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Tiempos basura Blog de Roberto Moso
lunes, 24 de agosto de 2026
TRISTES Y SALVAJES
jueves, 6 de agosto de 2026
YASSIN
Se llama Yassin. Tiene veintidós años. Estudia ingeniería mecánica en Tetuán, pero abandona la universidad cuando el dinero deja de alcanzar. Su padre lleva meses sin trabajo fijo. Su madre cose ropa para las vecinas. Sus dos hermanas pequeñas siguen yendo al colegio gracias a pequeños préstamos de la familia. Él encadena empleos de pocos días: descarga pescado en el puerto, pinta fachadas, carga sacos de cemento. Nada dura.
No sueña con hacerse rico. Sueña con un contrato. Con
enviar dinero a casa. Con dejar de responder “pronto” cada vez que su madre le
pregunta qué va a hacer con su vida.
Cuando empieza a correr el rumor de que miles de
personas se dirigen hacia Ceuta, toma un autobús hasta Castillejos. No está
seguro de lo que va a hacer. Solo sabe que necesita estar allí. Si de verdad
existe una oportunidad, no quiere enterarse por boca de otros.
El pueblo está tomado por la expectación. Hay grupos de jóvenes caminando deprisa. Hay conversaciones en voz baja. Hay teléfonos que no dejan de sonar. Cada pocos minutos alguien asegura tener información nueva. Nadie sabe qué creer
Entonces el teléfono vibra. Lo saca del bolsillo con manos temblorosas. El mensaje es breve:
“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date
prisa.”
Levanta la vista. A lo lejos, hacia el paso
fronterizo, distingue una nube de polvo, gritos, sirenas. Decenas, quizá
cientos de personas corren en la misma dirección. Algunos dicen que la verja ha
cedido. Otros aseguran que los guardias no dan abasto. Nadie tiene la certeza.
Todos tienen prisa. Echa a correr también.
Pero, al acercarse, comprende que por allí será casi
imposible. El gentío se convierte en un muro. Hay empujones, caídas, niños
llorando, policías intentando contener una marea humana. Aquello ya no parece
una puerta abierta, sino un embudo donde solo unos pocos consiguen avanzar.
Entonces alguien, sin detenerse, le grita:
—¡Por el mar! ¡Es más fácil! ¡Rodea el espigón!
Yassin mira el agua.
Ceuta parece estar a un paso. La ciudad se recorta
nítida bajo la luz de la mañana. Nunca la ha sentido tan cerca.
Piensa en su madre.
Piensa en su padre, que siempre le repite que no
pierda la esperanza.
Piensa en los estudios que ha dejado atrás.
Piensa en la fotografía familiar que lleva doblada
dentro de la cartera.
No sabe nadar bien.
Pero también sabe que, si se da la vuelta ahora, ese
mensaje será el recuerdo de una oportunidad perdida.
Se quita las zapatillas.
El agua está más fría de lo que esperaba. Los primeros
metros resultan fáciles. A su alrededor avanzan decenas de cabezas entre
salpicaduras, respiraciones entrecortadas y oraciones pronunciadas en voz baja.
Cuando mira hacia atrás, la playa ya parece lejana.
Entonces el mar cambia.
Las olas empiezan a levantarle. Traga agua una vez.
Después otra. Intenta mantener el ritmo de quienes nadan a su lado, pero cada
vez los ve más lejos.
Piensa que no puede detenerse.
Piensa que, si alcanza aquella roca, podrá descansar.
Piensa que el teléfono sigue en el bolsillo.
La pantalla, seguramente, ya se ha apagado.
Al amanecer siguen llegando personas a la costa.
Algunas tiritan envueltas en mantas. Otras miran fijamente el horizonte,
esperando distinguir una silueta conocida.
En algún lugar, dentro de un servidor de telefonía,
permanece almacenado un mensaje que nadie ha borrado.
“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date
prisa.”
martes, 28 de julio de 2026
GORKA KNORR: VOLVER A LOS 17
La última vez que vi al Gorka Knorr fue en el año
1976, es decir hace 50 años. Fue en un pabellón de La Casilla henchido de
entusiasmo histórico. Flameaban las ilegales ikurriñas y cortaban el aire los
constantes "Goras" a Euskadi (entonces un término subversivo).
Recuerdo que Gorka, en aquellos mediados años setenta,
era -junto a Humberto Tozzi- el ídolo de las chicas de mi cuadrilla. Además del
componente musico/político/reivindicativo, Gorka era un poco nuestro Johm
Denver, el rubito que las encandilaba. También recuerdo que las emisiones de
Radio París, que escuchaba con mi transistor bajo la almohada, pinchaban
constantemente aquel “Mort Pour La Patrie” que, junto a “Txalaparta” y “Katalintxu”,
fueron sus éxitos más escuchados.
El caso es que, pasada la ola de los cantautores, las
noticias sobre Knorr a través de los años iban más unidas a la política que a
la música. Hasta el punto de que muchos estábamos convencidos de que estaba retirado.
Así que fue toda una sorpresa para mí el anuncio de
que daría dos conciertos con motivo de sus 55 años de carrera. Dos bolos casi
familiares en una sala para 250 personas en el centro de Gasteiz. Sospeché que
sería un concierto digno de ver. A diferencia de otros artistas que han seguido
en activo y sacando discos, estaba convencido de que Gorka Knorr nos tocaría
todos sus éxitos de aquella época, es decir, sería todo un viaje colectivo al
pasado. Y así fue.
Con un precio más que razonable de 15 € la entrada y
una audiencia más que talludita dispuesta a subir a su particular "Delorean",
el concierto resultó de lo más amable y previsible. Era como si estos últimos
50 años no hubiera ocurrido nada. Los temas hacían referencia a la masacre de
obreros en huelga del 1976, al fusilamiento de Txiki y Otaegi, a la lucha
anti-franquista simbolizada por "La Estaca" que tiraríamos entre
todos… Él popularizó ese canto por aquí como "Agure Zaharra" y muchos
creímos en su día que era suya, hasta que nos enteramos de que era de Lluis
Llach…
No faltó ninguna. Lo más gracioso del caso es que al
final la gente echaba de menos "Bagare" canción que no es de Gorka Knorr,
pero que, por alguna razón, quizás porque empieza con lo de “Araban Bagare” algunos
se la atribuyen. De una forma absolutamente espontánea, todos los ahí presentes
acabamos cantándola con él, aunque el hombre trató de aclarar al principio que
no era suya pero que le encantaba cantarla.
Gorka jugaba en casa y se notó. Yo creo que disfrutó
como un niño y además tuvo el detalle de acompañarse de un pedazo de banda y de
una currada escenificación que hicieron del concierto una de esas gemas irrepetibles,
solo al alcance de auténticos euskal boomers.
miércoles, 8 de julio de 2026
MIGUEL COSTAS: ESAS PALMAS , COÑO
Conocí a los Siniestro Total gracias a mi amigo Miguel Alcañiz, que los ponía constantemente a todo volumen en su agradecido Seat 850 que tantos fines de semana nos albergó. No sé ni cómo lo consiguió pero tenía la primera maqueta completa, quizás grabada de Radio 3, allá por 1981. Aquellas canciones desquiciadas con cierto sabor Sex Pistols/ Rezillos, pero lábel gallego nos hacían partirnos de risa en aquellos viajes embutidos. Canciones como “Matar hippies en las Cies “, “Ayatola, no me toques la pirola” o “Mario Mario, Encima del Armario”, nos divertían muchísimo pero en realidad, no los tomábamos demasiado en serio, lo veíamos como una gracieta para desengrasar entre UB-40 y Ramones. Pero lo cierto es que nos gustaban más de lo que queríamos admitir.
En 1983 fuimos a verlos a fiestas de Barakaldo. Pocos días antes nos llegó la noticia de que Germán Coppini ya no estaba con ellos, que “le habían echado”. Fue todo un shock. Entre el punkerío de Barakaldo y alrededores, se corrió la voz de que había que boicotear esa actuación. Fue uno de esos conciertos repletos de “sucedidos”que no se olvidan. Antes de Siniestro Total tocaron los cántabros de Melopea, que hacían una especie de proto-“glam rock”. Había un idiota en la primera fila, llamándoles maricones constantemente hasta que uno de ellos avanzando con paso marcadamente femeninoide, se acercó a su cara y le estampó un patadón con su molona campera negra que lo dejó allí mismo medio turulato. Se originó una batalla campal entre partidarios y detractores y no fue la única.
En ese tórrido clima se produjo la salida de Siniestro Total sin Coppini.
Una lluvia de asquerosos gargajos y todo tipo de objetos contundentes acompañaron los primeros minutos de aquel show. Los requiebros “rottenianos” de Coppini sustituidos por el vozarrón de Miguel Costas dando la cara en primera línea y también por Julian Hernández, que tiraba de ironía haciendo comentarios del tipo “que bien se porta la chavalería de Barakaldo, estamos orgullosos”.
Lo cierto es que aquellos temas desquiciados estaban ya tan popularizados entre la peña, que el canto colectivo y el humor sarcástico de la banda terminaron por imponerse,
Consiguieron llegar hasta el final y consiguieron que todos coreáramos las canciones que habíamos conocido con Coppini. Pensábamos que saldríamos de allí decepcionados pero no fue así. El combo Miguel/Julian comenzaba a germinar en nuestros corazones. Miguel ya era ese tipo desgarbado, un poco gañancete al que podías encontrarte tranquilamente en la barra del bar al que ibas todos los días. Transmitía una irresistible cercanía que, creo, fue la clave de su éxito.
Los modernos de mi pueblo enseguida sentenciaron que “Golpes Bajos” eran el futuro y que los Siniestro quedarían en la marginalidad y el olvido. Sorpresas te da la vida.
Durante años aquella siguió siendo banda sonora de grandes momentos de euforia colectiva: “Menea el Bullarengue”, “Mina Terra Galega”, “Fuma Negro Puto Blanco”, “Trabajar Para el Enemigo”, “¿Que tal Homosexual? …
Ahora leyendo su libro me doy cuenta de lo bobo que fui la única vez que tuve ocasión de hablar con él. Estuvo en Radio Euskadi presentando un disco de Los Feliz y a mí no se me ocurrió otra estupidez mayor que decirle lo mucho que había disfrutado yo con él cuando estaba en Siniestro Total. No se me pasó por la cabeza que era el imbécil número 50.412 que le decía semejante chorrada en lugar de la que tenía que oír que era “que bien que sigas en primera línea”.
Porque detrás de tanto cachondeo y tanta coña marinera hubo, como no, viajes eternos en furgoneta por esas carreteras de dios, asaltos de fans beodos que querían su noche de gloria, discrepancias creativas, resacas insoportables, luchas de egos, un divorcio doloroso (valga la rebuznancia) y un accidente estúpido que le pulverizó el hueso calcáneo de un pie y le condiciomó la vida durante todo el nuevo milenio.
Miguel mira hacia atrás sin ira ni demasiada morriña. Se le nota un amor especial por su banda paralela “Aerolíneas Federales”, a la que habría alimentado mejor si Siniestro no hubiera tenido tanto éxito. En fin. “Esas Palmas Coño” es la crónica de una ascensión y relativa caída que gustará especialmente a los que -como yo- alguna vez han canturreado a pleno pulmón esos versos que son todo un manifiesto:
Si yo canto es por tí,
Es por tí, es por tí.
Aunque digan los demás
Que desafino mucho.
lunes, 15 de junio de 2026
"VOLVERSE LOCO"
Y aunque mucha gente cree que la cabeza simplemente te hace crec tal o cual día, os puedo asegurar que ese día que suena el crec, en realidad, solo es el día en que la gota que debía colmar el vaso cae en el vaso. Una de las preguntas que más me ha hecho la gente que conoce esta historia es: pero ¿cuándo empezó todo? ¿En qué momento te volviste loco?». Dejadme que insista: no creo que haya un día en que el cerebro pase de estar bien a estar radicalmente mal. Sospecho que sencillamente hay un día en el que, como decíamos hace solo unas líneas, cae la gota que hace que el vasito que se va llenando de locura se desborde. Creo que si viviéramos eternamente, todos acabaríamos volviéndonos locos algún día. Es imposible saber cuándo empieza a llenarse ese vaso de locura en tu cerebro. Si revisas tu vida, seguramente encontrarás cientos de momentos que no ayudaron a que tu vaso de locura estuviera impecable y vacío del todo. A poco que hayas tenido una vida más o menos normal, seguro que hay momentos en los que te han avergonzado, humillado, estresado, ofendido, despreciado, mentido, agredido, traicionado... Y, por muy fuerte que seas, o por mucho que asegures que esas cosas no te afectan, estoy convencidísimo de que parte de esos momentos se convierten en gotitas que van cayendo una tras otra dentro de ese vaso. Y sospecho que, por muy grande que pueda ser el vaso, si viviéramos eternamente, tarde o temprano caería una gota en él que lo haría desbordar todo. El problema es que la locura consigue camuflarse con tus rutinas como un camaleón lo hace en un tronco o una piedra, y es imposible distinguir si lo que te pasa es que eres raro, estás cansado o te estás volviendo loco hasta que, de repente, pasa algo que te lleva en un segundo a cruzar alguna línea que les llame a todos la atención. Y justo ahí es donde está lo peligroso; en que hasta que no cruces la línea no sabrás si la intención de tu locura es hacerte o hacer daño de verdad. Desde que me volví loco, cada vez que veo o leo historias de personas que sospecho pueden estar pasando por un momento delicado, no puedo evitar sentir una especial preocupación por cómo se comportarán las personas de su entorno. Cuando te vuelves loco, cualquier gesto o palabra que haga otra persona puede marcar la diferencia entre que la situación acabe bien o mal
jueves, 4 de junio de 2026
JAN!: AGUR LURTIARRAK
miércoles, 27 de mayo de 2026
JOSU ESKORBUTO EN EL CINE
En los
varios intentos de hacer la eterna película sobre Eskorbuto que se han
producido yo siempre lo dejé claro: Ningún actor haciendo de Jualma ó Josu me
va a gustar. Estoy seguro de que ocurre lo mismo con quienes conocieron a
Michael Jackson, Jim Morrison o Nina Simone y los vean interpretados por
actores. No se trata de que hagan buenas o malas interpretaciones, se trata de
que no son ni pueden ser ellos. Punto. Ese Josu tan “pansinsal” pondría de mala
hostia al auténtico, no me cabe duda.
Por lo demás
la película no cuenta con unas notas muy altas en IMDB ni ninguna otra página
especializada. Es puro entretenimiento de aires “rockistas” cayendo en buena
parte de los tópicos de otros productos celtibéricos tipo “Isi y Disi , alto
voltaje”, aunque algunos “gags” me hicieron reír, también te lo digo.
Una última
aclaración, por si alguien todavía lo duda: Josu no hizo NUNCA un anuncio
contra la droga. Se limitó a contar su experiencia y dar consejos en un
reportaje de su vecino Roberto Pérez para ETB.
Gracias a Rubén Callejo por la información.
martes, 19 de mayo de 2026
BILBAO ESTÁ GRITANDO
"Bibao Secreto" es el título del nuevo libro de Alvaro Heras-Groh. La publicación se dedica en exclusiva a recoger imágenes de las diversas subculturas juveniles en el Bilbao actual. Las fotografías reflejan por un lado poses y estéticas y por otro representaciones gráficas de diverso tipo (pintadas, murales, graffittis, pegatinas...) . A continuación, el prólogo que redacté para la ocasión.
“Y el patito feo, rechazado por ser diferente, descubrió con alborozo que, en realidad, era un hermoso cisne en el estanque equivocado”.
De todos aquellos cuentos de la infancia me quedo con
éste. Dicen que Hans Christian Andersen escribió “El Patito Feo” (1843)
impulsado por su propia experiencia vital. El autor, nacido en el seno de una
familia muy humilde, durante su infancia y juventud se sintió marginado,
ridiculizado y poco aceptado por su aspecto físico, su origen social y su
carácter sensible. En Copenhague sufrió burlas y rechazo antes de ser
reconocido como escritor.
A diferencia de otras narraciones infantiles, a menudo
enfocadas a temer al extraño o a buscar príncipes y princesas azules, creo que
la del patito ha resistido muy bien el paso del tiempo y tiene una lectura
válida para cualquier edad.
Podría decirse que buena parte de la vida la pasamos
tratando de encontrar nuestros estanques adecuados, pero es en la adolescencia
y en la juventud, cuando estas búsquedas se viven con mayor dramatismo y
encontrar a “los tuyos”, a esa familia de congéneres con los que te sientes
identificado más allá de los vínculos de sangre, bien sea durante dos días a la
semana, se siente a menudo como un enorme
logro.
Repasando las fotos de este estupendo trabajo de Álvaro Heras Groh, es precisamente eso lo que veo: rostros, ropas y poses que te
gritan su orgullo de tribu: “mira por dónde, ahora resulta que somos putos
cisnes, ¿cómo te quedas”? Ahí los tienes, desafiantes, elegantes -dentro
de sus propios códigos-, felices y bien abrigados por sus nuevas familias
callejeras, encantados de mostrarse al mundo con el aspecto que han elegido y
no con el que les imponen.
El asunto de las tribus urbanas no es nuevo. Mods, rockers,
punks, skins, raperos y tantos otros ya han llenado miles de páginas y
kilómetros de celuloide en las pasadas décadas. Había entonces un cierto
espíritu de pertenencia militante que podía terminar en enfrentamientos
violentos entre tribus, aunque la mayor parte de las veces la sangre no llegaba
al río. En Bilbao y su amplia zona de influencia se vivió además durante
décadas un clima de altas temperaturas político/sociales que propiciaron a menudo
que los enfrentamientos fueran con la policía, así lo reflejamos en Zarama, en
temas como “Bihotzak Sutan”:
“Baska guztiak dira bat/ erantzun bat ematean/ borroka
benetan bero/ orain bihotzak/inoiz baino gehiago/ daude sutan”
(Todas las “baskas”son una / para dar una respuesta/ lucha
encarnizada/ ahora de verdad/ los corazones están ardiendo.)
Con el tiempo se han ido añadiendo otras denominaciones al
mapa tribal: otakus, urbanos, raveros, traperos… por no hablar de aquellos
unidos por luchas ecológicas, feministas, LGTBI+ o anti-capitalistas en
general, que en esta tierra siempre han tenido mucho predicamento. En un
plano más local, las peleas territoriales entre barrios y las cuadrillas de
delincuentes que poblaron el “cine kinki” han dado también para no pocas tesis
doctorales y para libros como “A Tope” firmados por el propio Heras
Groh.
Los sociólogos dicen que ahora domina la “liquidez” y no es
raro encontrar cierto flujo entre miembros de diversos clanes callejeros. Como
en tantos otros ámbitos, la fluidez también vendrá impuesta por el implacable
paso del tiempo. En “Quadrophenia”, aquella magnífica ópera rock escrita por el
líder de The Who, Pete Townsewnd, en 1972, su protagonista, Jimmy, alcanza tal
nivel de identificación con el movimiento “mod” que decide convertirlo en su
modo de vida. Su líder, “Ace Face”, encarnado en el cine por el músico Sting,
acaba por aceptar un trabajo de botones dejando a un lado las veleidades
juveniles. Jimmy no soporta semejante visión y antes de claudicar, decide
quitarse de en medio.
Todas esas miradas fascinadas captadas en estas fotografías
serán contempladas en el futuro por muchos de sus protagonistas. Unos las verán
como un recuerdo maravilloso, otros como una fiebre pasajera, unos se reirán,
revisándolas con su prole y otros procurarán que sus hijos no los vean “con
esas pintas”. Algunas amistades perdurarán, otras pasarán al olvido, algunos
recuerdos serán inolvidables, otros… mejor olvidar. La fluidez, en suma, es
parte intrínseca de la vida y lo mejor que puedo desear, para terminar este
prólogo, es que tengas unas migraciones lo más acertadas posibles en la
constante búsqueda del “lago de los cisnes”. Y si esta no llega del todo, cosa
previsible, recordemos aquella frase del gran escritor francés Marcel Proust,
autor de “En Busca del Tiempo Perdido” : “el verdadero viaje de descubrimiento
no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Y de
eso precisamente, de miradas y paisajes (en este caso urbanos) trata la otra
parte del libro.
Mi primera conciencia
de ver mensajes en muros se sitúa en la infancia, cuando algunos kamikazes se
atrevieron a hacer varias pintadas a brochazo limpio clamando contra el proceso
de Burgos. Este tipo de acciones urgentes fueron hegemónicas hasta los años de
la transición política. Ahí empezaron los murales políticos más trabajados en
combinación con carteles y pegatinas como para empapelar la muralla china.
Con los ochenta llegaron los graffitis de inspiración
hip-hopera y los rotuladores se fueron adueñando de todas las superficies
imaginables. Tiempos de frases lapidarias, más o menos inspiradas, que
convertirán los baños en auténticos lienzos para la expresividad. tiempos
también para la “agitación y propaganda” para la nueva ola de bandas, dispuestas
a dejar la huella de su existencia en cualquier superficie disponible. (Rotu de
oro para Eskorbuto, sin discusión).
Ahora, avanzando a velocidad de vértigo por el siglo XXI los
lienzos se multiplican, graffitis, pegatinas y pintadas - por no hablar de
tatuajes- se muestran con tal abundancia que se hace difícil distinguir el
grano de la paja. Pintadas trabajadas conviven con torpes exaltaciones de egos
gigantescos, murales que son auténticas obras de arte malviven junto a
garabatos absurdos y fenómenos como Banksy siguen alucinando al mundo.
Con tal reclamo constante de atención, cobra especial
interés un trabajo como éste, enfocado a captar dónde están esos mensajes que
mejor retratan el espíritu de una época y una ciudad, cuales son, en suma, los
que se revelan como signo de los tiempos. La mirada atenta y minuciosa de
Alvaro Heras Groh, empeñada en captar, entender e interpretar las culturas
urbanas que le rodean, se muestra aquí con menos palabras que en sus anteriores
trabajos, pero, paradójicamente, ni un ápice menos de elocuencia.
ROBERTO MOSO.
miércoles, 13 de mayo de 2026
HARRAPATZEN BAZAITU
martes, 5 de mayo de 2026
domingo, 3 de mayo de 2026
ACROPOL. RUMBA MADRILEÑA A QUEMARROPA
Por circunstancias casi casuales de la vida llega a
mis manos un recopilatorio singular. Una rareza a medio camino entre lo bizarro
y lo testimonial, no apto para todos los públicos. Se titula como la
discográfica que los editó en su día: Acropol,
y más que un disco es una cápsula del tiempo que nos arroja, sin anestesia, a
los márgenes sonoros del Madrid de los años setenta.
Lo primero que sorprende no es tanto la música como el
contexto que la envuelve. Detrás del nombre Acropol hay un sello casi fantasma,
impulsado por el productor de origen egipcio Noumbar Hamatjis, que operaba al
margen de cualquier lógica industrial. Sus métodos eran directos, casi
salvajes: grabaciones rápidas, artistas captados en bares o en la calle,
canciones registradas sin apenas ensayo. El resultado es un sonido crudo,
urgente, con más verdad que técnica. Este recopilatorio, editado décadas después
por el empeño de tres amigos entusiastas, rescata ese material disperso y lo
ordena en un formato que permite asomarse a una escena olvidada. Lo que aparece
es una suerte de rumba madrileña desgreñada, híbrida, que mezcla ecos de
flamenco, copla y canción ligera. Nombres como Chichos, Chunguitos o Las
Grecas son inevitables a la hora de buscar referentes.
En cierto sentido hay algo profundamente punk en
este trabajo. No es una exageración, esa precariedad, ese descaro es puro
"hazlo tú mismo” mucho antes de que se pusiera de moda. Los nombres que
desfilan por el disco —Los Gitanos de Hoy, Tony el Gitano, Antonio el Kalifa,
Los Capricornios— suenan más a personajes de una película de"kinkis"
que a estrellas musicales. Y, en cierto modo, lo son. Sus canciones hablan
desde los márgenes, sin filtros ni pretensiones, con una espontaneidad que te
sorprende. No hay corrección política ni voluntad de agradar: hay vida, hay
tensión, hay historias ásperas y declaraciones de amor descarnado. Escuchar
Acropol exige, por tanto, cierta "ecualización" personal previa para
aparcar prejuicios. No es un disco “bonito” en el sentido convencional. Tampoco
busca serlo. Su valor está en otra parte: en su capacidad para documentar una
realidad social y cultural que rara vez ha tenido espacio en los relatos
habituales de la música española. Es, en ese sentido, un documento tanto como
un objeto artístico. También hay algo profundamente evocador en su estética.
Las portadas originales, improvisadas y de bajo presupuesto, y los circuitos de
distribución —gasolineras, mercadillos, salas de fiesta— hablan de una economía
paralela, de una cultura que se movía por fuera de los canales habituales. Todo
en Acropol respira periferia. Que este material haya sido recuperado no deja de
ser una pequeña victoria contra el olvido. Porque, más allá de lo excéntrico o
lo pintoresco, lo que late en estas canciones es una forma de entender la
música como expresión directa, sin mediaciones. Y eso, en tiempos de
producciónes calculadas al servicio del algoritmo, tiene algo de revulsivo.
Quizá por eso este recopilatorio funciona hoy casi como un artefacto incómodo.
No encaja del todo en ninguna categoría, no se deja domesticar fácilmente. Y,
sin embargo, ahí reside su atractivo: en recordarnos que la historia de la
música también se escribe en los márgenes, en los lugares donde lo imperfecto y
lo auténtico se dan la mano sin pedir permiso.
Como digo, la información y la mera existencia del disco (discos Templo 2016) ya descatalogado, me llegó de forma casual a cargo de uno de sus editores Jon Navarro. Junto con dos amigos, también entusiastas de la arqueología musical: Daniel Gutierrez y Fernando Tomé se lanzaron a la aventura de recopilar joyas perdidas entre rastros y subastas. Incluso se impusieron la tarea de buscar a protagonistas o descendientes. Así lo describen en el texto que acompaña al disco: "Contactar a los artistas no ha sido fácil. Ha pasado demasiado tiempo. y cuando nos planteamos intentar localizarlos no sabíamos por dónde empezar. Pero de alguna manera estábamos iluminados. y la voluntad. determinación y mucha suerte nos pusieron en el camino. Las vivencias darían para un libro pero lo que podemos decir es que los artistas se han volcado con nosotros. abriéndonos sus casas. cediéndonos su tiempo, ayudándonos con sus recuerdos y testimonios, y ofreciéndonos en muchos casos las claves para localizar al siguiente artista o conjunto. La mayoría no conservan fotografías de aquella época, ni siquiera los propios discos por lo que recordar con ellos toda aquella etapa ha resultado toda una experiencia vital, dando lugar a momentos imborrables e indescriptibles" . Puedes escucharlo aquí: Acropol
jueves, 23 de abril de 2026
EL OTRO ÁRBOL DE GUERNICA
A veces pienso que no iba a la biblioteca a estudiar, sino a esconderme un rato del mundo. Tenía trece o catorce años y en Santurtzi todo me resultaba cercano, conocido, casi inevitable. En cambio, al cruzar la puerta de la biblioteca, el aire parecía otro: más quieto, más denso, como si allí dentro el tiempo caminara de puntillas. Me sentaba con mis cuadernos abiertos, decidido a concentrarme, con esa seriedad impostada que uno adopta cuando empieza a tomarse en serio a sí mismo. Pero la voluntad me duraba poco. Bastaba levantar la vista para que las estanterías me miraran de vuelta, cargadas de promesas. Los lomos de los libros eran como pequeñas puertas alineadas, invitándome a empujar cualquiera de ellas. Casi siempre cedía.
Había algo irresistible en ese gesto de abandonar los apuntes y dejarme llevar por lo inesperado. No elegía los libros: eran ellos los que parecían elegirme a mí.
Aquel día, sin embargo, fue distinto. Aquel día encontré uno que no solo me distrajo, sino que me cambió. Se titulaba "El otro árbol de Guernica". Lo abrí sin saber muy bien por qué, quizá por el peso de las palabras, quizá porque “Guernica” era un nombre que flotaba en el ambiente de casa, en conversaciones a media voz, en silencios que yo entonces no entendía. Me senté y empecé a leer. Ya no estaba en la biblioteca.
Las páginas me llevaron a otro tiempo, a otra realidad que, sin embargo, tenía que ver directamente conmigo, con mi tierra, con la gente que conocía. Por primera vez, la guerra dejó de ser algo lejano, borroso, algo que pertenecía a documentales o a historias contadas sin detalles. Allí estaba, viva, concreta, humana. Y dolía de otra manera.
Recuerdo cerrar el libro con una sensación extraña, como si hubiera descubierto algo importante que nadie me había explicado del todo. Afuera seguía siendo el mismo Santurtzi de siempre, con sus calles y sus rutinas, pero yo ya no lo miraba igual.
Volví a casa ese día con el libro bajo el brazo y los apuntes casi intactos. No había estudiado gran cosa, es cierto. Pero había aprendido algo que no venía en ningún temario: que los libros podían abrir grietas en la realidad, y que, a través de ellas, uno podía empezar a entender de verdad de dónde viene.
Desde entonces, cada vez que entro en una biblioteca, vuelvo a sentir lo mismo: que en cualquier estantería puede estar esperándome otra puerta, otro descubrimiento, otra pequeña sacudida. Por unos instantes recupero mis trece años. Feliz día del libro. Gora Santurtzi.
viernes, 17 de abril de 2026
MAGNOLIA
Cuando cumplí cuarenta años decidí celebrarlo de una forma discreta, casi íntima, como si no quisiera hacer demasiado ruido al cruzar esa frontera invisible que separa lo que uno cree que es la juventud de lo que empieza a intuir que ya es otra cosa. No hubo fiesta, ni brindis multitudinario, ni discursos. Hubo, en cambio, una butaca en penumbra y una película de la que todo el mundo hablaba maravillas. Pensé que no había mejor manera de marcar el momento que dejarme llevar por una gran historia. Algo que, de algún modo, estuviera a la altura de la cifra. Pero no lo estuvo. A medida que avanzaban los minutos, empecé a sentir una incomodidad difícil de explicar. No era aburrimiento exactamente, ni siquiera rechazo frontal. Era más bien una sensación de desajuste, como si la película y yo estuviéramos en frecuencias distintas, incapaces de encontrarnos. Las escenas se sucedían con solemnidad, los personajes sufrían con intensidad, todo parecía diseñado para conmover… y sin embargo, yo no estaba allí. O peor: estaba, pero con una conciencia cada vez más aguda del tiempo que pasaba. Recuerdo pensar, con una mezcla de ironía y desasosiego: “Dios mío, estoy a punto de llegar a la mitad de mi vida —si todo va bien— y aquí estoy, desperdiciando dos horas en algo que no me dice nada”. Aquella idea se me clavó como una pequeña astilla. No dolía demasiado, pero tampoco desaparecía. Me hizo mirar el reloj. Me hizo removerme en el asiento. Me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que el tiempo no es algo abstracto, sino un recurso limitado que uno gasta, a veces sin darse cuenta, en cosas que no lo merecen. Y entonces surgió la pregunta, casi inevitable: ¿cuántas veces nos ocurre eso en la vida? No solo en un cine. También en conversaciones que no llevan a ningún sitio, en trabajos que no nos llenan, en relaciones que se alargan por inercia, en decisiones que tomamos por miedo o por costumbre. Momentos en los que, de pronto, algo dentro de nosotros se despierta y dice: “¿De verdad quieres estar aquí?”. Y la respuesta, aunque incómoda, suele ser honesta. Salí del cine con una sensación agridulce. No había disfrutado la película, eso estaba claro. Pero tampoco podía decir que hubiera sido una experiencia vacía del todo. Había algo más, algo que no terminaba de encajar en la categoría de “pérdida de tiempo”. Durante el camino de vuelta, sin prisa, empecé a darle vueltas a esa idea. Quizás el error estaba en medirlo todo en términos de aprovechamiento inmediato. Quizás no todo tiene que ser útil en el sentido clásico. A veces, lo que parece una decepción es simplemente una pausa forzada, una especie de espejo incómodo en el que uno se ve reflejado sin adornos. Aquella película no me había dado lo que esperaba, pero me había obligado a hacerme preguntas que llevaba tiempo evitando. Y entonces la reflexión cambió de dirección. ¿Qué pasaría si las decepciones no fueran un fallo del sistema, sino parte esencial del mismo? ¿Y si esos momentos en los que sentimos que estamos perdiendo el tiempo fueran, en realidad, pequeñas grietas por las que se cuela algo importante? No siempre es evidente en el momento. A veces hace falta distancia para entenderlo. Porque, al fin y al cabo, si no hubiera ido al cine aquel día, si no me hubiera sentido incómodo, si no hubiera tenido ese pensamiento casi dramático sobre la mitad de la vida… probablemente no estaría ahora recordándolo. Ni escribiendo esto. Y eso introduce una paradoja curiosa: aquello que parecía completamente inútil termina teniendo un valor inesperado. No por lo que fue en sí, sino por lo que provocó después. Como una semilla que no sabías que estabas plantando. Desde entonces, cuando me encuentro en situaciones similares —una charla insustancial, una película fallida, una tarde que parece deslizarse sin sentido— intento no reaccionar con tanta impaciencia. No siempre lo consigo, claro. Pero al menos me esfuerzo por pensar que incluso ahí puede haber algo rescatable. Aunque solo sea una idea, una frase, una sensación que más adelante encuentre su lugar. Quizás no se trata de evitar perder el tiempo a toda costa, sino de aprender a transformarlo. De aceptar que no todo va a ser brillante, ni memorable, ni digno de ser contado… pero que, de vez en cuando, incluso lo mediocre deja un rastro que merece la pena seguir. Aquella noche no salí del cine con una revelación cinematográfica. Salí con una pregunta. Y, con el tiempo, he aprendido que a veces eso es mucho más valioso.
viernes, 20 de marzo de 2026
ESKORBUTO EN BARCELONA 1986
miércoles, 18 de marzo de 2026
martes, 3 de marzo de 2026
JAN! TALDEA: NEW CALEDONIA
martes, 3 de febrero de 2026
¿QUIEN TIENE EL TOCADISCOS?
El mundo de la promoción musical no es un terreno de juego equilibrado.
Nunca lo fue, aunque a veces se disfrace de meritocracia sonora.
Las canciones no nacen iguales, nacen con mochila o sin ella.
Algunas llegan con focos, presupuesto y padrinos. Otras llegan solas, grabadas de madrugada y con más fe que medios.
No gana siempre la mejor canción, gana la más empujada.La que suena donde tiene que sonar y en el momento justo.
La que alguien decidió pinchar una y otra vez.
Porque alguien, en algún sitio, tiene el tocadiscos.Ese tocadiscos puede ser una radio, una playlist o un algoritmo.Puede ser un periodista, un programador o un influencer cansado.
Quien controla la aguja decide qué gira y qué se queda en silencio.
Y ese poder rara vez es neutral.
La historia de la música está llena de genialidades invisibles.
Canciones que no fallaron artísticamente, sino estratégicamente. Temas que no entraron en la rueda correcta. Bandas que llegaron tarde a una fiesta privada. La injusticia no está en que unas canciones triunfen.
Está en fingir que todas tuvieron la misma oportunidad.
En llamar fracaso a no sonar.
Tal vez la pregunta no sea quién tiene talento.
La pregunta real sigue siendo: ¿quién tiene el tocadiscos?
domingo, 1 de febrero de 2026
miércoles, 28 de enero de 2026
50 AÑOS DE "PUNK"
Aunque a los british les gusta mucho vender el "punk" como algo nacido de sus entrañas, lo cierto es que Sex Pistols, Clash y tantos otros bebian de algo surgido meses atrás y que ahora cumple 50 años.
lunes, 19 de enero de 2026
LA IA TE HACE VAGO
La IA te hace vago.
No porque piense por ti, sino porque te tienta a dejar de pensar.
Antes buscábamos palabras; ahora las pedimos.
Antes dudábamos; ahora aceptamos la primera respuesta.
La comodidad es el gran caballo de Troya tecnológico.
Promete ahorrar tiempo y acaba robando criterio.
No es que la IA escriba mal, es que escribe demasiado fácil.
Y lo fácil rara vez nos exige algo.
Delegar tareas puede ser inteligente.
Delegar el juicio, nunca.
La pereza intelectual siempre se ha disfrazado de progreso.
Hoy tiene forma de algoritmo amable.
La creatividad sin esfuerzo se parece mucho al relleno.
La opinión sin fricción acaba siendo eco.
Pensar cansa, contrastar aburre, corregir desespera.
La IA nos ofrece atajos constantes.
Y los atajos, ya se sabe, cambian el paisaje.
No es una condena, es una advertencia.
Usarla bien exige más disciplina, no menos.
Lo dicho, la IA te hace vago.
(Articulo escrito por el chat GPT respondiendo a esta petición: hazme un artículo titulado "la IA te hace vago")












