domingo, 3 de mayo de 2026

ACROPOL. RUMBA MADRILEÑA A QUEMARROPA

 Acropol


Por circunstancias casi casuales de la vida llega a mis manos un recopilatorio singular. Una rareza a medio camino entre lo bizarro y lo testimonial, no apto para todos los públicos. Se titula como la discográfica que los editó en su día: Acropol, y más que un disco es una cápsula del tiempo que nos arroja, sin anestesia, a los márgenes sonoros del Madrid de los años setenta. 

Lo primero que sorprende no es tanto la música como el contexto que la envuelve. Detrás del nombre Acropol hay un sello casi fantasma, impulsado por el productor de origen egipcio Noumbar Hamatjis, que operaba al margen de cualquier lógica industrial. Sus métodos eran directos, casi salvajes: grabaciones rápidas, artistas captados en bares o en la calle, canciones registradas sin apenas ensayo. El resultado es un sonido crudo, urgente, con más verdad que técnica. Este recopilatorio, editado décadas después por el empeño de tres amigos entusiastas, rescata ese material disperso y lo ordena en un formato que permite asomarse a una escena olvidada. Lo que aparece es una suerte de rumba madrileña desgreñada, híbrida, que mezcla ecos de flamenco, copla y canción ligera. Nombres como ChichosChunguitos o Las Grecas son inevitables a la hora de buscar referentes.                   

En cierto  sentido hay algo profundamente punk en este trabajo. No es una exageración, esa precariedad, ese descaro es puro "hazlo tú mismo” mucho antes de que se pusiera de moda. Los nombres que desfilan por el disco —Los Gitanos de Hoy, Tony el Gitano, Antonio el Kalifa, Los Capricornios— suenan más a personajes de una película de"kinkis" que a estrellas musicales. Y, en cierto modo, lo son. Sus canciones hablan desde los márgenes, sin filtros ni pretensiones, con una espontaneidad que te sorprende. No hay corrección política ni voluntad de agradar: hay vida, hay tensión, hay historias ásperas y declaraciones de amor descarnado. Escuchar Acropol exige, por tanto, cierta "ecualización" personal previa para aparcar prejuicios. No es un disco “bonito” en el sentido convencional. Tampoco busca serlo. Su valor está en otra parte: en su capacidad para documentar una realidad social y cultural que rara vez ha tenido espacio en los relatos habituales de la música española. Es, en ese sentido, un documento tanto como un objeto artístico. También hay algo profundamente evocador en su estética. Las portadas originales, improvisadas y de bajo presupuesto, y los circuitos de distribución —gasolineras, mercadillos, salas de fiesta— hablan de una economía paralela, de una cultura que se movía por fuera de los canales habituales. Todo en Acropol respira periferia. Que este material haya sido recuperado no deja de ser una pequeña victoria contra el olvido. Porque, más allá de lo excéntrico o lo pintoresco, lo que late en estas canciones es una forma de entender la música como expresión directa, sin mediaciones. Y eso, en tiempos de producciónes calculadas al servicio del algoritmo, tiene algo de revulsivo. Quizá por eso este recopilatorio funciona hoy casi como un artefacto incómodo. No encaja del todo en ninguna categoría, no se deja domesticar fácilmente. Y, sin embargo, ahí reside su atractivo: en recordarnos que la historia de la música también se escribe en los márgenes, en los lugares donde lo imperfecto y lo auténtico se dan la mano sin pedir permiso.

Como digo, la información y la mera existencia del disco (discos Templo 2016) ya descatalogado, me llegó de forma casual a cargo de uno de sus editores Jon Navarro. Junto con dos amigos, también entusiastas de la arqueología musical: Daniel Gutierrez y Fernando Tomé se lanzaron a la aventura de recopilar joyas perdidas entre rastros y subastas. Incluso se impusieron la tarea de buscar a protagonistas o descendientes. Así lo describen en el texto que acompaña al disco: "Contactar a los artistas no ha sido fácil. Ha pasado demasiado tiempo. y cuando nos planteamos intentar localizarlos no sabíamos por dónde empezar. Pero de alguna manera estábamos iluminados. y la voluntad. determinación y mucha suerte nos pusieron en el camino. Las vivencias darían para un libro pero lo que podemos decir es que los artistas se han volcado con nosotros. abriéndonos sus casas. cediéndonos su tiempo, ayudándonos con sus recuerdos y testimonios, y ofreciéndonos en muchos casos las claves para localizar al siguiente artista o conjunto. La mayoría no conservan fotografías de aquella época, ni siquiera los propios discos por lo que recordar con ellos toda aquella etapa ha resultado toda una experiencia vital, dando lugar a momentos imborrables e indescriptibles"  


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