sábado, 15 de enero de 2022

CADA MINUTO. (CORTA-PEGA BLUES)

 

 Cada minutose vende un millón de botellas de plástico en todo el mundo. 

Cada minuto y medio hay un caso de lepra en el mundo

 

Cada minuto se tiran 3 millones de mascarillas a la basura en el mundo

Cada minuto en el mundo se utilizan 10 millones de bolsas de plástico, el 70% acaba en el medio ambiente

Cada minuto se produce un nuevo caso de ceguera infantil en el mundo

Cada minuto, tres personas mayores sufren una caída en su casa y cada dos minutos, una se cae en el baño

Cada minuto se produce un cuadro de diarrea aguda en menores de 5 años

 

Cada minuto se realizan más de 3,5 millones de búsquedas en Google, se producen 900.000 accesos a Facebook y se envían 156 millones de emails. 

Cada minuto se vierte al mar un camión de basura

 

Cada minuto, seis millones de personas hacen compras en línea

 

 

martes, 11 de enero de 2022

URóBORO (Gotzon Bastida)

 

Un insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha verde en forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge ante él. Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros chalés con su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto. Durante un instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto lo hubiera vivido antes no una sino mil veces: el insecto, esa señal de tráfico vibrando por el viento, aquella sombra de un columpio proyectándose monstruosa sobre una fachada, el silbido lejano de un cohete, todo. Tras unos segundos, la sensación se desvanece. Y su alma regresa al coche.

                           Es Nochebuena, y en el interior de las casas burbujea la vida mientras los hornos jadean como ciclistas y las chimeneas arrojan humo a un mundo repleto de villancicos, estrellas fugaces, campanas hechas de papel dorado, rebrotes sicóticos, hojas de acebo, renos sonrientes, bajones anímicos, trineos voladores, dulces carcajadas y sabe Dios cuántas cosas más.  Su casa es una de las últimas del grupo, pero cuando llega a su altura, por primera vez en siete años, no se detiene. Al pasar, ha visto fugazmente la figura de su mujer sentada en la cocina. Se dice para sí que dará media vuelta un poco más adelante, que tan solo necesita un pequeño respiro, algún minuto más, aclarar las ideas a pesar de que lleva todo el día planeando ese momento, conteniendo la rabia, ensayando cada una de las palabras que quiere decirle.  Sin embargo, continúa rodando más y más hasta que la carretera vuelve a ascender dejando atrás el valle, las luces, las casas.

                          La autovía de la costa serpentea entre una empinada ladera a un lado y el océano al otro. La noche es despejada y no hay circulación. Hay colgada media luna de color lima allí arriba. Su brillo dulzón se desploma sobre el mar y le arranca destellos que danzan como dibujos de Disney. Baja la ventanilla un par de dedos y con el aire le llega un olor a salitre y pescado podrido. Es consciente de que cada minuto que pasa se acerca más al punto de no retorno. En el asiento de al lado deja que el móvil vibre. Y con cada uno de sus zumbidos, le llega una pregunta: ¿dónde estás, amor?, ¿pasa algo?, ¿estás bien?, hasta que finalmente el teléfono queda en silencio y algo esférico y velludo se revuelve en su estómago. Se detiene bruscamente y consigue abrir la puerta justo a tiempo para inclinarse y arrojar un vómito oscuro y violento para sobresalto de lunas afrutadas, océanos traidores y una araña cebra que, maldita casualidad, dormitaba en su tela ajena a todo y soñando con moscas grandes como sandías.

                          Algo más adelante gira a la izquierda, toma una vieja carretera comarcal en dirección a las montañas y consigue por fin dejar el océano a sus espaldas. De vez en cuando unas luces delatan alguna casa de campo muy a lo lejos. Le vienen imágenes de mesas atiborradas, niños furiosos y perros moviendo la cola. Cosas así. Ha apagado el móvil y lo ha tirado al asiento de atrás. No quiere verlo. El aire que ahora entra por la ventana huele a estiércol y de vez en cuando se oye el canto ronco de un pájaro oculto en algún sitio.

                         Tres kilómetros más. ¿Qué está haciendo? El reloj marca la medianoche y ella estará pasándolo mal de verdad. Habrá llamado a todos los amigos comunes, a los compañeros de trabajo, estará pensando ya en accidentes y hospitales. Le da igual. Quiere castigarla, destrozarla, hundirla del todo. Por cosas que él sabe y hubiera preferido no saber nunca. La carretera parece atravesar ahora un bosque. Hay gruesos árboles y una densa vegetación a los lados. Estira el brazo y palpa el asiento de atrás hasta dar de nuevo con el móvil. El coche zigzaguea peligrosamente en la noche invadiendo el carril contrario varias veces, aunque sin nadie a quien alarmar pues a esas horas la circulación es nula y el mundo parece vacío. Conecta, saltan llamadas y mensajes perdidos a los que no hace ningún caso. Reduce algo la velocidad para escribir el mensaje: “Estoy bien. Necesito pensar. Pocas ganas de sentarme contigo a cenar esta noche, la verdad. ¿Te imaginas por qué?”. Lo relee, duda unos segundos, pero finalmente lo envía así, frío como la hoja de un cuchillo. Aunque, ¿y si se está equivocando?, ¿y si todo tiene una explicación? Tiene ante sí una recta inmensa y acelera algo más mientras busca la foto en el móvil. No sabe quién la ha enviado, pero le da igual. La encuentra y la pone ante sí, apoyándola en la parte alta del volante. Ahí están las miradas de caramelo, la de su mujer, la del otro, los labios rozándose, la mano del desconocido apartando un mechón de pelo de la frente de ella, todo despidiendo un aire de complicidad tan intenso como él no ha conocido nunca, todo tan clásico, tan humillante, tan de folletín barato…Siente de nuevo la náusea, el dolor, el desgarro, pero también la duda. Una duda enorme y fatal. ¿Y si todo es una paranoia?  ¿Y si está siendo víctima de una broma siniestra? Tiene que dar media vuelta ahora mismo, tiene que volver y preguntarle y escucharla, tal vez haya una explicación para todo esto y si la hay quiere conocerla, de viva voz, mirándose a los ojos, aunque sea lo último que haga en la vida…

                       Levanta la vista de la foto justo para ver durante un segundo el ciervo parado en el centro de la carretera, iluminado por los conos de luz del automóvil. Un frenazo y un volantazo instintivos hacen que el coche empiece a girar sobre sí mismo en dirección a los árboles. Dentro del vehículo el tiempo parece transcurrir con una lentitud imposible. La noche y el mundo giran en torno a él en medio de un feroz estrépito de metal y cristales. Y a pesar de todo, a pesar de lo que está viviendo, de su contundencia física, de sentir la muerte tan cerca, su mente no se mueve un milímetro de una idea central: por favor, por favor, así no, es nochebuena, la noche de la bondad, la noche en que los deseos se cumplen…Y él no quiere morir sin saber la verdad, ese es su gran deseo y lo siente con una intensidad tan brutal que en el mismo instante en que el coche se estrella contra los árboles y todo se hace pedazos…

                        Un insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha verde en forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge ante él. Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros chalés con su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto. Durante un instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto lo hubiera vivido antes no una sino mil veces.

                          

 

 

 


sábado, 4 de diciembre de 2021

TARA

Un cuento de Gotzon Bastida. 


Estábamos a mediados de la década de los ochenta, todos teníamos alrededor de veinticinco años y nos movíamos por la vida con la actitud demente de los electrones en el alma de un átomo, trazando trayectorias imprevisibles y chocando unos con otros sin cesar. Era un tiempo aquél en que en nuestras cabezas anidaban pájaros de todas las formas y colores cuyos constantes graznidos y agitar de alas nos resultaba imposible calmar. Estábamos bastante locos y, literalmente, todos ardíamos por dentro, y algunos también por fuera. Baste como muestra este botón.

                    El día del que os voy a hablar era uno del mes de junio, atardecía y el cielo tenía el color cereza propio de una prolongada ola de calor. Como todos los sábados, habíamos bebido unas cervezas, fumado unos cuantos porros, hablado por los codos, reído hasta torturar cada hueso del esqueleto y ahora el grupo, reunido junto a la imponente y destartalada fachada colonial del viejo hotel, estaba impaciente por aprobar un plan de acción para la noche. Intentábamos llegar a un acuerdo en una asamblea improvisada junto a la ría, nuestra entrañable, querida, repulsiva, odiada ría, como siempre pastosa, oscura y ancestral, por la que en ese momento se desplazaba hacia mar abierto un ruinoso mercante con bandera noruega desde cuya cubierta un puñado de marineros con el pecho al aire o, como mucho, en camiseta de tirantes, saludaban agitando los brazos sin que nadie desde los semi desiertos paseos de las orillas les respondiera. Tampoco es que lo hicieran con mucho entusiasmo, saludar, los del barco. Tenían el aspecto de actores abatidos o de reos cumpliendo condenas injustas. ¡Y siempre tan asombrosamente escasos! Me parecía prodigioso que monstruos flotantes como aquél fueran manejados por tan pocas manos, ¿o es que la mayoría se escondían a la vista atrapados entre émbolos grasientos y cilindros verticales en la ruidosa tripa del monstruo, siempre llena de nubes de vapor oscuro y al borde de una explosión por sobrecalentamiento? Lo dudaba. No me imaginaba ni uno solo de ellos que no estuviera en esos momentos en cubierta, atemperando la resaca y disfrutando de los últimos minutos con tierra a la vista, retrasando todo lo posible el momento de volver a mirarse a los ojos en medio de un desierto de agua, contando con ansiedad los días hasta llegar a un nuevo puerto. Un poco más allá, la barquilla del Puente Colgante se aburría sin apenas vehículos ni pasajeros, detenida en uno de los lados a la espera de que pasara el barco. Todo sucedía a un ritmo lento, tan lento como un Perezoso trepando a un árbol, como la espera de una cita importante, como cada anochecer de aquel recién inaugurado verano al que todos parecíamos llegar con un exceso de revoluciones en el motor interno. Tal vez porque nos hallábamos justo en el epicentro de un mundo a punto de desaparecer, y había algo dentro de cada uno de nosotros – un olfato primitivo, alguna oficina del cerebro reptiliano iluminada y con vistas a la calle- que de algún modo se daba cuenta y presentía lo que se nos venía encima. Por ejemplo, y mirando tan solo a nuestro alrededor, faltaba muy poco para que una mano negra hiciera que ese hotel que teníamos al lado, que constituía nuestro lugar de encuentro y en el que tantas horas pasábamos, ardiera hasta los cimientos y llamas gigantescas redujeran a cenizas aquellas paredes de techos altísimos donde se mezclaban las señoras de chocolate y churros con los grumos de yonkis pandémicos de cucharilla y rodaja de limón, todos ellos reconociéndose mutuamente por ser del pueblo de toda la vida: hijos pródigos, vecinas cotillas, niñas bien echadas a perder, jubilados espía, garbanzos negros, lectoras de misal, todos y todas entrechocando miradas de lástima y desafío cada tarde a de seis a nueve, ignorando lo poco que faltaba para que cayeran fulminados uno tras otro por aquel fuego injusto y violento que también iba a acabar con las leyendas de locura y crimen que habitaban las tenebrosas habitaciones encriptadas del segundo piso, ese mismo e idéntico fuego que devoraría el gran salón de baile de grandes espejos verticales que tanto me recordaba al del último tango de María Schneider y Marlon Brando… Todo aquello sería lamido a lo largo de casi un día por gigantescas lenguas de fuego entre columnas de humo negro y el crepitar rítmico de maderas y cristales. Y luego, nada, silencio y olvido, todo aquel friso histórico, aquel maravilloso fragmento de la comedia humana, reconvertido en un solar triste y vacío sobre el que ya volaban los buitres de siempre con las tablas de la ley comercial en el pico. Y en todos lados lo mismo. Rayos y más rayos cayendo aquí y allá, sin control. Los bancos de piedra del paseo, en los que nos apoyábamos esa noche de la que os quiero hablar, darían paso a aburridas verjas metálicas con el escudo del ayuntamiento como adorno estrella. El buque noruego que aquella noche ya empezaba a dejar atrás la protección de los diques de El Abra, sería muy pronto despedazado obscenamente en una playa de Bangladesh por un ejército de hormigas de aspecto humano y su cuerpo convertido en lonchas de acero reabsorbidas por la industria militar. A los heroinómanos, perseguidos con antorchas campo a través, expulsados a la más cruda de las intemperies y ya convertidos en sacos de huesos, el tornado del SIDA los fue rastreando y absorbiendo uno por uno, elevándoles en el aire girando sobre sí mismos como derviches hasta hacerles desaparecer entre las nubes. Y también las gigantescas toberas y cápsulas cilíndricas de humareda constante de los altos hornos que iluminaban de un rojo apocalíptico y cegador nuestro cielo al compás de las coladas, también ellas serían borradas del horizonte, junto a todas las formas de vida adheridas como mejillones a su carcasa: proletarias ceremonias sagradas y festivos rituales de cosecha cuya existencia dependía del latido constante de aquél gigantesco músculo central. Y así podría seguir con más y más ejemplos. Obviamente, se avecinaba un giro en el guion. Por todos los lados, a nuestro alrededor, refulgían mil señales y sonaban largas trompetas. Una vez más, la historia tocaba a rebato. El mundo analógico iba a ser enterrado junto a nuestra alegre juventud. Y todo iba a suceder a una velocidad pasmosa.

            Pero antes de que aquel alud se nos viniera encima, en el inicio de aquella noche centelleante y hormonal, alguien propuso dejarnos caer por una fiesta que un tal Toñín celebraba en un piso de Baraca. Era una opción interesante. Desde muchos puntos de vista. Incluido el empresarial. Porque llevábamos camello incorporado: uno de nosotros se ganaba la vida pasando hachís y en la fiesta iba a tener clientela asegurada. Y eso significaba que el grupo lo celebraría fumando gratis y a destajo el resto de la noche. Grandes noticias. Así que debate concluido. La decisión estaba tomada. Para allá que íbamos a ir. En marcha, pues. Las cosas eran así por aquel entonces. Y todo funcionaba a las mil maravillas. Incluso sin móviles ni internet, o precisamente debido a eso. Nos dividimos en dos coches y cuatro de nosotros seguimos a Eme hasta su Renault 4 con una idea muy vaga de cuál era la dirección exacta a la que nos debíamos dirigir. Esos detalles no eran importantes en absoluto. La clave era moverse con decisión. De una forma u otra siempre se acababa llegando. ¿Cómo? Pues, en general, de pura chiripa. De aquellos días conservo el gusto por el caos como el mejor de los sistemas para poner en orden lo que haga falta. Además, con el caos, suceden cosas. Muchas de ellas completamente imprevistas, y siempre de lo más edificantes.  

          Ya estábamos dentro del coche y con el motor en marcha cuando alguien golpeó desde fuera el cristal de la ventanilla de Eme.

          - ¿Adónde vais?

          Nina era una chica del pueblo. No solía andar con nosotros, su órbita era diferente, pero había algo en el pasado que la relacionaba con Eme y no era del todo extraño que algún que otro día se nos juntara en el tramo de una o dos cervezas. Llevaba rapados ambos lados de la cabeza y una gruesa mata de pelo a franjas grises y negras le iba desde la frente a la nuca dando la sensación de que llevaba un mapache dormido en la parte alta del cráneo. Por lo demás, su indumentaria habitual consistía en la superposición de mil trapos negros y granates estudiadamente armónicos y algunos accesorios pesadamente metálicos aquí y allá. Un aspecto que el paso del tiempo iba a normalizar, pero que en la época de la que estamos hablando resultaba aun de lo más llamativo, más allá de la portada de algunos discos.

        - ¿Nos lleváis? – dijo señalando con un movimiento de cabeza a alguien que tenía detrás.

         Desde mi posición, en lo que en cine se llama un plano contrapicado, ví el perfil de Tara allí fuera y sentí que la noche daba un salto cuántico en intensidad. Como si de pronto mi estómago hubiera entrado en el hiperespacio. Tara no era de Portu, vivía en Algorta, se movía con gente muy diversa y no era fácil de ver. Había coincidido con ella alguna que otra vez y había algo en ella que me gustaba, me gustaba a rabiar. Nuestro último encuentro había sido algo así como un mes atrás, en el bar del velódromo de Anoeta. En medio de un concierto, el azar nos había hecho coincidir codo con codo en la barra en busca de cervezas para nuestros respectivos grupos. Nos saludamos muy de cerca y todo entre los dos fluyó a las mil maravillas. Una sólida burbuja de cristal pareció envolvernos aislándonos de todo y de todos hasta que de pronto una avalancha de gente surgió de la nada y se abalanzó sobre nosotros. La actuación en sí parecía haber concluido, aunque, como siempre, del interior del pabellón llegaba un rugido de silbidos y aplausos y se solicitaba a gritos un bis que ya no nos podríamos perder. Así que nos despedimos con besos en las mejillas, agarramos las cervezas recalentadas y nos apresuramos a reencontrarnos con Iggy Pop en la olla. Claro que esa había sido mi percepción del encuentro, pero ¿habría sido también la suya? ¿Y si no era así? Me prometí a mí mismo conocer la respuesta esa misma noche.

          En el coche nos embutimos como buenamente pudimos. Ambas invitadas de última hora tendrían que ir a la fuerza sentadas sobre las rodillas de alguien.  Y los dioses me sonrieron ya que Nina corrió a sentarse en la parte delantera, mientras que el bendito azar y la necesidad de equilibrar pesos hizo que Tara se sentara en mis rodillas, en el asiento trasero, justo detrás de Eme, que iba al volante. Todo era ilegal a más no poder: sumábamos siete en un coche de cinco, cargábamos un buen montón de posturas de hachís ya cortadas y envueltas en papel de plata para la venta, algunos bolsillos escondían papelinas de speed y al menos, que yo supiera, dos de allí dentro contaban con algún tipo de antecedentes… ¿Veíamos algún problema en todo eso? ¿Tenía alguien algún tipo de preocupación? Para nada. Ni se nos pasaba por la cabeza. Y eso que corrían los años del plomo y abundaban los controles y la presión policial. Pero muchos parecíamos vivir inconscientemente en un planeta aparte. Distinto y muy lejano. No había nada en nosotros de lo que al parecer se ha convertido en la versión única y oficial de lo que fue la juventud vasca de los ochenta. El euskera, ETA, la militancia de algún tipo, la construcción de gaztetxes, Oskorri, el llamado rock radical o la lucha por la liberación de un país o de cualquier otra cosa sencillamente no estaban. Y, como mucho, cuando algo muy gordo sucedía en alguno de esos mundos, en el nuestro se vivía un ligerísimo movimiento sísmico, algo así como un  imperceptible ruidillo de fondo en los confines del imperio. Es más, y os juro que esto es cierto, éramos quince o así en el núcleo, cada uno de su padre y de su madre y nada fans -que conste- del ballet clásico o el macramé y sin embargo…¡el Athletic tampoco existía! No recuerdo una sola conversación sobre el club sagrado, y mucho menos que alguno de sus partidos, por importante que fuera, entorpeciera ninguno de nuestros planes. Y digo todo esto sin orgullo ni vergüenza, o sea, sin ningún tipo de connotación moral. ¿Qué nos pasaba? ¿No éramos vascos? ¿No éramos humanos? ¿Habíamos sido depositados en la margen izquierda desde la Galaxia Andrómeda con una memoria implantada? Estas preguntas me las hago ahora, ya entrado el siglo XXI. Por aquel entonces a ninguno de nosotros se nos hubieran pasado por la cabeza. ¿Quién nos iba a decir que con el tiempo nos volveríamos invisibles? Como les sucedía a aquellos que molestaban a Stalin y se les hacía desaparecer de las fotos oficiales, nosotros también miramos hoy las fotos de aquella época y no nos encontramos, les damos la vuelta, las giramos y nada. Nos miramos entonces con ojos alucinados y nos decimos unos a otros: “Joder, en esta salíamos, estoy seguro de cojones, ¡nos han borrao, ostia!”.

                Así que, como iba diciendo, en aquel remoto día de aquellos tiempos extraños, el coche se pone mansamente en marcha, con cuidado para no destrozar algo en los bajos al salir de la zona de aparcamiento. Dentro, un conseguido collage de cuerpos en contorsión, un mecano de ensamblajes, un magistral aprovechamiento de espacios gracias a una combinación de geometrías óseas y flexibles líneas de fuga. Las nucas de Nina y Tara van pegadas al techo y sus cabezas dobladas en un ángulo de casi noventa grados. Llevo mi sien pegada al cristal de la ventanilla. Tara ha saludado al entrar con un hola colectivo y luego ha habido otro más íntimo dirigido a mí. Bien, bien, bien: buena señal. Su voz es húmeda y algo ronca, como si la corteza de un árbol te susurrara al oído. Viste una camiseta negra de manga corta con un dibujo en el pecho que no he podido ver bien y una falda larga de una tela suave y brillante y muy fina con flores de muchos colores y una apertura lateral que no sé por qué me evoca a Shangai. Tiene el pelo castaño y largo y huele a vainilla o nata o algo por el estilo. En cada curva, por leve que sea, siento partes nuevas de su cuerpo entrando en contacto con el mío. En medio de un follón ambiental considerable que habla de todo y nada, remontamos las inclinadas pendientes del pueblo y al poco ya estamos rodando a una velocidad considerable por la carretera de la margen izquierda del Nervión camino a Baracaldo con el “Scary Monsters” de Bowie tronando en los altavoces.  En el exterior, se ha echado la noche y las taciturnas farolas de Sestao se inclinan a nuestro paso haciéndonos un pasillo triunfal mientras sus dardos de luz amarillenta escanean el interior del coche con el ritmo fijo de un metrónomo. Bowie acaba una y arranca con otra en medio de una explosión de risas por algo que no he captado. El cuerpo de Tara deja de luchar contra la energía cinética, los planos inclinados y los cambios de marcha y se relaja sobre el mío. Y de pronto lo siento, panorámico y global. ¿Sabéis lo que es danzar con las estrellas? ¿Y que la expresión “escuchar violines en el corazón” no suene increíblemente a horterada? ¿Conocéis la sensación rotunda de estar viviendo un momento perfecto, salvajemente físico e inmortal? ¿De tener toda la vida por delante y que esa vida te pertenece por entero y que es – y va a seguir siendo hasta el día de tu muerte, seguro, seguro, seguro- fosforescente, rítmica, cálida y vibrante al tiempo? Momentos así existen, lo sabéis, ¿verdad? Ahí tenéis uno. No tienen nada que ver con la voluntad de los dioses, ni dependen del alineamiento de ningún astro, ni están escritos en las líneas de la mano, no, qué va, pero al mismo tiempo tampoco son el resultado exclusivo de tu voluntad, hace falta algo más, y ese algo más es siempre extraño e inasible, ¿no os parece?, todo un enigma, el reflejo de una cosa tan grande y compleja que la simple exposición a uno de sus destellos puede hacerte estallar la cabeza. Dentro de ese coche, recorriendo aquella carretera única esa noche de principios de verano, yo vivía uno de esos momentos, creedme, uno de esos esplendorosos instantes en los que la vida aúlla salvaje y tú te estremeces por dentro y por fuera.

       -¡¡Ostia!!

        El frenazo nos impulsa con violencia a todos primero hacia delante y luego hacia atrás. Había agarrado de la cintura a Tara por puro instinto protector y luego el retroceso la había mandado con fuerza de nuevo sobre mí. El coche se ha detenido en seco. Eme baja a cero el volumen de la música y se hace un silencio total. Todos estamos mudos de asombro ante lo que tenemos delante. Sencillamente, no puede ser real. Tenemos que estar soñando. Y sin embargo está ahí, en el centro de la carretera, a apenas dos metros, frontal, bajo la luna amarilla y redonda. Como arrancado de una página mitológica, iluminado implacablemente por los focos del automóvil, el tigre ruge con suavidad y eso basta para que la tierra parezca temblar alrededor. Avanza un paso y nos clava una mirada profunda, serena, a todos y cada uno de los que allí estamos conteniendo la respiración, con ojos que parecen piedras preciosas con mil brillos que explosionan en otros mil y, en su interior, el reflejo claro y preciso de un mundo donde el tiempo no cuenta y el instinto lo es todo. La imagen nos abruma a todos y es de una belleza tal que el universo detiene su expansión para observarla a gusto y guardarla en su memoria. Eso dura un instante descomunal. Y de pronto hay sirenas y luces azules a lo lejos desplazándose en nuestra dirección que rompen el hechizo. Como si volviéramos de un viaje astral, tomamos de nuevo posesión de nuestros cuerpos al tiempo que el tigre se agita y desaparece de dos saltos perfectos rumbo a los tenebrosos pabellones de Altos Hornos. Dentro del coche, todavía en silencio, Tara gira su rostro hacia mí y en la penumbra dorada de ese interior nuestras miradas se cruzan a lo largo de cinco segundos eternos.

              Y en el sexto, justo después de esa eternidad, nuestros alientos se funden.

 

 

 

 

 



viernes, 29 de octubre de 2021

UN PODCAST DE IRATI JIMENEZ


A veces ocurren cosas así. A Irati la seguía con gusto en el programa Graffity de Galder Perez donde rescataba anécdotas increíbles y la lei en su recomendable "Nora". Edorta Jimenez, su padre, nos hizo la letra de  "Azken Portua", tema del álbum  "Dena Ongi Dabil". Un buen día ella se dirigió a mi para hacer una entrevista que finalmente se ha convertido en un super-currado podcast.      

Lo puedes escuchar   AQUI MISMO

martes, 26 de octubre de 2021

ROCK & ROLL ANIMAL

 Cuando José Madrid Santurtún me propuso posar con un disco "importante en mi vida" tuve que iniciar un auténtico proceso de sinceridad conmigo mismo. No, no han sido cientos los discos verdaderamente decisivos y en diferentes etapas de mi ya prolongada vida han ido cambiando de estilos. Podría haber elegido el Aladdin Shane de Bowie, al que saqué verdaderas virutas, o el Siembra de Ruben Blades y Willie Colon, que me abrió las puertas a un nuevo planeta musical, ya rozando la treintena. Si fuera por las veces que lo he escuchado ganaría probablemente el "Get Yer Ya-ya's Out" de los Rolling, con el que viajé infinitas veces al Madison Square Garden de Nueva York. No le andaría lejos el "Never Mind The Bollocks" de los Pistols, que fue como un Tsunami que arrasaba con todo lo demás. En la terna también andaban los primeros Clash, Santana y su primera propuesta salvaje, cualquiera de Blondie, el Sg. Peppers de los Beatles, el primer discazo de Canovas Rodrigo Adolfo y Guzmán, el "Maita Herria..." de Lertxundi, que en su día me aprendí de memoria... el disco del plátano de la Velvet con Niko...Pero elegí el Rock & Roll Animal. José nos pidió unas líneas para explicarlo y esto fue lo que escribí: 

Me trajeron el Rock & Roll Animal de Escocia. Mi amigo Imanol pasaba allí los veranos, aprendiendo inglés con una familia y me lo compró por encargo. Era la versión no censurada, todo un lujo.  En España se publicó con el tema Heroin cercenado y sustituido por tres canciones de otro disco. Una salvajada. Lo escuché millones de veces, casi siempre de sobremesa. Viajaba así hasta la "Howard Stein Academy of Music"  y los veía a todos. Una bandaza que sacaba llamaradas de sus instrumentos al servicio del mejor Lou Reed : el ave fénix que surgía de las sombras del Underground para alcanzar la gloria sin perder ni un gramo de misterio. Disfruté como gorrino en el barro de cada surco de esa joya. Todavía lo hago. Y si tengo que quedarme con un tema , me quedo con "Lady Day", una dramática, desesperada declaración de amor imposible.

Despúes, viendo la exposición, me sorprendió la cantidad de discos elegidos por los demás "modelos" que también me habían marcado a mí. Tengo la sensación de que ese ejercicio de sinceridad a la hora de elegir un solo referente nos llevó a casi todos a la tierna pubertad, ese momento donde se comienza a moldear nuestro gusto y donde menos prejuicios lo condicionan. 

              

viernes, 1 de octubre de 2021

NATHY PELUSO . BIZKAIA ARENA 25-09-2021

Menudo contraste. De un concierto (aquel del 2017)  en el que aparecía con fondos pregrabados y sin banda a otro, el del pasado sábado, con bandaza de lujo y escenario gigante. El primero fue en la Alhóndiga, ante unos cien acólitos. Esta vez se presentaba en un Bizkaia Arena pletórico , con un público muy joven y entregado desde el minuto uno. 

En aquella ocasión nos dejó claro desde el principio: “No me quiero dedicar a esto. Me voy a dedicar a esto”.

Mallas bien prietas, botas negras hasta la rodilla, pelo ventilado durante todo el show . Natalia lucía como una heroína de Marvel orgullosa de su generosidad carnal. Power. Puro Power.  

En pocos minutos La Nathy puede pasar de la elegancia a la obscenidad, del divismo de una vedette al perreo  barriobajero, pero nunca pierde el estilo. Lo mismo que me ocurría con la Carrá, siempre me parece que está más cerca de la niña que juega a ser artista que de ninguna procacidad real.  Las canciones de  Nathy Peluso te pueden gustar más o menos, personalmente me ponen mucho mas los estallidos afrocubanos del tipo “Mafiosa” o “Puro Veneno” que las piezas fraseadas cercanas al trap, pero disfruto con todo el show porque ella se las ingenia para que todo resulte visualmente entretenido  y apto para (casi) todos los públicos.  “Mi gente” como ella repite sin parar agradecida. Pedazo de show el de Nathy Peluso.  

El único “pero”, la maldita pandemia y sus normas cada vez más incoherentes. Vigilantes pendientes de las mascarillas y de que nadie se pusiera en pie, hasta que ya, en los últimos minutos fue imposible evitarlo  Puedes gastarte tres euros y medio en una caña, (y estar de pie en la cola un buen rato) pero la tienes que beber  sentado y poniéndote la mascarilla después de cada sorbo. Al final del show, todo el mundo charlando y riendo en los aledaños sin mayor problema… ¿Quién entiende ya nada?. 


lunes, 20 de septiembre de 2021

PUTEROS


 Con vuestro permiso, hoy voy a hablar de puteros. Si nos atenemos al testimonio de la abolicionista Amelia Tiganus, que conoce el tema en primera persona, el perfil del putero que solemos llevar en la cabeza no tiene mucho que ver con la realidad. Cualquiera de los hombres que nos rodean puede ser uno. Pertenecen a muy diversas edades, clases sociales o profesiones. Los puedes encontrar entre los políticos, jueces, periodistas, sindicalistas, empresarios, deportistas… 

Algunos se muestran amables, charlan de sus cosas con la puta, se interesan aparentemente por su vida. Ellos se ven a sí mismos como puteros “majos”, aunque suelen de dejar de serlo cuando la prostituta, harta de consumir tanto tiempo con un solo cliente, empieza a impacientarse. Entonces el putero majo se transforma automáticamente en putero ofendido y deja de comportarse con supuesta “educación”.                                                                                           

También están, claro está, los que van al grano. Pagan y follan sin mayores ceremonias y normalmente tratan de copiar lo que han visto en la pornografía. También están los sádicos y misóginos que solo sienten placer haciendo sufrir y humillando: muerden. pellizcan, golpean, insultan y no es tan fácil detectarlos a tiempo. En algunos casos, el putero es un tipo que maneja mucho dinero y se puede permitir una “Scort”, o puta de lujo.        

 Hay puteros de regatean hasta el infinito y quieren sacar el máximo provecho de sus 20 euros, hay otros que van al burdel a “divertirse” o a “acompañar a un amigo”, en realidad se dedican a mirar y a tocar sin gastar un duro-. A veces ciertos tratos entre hombres de negocios se cierran con una buena “juerga de putas”. Otras veces la despedida de soltero incluye una “consumición” en el burdel de turno o contratar los servicios de alguna prostituta. En algunos burdeles se organizan fiestas temáticas para chicos jóvenes en las que se sortea un polvo con la chica elegida. Al parecer es una práctica cada vez más extendida. Lo último son los “narcoprostíbulos” en los que la droga se incluye sin límites en el menú del putero.                                                                                        

Para la mayor parte de los puteros, el burdel es un oasis repleto de mujeres semi-desnudas y disponibles a su antojo. Hoy en día hombres de todas las clases sociales tienen a su alcance esclavas rumanas, paraguayas, dominicanas, brasileñas, nigerianas…                                                                                                                                                     Esta clasificación la he sacado de “Amelia,historia de una lucha”, una novela gráfica firmada por Alicia Palmer, Roberto García y la propia Amelia Tiganus, activista por la abolición de la prostitución, que fue, durante años, víctima de trata.                                                                      

La literatura, el cine y las canciones han idealizado a menudo el mundo del burdel. Hay proxenetas malos, sí, pero la puta y el cliente suelen situarse en el mundo de la “bohemia” y el “mal vivir”, o bien son protagonistas de un cuento de hadas del tipo “Pretty Woman”.                                                                                                        

España es el país europeo con mayor demanda de sexo pagado. A nivel mundial ocupa el tercer puesto. Según Naciones Unidas, el 39% de los varones españoles ha pagado en alguna ocasión por sexo. España también es uno de los principales destinos de tráfico de mujeres del mundo. De acuerdo con los datos oficiales, el 80% de la trata mundial se realiza con fines de explotación sexual y de ese porcentaje, más del 90% de las víctimas con mujeres y niñas.                                                                           

 En palabras de Tiganus: “Hace falta una legislación que persiga el proxenetismo y el consumo de prostitución, junto con políticas de apoyo para las mujeres que quieran escapar de ella”

 

martes, 31 de agosto de 2021

CUIDADO. OS AVISAMOS.

 

Me lo cuentan desde el Club Itsasoko Ama de Santurtzi. 
Resulta que el entrenador bermeano de la Sotera, Iker Zabala, ha encontrado una fórmula motivacional para ponerles las pilas en momentos críticos (y vaya si está funcionando) . "Cuidado" de Eskorbuto sonando a todo trapo en las nueve furgonetas que se desplazan a la vez. Josu, que lució la camiseta del club en más de una ocasión estaría encantado. 
Para la gran cita de la Kontxa se anuncia además, si las cosas funcionan como se espera y se clasifican, la edición de una camiseta para los bogadores con el escudo de la Sotera y el lema "Somos Los Mismos" . Hay más sorpresas en ciernes. Seguiremos informando.   

lunes, 5 de julio de 2021

SAMERTAIM


Ya está aquí otra vez. La estación del calor y de los sueños. La que anhelamos todo el año. La que imaginamos en un entorno natural magnífico y soleado donde, por fin, ocurrirán cosas distintas: aventuras dignas de ser contadas, paisajes dignos de ser fotografiados.
                                                                                                                     Sí. Ya está aquí otra vez el verano. El periodo inspirador de libros y películas inolvidables sobre iniciaciones sexuales: “Verano del 42”, “Call me By Your Name”, “El Rayo Verde”, “Dirty Dancing” …  ¿Quién no tiene un verano de su vida en el que pasó algo especial, distinto, decisivo? ¿Quién no tiene un pueblo en la memoria donde el verano de la infancia era eterno? ¿Quién no recuerda unas fiestas patronales llenas de emociones compartidas?  El verano es tiempo de descubrimientos y de emociones especiales. Quizá por eso nos pasamos la vida tratando de emular aquellos veranos. O lo quizás tratando de vivir, por fin, ese verano que qye nunca tuvimos; ese que merecería convertirse en guion de una buena historia.                                                                  Summertime/ And the living is easy/ Fish are Jumping/ And the cottom is high” . Es verano y la vida es fácil, los peces saltan y el algodón está alto. Tu padre es rico, tu madre es hermosa, así que, tranquilo cariño, no llores más. Ese aria de George Gerswin , sobre un poema de DuBose Heyward para la ópera “Porggie & Bess” refleja de forma magistral esa sensación de que el tiempo se para, de que el sol nos sume en una deliciosa pereza y nos protege de cualquier peligro. “Una mañana, te despertará cantando/ Extenderás tus alas y te podrás a volar/ pero hasta entonces/ nada te puede perturbar/ Con papá y mamá/ dejando el tiempo pasar”.  Louis Armstrong y Ella Fitzgerald convirtieron la canción en un standart del jazz y Janis Joplin la llevó a su terreno e hizo de ella una pieza dramática y sensual a partes iguales. Entre las canciones que evocan un verano dorado me quedo con el “All Summer Long” de Kid Rock, que es , a su vez, un homenaje al “Sweet Home Alabama” de los “Lynyrd Skynyrd”:  “Estuvimos probando cosas diferentes/ Fumando cosas divertidas/ Haciendo el amor junto al lago/ Bebiendo Whisky/ Y cantando “Sweet Home Alabama” durante todo el verano”.                                                                                                                             El verano se asocia a menudo con canciones horteras y estridentes, pero también es un tiempo adecuado para inspirar canciones llenas de soledad y nostalgia. El magnífico “Summertime Blues” de Eddie Cochram convertido por The Who en un arma arrojadiza nos habla de un verano de mierda en la ciudad, bajo la tiranía de un jefe que te explota miserablemente. En parecidos términos se expresaban “The Loving Spoonful” en su canción “Summer in the City”.  Aunque yo prefiero a Regina Spektor y su canción del mismo título: Verano en la ciudad. Escotes por todos lados. Estoy empezando a añorarte. He entrado en bares nocturnos y he contado a extraños asuntos personales. He asistido a manifestaciones, solo para sentir el contacto de alguien.                                                                                                                                                                              Este año, al igual que el pasado, apenas se han visto hogueras de San juan, esa señal mágica para que todo cambie, para quemar las preocupaciones del día a día y entregarnos a un tiempo de ocio y bienestar. Nos toca afrontar un verano repleto de dudas y cautelas, pero también con muchas ganas de volver a vivir. De todo corazón: que lo disfrutéis.                                                                                                                            

 

miércoles, 23 de junio de 2021

PÁJAROS EN LA CABEZA


La cita era en la Ekoetxea de Irún, situada en el parque natural de Plaiaundi, en la bahía de Txingudi. Era el día mundial del medio ambiente. Días antes, Ramón Elósegui, veterano miembro de “SEO Birdlife” y colaborador de nuestro programa de radio durante años nos hizo la propuesta: “tenéis que ir al parque ornitológico de Plaiaundi, es un lugar excepcional, el 60% de las aves que vuelan sobre la península recalan ahí y las autoridades no acaban de comprender su importancia. Hay varios proyectos que amenazan la zona y pueden causar un grave perjuicio a muchas especies”. Ramón es un hombre muy respetado en la organización conservacionista, lleva décadas observando, grabando, fotografiando y catalogando las aves que surcan nuestros cielos.                                                                                                                        

Así que allí me fui, con mi mochila cargada de transmisores, micrófonos y auriculares. Como llegué con tiempo decidí dar un paseo de reconocimiento: un camino de graba bordeado por una valla de madera te introduce por un espacio boscoso que rodea un campo de rugby.  A lo largo del recorrido hay varios puestos para el avistamiento de aves, buena parte de ellos están situados en la zona que linda con la desembocadura del Bidasoa: la bahía de Txingudi. Eran las 9:30 de la mañana y ya podían verse numerosos aficionados provistos de prismáticos y cámaras de fotos. También se veían trípodes y cuadernos de notas. Por alguna razón, quizás por verme cargado con la mochila, o por la habitual confusión que causa la dichosa mascarilla, varios de los hombres que se cruzaron en mi camino se dirigieron a mí como si me conocieran de toda la vida. “Acabo de ver un estornino rosado en la zona de las cabañas” me dijo uno entusiasmado. Otro me enseñó varias fotos con sus últimos logros en la captación de especies extrañas. Yo ya he oído hablar de los observadores de pájaros de Gran Bretaña, una tribu abundante y muy curiosa que aparece a menudo en la literatura y en el cine. Pero nunca había tenido la ocasión de hablar con tantos elementos autónomos de esta curiosa práctica. Al poco llegaron mis interlocutores Xabier Garate y Txema Cabrita de SEO-Donostia dos entusiastas discípulos de Ramon Elósegui, al que veneran como auténtico maestro del conservacionismo vasco, un hombre respetado como pocos en el mundo de la ornitología. Desde la organización quieren llamar la atención sobre algunos proyectos urbanísticos que pueden afectar negativamente al parque y quieren también que ese estadio con su pista de atletismo se traslade a otro lugar. En realidad, ese traslado ya se aprobó en un acuerdo entre instituciones a mediados de los años noventa, pero según dicen “siempre hay alguna excusa para llevarlo a cabo; ahora es la pandemia”. Está claro que no hay ninguna voluntad real”. Tras la conexión y las entrevistas tuve ocasión de pasar un buen rato con estos hombres (todos eran hombres en ese día) que me señalaban constantemente diferentes especies, me daban mil detalles sobre ellas y me invitaban a contemplarlas con sus binoculares. Aquella pasión tan blanca, tan poco materialista, me despertó una inmensa ternura. Allí no había competitividad, ni adrenalina, ni violencia, solo curiosidad y amor por esa enigmática especie que nos precede en muchos millones de años sobre la tierra.              

           

           


lunes, 14 de junio de 2021

SENTENCIAS

 


Hay ciertas frases que tienden a permanecer en la memoria. Pasa con algunos refranes, con párrafos de algún libro o artículo o con algunas sentencias célebres de esas que tienden a crear las celebridades. A mi me ha pasado mucho con canciones. Tengo grabado a fuego un estribillo de los Rolling Stones: “No siempre puedes conseguir lo que quieres, pero si lo intentas… tendrás lo que te mereces”. 

A Josu Expósito también le obsesionaba esa frase, que podría equiparase a esa otra: “ten cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir” que algunos atribuyen a Oscar Wilde y otros a la antigua sabiduría china, pero claro, como a Felix Linares le encanta recordar, “tu ocurrencia más brillante ya la tuvo un chino hace miles de años”, una frase que él escuchó a Manuel Vázquez Montalbán.                                     

El propio Josu era muy aficionado a acuñar frases impactantes: “Todo estará viejo y nosotros estaremos muertos”, “La mentira es la que manda, la que causa sensación. La verdad es aburrida, puta frustración” … Impactante también aquella estrofa de la canción “Heroin” de Lou Reed: “Cuando el ‘mordisco’ empieza a fluir/ me olvido de todo vosotros, peleles de esta ciudad/ y todos los políticos produciendo sonidos dementes/ y todos los cadáveres apilados en el cementerio” … La frase estaba destacada en la portada interior del disco “Rock And Roll Animal” que se publicó en España con esa canción extirpada por la censura. Glorificación y censura: la tormenta perfecta para fomentar el consumo. Otra frase lapidaria es aquella de John Lennon: “la vida es aquello que nos ocurre mientras hacemos otros planes” y aquello que le ocurrió, cuando tenía otros planes, es que lo asesinaron… En “Seaska Kanta” Xabier Lete escribió también unos versos que vuelven a mí con cierta frecuencia, seguramente porque no acabo de aprender ese sabio consejo: “haunditzen zeranean, Ikusiko duzu, isilik egoetak zenbat balio dun” (Al crecer aprenderás la importancia de permanecer callado”. No es fácil saber con exactitud cuando es mejor callar y cuando debes hablar, porque está claro que ese otro refrán: “mas vale un día rojo que ciento amarillo” también tiene lo suyo; mejor decir una verdad desagradable a tiempo que callar y criar una úlcera sangrante… ¿no?      

Los fabulosos discos que Rubén Blades y Willie Colon hicieron a finales de los setenta estaban también llenos de versos con vocación filosófica: “si naciste pa martillo del cielo te caen los clavos” cantaba Rubén en el legendario “Pedro Navaja”. Pero a veces también te pueden impactar mensajes que te llegan de los artistas que menos te esperas. De niño me hacía pensar aquel estribillo de los “Tres Sudamericanos”: “Tres Cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. El que tenga esas tres cosas, que le dé gracias a Dios” ¿De modo que eso es todo? ¿Y el que no las tenga? ¿Qué se joda?... Víctor Manuel, en el tema “Un Corazón tendido Al Sol” se mostraba rotundo respecto a la amistad: “se quienes son amigos de verdad, se bien dónde están, nunca piden nada y siempre dan” …                           Termino con una copla popular que solía cantar mucho mi padre, y que podría resumir el espíritu del “blues”: “No creas que porque canto tengo el corazón alegre, que soy como el pajarillo, que si no canta se muere” 


lunes, 7 de junio de 2021

CUANDO HABLAN LAS PAREDES

Pintada de los ochenta

Recientemente leí en este mismo periódico que Bielorrusia presume en sus guías turísticas de ser un país “donde no encontrarás grafitis en las paredes”. Durante los años de mi infancia, en los remotos años sesenta solo recuerdo una pintada en la fachada del edificio más céntrico de mi pueblo. Era la cara de un joven Francisco Franco con gorro de legionario y una leyenda a su lado: “25 años de paz”. Estaba realizada con un molde (algún falangista se adelantó varias décadas a Banksy) y duró muchos años en aquella pared. 

Bien entrados los años setenta empezaron a verse las primeras proclamas pintadas urgentemente con espray: llamamientos a la huelga, peticiones de amnistía o lemas como “Herriak Ez du Barkatuko” tras algún atropello de la dictadura franquista. Aquellos mensajes se hacían de noche, a gran velocidad y como consecuencia, no era raro que faltara alguna letra o que fueran tan legibles como la receta de un médico.                                                                                                                                                 

Con la transición y la legalización de los partidos políticos el mundo de los murales políticos conoció una época dorada en cuanto a abundancia. En las películas que muestran las ciudades vascas de la época puede verse aquella abundancia de puños en alto, hoces y martillos, símbolos antinucleares y un larguísimo etcétera. Ya no había tanta prisa a la hora de pintar. En general la autoridad competente prefería mirar para otro lado. Recuerdo que en cierta ocasión paré a un joven francés que hacía auto-stop en Donostia. Aunque nuestra conversación no podía ser muy fluida, él estaba admirado de la cantidad de pintadas que había por la calle y me decía que en Francia “No había tanta libertad”, como podréis suponer el ataque de risa casi me hace perder el control del coche. Muchos recordareís la campaña del Ayuntamiento de Bilbao para cubrir con pintura verde aquellas  pintadas.                                                                                                                   

 En los años ochenta los murales se hicieron más diversos. Empezaron a verse esas fachadas traseras ocupadas completamente por pintadas trabajadas al detalle y hacia el final de la década irrumpieron los graffitis de estética “hip-hop”, palabras a menudo incomprensibles escritas con diversos sprays de colores y que aspiraban a ocupar cualquier superficie pintable que imaginarse pueda. Las intenciones propagandísticas o “concienciadoras” de las anteriores décadas desaparecían por completo. Para el común de los mortales esas palabras incomprensibles que ocupan tantas pareces no comunican absolutamente nada. El fenómeno constituye una parte muy gráfica de la llamada “globalización”. Este tipo de graffitis son muy similares en New York, Caracas o Toronto. ¿y que quieren comunicar estos Graffitis? Un amigo graffitero me confesó en cierta ocasión, que a ninguno de los artistas del gremio le preocupaba que se les entendiera. Que era más bien una cuestión narcisista, algo así como “esta es mi firma”.

 Un estudio de investigación titulado “El Mensaje del Graffiti” y publicado por la Universidad de Florencia llega a la siguiente conclusión: el graffiti es un medio de comunicación de una tribu urbana, que sirve para cohesionar las partes, y al mismo tiempo crea una jerarquización de sus integrantes de acuerdo con el nivel alcanzado por los escritores de graffiti. Se necesita el aprendizaje de un código para poder referirse a las piezas que vemos, y más que nada si queremos entender sus propósitos, ya que, para la vista desprovista de información previa, estas piezas pueden terminar siendo suciedad visual en las paredes de la ciudad. Muchas personas no lo aprecian y lo tildan de vandalismo. Estamos ya en 2021 y ese tipo de graffiti ochentero sigue inundando casas deshabitadas, ruinas industriales y puticlubs cerrados. Yo no quiero paredes limpias al precio de Bielorrusia. Mucho menos censuras de color verde. Pero después de tantos años de letreros inanes me viene a la mente a menudo aquella inspirada frase de Borges: No hables a menos que puedas mejorar el silencio.  

                                                                                                                                                                                            

 

         

miércoles, 26 de mayo de 2021

EL HOSTIÓN

El lugar de los hechos

Domingo, 9:45 horas. Avanzaba yo a paso ligero hacia mi objetivo informativo: la feria del disco que se celebraba en Bilborock. Llevaba a la espalda una mochila con los aparatos para hacer la transmisión en directo y a mi lado venía también Eder, joven compañero en periodo de prácticas. Avanzábamos por el muelle de La Merced cuando, de pronto, reparé en un enorme mural que ocupaba una extensa superficie. No eran los habituales grafitis. Esa enorme y colorida imagen había sido realizada con mimo, destacaba por su originalidad y cuidaba los detalles. Después he sabido que es una denuncia contra la violencia machista realizada por la artista Ruth Juan y avalada por el ayuntamiento de Bilbao. Pero aquel momento no llegué a saber nada al respecto. Estaba tan distraído contemplando los colores que no reparé en un maldito saliente de cemento que había en el suelo (y cuya función desconozco) . De pronto: “cataplum”, un tropiezo inesperado y en la fracción de un segundo me veo volando por el aire.  Fue una caída estúpida, sin consecuencias graves, pero también un hecho inesperado que me ha mantenido varios días dolorido y luciendo un huevo multicolor sobre mi ojo derecho. En el momento, una pareja que pasaba por ahí vino a socorrerme con cara de susto y Eder apareció en segundos con una bolsa de hielo que pidió en un bar cercano. Nada del otro mundo. En unos minutos estaba en la feria. La organización, que me estaba esperando, me atendió en cuanto me vio. En pocos minutos entraba en directo con las heridas de mi cabeza y mi rodilla curadas. Creo que no se notó nada mi ligero aturdimiento. Como es habitual en estos casos, los siguientes días me aburrí de dar explicaciones. La herida no era gran cosa. Ni siquiera me tuvieron que poner puntos, pero el mural que he lucido en mi cara me daba un aspecto patibulario que, al parecer, requería una explicación.                                                                 
Rebobino: En la reunión del jueves, en esa en la que decidimos los temas que vamos a abordar en el programa, yo propuse visitar la feria del disco que se celebraría el domingo en Bilborock. Al llegar el domingo se nos hizo algo tarde para ir andando y decidimos coger el metro. Nos bajamos en la estación del Casco Viejo y atravesamos entre calles para salir cerca del mercado de la Rivera… Así que, podríamos concluir, el trompazo fue la consecuencia de una cadena de decisiones. Si no hubiéramos decidido esa conexión, si no hubiéramos cogido el metro, si no hubiéramos atravesado esas calles, si no me hubiera fijado en la pintada… es posible que ahora no luciera este enorme chichón en mi cabeza, pero… ¿Quién me asegura que todo habría salido bien? También puedo pensar que la caída podría haber sido más grave. Pocos días antes estuve en la presentación del libro de Gonzalo Iribarnegaray, un autor muerto tras un fuerte golpe accidental en la nuca…                                                                                                                  
Desde que alguien decidió que naciéramos, somos el producto de nuestras decisiones, sin duda, y tarde o temprano tomamos alguna errónea. Cuando me vi de pronto ridículo y dolorido sobre los duros adoquines recordé una escena similar protagonizada por mi madre, años atrás. Una caída más aparatosa que la mía, con sangre abundante y que terminó en el hospital. Afortunadamente tampoco fue de gravedad. Ya lo cantaba el gran Ruben Blades: Decisiones cada día/ Unos ganan otros pierden/ Ave María/ Decisiones/ Todos juegan/ Salgan y hagan sus apuestas, ciudadanía.