El mundo de la promoción musical no es un terreno de juego equilibrado.
Nunca lo fue, aunque a veces se disfrace de meritocracia sonora.
Las canciones no nacen iguales, nacen con mochila o sin ella.
Algunas llegan con focos, presupuesto y padrinos. Otras llegan solas, grabadas de madrugada y con más fe que medios.
No gana siempre la mejor canción, gana la más empujada.La que suena donde tiene que sonar y en el momento justo.
La que alguien decidió pinchar una y otra vez.
Porque alguien, en algún sitio, tiene el tocadiscos.Ese tocadiscos puede ser una radio, una playlist o un algoritmo.Puede ser un periodista, un programador o un influencer cansado.
Quien controla la aguja decide qué gira y qué se queda en silencio.
Y ese poder rara vez es neutral.
La historia de la música está llena de genialidades invisibles.
Canciones que no fallaron artísticamente, sino estratégicamente. Temas que no entraron en la rueda correcta. Bandas que llegaron tarde a una fiesta privada. La injusticia no está en que unas canciones triunfen.
Está en fingir que todas tuvieron la misma oportunidad.
En llamar fracaso a no sonar.
Tal vez la pregunta no sea quién tiene talento.
La pregunta real sigue siendo: ¿quién tiene el tocadiscos?

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