La democracia es un tranvía, cuando llegas a tu estación, te bajas".
La frase de Erdogan expresa una idea cada vez más extendida: la democracia como simple instrumento y no como valor. Hoy esa lógica no es marginal, gana terreno en múltiples discursos políticos. La democracia se acepta mientras sirve para alcanzar el poder, pero se cuestiona cuando limita su ejercicio. Esta deriva no es exclusiva de una ideología concreta.
En la derecha, el autoritarismo suele justificarse en nombre del orden, la seguridad o la unidad nacional. Las reglas democráticas se respetan solo si producen resultados favorables. Cuando no, se desacreditan elecciones, tribunales o medios de comunicación. El líder se presenta como encarnación directa del pueblo, incluso contra las instituciones.
En la izquierda, la tentación adopta un lenguaje emancipador. La democracia liberal se denuncia como una farsa al servicio de las élites. El pluralismo y los contrapesos se ven como obstáculos para la justicia social. Alcanzado el poder, la perpetuación se legitima a menudo en nombre de una causa superior.
En ambos casos, la democracia se convierte en una puerta de entrada que puede cerrarse desde dentro. El descontento social y la frustración con sus fallos alimentan esta visión. El riesgo es normalizar el desprecio por las reglas comunes. Defender la democracia exige reformarla y profundizarla, de lo contrario se queda en una pura etiqueta.
Quienes hemos conocido un sistema sin división de poderes, sin partidos ni sindicatos , sin derechos para las minorías , sin libertad de prensa, sabemos que es peor. Solo las élites privilegiadas pueden sentirse mejor en una dictadura.. Eso sí, el régimen dictatorial rara vez reconoce esa denominación. Se apuesta por eufemismos como "democracia orgánica", "democracia popular"o, como mucho "dictadura del proletariado'
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