recuperamos la coreomanía…. Todo es ponerse.

 


domingo, 10 de julio de 2022

UN DÍA PARA NO OLVIDAR



Un día de esos que me acompañarán hasta la tumba. Un concierto distinto, emocionante, ecléctico donde los haya. Desde Zarama hasta Kaxiano pasando por AC/DC. La Big band dirigida por Jaime Martinez al servicio de este cantamañanas.  Aqui os dejo un par de muestras:  

 SANTURTZIKO KONTZERTUA BI ABESTI

lunes, 13 de junio de 2022

Roberto & Itsasalde Band


 

Pues sí. El próximo día 8 de Julio, además de la sardinada tradicional, estaré cantando junto a la orquesta de txistularis "Itsasalde" dirigida por Jaime Martínez en el puerto de Santurtzi. Se trata en realidad de toda una "big band" donde los txistus comparten escenario con vientos, percusiones, coros y demás instrumentos.                                                                                                                                 No es la primera vez que me ocurre. En la Aste Nagusia 2019, la última que pudo celebrarse antes de la pandemia, canté junto a la banda dirigida por Garikoitz Mendizábal, toda una experiencia. Desde el ayuntamiento de Santurtzi surgió entonces la propuesta: "si cantas en Bilbao, te queremos ver en el pueblo". 

Por desgracia, a lo ya de por sí emotivo que promete ser el acto, se une la reciente muerte de mi madre, para quien las celebraciones en torno a la virgen del Carmen (ella también se llamaba así) tenían mucha importancia. Será una actuación dedicada en cuerpo y alma a ella.   

Así que trataremos de dar el callo. Hay temas que se han convertido en obligados para la fecha y que cantaré con gusto  "Soy de Santurce" (Santurtziko naiz bigarren partean) , "Desde Santurce a Bilbao", "Itsasontzi Baten", "Santurtzi Aldea Guay" (espero contar con la colaboración de su autor Luis Pereira) . Tambien me lanzaré a la piscina en versiones del "Higway To Hell", "Black is Black", "Atharratzeko Gasteluko Kantua"  y "We Are The Champions" reconvertida en "Guk Irabazi Dugu" y dedicada a la Sotera. Caerán, por supuesto,  unas cuantas de Zarama y alguna sorpresa más que no quiero desvelar todavía.  El día 4 de Septiembre haré lo propio en fiestas de Zestoa - con dos canciones de Zarama-  compartiendo esta vez escenario con Eñaut Elorrieta de Ken Zazpi. 

A ver que tal.     

    

 

sábado, 14 de mayo de 2022

ROBERTO MOSO ETORBIDEA


Aquí os adelanto lo que será el nuevo callejero de Bilbao para 2136.  Como era de esperar una importante avenida central lleva mi nombre. Todo un detalle por parte de los visionarios que llevan a cabo la Expo del FANT 2022, el festival de Cine Fantástico de Bilbao. Comparto honor con Eskorbuto, Vulpes, Lemmy Kilmister, MCD, Motorsex, Doctor Deseo, Alex Oviedo etc. Ya puedo palmar tranquilo vamos.   

viernes, 15 de abril de 2022

DONOSTIA 1904: TIGRE CONTRA TORO

 


Pongámonos en situación: una plaza de toros repleta de gente rugiente y en medio, sobre la arena, un toro de lidia y un león, convenientemente excitados para la ocasión se enfrentan a vida o muerte en una pugna salvaje.  ¿Estamos hablando del Coliseo romano o similares? No. El “espectáculo” se produjo en la desaparecida plaza de toros del Txofre, en Donostia en un acontecimiento que llenó el recinto a principios del siglo pasado y que está documentado en los periódicos de la época.                                                                                                           El evento podría haber quedado en pura anécdota. Un capítulo más del libro de los horrores en el mundo autodenominado como “civilizado”. Pero aquello se salió de madre y la sangre se derramó más allá de lo previsto.                                                                                Fue el 24 de julio de 1904. Después de una novillada habitual, se anunciaba la lucha entre el tigre de Bengala “Cesar” y el toro “Hurón” de cinco años. En los días previos, los dos animales fueron expuestos al público: el tigre en una jaula y el toro en los corrales de la misma plaza. El “Correo de Guipúzcoa” podía leerse el anuncio: “Mañana tendrá lugar en la plaza de toros el sugestionador, atrayente y esperado espectáculo de la lucha del tigre y el toro”. En el ruedo se montó una enorme jaula de veinte metros de diámetro diseñada por “los señores Sarasola y Carrasco”.                          

Efectivamente se celebró la primera parte del espectáculo, pero la gente lo que estaba ansiosa era por ver como se desarrollaba la pelea entre los dos animales. “El Correo de Guipúzcoa” relataba así lo que ocurrió a continuación:                                                              

«Eran cerca de las  siete cuando comenzó la pelea. Las dos bestias fueron sacadas en jaulones. El tigre venía conducido por Mr. Ramband, comerciante de fieras marsellés, que lo vendió por 7.000 francos, “garantizando su poder y ferocidad”. Ambos animales fueron excitados con disparos y coletazos antes de abrir las compuertas para que sus cajones pasaran al jaulón. La pelea, desde el primer momento tuvo poco interés, con gran dolor de los franceses, que habían apostado por César, porque éste, a pesar de su ferocidad garantizada, comenzó a correr ante los cuernos de Hurón, que, en cuanto le echó la vista encima, le acometió, resuelto a destriparle. Logró alcanzarle, y empuntándole, lo zarandeó terriblemente, arrojándolo luego a la arena y pateándolo a su placer. El pobre César, quejándose, procuraba defenderse a zarpadas y mordiscos, y Hurón fue herido en el hocico y en las patas. Luego el tigre acobardado, se pegó a los barrotes de la jaula y comenzó a dar vueltas, buscando ansioso la salida, mientras el bravo Hurón, en el centro del campo de batalla, mugía escarbando la arena y sin ganas de rematar a su adversario. Pero como el público había ido a ver la muerte de uno de los dos animales, exigió que nuevamente se les excitara para obligarles a combatir. Lo exigieron lo mismo los franceses que los españoles, y obedientes, los empleados de la plaza, consiguieron que César, chamuscado por los cohetes y herido a pinchazos, se levantase, y que Hurón, furioso le pateara y corneara de nuevo, destrozándole un brazuelo. De pronto, el tigre, en un arranque supremo de ferocidad, saltó al cuello del toro, marcando todo a dentellas y zarpazos, y el cornudo, dando una sacudida tremenda, arrojó al felino contra una de las puertas de la jaula, y acometíendole allí con ímpetu terrible, destrozó la puerta, saliendo ambas fieras a la plaza”

Las crónicas relatan como el pánico se extendió rápidamente ya que el tigre podía saltar a los tendidos En esos momentos los migueletes, cuerpo de milicia encargado de la seguridad, armados con pistolas y fusiles Maüsser iniciaron un tiroteo al que se unieron paisanos que portaban pistola, algo, al parecer, habitual en aquellos años. El resultado fue de un muerto y dieciocho heridos. César, el tigre, murió tiroteado en la plaza, rematado por un señor que saltó resuelto con su revolver. El toro, Hurón, fue abatido en el corral. La crónica de “El Correo de Guipúzcoa” terminaba así:

«La sangre ha corrido en la plaza de toros, vertida por las balas Maüsser de la fuerza pública, que con gravísima e injustificada imprudencia rompió, no sabemos por orden de quién, un fuego graneado contra el tigre que yacía agonizante en el ruedo a la puerta misma de la jaula». «¡Pobres hermanos nuestros, que fueron a solazarse un rato y se encontraron con un balazo! Fuimos de fiesta y volvimos de entierro».


viernes, 8 de abril de 2022

JÓVENES

 


Los dos son jóvenes. Los dos tienen posters de los Beatles. Los dos están enamorados. Los dos son de familias humildes, los dos están preocupados por su futuro. Los dos podrían ser grandes amigos. Tienen mucho mucho en común.

La pena es que uno de ellos acaba de morir, destrozado por un misil que ha lanzado el otro.

sábado, 2 de abril de 2022

JULIETA VENEGAS VICTORIA EUGENIA ANTZOKIAN




 Simpática y elegante se mostró la mexicana Julieta Venegas en su concierto del lunes 28 de marzo de 2022 en el teatro Victoria Eugenia de Donostia.                                                            Formato de trío con batería y contrabajo que funcionó aceptablemente, aunque sin llegar a sonar como en sus conciertos con banda completa. Julieta también apareció sola en escena en algunos temas, al acordeón, piano o charango, como en este que os muestro en primicia. Como es habitual en sus bolos, el público mostraba una enorme variedad de generaciones y aspectos, una transversalidad no muy habitual con un nexo común, el gusto por unas canciones que generan buena onda y hablan de sentimientos que unen al común de los mortales.         

martes, 29 de marzo de 2022

VINILO TEMPORE. (Gotzon Bastida)

 


          “A menudo recuerdo cosas que no he vivido.”              

          Los domingos, a eso de las once de la mañana, echaban a andar en dirección a Santurce atravesando zonas sin edificar, vacíos interestelares llenos aún de maleza y deshechos por los que corrían perros sin dueño, recorriendo un camino de tierra que seguía el trazado del muro de la fortaleza de San Juan de Dios, dejando a la izquierda el poblado de las Casas Prefabricadas de El Burgo, construidas para alojar entre paredes de papel a los afectados por las explosiones del gas butano, hasta desembocar en la carretera nacional a través de un pequeño túnel peatonal que conservaría mucho tiempo -como si de una siniestra advertencia se tratara- sus paredes ennegrecidas por el humo y el fuego de alguien a quien habían quemado allí mismo (¿quién? ¿por qué?). Llegaban luego hasta una sala de juegos situada en una de las primeras calles del pueblo, donde jugaban unos futbolines, tal vez unos petacos, todo tan físico, tan profundamente orgánico aún, tan confiadamente ajeno a la ofensiva que la SEGA Corporation, Arcade y los Space Invaders estaban a punto de desencadenar y que partiría la Historia en dos poniendo el mundo en sus manos… Salían de allí para recorrer más calles – mediodía: panes bajo el brazo,  zapatos de ir a misa, olor simultáneo a colonia, gasoil, lejía y café- hasta llegar a la sala Young´s de Las Viñas, en cuyo interior les esperaban, entre las nebulosas fosforescentes de una realidad paralela, las actuaciones en directo de Storm, Triana, Burning, Bloque, Fusioon. Aun eran demasiado jóvenes para beber, para fumar, para follar (siempre que no fuera en sueños) o para preocuparse por el qué pasará mañana. A sus quince años eran tan solo agentes infiltrados en un mundo que aún no era el suyo, pero que lo sería pronto. Cuando eso sucediera, el fin de la inocencia sería el precio a pagar, pero qué más daba: era algo que iba a suceder hicieran lo que hicieran. Así que cuanto antes, mejor. A una edad en tierra de nadie, sin asideros, en la que tan fácil era quedarse a la intemperie, vagando en la inmensidad de un espacio helado y vacío, la música les servía como una estrella en torno a la que orbitar; un motor que les empujaba a moverse, caminar y explorar el mundo que les rodeaba, además de un vínculo de acero entre ellos. Ellos: esos mismos cuatro pelagatos que algo así como dos horas después de haber entrado, emergían de las tinieblas del Young´s a la luz del día con ritmo de samba en las venas y todas las áreas del cerebro recalentadas en su empeño por procesar semejante ensalada de nuevos estímulos. Y, como si estuvieran de pronto rellenos de helio, flotaban ingrávidos acera abajo hasta la calle del Dólar para aprovechar que El Delfín Verde –agazapado en una de sus bocacalles- permitía entrada libre en el último tramo de su sesión matinal. Una vez dentro, fascinados por la calidad sobrenatural del equipo de sonido, cautivos de los haces de luz de la bola de espejos y el ir y venir de los focos giratorios, tonteaban por la pista, rehenes de los arreglos siderales del “Papa was a rolling stone” de The Temptations, del desparpajo orquestal del Nuevo Sonido de Filadelfia, del acrobático humor amarillo de Carl Douglas y “Kung Fu Fighting” o de la perversidad adolescente del “Sugar Baby Love” de The Rubettes. Hasta que de pronto se encendían las luces con una canción lenta que era siempre la misma y que venía a decir: todo el mundo fuera. Y entonces desandaban el camino, Los Cuatro. De vuelta al hogar. Y tal vez eligieran en esta ocasión volver a través de las humaredas de las parrillas de sardinas del puerto, recorriendo el paseo del Relleno por toda la dársena hasta alcanzar la Náutica y las piscinas de su infancia, cruzando el parque de los monos estremecido como siempre por los graznidos de los pavos reales, empezando a divergir a partir de ahí sus vectores hasta colocar a cada uno de ellos ante su propia comida familiar, inevitablemente conectados por los hilos invisibles de lo vivido, la sólida textura de un domingo cualquiera al que aún le quedaba la mejor de sus dos mitades: la tarde.

 

 

                                        1

            «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.”

                                                                                       “Cien años de soledad”

 

               Las epifanías y el contacto con lo mágico se producen a edades tempranas. En los sapiens, a partir de cierto momento, pongamos los trece años, la materia gris disminuye en tamaño y las sinapsis neuronales se reducen sensiblemente. Como contrapartida, las conexiones que permanecen se especializan en la efectividad. Efectividad frente al mundo que les rodea. Pragmatismo. De pronto, la fantasía pasa a ser una amenaza, una rama sobrante. Hay que poner los pies en el suelo. Bajar la cabeza de las nubes. No mirar volar las moscas. La mecánica corporal se concentra en la adaptación y la supervivencia. Todo lo demás es apartado. Desaparece. O se esconde en una remota región interior esperando el momento propicio para reaparecer…

                Por lo que se refiere a A.M., sus tres iluminaciones, así es como él prefiere llamarlas, todas ellas previas a su adolescencia, son:

 

Primera Iluminación: Round & Round

              “Me veo, no sé a santo de qué, en la casa de Alberto Arana. Ambos somos amigos de las monjas, Colegio Santa Ana, Portugalete, algo así como el preescolar. ¿Tendremos cinco, seis años? El portal es el primero de la calle Carlos VII. El número 2. Haciendo esquina con General Castaños. Una casa alta para la década de los sesenta, casi un rascacielos. Aún sigue ahí. Idéntica a sí misma, a pesar de los años transcurridos. Un lugar también para las noticias luctuosas pues, desde tiempos inmemoriales, hasta hoy, las funerarias exponen en su fachada las esquelas de los muertos del pueblo. Impresos rectangulares con la foto del que se ha ido, nombres de los familiares, hora y lugar del funeral y que en paz descanse. La lluvia los golpea con frecuencia y los papeles acaban disolviéndose sobre la acera, esa misma acera que los muertos habrán pisado tantas veces. Resulta que como el padre de Arana es marino, la casa está llena de cosas raras. Exóticas. O eso me parece. Estamos en la cocina, que es amplísima, y Arana me va a enseñar su último juguete. Aparece con un enorme platillo volante con ruedas que deposita en el suelo y que empieza a rodar sobre las baldosas hasta chocar con la pared y entonces ¡cambia de dirección! Y sigue rodando hasta topar, un par de metros más adelante, con la pata de la mesa… ¡y lo hace de nuevo!¡Gira él solo! No daba crédito. Mi cabeza humeaba… ¡Aquel cacharro podía estar rodando de un lado para otro hasta el juicio final! ¡Si lo bajáramos a la calle y lo dejáramos sobre la acera, daría la vuelta al mundo!¡No se pararía jamás!”

 

Segunda Iluminación: Invisible Touch

           “Un día mi padre saca del bolsillo un trozo de metal oscuro, feo, irregular. Del tamaño de un dedal. Lo pone sobre la mesa de madera del comedor. Agarra unos alfileres que había por allí y los sitúa a cinco o diez centímetros y de inmediato se desplazan por sí solos hasta agarrarse con fuerza al metal. ¡Un imán! Cráneo humeante de nuevo. ¡Así que había fuerzas invisibles que podían mover las cosas! ¡Con un imán gigantesco se podrían arrastrar camiones y derribar aviones y vete tú a saber cuántas cosas más! Me pasé el día probando aquel prodigio sobre todo tipo de superficies y descubriendo que no todo lo que parecía hierro lo era en realidad y que la potencia de un imán era capaz de traspasar el plástico y el papel. Todos los días de los meses siguientes, sacaría algún momento para dar vueltas en mi sesera al vital asunto de “cosas que se podrían llegar a hacer con un gigantesco y poderosísimo imán”.

 

Tercera Iluminación: The Art of Noise.

            “Doy un brinco en el tiempo. Tendré ya trece años. Mi tío Santi, hermano de mi padre, trabaja como empleado en una tienda de electrodomésticos de Portugalete. Un día, como yo llevaba tiempo dando la tabarra con la idea de un tocadiscos o al menos un transistor para mi uso exclusivo (ya asomaba sus antenas y parte de su cuerpo segmentado el gusano musical), aparece por casa con un radiocasete (sería más apropiado decir un reproductor de casetes, es para lo que servía, allí no había radio alguna incorporada). Lleva una cinta de demostración de música orquestal que suena bien y nada más. Pero luego pone una cinta virgen, vuelve a introducir la mano en la caja de cartón y extrae, envuelto en su plástico, un rudimentario micrófono.  “Y con esto se puede grabar lo que quieras”, dice. Conecta el cable a una compleja entrada lateral. Presiona a un tiempo dos teclas y me acerca aquel artilugio… “Di algo”, “¿Y qué digo?”, “Lo que quieras”, “No sé qué decir”, “Con eso ya vale, verás” ...Apartó el micrófono, rebobinó la cinta, dio al play y… ¡eran nuestras voces! ¡El momento que habíamos dejado atrás estaba atrapado para siempre allí dentro! Nunca hubiera podido creer que fuera así de simple. ¡Podría cazar todos los sonidos, todas las canciones, las voces, la vida entera! No es que deseara aquel trasto… ¡es que lo necesitaba más que al aire! ¡Sería mío y nunca me separaría de él! Y eso es lo que hice. De alguna forma.”

 

                                         2

 

            Acabábamos de estrenar la década de los setenta. Toda la familia comíamos en la mesa de la cocina. La radio estaba sobre el frigorífico. No era ya una de aquellas soñadoras y hermosas radios grandes a válvulas con el nombre de todas las ciudades del mundo escritos en el dial que morirían ejecutadas por la llegada de la frecuencia modulada. Tuvimos una de esas, por supuesto, cálida y barroca, de arquitectura única, pero había expirado poco tiempo atrás. Como Hemingway, tiró la toalla cansada de luchar contra un tiempo que la excluía. Y un día, sencillamente, entregó su alma con un último suspiro y dejó de “andar”. Su sucesora estaba hecha de otra pasta. En realidad, ya no era una radio propiamente dicha: se trataba de un transistor forrado con una gruesa funda protectora que lo defendía del polvo y la suciedad y dejaba acceso a los botones fundamentales. Echaba humo todo el día, ese transistor. Dale que te pego con las voces marciales de siempre dando las noticias de siempre. Curas impartiendo sermones apocalípticos desde locutorios franquistas con olor a incienso. El Ángelus a las doce en punto. Empalagosas voces blancas reclutadas en la Sección Femenina de Falange leyendo la programación del día. Consejos comerciales doblados por el peso de la caspa, pero aun así entrañables. Yo soy aquel negrito. Soberano es cosa de hombres. Mantenga limpia España. Pero de un tiempo a esta parte algo estaba cambiando ahí dentro. Surgían nuevos lenguajes, nuevas propuestas. Todavía eran tan solo excepciones, islas diminutas en medio de un aburrimiento oceánico, pero crecían y se multiplicaban con rapidez. Desde esos rincones del dial nos llegaban por fin canciones que parecían hechas para nosotros… Y ahora, gracias a aquel ingenio grabador de mi tío Santiago, yo podría capturarlas en una casete y disfrutarlas cuando me diera la gana. A la hora de comer, los todavía larvarios 40 Principales eran una buena oferta. El micrófono llevaba un sencillo accesorio de plástico que se le acoplaba y le hacía levantar el morro, como un mortero en zona de guerra. Colocados uno al lado del otro, mi nuevo aparato empequeñecía al transistor hasta hacerles parecer Godzilla y la Hormiga Atómica. Antes de sentarme a la mesa dejaba todo el tinglado dispuesto. Luego empezaba a comer convertido en un ceñudo tirano atento a la voz de los locutores. Al anuncio de determinada canción, abandonaba de un salto el zancarrón con tomate para lanzarme sobre la nevera exigiendo silencio a todos mientras ponía el trasto a grabar presionando dos de sus teclas al tiempo. Si en algún lugar hay un registro de los momentos estelares de la petulancia este ocupa, a buen seguro, un lugar destacado. ¿Se puede ser más cretino? ¿Simplemente, por qué no me arrojaron por el balcón y luego siguieron a lo suyo? Y así día tras día, tensando el microclima familiar con mi antojo, acumulando grabaciones y broncas, hasta cosechar finalmente un C60 con unas diferencias atroces de volumen, interferencias, tajos a destiempo y en el que, mezclado con el “Vals de las mariposas” de Danny Daniel, podía oírse el sonido de las cucharas sopeando, el siniestro arrastrar de banquetas y la tos de mi abuelo.

 

                                           3

 

 estamos Los Cuatro sentados en la terraza de un sitio que se llama el Kubrick Bar y me parece curioso que se llame así porque las pelis de Stanley tienen lo suyo en música el tío se lo tomaba tela en serio como por ejemplo las cosas sintetizadas que suenan en la naranja mecánica o el así habló Zaratustra de la escena de los monos de 2001 uf mucha música en ese  y también el recuerdo de Schubert  maravilla piano cello violín en Barry Lyndon y más cosas porque la chaqueta metálica también guau que sí Kubrick maniático obsesivo insoportable genial y es la una y media y tomamos vino blanco y cerveza mientras vemos cómo la línea de sombra se desplaza poco a poco hasta devorarnos por completo como uno de esos monstruos de otro planeta que consisten básicamente en una mancha que se expande más y más / y entonces según pasan los minutos el sol ya no está aquí sino un poco más allá y luego más allá y luego más allá y el asunto se nota porque de pronto la  calle es un tubo de aire frío lleno de balcones fríos y baldosas frías y sillas frías y orejas frías y corrientes heladoras y es como si estuviéramos atrapados los cuatro en una placa de Petri y algún hijo de puta bata blanca experimentara con nosotros sobre el límite crítico de colapso multiorgánico a cierta edad / y pasan negros aerodinámicos llenos de bolsas vendiendo calcetines con diferentes grados de tabarra verbal y pasan también rodando bien cerca coches enormes casi siempre de color blanco y con un solo pasajero dentro que siempre parece el mismo y que mira las terrazas el muy cabrón como si deseara rociarlas con napalm en plan un día se me van a hinchar los cojones y la voy a armar mientras de  la tienda de alquiler de bicicletas que hace esquina salen dos tías fuertes y rubias tan en manga corta que solo pueden ser finlandesas que caminan calle arriba dirección a la tienda de discos power records que es de las últimas de su especie en pie porque todas las nuestras ya han muerto vellido quintana serrano corte inglés galerías preciados donde escuchábamos de pie y en mostrador circular con teléfonos auriculares uno en cada mano  y un dependiente en el centro que iba pinchando sin ningún interés y como ofendido por tener que estar haciendo lo que hacía / y me revuelvo en la silla de plástico y aluminio del bar y cambio de postura e inspiro fuerte por la nariz intentando agarrarme al instante Kubrick a la calle en la que estoy al aquí y ahora como a tabla de náufrago o risco saliente sobre el precipicio porque en realidad no estoy aquí  y sé que es por un gesto de piper de hace nada cuando aún nos quedaba un poco de sol de oro caliente y piper nos ha entregado en mano como todos los años un cd recopilatorio cosecha propia y ha bastado solo ese gesto de transacción escénica para que mi cabeza saliera disparada mil años atrás

 

                                                                        4

 

                Portugalete, 1972. Dejo la tarea de química a medio hacer y salgo de prisa de casa. Puerta, escaleras, la acera. El aire frío de febrero soplando en la cara. Son las siete de la tarde, pero ya hace tiempo que se ha hecho de noche. Viejos camiones grasientos desplazándose por la oscura carretera a Santurce como elefantes agotados camino del cementerio de marfil. Fluorescentes de baja intensidad bañando siluetas estáticas que esperan la vez en las tiendas de ultramarinos con un capazo vacío en las manos. Sombras chinescas en las ventanas. Bajar, bajar, bajar rápido toda la cuesta hasta el puente colgante. Para flotar en la barquilla sobre el agua densa-densa chocolate. Al otro lado ya espera Piper. Siempre nos sentamos en la piedra. Ahí mismo. Me entrega la nueva casete grabada. Basf C90 Hierro. Impecable. Dejamos pasar tres o cuatro puentes. Que vienen y van. Motos, coches, bicis, gente. Nos damos un respiro.  A nuestra bola. Esto y aquello. Risas. Cada cinta siempre lleva dos álbumes completos. Uno por cada lado. Led Zeppelin IV. Wings Wild Life. Badfinger. Guess Who, Ziggy Stardust… Mundos enteros explosionando. El Big Bang de los sonidos. Pero siempre sobran minutos para un relleno, canciones sueltas que completan el minutaje. La última siempre acaba a tajo. Como debe ser. Se aprovecha hasta el último aliento grabable. Y ahí siempre hay sorpresas. En el relleno. Delicatessen. Maravillas emergentes de cosecha piperiana. Elliot Murphy. Mama Cass. Stealers Wheel. Grand Funk. Caen las primeras gotas. Finas. Casi imperceptibles. Adiós. Nos vemos mañana. En el colegio. Y ya estoy cruzando de nuevo la frontera entre dos mundos. Smic / Smac. Ánodo y cátodo. Sístole y diástole. Hacia la otra orilla. Sobre la ría, otra vez, ahora escenario de un ballet de remolcadores terminando jornada. Subir, subir, subir, remontar las cuestas bajo el eterno sirimiri. Comercios cerrando. Estrépito de persianas tableteando como carracas al caer. Paraguas brillando como focas. Bares desnudos con una única figura apoyada en la barra, el chiquito en la mano, mirando hacia fuera sin ver. Llego a casa. Soy yo. Olor a castañas asándose sobre la chapa de leña y carbón. Pelo húmedo y aun así directo a la habitación que comparto con mi hermano. El cuaderno y el libro siguen abiertos sobre la cama tal y como los dejé. Sodio, potasio, rubidio. Saco la cinta del bolsillo y con un par de gestos hago que “Madman across the water” comience a sonar. Y con las primeras notas del piano las paredes se derrumban y el techo de la habitación salta por los aires.

 

                                        5

 

               Los viernes por la tarde, un portero vestido como el recepcionista del Hotel Hilton de Nueva York se cuadraba todo sonrisas ante cuatro mocosos a su llegada a la Sala Jamaica de Portugalete. Había una razón de peso: entre ellos estaba el hijo del jefe. La familia de Piper eran los propietarios de aquel palacio de los sueños situado en el camino al campo de San Roque. El primero de los grandes aciertos era el nombre: Jamaica, tres sílabas con sabor a las películas de piratas que veíamos en las matinales de cine. Ni el reggae ni Marley ni la hierba estaban aun ni remotamente en nuestro radar, así que Jamaica era una luna roja brillando sobre el mar, la calavera y los huesos ondeando en el palo mayor, garfios, patas de palo, mujeres salvajes con escotes vertiginosos soltando una carcajada con los brazos en jarras y broncas multitudinarias en las tascas del puerto. Jamaica, ¿a quién se le ocurriría llamarlo así? Y, ¿por qué? Pensándolo ahora, no solo sería el portero, me imagino que allí habría más ojos pendientes de que Piper se encontrara a gusto, que no le faltara de nada. Y por añadidura, tampoco a los desgarramantas que le acompañaban. Intuyo manos invisibles que despejaban discretamente nuestro rincón favorito (tal vez hasta sacando de allí a empujones a algún incauto), veo camareros ajustándose con premura el corbatín bajo el chaleco, erguidos como mariscales austrohúngaros a nuestro paso, recuerdo refrescos servidos en vasos impolutos, abrillantados hasta el desgaste y al disc jockey atento como un pointer a lo que nos hacía mover el pie para incluirlo en el epígrafe “tema imprescindible-pinchar los viernes” … Stones, Purple, Led Zep. ¿Qué más se podía pedir? De nuevo el destino haciéndonos un regalo, los dioses sonriendo a nuestro paso, la fortuna arropándonos con su manto de plata. Entre aquellas paredes íbamos a ver, tan cerca que podíamos tocarlos, a los integrantes de grupos como Mezcla, Andrómeda o La Quinta Reserva dejarse la piel en versiones salvajes de canciones insólitamente “à la page”. Allí intercambiaríamos, hablando los cuatro al tiempo, nuestras desventuras más recientes entre los muros del penal menesiano. Por allí empezaríamos a ver pulular personajes que, por su aspecto y la música que les hacía vibrar, serían nuestros futuros aliados. Y allí, extasiados por esa sensación de libertad extrema que solo puede ofrecer la tarde de un viernes, con el ánimo estratosférico de tener todo un fin de semana por delante, resulta que a la mínima nos poníamos a bailar.

 

                                        6

 

                Siendo realistas, el término bailar les quedaba un tanto grande. Aunque, por otro lado, a su favor hay que decir que lo daban todo. En las discotecas, Los Cuatro pasaban de permanecer amodorrados en una mesa claramente periférica del local a saltar al foso de un brinco y fregar la pista con el sudor de sus cuerpos con tan solo sonar el primer acorde del “Highway Star” de Deep Purple. ¡Qué instinto escénico! ¡Qué asombroso sentido del espectáculo! ¡En contadas ocasiones, antes y después, la civilización occidental ha podido contemplar semejante despliegue de gestualidad! Tocaban guitarras fantasmales, redoblaban baterías aéreas y sus dedos recorrían teclados invisibles mientras cabeceaban ceñudos golpeando un clavo imaginario con su frente. Con el tiempo, esa coreografía no dejaría nada al azar: las sincronías eran perfectas y cada nota estaba en su sitio, pues la canción la habían escuchado un millón de veces. Y si los dioses del sonido tenían a bien que a Deep Purple le siguiera algo como el “Gerdundula” de Status Quo, el cuarteto entraba en trance místico, perdiendo el poco control que les quedaba, agitándose epilépticos bajo el influjo de misteriosas y terribles descargas eléctricas, con los ojos en blanco como los no-muertos de las noches de Haití.

 

                                         7

 

los padres de Manu tenían una tienda de ropa y novedades llamada coquet que recuerdo como un mundo aparte ordenado y acogedor y con un olor mullido a lana y angora y tergal donde había que probarse jerseys camisas nikis pantalones la madre siempre rápida y nerviosa y el padre siempre grave y sonriente y hasta tímido en aquel espacio de mostrador doble con una puerta que daba a un almacén que era un tetris de cajas de cartón de todos los tamaños un lugar en el que me gustaba estar con cualquier excusa pero al que a partir de cierto momento solo se iba si no había más remedio porque la norma y el impulso natural eran escapar todo lo posible del radar de los padres pero claro la tienda desapareció y ahora veo tanto tiempo después al pasar por allí el local reencarnado en algo que se llama encurtidos sánchez donde venden un montón de cosas metidas en tarros de cristal aceitunas chorizo queso pimentón de la vera como extrañas formas de vida flotando en formol / porque el tiempo cabrón ha ido demoliendo las cosas que nos acompañaban y ahora el Young´s es un supermercado y el Jamaica también dos supermercados enormes en los que los guardas jurado dimiten uno tras otro aterrorizados por ver en la noche a la luz de sus linternas refulgentes ectoplasmas que se mueven entre los pasillos de conservas galletas licores artículos de limpieza leche yogures flotando concentrados en sí mismos los ectoplasmas ondeando sus luminosas transparencias siempre al compás de con su blanca palidez de procol harum que es sin discusión alguna una de las canciones más devastadoramente tristes que se han escrito nunca nunca nunca y que ya en sí misma por sí sola y sin fantasmas por medio justifica que el más bregado de los guardas arroje todo sobrepeso y salga por patas de donde sea perdiendo el culo y sin mirar atrás

miércoles, 16 de marzo de 2022

JUKE BOX

 Gotzon Bastida.


Solo mucho más tarde nos enteramos de que aquello era una jukebox, para nosotros era una máquina de discos. Un robot prodigioso que no tenía ningún problema en mostrarte a través del cristal cómo lo hacía: el brazo desplazándose solemne hasta agarrar delicadamente el single seleccionado. Una vez atrapado, su arrastre a trompicones hasta el punto de reproducción. Un par de segundos más y la espiral girando ya a cuarenta y cinco revoluciones por minuto. Y por fin, el sonido. Aquello era pura magia. Pero era caro. Por eso, la máquina se pasaba muchísimo tiempo en silencio. Triste y sola, como el arpa de Bécquer, hasta que un corazón partido no podía evitar gravitar en círculos y caer en su órbita, rascarse el bolsillo, teclear la selección y al poco en el aire explotaba una canción horrenda que convertía a todos los presentes en víctimas de un sociópata sónico que ahí seguía aún, el muy cabrón, satisfecho y ondulante, las dos manos apoyadas en los extremos del ingenio, los ojos escudriñando de nuevo el listado de canciones para decidir cuál iba a ser su próximo golpe, ajeno del todo a los puñales que llovían sobre su espalda . Pero otras veces, ah, otras veces era bien distinto y una covacha triste habitada por futbolines y niñatos con acné volcánico se iluminaba con una buena canción. O un bar se sacudía la modorra.                                                                                                   Y así, en el caprichoso mundo de mi memoria, en la sala portugaluja de Desi sonará hasta el día del juicio final la maravillosa “Nutbush City Limits” de Ike & Tina Turner; y en otra sala, posterior y efímera, junto a la casa de mi amigo Flaki, será el Bangla Desh de Harrison; y en una extraña sala de Las Arenas hundida en el subsuelo rebotarán eternamente entre sus bajísimos techos los acordes del “Communication Breakdown” de Led Zeppelin, y en un bar frío y desapasionado que hacía esquina en la plaza de Santurce será el “Rock and roll” en dos partes de Gary Glitter, y…


sábado, 19 de febrero de 2022

UN ARTÍCULO DE JUANMA ESKORBUTO.



 De forma casual me encuentro con un viejo artículo publicado en la revista "Sintonía". Lo firma Juanma Eskorbuto y es un repaso a las canciones del Anti-Todo. Como se que muchos visitais esta páginas en busca de las huellas eskorbutianas ahí lo tenéis. Que lo disfrutéis.

lunes, 31 de enero de 2022

Canciones sobre la bocina (Gotzon Bastida)

 

Autos de choque. Fichas redondas, amarillas y sucias. Si compras cinco te damos seis. Siempre hay un coche más rápido que los demás. Violento e inalcanzable. Todo el mundo sabe que es el 9 Rojo. Suena la bocina que marca el final del viaje y de los cuatro lados del rectángulo salta gente que corre hacia él, tropezando entre sí, metiéndose los codos, brincando entre el resto de los coches que aún continúan rodando por pura inercia. Carreras en vano, pues el 9 Rojo no queda libre por ahora. Disfrutando del momento, su ocupante alarga el brazo para introducir una nueva ficha en la ranura que, tras una resistencia inicial, el mecanismo absorbe con la avidez de un agujero negro. Nuevo bocinazo y todo se vuelve a poner en marcha. Otra vez el sonido de las ruedas deslizándose sobre las placas de acero, las chispas surgiendo del roce de las escobillas con la red electrificada que hace de techo, los prohibidos choques frontales que llegan a elevar al aire las ruedas traseras de los coches para luego derrumbarse rebotando sobre el metal. Y siempre un empleado cetrino, fibroso y patilludo de edad difusa, con un número tatuado en el antebrazo y mil llaves colgando de una hebilla del ceñido pantalón que va saltando de auto a auto con gesto displicente y aires de bailarín ruso, un Marlboro humeante en una mano, la otra aferrándose a la vara trasera del coche, la mirada abismándose desde lo alto hasta lo más profundo del escote de las dos incautas adolescentes al volante que han venido a caer en su tela de araña… Y mezclándose con todo esto, envolviéndolo en una burbuja de ritmo que lo aísla del resto del mundo: la música. Una tras otra, canciones vomitadas por unos gigantescos bafles baqueteados en mil ferias, llenos de cicatrices, de aspecto oscuro y grasiento, como si hubieran sido forjados entre las llamas del infierno y luego arrastrados con cadenas hasta el exterior. Atronando ahora con “El Jardín Prohibido” de Sandro Giacobbe y luego con “La fiesta de Blas” de Fórmula V y más tarde con el “Goodbye T´Jane” de Slade, sumando trallazo tras trallazo hasta dejar bien claro que aquí, en los autos, al pan, pan y al vino; sin hostias, ni postureos. Solo música directa al estómago. Baja en grasas y sin edulcorantes. Desnuda e inmortal. 


domingo, 30 de enero de 2022

PREMIO.




Así es la vida. Está uno confinado, tras dar positivo por  un "omicrón" manifestado en forma de enorme trancazo cuando suena la musiquita del móvil (especialmente molesta en estos días) y al otro lado escucho la voz de Lino Parabellum dándome una noticia  inesperada: "Oye , que te vamos a dar el premio Koska a la trayectoria, a tí y a Bolo". Pues mira que bien, los premios "al rock hecho en Bizkaia" reconocen mi trayectoria y la equiparan a la del gran Hipólito Garcia (Bolo), al que llevo desde los quince años siguiendo en sus numerosas reencarnaciones, siempre apostando por iniciativas arriesgadas y dando a gañanes como yo alternativas para la diversión y para el disfrute de la música en diversos formatos. Como bien ha dicho Loles Vázquez en el FB, ahora tendré que quitar la bailaora flamenca que preside mi aparato de televisión y colocar este trofeo del "disco mordido". Lo agradezco sinceramente. Uno siempre tiene dudas sobre su trayectoria. En tantos años pasados ha habido muchas decisiones y no de todas estoy orgulloso. Algunas me cambiaron la vida que llevaba radicalmente y otras podrían haberlo hecho...pero no las tomé... 
Ahora mismo me recuerdo a Frank Sinatra cantando aquello de "regrets... I had a few...", "tuve algunos remordimientos, pero al final... demasiado pocos para mencionarlos...." 
Sea como fuera, siempre he priorizado el estar en paz conmigo mismo y putear lo menos posible al prójimo, aunque a veces pueda haber sucedido sin yo quererlo. En cuanto a las obras... ahí están: discos, programas de radio, de televisión, reportajes, artículos, entrevistas, algunos libros... Que se aprecie desde fuera siempre es un aliciente, porque también se, (las redes se encargan de ello cada cierto tiempo) que también están los que me aborrecen a mí y a mis trabajos. No se puede -ni se debe- contentar a todo el mundo. Es lo que hay. 
Eskerrik Asko, benetan. Espero dut honek etorkizunerako indarra ekarriko
 duela. Ondo izan           

 

sábado, 15 de enero de 2022

CADA MINUTO. (CORTA-PEGA BLUES)

 

 Cada minutose vende un millón de botellas de plástico en todo el mundo. 

Cada minuto y medio hay un caso de lepra en el mundo

 

Cada minuto se tiran 3 millones de mascarillas a la basura en el mundo

Cada minuto en el mundo se utilizan 10 millones de bolsas de plástico, el 70% acaba en el medio ambiente

Cada minuto se produce un nuevo caso de ceguera infantil en el mundo

Cada minuto, tres personas mayores sufren una caída en su casa y cada dos minutos, una se cae en el baño

Cada minuto se produce un cuadro de diarrea aguda en menores de 5 años

 

Cada minuto se realizan más de 3,5 millones de búsquedas en Google, se producen 900.000 accesos a Facebook y se envían 156 millones de emails. 

Cada minuto se vierte al mar un camión de basura

 

Cada minuto, seis millones de personas hacen compras en línea

 

 

martes, 11 de enero de 2022

URóBORO (Gotzon Bastida)

 

Un insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha verde en forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge ante él. Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros chalés con su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto. Durante un instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto lo hubiera vivido antes no una sino mil veces: el insecto, esa señal de tráfico vibrando por el viento, aquella sombra de un columpio proyectándose monstruosa sobre una fachada, el silbido lejano de un cohete, todo. Tras unos segundos, la sensación se desvanece. Y su alma regresa al coche.

                           Es Nochebuena, y en el interior de las casas burbujea la vida mientras los hornos jadean como ciclistas y las chimeneas arrojan humo a un mundo repleto de villancicos, estrellas fugaces, campanas hechas de papel dorado, rebrotes sicóticos, hojas de acebo, renos sonrientes, bajones anímicos, trineos voladores, dulces carcajadas y sabe Dios cuántas cosas más.  Su casa es una de las últimas del grupo, pero cuando llega a su altura, por primera vez en siete años, no se detiene. Al pasar, ha visto fugazmente la figura de su mujer sentada en la cocina. Se dice para sí que dará media vuelta un poco más adelante, que tan solo necesita un pequeño respiro, algún minuto más, aclarar las ideas a pesar de que lleva todo el día planeando ese momento, conteniendo la rabia, ensayando cada una de las palabras que quiere decirle.  Sin embargo, continúa rodando más y más hasta que la carretera vuelve a ascender dejando atrás el valle, las luces, las casas.

                          La autovía de la costa serpentea entre una empinada ladera a un lado y el océano al otro. La noche es despejada y no hay circulación. Hay colgada media luna de color lima allí arriba. Su brillo dulzón se desploma sobre el mar y le arranca destellos que danzan como dibujos de Disney. Baja la ventanilla un par de dedos y con el aire le llega un olor a salitre y pescado podrido. Es consciente de que cada minuto que pasa se acerca más al punto de no retorno. En el asiento de al lado deja que el móvil vibre. Y con cada uno de sus zumbidos, le llega una pregunta: ¿dónde estás, amor?, ¿pasa algo?, ¿estás bien?, hasta que finalmente el teléfono queda en silencio y algo esférico y velludo se revuelve en su estómago. Se detiene bruscamente y consigue abrir la puerta justo a tiempo para inclinarse y arrojar un vómito oscuro y violento para sobresalto de lunas afrutadas, océanos traidores y una araña cebra que, maldita casualidad, dormitaba en su tela ajena a todo y soñando con moscas grandes como sandías.

                          Algo más adelante gira a la izquierda, toma una vieja carretera comarcal en dirección a las montañas y consigue por fin dejar el océano a sus espaldas. De vez en cuando unas luces delatan alguna casa de campo muy a lo lejos. Le vienen imágenes de mesas atiborradas, niños furiosos y perros moviendo la cola. Cosas así. Ha apagado el móvil y lo ha tirado al asiento de atrás. No quiere verlo. El aire que ahora entra por la ventana huele a estiércol y de vez en cuando se oye el canto ronco de un pájaro oculto en algún sitio.

                         Tres kilómetros más. ¿Qué está haciendo? El reloj marca la medianoche y ella estará pasándolo mal de verdad. Habrá llamado a todos los amigos comunes, a los compañeros de trabajo, estará pensando ya en accidentes y hospitales. Le da igual. Quiere castigarla, destrozarla, hundirla del todo. Por cosas que él sabe y hubiera preferido no saber nunca. La carretera parece atravesar ahora un bosque. Hay gruesos árboles y una densa vegetación a los lados. Estira el brazo y palpa el asiento de atrás hasta dar de nuevo con el móvil. El coche zigzaguea peligrosamente en la noche invadiendo el carril contrario varias veces, aunque sin nadie a quien alarmar pues a esas horas la circulación es nula y el mundo parece vacío. Conecta, saltan llamadas y mensajes perdidos a los que no hace ningún caso. Reduce algo la velocidad para escribir el mensaje: “Estoy bien. Necesito pensar. Pocas ganas de sentarme contigo a cenar esta noche, la verdad. ¿Te imaginas por qué?”. Lo relee, duda unos segundos, pero finalmente lo envía así, frío como la hoja de un cuchillo. Aunque, ¿y si se está equivocando?, ¿y si todo tiene una explicación? Tiene ante sí una recta inmensa y acelera algo más mientras busca la foto en el móvil. No sabe quién la ha enviado, pero le da igual. La encuentra y la pone ante sí, apoyándola en la parte alta del volante. Ahí están las miradas de caramelo, la de su mujer, la del otro, los labios rozándose, la mano del desconocido apartando un mechón de pelo de la frente de ella, todo despidiendo un aire de complicidad tan intenso como él no ha conocido nunca, todo tan clásico, tan humillante, tan de folletín barato…Siente de nuevo la náusea, el dolor, el desgarro, pero también la duda. Una duda enorme y fatal. ¿Y si todo es una paranoia?  ¿Y si está siendo víctima de una broma siniestra? Tiene que dar media vuelta ahora mismo, tiene que volver y preguntarle y escucharla, tal vez haya una explicación para todo esto y si la hay quiere conocerla, de viva voz, mirándose a los ojos, aunque sea lo último que haga en la vida…

                       Levanta la vista de la foto justo para ver durante un segundo el ciervo parado en el centro de la carretera, iluminado por los conos de luz del automóvil. Un frenazo y un volantazo instintivos hacen que el coche empiece a girar sobre sí mismo en dirección a los árboles. Dentro del vehículo el tiempo parece transcurrir con una lentitud imposible. La noche y el mundo giran en torno a él en medio de un feroz estrépito de metal y cristales. Y a pesar de todo, a pesar de lo que está viviendo, de su contundencia física, de sentir la muerte tan cerca, su mente no se mueve un milímetro de una idea central: por favor, por favor, así no, es nochebuena, la noche de la bondad, la noche en que los deseos se cumplen…Y él no quiere morir sin saber la verdad, ese es su gran deseo y lo siente con una intensidad tan brutal que en el mismo instante en que el coche se estrella contra los árboles y todo se hace pedazos…

                        Un insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha verde en forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge ante él. Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros chalés con su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto. Durante un instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto lo hubiera vivido antes no una sino mil veces.

                          

 

 

 


sábado, 4 de diciembre de 2021

TARA

Un cuento de Gotzon Bastida. 


Estábamos a mediados de la década de los ochenta, todos teníamos alrededor de veinticinco años y nos movíamos por la vida con la actitud demente de los electrones en el alma de un átomo, trazando trayectorias imprevisibles y chocando unos con otros sin cesar. Era un tiempo aquél en que en nuestras cabezas anidaban pájaros de todas las formas y colores cuyos constantes graznidos y agitar de alas nos resultaba imposible calmar. Estábamos bastante locos y, literalmente, todos ardíamos por dentro, y algunos también por fuera. Baste como muestra este botón.

                    El día del que os voy a hablar era uno del mes de junio, atardecía y el cielo tenía el color cereza propio de una prolongada ola de calor. Como todos los sábados, habíamos bebido unas cervezas, fumado unos cuantos porros, hablado por los codos, reído hasta torturar cada hueso del esqueleto y ahora el grupo, reunido junto a la imponente y destartalada fachada colonial del viejo hotel, estaba impaciente por aprobar un plan de acción para la noche. Intentábamos llegar a un acuerdo en una asamblea improvisada junto a la ría, nuestra entrañable, querida, repulsiva, odiada ría, como siempre pastosa, oscura y ancestral, por la que en ese momento se desplazaba hacia mar abierto un ruinoso mercante con bandera noruega desde cuya cubierta un puñado de marineros con el pecho al aire o, como mucho, en camiseta de tirantes, saludaban agitando los brazos sin que nadie desde los semi desiertos paseos de las orillas les respondiera. Tampoco es que lo hicieran con mucho entusiasmo, saludar, los del barco. Tenían el aspecto de actores abatidos o de reos cumpliendo condenas injustas. ¡Y siempre tan asombrosamente escasos! Me parecía prodigioso que monstruos flotantes como aquél fueran manejados por tan pocas manos, ¿o es que la mayoría se escondían a la vista atrapados entre émbolos grasientos y cilindros verticales en la ruidosa tripa del monstruo, siempre llena de nubes de vapor oscuro y al borde de una explosión por sobrecalentamiento? Lo dudaba. No me imaginaba ni uno solo de ellos que no estuviera en esos momentos en cubierta, atemperando la resaca y disfrutando de los últimos minutos con tierra a la vista, retrasando todo lo posible el momento de volver a mirarse a los ojos en medio de un desierto de agua, contando con ansiedad los días hasta llegar a un nuevo puerto. Un poco más allá, la barquilla del Puente Colgante se aburría sin apenas vehículos ni pasajeros, detenida en uno de los lados a la espera de que pasara el barco. Todo sucedía a un ritmo lento, tan lento como un Perezoso trepando a un árbol, como la espera de una cita importante, como cada anochecer de aquel recién inaugurado verano al que todos parecíamos llegar con un exceso de revoluciones en el motor interno. Tal vez porque nos hallábamos justo en el epicentro de un mundo a punto de desaparecer, y había algo dentro de cada uno de nosotros – un olfato primitivo, alguna oficina del cerebro reptiliano iluminada y con vistas a la calle- que de algún modo se daba cuenta y presentía lo que se nos venía encima. Por ejemplo, y mirando tan solo a nuestro alrededor, faltaba muy poco para que una mano negra hiciera que ese hotel que teníamos al lado, que constituía nuestro lugar de encuentro y en el que tantas horas pasábamos, ardiera hasta los cimientos y llamas gigantescas redujeran a cenizas aquellas paredes de techos altísimos donde se mezclaban las señoras de chocolate y churros con los grumos de yonkis pandémicos de cucharilla y rodaja de limón, todos ellos reconociéndose mutuamente por ser del pueblo de toda la vida: hijos pródigos, vecinas cotillas, niñas bien echadas a perder, jubilados espía, garbanzos negros, lectoras de misal, todos y todas entrechocando miradas de lástima y desafío cada tarde a de seis a nueve, ignorando lo poco que faltaba para que cayeran fulminados uno tras otro por aquel fuego injusto y violento que también iba a acabar con las leyendas de locura y crimen que habitaban las tenebrosas habitaciones encriptadas del segundo piso, ese mismo e idéntico fuego que devoraría el gran salón de baile de grandes espejos verticales que tanto me recordaba al del último tango de María Schneider y Marlon Brando… Todo aquello sería lamido a lo largo de casi un día por gigantescas lenguas de fuego entre columnas de humo negro y el crepitar rítmico de maderas y cristales. Y luego, nada, silencio y olvido, todo aquel friso histórico, aquel maravilloso fragmento de la comedia humana, reconvertido en un solar triste y vacío sobre el que ya volaban los buitres de siempre con las tablas de la ley comercial en el pico. Y en todos lados lo mismo. Rayos y más rayos cayendo aquí y allá, sin control. Los bancos de piedra del paseo, en los que nos apoyábamos esa noche de la que os quiero hablar, darían paso a aburridas verjas metálicas con el escudo del ayuntamiento como adorno estrella. El buque noruego que aquella noche ya empezaba a dejar atrás la protección de los diques de El Abra, sería muy pronto despedazado obscenamente en una playa de Bangladesh por un ejército de hormigas de aspecto humano y su cuerpo convertido en lonchas de acero reabsorbidas por la industria militar. A los heroinómanos, perseguidos con antorchas campo a través, expulsados a la más cruda de las intemperies y ya convertidos en sacos de huesos, el tornado del SIDA los fue rastreando y absorbiendo uno por uno, elevándoles en el aire girando sobre sí mismos como derviches hasta hacerles desaparecer entre las nubes. Y también las gigantescas toberas y cápsulas cilíndricas de humareda constante de los altos hornos que iluminaban de un rojo apocalíptico y cegador nuestro cielo al compás de las coladas, también ellas serían borradas del horizonte, junto a todas las formas de vida adheridas como mejillones a su carcasa: proletarias ceremonias sagradas y festivos rituales de cosecha cuya existencia dependía del latido constante de aquél gigantesco músculo central. Y así podría seguir con más y más ejemplos. Obviamente, se avecinaba un giro en el guion. Por todos los lados, a nuestro alrededor, refulgían mil señales y sonaban largas trompetas. Una vez más, la historia tocaba a rebato. El mundo analógico iba a ser enterrado junto a nuestra alegre juventud. Y todo iba a suceder a una velocidad pasmosa.

            Pero antes de que aquel alud se nos viniera encima, en el inicio de aquella noche centelleante y hormonal, alguien propuso dejarnos caer por una fiesta que un tal Toñín celebraba en un piso de Baraca. Era una opción interesante. Desde muchos puntos de vista. Incluido el empresarial. Porque llevábamos camello incorporado: uno de nosotros se ganaba la vida pasando hachís y en la fiesta iba a tener clientela asegurada. Y eso significaba que el grupo lo celebraría fumando gratis y a destajo el resto de la noche. Grandes noticias. Así que debate concluido. La decisión estaba tomada. Para allá que íbamos a ir. En marcha, pues. Las cosas eran así por aquel entonces. Y todo funcionaba a las mil maravillas. Incluso sin móviles ni internet, o precisamente debido a eso. Nos dividimos en dos coches y cuatro de nosotros seguimos a Eme hasta su Renault 4 con una idea muy vaga de cuál era la dirección exacta a la que nos debíamos dirigir. Esos detalles no eran importantes en absoluto. La clave era moverse con decisión. De una forma u otra siempre se acababa llegando. ¿Cómo? Pues, en general, de pura chiripa. De aquellos días conservo el gusto por el caos como el mejor de los sistemas para poner en orden lo que haga falta. Además, con el caos, suceden cosas. Muchas de ellas completamente imprevistas, y siempre de lo más edificantes.  

          Ya estábamos dentro del coche y con el motor en marcha cuando alguien golpeó desde fuera el cristal de la ventanilla de Eme.

          - ¿Adónde vais?

          Nina era una chica del pueblo. No solía andar con nosotros, su órbita era diferente, pero había algo en el pasado que la relacionaba con Eme y no era del todo extraño que algún que otro día se nos juntara en el tramo de una o dos cervezas. Llevaba rapados ambos lados de la cabeza y una gruesa mata de pelo a franjas grises y negras le iba desde la frente a la nuca dando la sensación de que llevaba un mapache dormido en la parte alta del cráneo. Por lo demás, su indumentaria habitual consistía en la superposición de mil trapos negros y granates estudiadamente armónicos y algunos accesorios pesadamente metálicos aquí y allá. Un aspecto que el paso del tiempo iba a normalizar, pero que en la época de la que estamos hablando resultaba aun de lo más llamativo, más allá de la portada de algunos discos.

        - ¿Nos lleváis? – dijo señalando con un movimiento de cabeza a alguien que tenía detrás.

         Desde mi posición, en lo que en cine se llama un plano contrapicado, ví el perfil de Tara allí fuera y sentí que la noche daba un salto cuántico en intensidad. Como si de pronto mi estómago hubiera entrado en el hiperespacio. Tara no era de Portu, vivía en Algorta, se movía con gente muy diversa y no era fácil de ver. Había coincidido con ella alguna que otra vez y había algo en ella que me gustaba, me gustaba a rabiar. Nuestro último encuentro había sido algo así como un mes atrás, en el bar del velódromo de Anoeta. En medio de un concierto, el azar nos había hecho coincidir codo con codo en la barra en busca de cervezas para nuestros respectivos grupos. Nos saludamos muy de cerca y todo entre los dos fluyó a las mil maravillas. Una sólida burbuja de cristal pareció envolvernos aislándonos de todo y de todos hasta que de pronto una avalancha de gente surgió de la nada y se abalanzó sobre nosotros. La actuación en sí parecía haber concluido, aunque, como siempre, del interior del pabellón llegaba un rugido de silbidos y aplausos y se solicitaba a gritos un bis que ya no nos podríamos perder. Así que nos despedimos con besos en las mejillas, agarramos las cervezas recalentadas y nos apresuramos a reencontrarnos con Iggy Pop en la olla. Claro que esa había sido mi percepción del encuentro, pero ¿habría sido también la suya? ¿Y si no era así? Me prometí a mí mismo conocer la respuesta esa misma noche.

          En el coche nos embutimos como buenamente pudimos. Ambas invitadas de última hora tendrían que ir a la fuerza sentadas sobre las rodillas de alguien.  Y los dioses me sonrieron ya que Nina corrió a sentarse en la parte delantera, mientras que el bendito azar y la necesidad de equilibrar pesos hizo que Tara se sentara en mis rodillas, en el asiento trasero, justo detrás de Eme, que iba al volante. Todo era ilegal a más no poder: sumábamos siete en un coche de cinco, cargábamos un buen montón de posturas de hachís ya cortadas y envueltas en papel de plata para la venta, algunos bolsillos escondían papelinas de speed y al menos, que yo supiera, dos de allí dentro contaban con algún tipo de antecedentes… ¿Veíamos algún problema en todo eso? ¿Tenía alguien algún tipo de preocupación? Para nada. Ni se nos pasaba por la cabeza. Y eso que corrían los años del plomo y abundaban los controles y la presión policial. Pero muchos parecíamos vivir inconscientemente en un planeta aparte. Distinto y muy lejano. No había nada en nosotros de lo que al parecer se ha convertido en la versión única y oficial de lo que fue la juventud vasca de los ochenta. El euskera, ETA, la militancia de algún tipo, la construcción de gaztetxes, Oskorri, el llamado rock radical o la lucha por la liberación de un país o de cualquier otra cosa sencillamente no estaban. Y, como mucho, cuando algo muy gordo sucedía en alguno de esos mundos, en el nuestro se vivía un ligerísimo movimiento sísmico, algo así como un  imperceptible ruidillo de fondo en los confines del imperio. Es más, y os juro que esto es cierto, éramos quince o así en el núcleo, cada uno de su padre y de su madre y nada fans -que conste- del ballet clásico o el macramé y sin embargo…¡el Athletic tampoco existía! No recuerdo una sola conversación sobre el club sagrado, y mucho menos que alguno de sus partidos, por importante que fuera, entorpeciera ninguno de nuestros planes. Y digo todo esto sin orgullo ni vergüenza, o sea, sin ningún tipo de connotación moral. ¿Qué nos pasaba? ¿No éramos vascos? ¿No éramos humanos? ¿Habíamos sido depositados en la margen izquierda desde la Galaxia Andrómeda con una memoria implantada? Estas preguntas me las hago ahora, ya entrado el siglo XXI. Por aquel entonces a ninguno de nosotros se nos hubieran pasado por la cabeza. ¿Quién nos iba a decir que con el tiempo nos volveríamos invisibles? Como les sucedía a aquellos que molestaban a Stalin y se les hacía desaparecer de las fotos oficiales, nosotros también miramos hoy las fotos de aquella época y no nos encontramos, les damos la vuelta, las giramos y nada. Nos miramos entonces con ojos alucinados y nos decimos unos a otros: “Joder, en esta salíamos, estoy seguro de cojones, ¡nos han borrao, ostia!”.

                Así que, como iba diciendo, en aquel remoto día de aquellos tiempos extraños, el coche se pone mansamente en marcha, con cuidado para no destrozar algo en los bajos al salir de la zona de aparcamiento. Dentro, un conseguido collage de cuerpos en contorsión, un mecano de ensamblajes, un magistral aprovechamiento de espacios gracias a una combinación de geometrías óseas y flexibles líneas de fuga. Las nucas de Nina y Tara van pegadas al techo y sus cabezas dobladas en un ángulo de casi noventa grados. Llevo mi sien pegada al cristal de la ventanilla. Tara ha saludado al entrar con un hola colectivo y luego ha habido otro más íntimo dirigido a mí. Bien, bien, bien: buena señal. Su voz es húmeda y algo ronca, como si la corteza de un árbol te susurrara al oído. Viste una camiseta negra de manga corta con un dibujo en el pecho que no he podido ver bien y una falda larga de una tela suave y brillante y muy fina con flores de muchos colores y una apertura lateral que no sé por qué me evoca a Shangai. Tiene el pelo castaño y largo y huele a vainilla o nata o algo por el estilo. En cada curva, por leve que sea, siento partes nuevas de su cuerpo entrando en contacto con el mío. En medio de un follón ambiental considerable que habla de todo y nada, remontamos las inclinadas pendientes del pueblo y al poco ya estamos rodando a una velocidad considerable por la carretera de la margen izquierda del Nervión camino a Baracaldo con el “Scary Monsters” de Bowie tronando en los altavoces.  En el exterior, se ha echado la noche y las taciturnas farolas de Sestao se inclinan a nuestro paso haciéndonos un pasillo triunfal mientras sus dardos de luz amarillenta escanean el interior del coche con el ritmo fijo de un metrónomo. Bowie acaba una y arranca con otra en medio de una explosión de risas por algo que no he captado. El cuerpo de Tara deja de luchar contra la energía cinética, los planos inclinados y los cambios de marcha y se relaja sobre el mío. Y de pronto lo siento, panorámico y global. ¿Sabéis lo que es danzar con las estrellas? ¿Y que la expresión “escuchar violines en el corazón” no suene increíblemente a horterada? ¿Conocéis la sensación rotunda de estar viviendo un momento perfecto, salvajemente físico e inmortal? ¿De tener toda la vida por delante y que esa vida te pertenece por entero y que es – y va a seguir siendo hasta el día de tu muerte, seguro, seguro, seguro- fosforescente, rítmica, cálida y vibrante al tiempo? Momentos así existen, lo sabéis, ¿verdad? Ahí tenéis uno. No tienen nada que ver con la voluntad de los dioses, ni dependen del alineamiento de ningún astro, ni están escritos en las líneas de la mano, no, qué va, pero al mismo tiempo tampoco son el resultado exclusivo de tu voluntad, hace falta algo más, y ese algo más es siempre extraño e inasible, ¿no os parece?, todo un enigma, el reflejo de una cosa tan grande y compleja que la simple exposición a uno de sus destellos puede hacerte estallar la cabeza. Dentro de ese coche, recorriendo aquella carretera única esa noche de principios de verano, yo vivía uno de esos momentos, creedme, uno de esos esplendorosos instantes en los que la vida aúlla salvaje y tú te estremeces por dentro y por fuera.

       -¡¡Ostia!!

        El frenazo nos impulsa con violencia a todos primero hacia delante y luego hacia atrás. Había agarrado de la cintura a Tara por puro instinto protector y luego el retroceso la había mandado con fuerza de nuevo sobre mí. El coche se ha detenido en seco. Eme baja a cero el volumen de la música y se hace un silencio total. Todos estamos mudos de asombro ante lo que tenemos delante. Sencillamente, no puede ser real. Tenemos que estar soñando. Y sin embargo está ahí, en el centro de la carretera, a apenas dos metros, frontal, bajo la luna amarilla y redonda. Como arrancado de una página mitológica, iluminado implacablemente por los focos del automóvil, el tigre ruge con suavidad y eso basta para que la tierra parezca temblar alrededor. Avanza un paso y nos clava una mirada profunda, serena, a todos y cada uno de los que allí estamos conteniendo la respiración, con ojos que parecen piedras preciosas con mil brillos que explosionan en otros mil y, en su interior, el reflejo claro y preciso de un mundo donde el tiempo no cuenta y el instinto lo es todo. La imagen nos abruma a todos y es de una belleza tal que el universo detiene su expansión para observarla a gusto y guardarla en su memoria. Eso dura un instante descomunal. Y de pronto hay sirenas y luces azules a lo lejos desplazándose en nuestra dirección que rompen el hechizo. Como si volviéramos de un viaje astral, tomamos de nuevo posesión de nuestros cuerpos al tiempo que el tigre se agita y desaparece de dos saltos perfectos rumbo a los tenebrosos pabellones de Altos Hornos. Dentro del coche, todavía en silencio, Tara gira su rostro hacia mí y en la penumbra dorada de ese interior nuestras miradas se cruzan a lo largo de cinco segundos eternos.

              Y en el sexto, justo después de esa eternidad, nuestros alientos se funden.