lunes, 24 de agosto de 2026
TRISTES Y SALVAJES
miércoles, 8 de julio de 2026
MIGUEL COSTAS: ESAS PALMAS , COÑO
Conocí a los Siniestro Total gracias a mi amigo Miguel Alcañiz, que los ponía constantemente a todo volumen en su agradecido Seat 850 que tantos fines de semana nos albergó. No sé ni cómo lo consiguió pero tenía la primera maqueta completa, quizás grabada de Radio 3, allá por 1981. Aquellas canciones desquiciadas con cierto sabor Sex Pistols/ Rezillos, pero lábel gallego nos hacían partirnos de risa en aquellos viajes embutidos. Canciones como “Matar hippies en las Cies “, “Ayatola, no me toques la pirola” o “Mario Mario, Encima del Armario”, nos divertían muchísimo pero en realidad, no los tomábamos demasiado en serio, lo veíamos como una gracieta para desengrasar entre UB-40 y Ramones. Pero lo cierto es que nos gustaban más de lo que queríamos admitir.
En 1983 fuimos a verlos a fiestas de Barakaldo. Pocos días antes nos llegó la noticia de que Germán Coppini ya no estaba con ellos, que “le habían echado”. Fue todo un shock. Entre el punkerío de Barakaldo y alrededores, se corrió la voz de que había que boicotear esa actuación. Fue uno de esos conciertos repletos de “sucedidos”que no se olvidan. Antes de Siniestro Total tocaron los cántabros de Melopea, que hacían una especie de proto-“glam rock”. Había un idiota en la primera fila, llamándoles maricones constantemente hasta que uno de ellos avanzando con paso marcadamente femeninoide, se acercó a su cara y le estampó un patadón con su molona campera negra que lo dejó allí mismo medio turulato. Se originó una batalla campal entre partidarios y detractores y no fue la única.
En ese tórrido clima se produjo la salida de Siniestro Total sin Coppini.
Una lluvia de asquerosos gargajos y todo tipo de objetos contundentes acompañaron los primeros minutos de aquel show. Los requiebros “rottenianos” de Coppini sustituidos por el vozarrón de Miguel Costas dando la cara en primera línea y también por Julian Hernández, que tiraba de ironía haciendo comentarios del tipo “que bien se porta la chavalería de Barakaldo, estamos orgullosos”.
Lo cierto es que aquellos temas desquiciados estaban ya tan popularizados entre la peña, que el canto colectivo y el humor sarcástico de la banda terminaron por imponerse,
Consiguieron llegar hasta el final y consiguieron que todos coreáramos las canciones que habíamos conocido con Coppini. Pensábamos que saldríamos de allí decepcionados pero no fue así. El combo Miguel/Julian comenzaba a germinar en nuestros corazones. Miguel ya era ese tipo desgarbado, un poco gañancete al que podías encontrarte tranquilamente en la barra del bar al que ibas todos los días. Transmitía una irresistible cercanía que, creo, fue la clave de su éxito.
Los modernos de mi pueblo enseguida sentenciaron que “Golpes Bajos” eran el futuro y que los Siniestro quedarían en la marginalidad y el olvido. Sorpresas te da la vida.
Durante años aquella siguió siendo banda sonora de grandes momentos de euforia colectiva: “Menea el Bullarengue”, “Mina Terra Galega”, “Fuma Negro Puto Blanco”, “Trabajar Para el Enemigo”, “¿Que tal Homosexual? …
Ahora leyendo su libro me doy cuenta de lo bobo que fui la única vez que tuve ocasión de hablar con él. Estuvo en Radio Euskadi presentando un disco de Los Feliz y a mí no se me ocurrió otra estupidez mayor que decirle lo mucho que había disfrutado yo con él cuando estaba en Siniestro Total. No se me pasó por la cabeza que era el imbécil número 50.412 que le decía semejante chorrada en lugar de la que tenía que oír que era “que bien que sigas en primera línea”.
Porque detrás de tanto cachondeo y tanta coña marinera hubo, como no, viajes eternos en furgoneta por esas carreteras de dios, asaltos de fans beodos que querían su noche de gloria, discrepancias creativas, resacas insoportables, luchas de egos, un divorcio doloroso (valga la rebuznancia) y un accidente estúpido que le pulverizó el hueso calcáneo de un pie y le condiciomó la vida durante todo el nuevo milenio.
Miguel mira hacia atrás sin ira ni demasiada morriña. Se le nota un amor especial por su banda paralela “Aerolíneas Federales”, a la que habría alimentado mejor si Siniestro no hubiera tenido tanto éxito. En fin. “Esas Palmas Coño” es la crónica de una ascensión y relativa caída que gustará especialmente a los que -como yo- alguna vez han canturreado a pleno pulmón esos versos que son todo un manifiesto:
Si yo canto es por tí,
Es por tí, es por tí.
Aunque digan los demás
Que desafino mucho.
martes, 19 de mayo de 2026
BILBAO ESTÁ GRITANDO
"Bibao Secreto" es el título del nuevo libro de Alvaro Heras-Groh. La publicación se dedica en exclusiva a recoger imágenes de las diversas subculturas juveniles en el Bilbao actual. Las fotografías reflejan por un lado poses y estéticas y por otro representaciones gráficas de diverso tipo (pintadas, murales, graffittis, pegatinas...) . A continuación, el prólogo que redacté para la ocasión.
“Y el patito feo, rechazado por ser diferente, descubrió con alborozo que, en realidad, era un hermoso cisne en el estanque equivocado”.
De todos aquellos cuentos de la infancia me quedo con
éste. Dicen que Hans Christian Andersen escribió “El Patito Feo” (1843)
impulsado por su propia experiencia vital. El autor, nacido en el seno de una
familia muy humilde, durante su infancia y juventud se sintió marginado,
ridiculizado y poco aceptado por su aspecto físico, su origen social y su
carácter sensible. En Copenhague sufrió burlas y rechazo antes de ser
reconocido como escritor.
A diferencia de otras narraciones infantiles, a menudo
enfocadas a temer al extraño o a buscar príncipes y princesas azules, creo que
la del patito ha resistido muy bien el paso del tiempo y tiene una lectura
válida para cualquier edad.
Podría decirse que buena parte de la vida la pasamos
tratando de encontrar nuestros estanques adecuados, pero es en la adolescencia
y en la juventud, cuando estas búsquedas se viven con mayor dramatismo y
encontrar a “los tuyos”, a esa familia de congéneres con los que te sientes
identificado más allá de los vínculos de sangre, bien sea durante dos días a la
semana, se siente a menudo como un enorme
logro.
Repasando las fotos de este estupendo trabajo de Álvaro Heras Groh, es precisamente eso lo que veo: rostros, ropas y poses que te
gritan su orgullo de tribu: “mira por dónde, ahora resulta que somos putos
cisnes, ¿cómo te quedas”? Ahí los tienes, desafiantes, elegantes -dentro
de sus propios códigos-, felices y bien abrigados por sus nuevas familias
callejeras, encantados de mostrarse al mundo con el aspecto que han elegido y
no con el que les imponen.
El asunto de las tribus urbanas no es nuevo. Mods, rockers,
punks, skins, raperos y tantos otros ya han llenado miles de páginas y
kilómetros de celuloide en las pasadas décadas. Había entonces un cierto
espíritu de pertenencia militante que podía terminar en enfrentamientos
violentos entre tribus, aunque la mayor parte de las veces la sangre no llegaba
al río. En Bilbao y su amplia zona de influencia se vivió además durante
décadas un clima de altas temperaturas político/sociales que propiciaron a menudo
que los enfrentamientos fueran con la policía, así lo reflejamos en Zarama, en
temas como “Bihotzak Sutan”:
“Baska guztiak dira bat/ erantzun bat ematean/ borroka
benetan bero/ orain bihotzak/inoiz baino gehiago/ daude sutan”
(Todas las “baskas”son una / para dar una respuesta/ lucha
encarnizada/ ahora de verdad/ los corazones están ardiendo.)
Con el tiempo se han ido añadiendo otras denominaciones al
mapa tribal: otakus, urbanos, raveros, traperos… por no hablar de aquellos
unidos por luchas ecológicas, feministas, LGTBI+ o anti-capitalistas en
general, que en esta tierra siempre han tenido mucho predicamento. En un
plano más local, las peleas territoriales entre barrios y las cuadrillas de
delincuentes que poblaron el “cine kinki” han dado también para no pocas tesis
doctorales y para libros como “A Tope” firmados por el propio Heras
Groh.
Los sociólogos dicen que ahora domina la “liquidez” y no es
raro encontrar cierto flujo entre miembros de diversos clanes callejeros. Como
en tantos otros ámbitos, la fluidez también vendrá impuesta por el implacable
paso del tiempo. En “Quadrophenia”, aquella magnífica ópera rock escrita por el
líder de The Who, Pete Townsewnd, en 1972, su protagonista, Jimmy, alcanza tal
nivel de identificación con el movimiento “mod” que decide convertirlo en su
modo de vida. Su líder, “Ace Face”, encarnado en el cine por el músico Sting,
acaba por aceptar un trabajo de botones dejando a un lado las veleidades
juveniles. Jimmy no soporta semejante visión y antes de claudicar, decide
quitarse de en medio.
Todas esas miradas fascinadas captadas en estas fotografías
serán contempladas en el futuro por muchos de sus protagonistas. Unos las verán
como un recuerdo maravilloso, otros como una fiebre pasajera, unos se reirán,
revisándolas con su prole y otros procurarán que sus hijos no los vean “con
esas pintas”. Algunas amistades perdurarán, otras pasarán al olvido, algunos
recuerdos serán inolvidables, otros… mejor olvidar. La fluidez, en suma, es
parte intrínseca de la vida y lo mejor que puedo desear, para terminar este
prólogo, es que tengas unas migraciones lo más acertadas posibles en la
constante búsqueda del “lago de los cisnes”. Y si esta no llega del todo, cosa
previsible, recordemos aquella frase del gran escritor francés Marcel Proust,
autor de “En Busca del Tiempo Perdido” : “el verdadero viaje de descubrimiento
no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Y de
eso precisamente, de miradas y paisajes (en este caso urbanos) trata la otra
parte del libro.
Mi primera conciencia
de ver mensajes en muros se sitúa en la infancia, cuando algunos kamikazes se
atrevieron a hacer varias pintadas a brochazo limpio clamando contra el proceso
de Burgos. Este tipo de acciones urgentes fueron hegemónicas hasta los años de
la transición política. Ahí empezaron los murales políticos más trabajados en
combinación con carteles y pegatinas como para empapelar la muralla china.
Con los ochenta llegaron los graffitis de inspiración
hip-hopera y los rotuladores se fueron adueñando de todas las superficies
imaginables. Tiempos de frases lapidarias, más o menos inspiradas, que
convertirán los baños en auténticos lienzos para la expresividad. tiempos
también para la “agitación y propaganda” para la nueva ola de bandas, dispuestas
a dejar la huella de su existencia en cualquier superficie disponible. (Rotu de
oro para Eskorbuto, sin discusión).
Ahora, avanzando a velocidad de vértigo por el siglo XXI los
lienzos se multiplican, graffitis, pegatinas y pintadas - por no hablar de
tatuajes- se muestran con tal abundancia que se hace difícil distinguir el
grano de la paja. Pintadas trabajadas conviven con torpes exaltaciones de egos
gigantescos, murales que son auténticas obras de arte malviven junto a
garabatos absurdos y fenómenos como Banksy siguen alucinando al mundo.
Con tal reclamo constante de atención, cobra especial
interés un trabajo como éste, enfocado a captar dónde están esos mensajes que
mejor retratan el espíritu de una época y una ciudad, cuales son, en suma, los
que se revelan como signo de los tiempos. La mirada atenta y minuciosa de
Alvaro Heras Groh, empeñada en captar, entender e interpretar las culturas
urbanas que le rodean, se muestra aquí con menos palabras que en sus anteriores
trabajos, pero, paradójicamente, ni un ápice menos de elocuencia.
ROBERTO MOSO.
domingo, 3 de mayo de 2026
ACROPOL. RUMBA MADRILEÑA A QUEMARROPA
Por circunstancias casi casuales de la vida llega a
mis manos un recopilatorio singular. Una rareza a medio camino entre lo bizarro
y lo testimonial, no apto para todos los públicos. Se titula como la
discográfica que los editó en su día: Acropol,
y más que un disco es una cápsula del tiempo que nos arroja, sin anestesia, a
los márgenes sonoros del Madrid de los años setenta.
Lo primero que sorprende no es tanto la música como el
contexto que la envuelve. Detrás del nombre Acropol hay un sello casi fantasma,
impulsado por el productor de origen egipcio Noumbar Hamatjis, que operaba al
margen de cualquier lógica industrial. Sus métodos eran directos, casi
salvajes: grabaciones rápidas, artistas captados en bares o en la calle,
canciones registradas sin apenas ensayo. El resultado es un sonido crudo,
urgente, con más verdad que técnica. Este recopilatorio, editado décadas después
por el empeño de tres amigos entusiastas, rescata ese material disperso y lo
ordena en un formato que permite asomarse a una escena olvidada. Lo que aparece
es una suerte de rumba madrileña desgreñada, híbrida, que mezcla ecos de
flamenco, copla y canción ligera. Nombres como Chichos, Chunguitos o Las
Grecas son inevitables a la hora de buscar referentes.
En cierto sentido hay algo profundamente punk en
este trabajo. No es una exageración, esa precariedad, ese descaro es puro
"hazlo tú mismo” mucho antes de que se pusiera de moda. Los nombres que
desfilan por el disco —Los Gitanos de Hoy, Tony el Gitano, Antonio el Kalifa,
Los Capricornios— suenan más a personajes de una película de"kinkis"
que a estrellas musicales. Y, en cierto modo, lo son. Sus canciones hablan
desde los márgenes, sin filtros ni pretensiones, con una espontaneidad que te
sorprende. No hay corrección política ni voluntad de agradar: hay vida, hay
tensión, hay historias ásperas y declaraciones de amor descarnado. Escuchar
Acropol exige, por tanto, cierta "ecualización" personal previa para
aparcar prejuicios. No es un disco “bonito” en el sentido convencional. Tampoco
busca serlo. Su valor está en otra parte: en su capacidad para documentar una
realidad social y cultural que rara vez ha tenido espacio en los relatos
habituales de la música española. Es, en ese sentido, un documento tanto como
un objeto artístico. También hay algo profundamente evocador en su estética.
Las portadas originales, improvisadas y de bajo presupuesto, y los circuitos de
distribución —gasolineras, mercadillos, salas de fiesta— hablan de una economía
paralela, de una cultura que se movía por fuera de los canales habituales. Todo
en Acropol respira periferia. Que este material haya sido recuperado no deja de
ser una pequeña victoria contra el olvido. Porque, más allá de lo excéntrico o
lo pintoresco, lo que late en estas canciones es una forma de entender la
música como expresión directa, sin mediaciones. Y eso, en tiempos de
producciónes calculadas al servicio del algoritmo, tiene algo de revulsivo.
Quizá por eso este recopilatorio funciona hoy casi como un artefacto incómodo.
No encaja del todo en ninguna categoría, no se deja domesticar fácilmente. Y,
sin embargo, ahí reside su atractivo: en recordarnos que la historia de la
música también se escribe en los márgenes, en los lugares donde lo imperfecto y
lo auténtico se dan la mano sin pedir permiso.
Como digo, la información y la mera existencia del disco (discos Templo 2016) ya descatalogado, me llegó de forma casual a cargo de uno de sus editores Jon Navarro. Junto con dos amigos, también entusiastas de la arqueología musical: Daniel Gutierrez y Fernando Tomé se lanzaron a la aventura de recopilar joyas perdidas entre rastros y subastas. Incluso se impusieron la tarea de buscar a protagonistas o descendientes. Así lo describen en el texto que acompaña al disco: "Contactar a los artistas no ha sido fácil. Ha pasado demasiado tiempo. y cuando nos planteamos intentar localizarlos no sabíamos por dónde empezar. Pero de alguna manera estábamos iluminados. y la voluntad. determinación y mucha suerte nos pusieron en el camino. Las vivencias darían para un libro pero lo que podemos decir es que los artistas se han volcado con nosotros. abriéndonos sus casas. cediéndonos su tiempo, ayudándonos con sus recuerdos y testimonios, y ofreciéndonos en muchos casos las claves para localizar al siguiente artista o conjunto. La mayoría no conservan fotografías de aquella época, ni siquiera los propios discos por lo que recordar con ellos toda aquella etapa ha resultado toda una experiencia vital, dando lugar a momentos imborrables e indescriptibles" . Puedes escucharlo aquí: Acropol
viernes, 17 de abril de 2026
MAGNOLIA
Cuando cumplí cuarenta años decidí celebrarlo de una forma discreta, casi íntima, como si no quisiera hacer demasiado ruido al cruzar esa frontera invisible que separa lo que uno cree que es la juventud de lo que empieza a intuir que ya es otra cosa. No hubo fiesta, ni brindis multitudinario, ni discursos. Hubo, en cambio, una butaca en penumbra y una película de la que todo el mundo hablaba maravillas. Pensé que no había mejor manera de marcar el momento que dejarme llevar por una gran historia. Algo que, de algún modo, estuviera a la altura de la cifra. Pero no lo estuvo. A medida que avanzaban los minutos, empecé a sentir una incomodidad difícil de explicar. No era aburrimiento exactamente, ni siquiera rechazo frontal. Era más bien una sensación de desajuste, como si la película y yo estuviéramos en frecuencias distintas, incapaces de encontrarnos. Las escenas se sucedían con solemnidad, los personajes sufrían con intensidad, todo parecía diseñado para conmover… y sin embargo, yo no estaba allí. O peor: estaba, pero con una conciencia cada vez más aguda del tiempo que pasaba. Recuerdo pensar, con una mezcla de ironía y desasosiego: “Dios mío, estoy a punto de llegar a la mitad de mi vida —si todo va bien— y aquí estoy, desperdiciando dos horas en algo que no me dice nada”. Aquella idea se me clavó como una pequeña astilla. No dolía demasiado, pero tampoco desaparecía. Me hizo mirar el reloj. Me hizo removerme en el asiento. Me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que el tiempo no es algo abstracto, sino un recurso limitado que uno gasta, a veces sin darse cuenta, en cosas que no lo merecen. Y entonces surgió la pregunta, casi inevitable: ¿cuántas veces nos ocurre eso en la vida? No solo en un cine. También en conversaciones que no llevan a ningún sitio, en trabajos que no nos llenan, en relaciones que se alargan por inercia, en decisiones que tomamos por miedo o por costumbre. Momentos en los que, de pronto, algo dentro de nosotros se despierta y dice: “¿De verdad quieres estar aquí?”. Y la respuesta, aunque incómoda, suele ser honesta. Salí del cine con una sensación agridulce. No había disfrutado la película, eso estaba claro. Pero tampoco podía decir que hubiera sido una experiencia vacía del todo. Había algo más, algo que no terminaba de encajar en la categoría de “pérdida de tiempo”. Durante el camino de vuelta, sin prisa, empecé a darle vueltas a esa idea. Quizás el error estaba en medirlo todo en términos de aprovechamiento inmediato. Quizás no todo tiene que ser útil en el sentido clásico. A veces, lo que parece una decepción es simplemente una pausa forzada, una especie de espejo incómodo en el que uno se ve reflejado sin adornos. Aquella película no me había dado lo que esperaba, pero me había obligado a hacerme preguntas que llevaba tiempo evitando. Y entonces la reflexión cambió de dirección. ¿Qué pasaría si las decepciones no fueran un fallo del sistema, sino parte esencial del mismo? ¿Y si esos momentos en los que sentimos que estamos perdiendo el tiempo fueran, en realidad, pequeñas grietas por las que se cuela algo importante? No siempre es evidente en el momento. A veces hace falta distancia para entenderlo. Porque, al fin y al cabo, si no hubiera ido al cine aquel día, si no me hubiera sentido incómodo, si no hubiera tenido ese pensamiento casi dramático sobre la mitad de la vida… probablemente no estaría ahora recordándolo. Ni escribiendo esto. Y eso introduce una paradoja curiosa: aquello que parecía completamente inútil termina teniendo un valor inesperado. No por lo que fue en sí, sino por lo que provocó después. Como una semilla que no sabías que estabas plantando. Desde entonces, cuando me encuentro en situaciones similares —una charla insustancial, una película fallida, una tarde que parece deslizarse sin sentido— intento no reaccionar con tanta impaciencia. No siempre lo consigo, claro. Pero al menos me esfuerzo por pensar que incluso ahí puede haber algo rescatable. Aunque solo sea una idea, una frase, una sensación que más adelante encuentre su lugar. Quizás no se trata de evitar perder el tiempo a toda costa, sino de aprender a transformarlo. De aceptar que no todo va a ser brillante, ni memorable, ni digno de ser contado… pero que, de vez en cuando, incluso lo mediocre deja un rastro que merece la pena seguir. Aquella noche no salí del cine con una revelación cinematográfica. Salí con una pregunta. Y, con el tiempo, he aprendido que a veces eso es mucho más valioso.
lunes, 29 de septiembre de 2025
JOSEBA ZULAIKA: VIEJA LUNA DE BILBAO
«El infierno es demasiado dulce»
Una forma de emprender viaje por la margen izquierda es a través de la música de grupos de rock que surgirían en la zona. Se había creado en los años sesenta un grupo de cantautores integrados en lo que se denominó la nueva canción vasca. El tema de Lourdes Iriondo «Ez gaude konforme» (No estamos conformes), de 1967, con el mismo aire de manifiesto que «My Generation» (1965) de la banda británica The Who, marcó la nota de rebeldía del grupo. Influidos por la música folk de los Estados Unidos y por la canción protesta catalana, los cantautores declararon la guerra al romanticismo de la música tradicional. «Desde luego no nos dedicaríamos a cantar la triste historia de la paloma blanca, porque había historias mucho más tristes que contar. La blanca paloma llevaba mucho tiempo ennegrecida por el humo de las chimeneas en las ciudades industriales del País Vasco», explicó Julen Lekuona, un sacerdote convertido en cantautor. Preferían cantar sobre el racismo, la guerra del Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, o los obreros muertos en Chicago o
Bilbao.
A finales de los años setenta, la canción protesta, como buena parte de la resistencia antifranquista de la época anterior, se quedó obsoleta.
Había llegado el tiempo del rock and roll y el punk con grupos cuyos nombres eran cuanto menos elocuentes: Zarama (Basura), Eskorbuto, Vómito, Eructo, Puskarra (Pedo), Cicatriz, Delirium Tremens, R.I.P., Barricada, Ertzainak, La Polla Records. «Bilbao, Mierda, Rock & Roll"» era el eslogan de la banda M.C.D. (siglas de la frase «Me Cago en Dios»). Estos grupos musicales -que combinaban las letras irreverentes con la fuerza del rock, la ira del punk, la marcha del ska o la calidez del reggae— se convirtieron en un auténtico fenómeno social. Algunos años más tarde surgiría un vigoroso movimiento de música hip-hop bajo la influencia de la cultura juvenil internacional. Se popularizó la imagen «Euskadi tropical». Las drogas abundaban por todas partes.
Un grupo muy conocido en Bilbao fue Itoiz. Con su mezcla de rock y pop, sus actuaciones durante la Semana Grande bilbaína a principios de los ochenta tuvieron mucho éxito. Las letras de sus canciones ya no poseían la misma relevancia que las de los cantautores anteriores. Aun asi, baladas como «Lau teilatu» (Cuatro tejados) se hicieron muy populares:
La protesta social ya no estaba en el primer plano: «donde el roquero radical ve a un policía golpeando a un manifestante, Itoiz ve a una vieja prostituta llamando a un taxi amarillo porque hace frio y no hay trabajo».
Un hit de Itoiz fue «Marilyn», la historia del pastor vasco que vuelve del Oeste americano e instala en su caserío con letrero de neón la imagen icónica de la diva. El líder del grupo, Juan Carlos Pérez, era de Mutriku e hijo de un vendedor ambulante que emigró desde Galicia, un hombre muy apuesto que recorría, con sus grandes bolsas de cuero repletas de ropa, las casas del medio rural, incluida la mía. En el año 1987, cuando estaba en la cima del éxito, Itoiz decidió disolverse. «El éxito no me satisfacía», me confesó Pérez.
Zarama, de la margen izquierda de Bilbao, fue igualmente un grupo destacado al que influyeron los Who. Otro grupo, Negu Gorriak, interpretaba una versión en euskera de la canción de los Who «I can't explain» (No lo puedo explicar). La primera canción que grabó Zarama resultó de haber ganado un concurso de música vasca organizada por la discoteca de los jóvenes de Itziar en 1980. Una de sus canciones era una parodia del conocido poema de Aresti «Defenderé la casa de mi padre». ETA pronto puso una bomba en la discoteca, construida en buena parte por antiguos militantes de ETA, alegando que estaba contaminada por la música extranjera y por la droga. Hacia 1984, sin embargo, el entorno de ETA organizaba conciertos con grupos de rock y punk que le sirvieron para atraer simpatizantes.
Cuando el líder de la banda, Roberto Moso, escribió la historia de Zarama, la tituló Flores en la basura, una frase de la canción de los Sex Pistols «God Save the Queen». «Cuando escuchas a los Sex Pistols», dijo Pete Townshend, «lo que de inmediato te sorprende es que esto está sucediendo realmente».
Moso se hizo eco de la misma realidad electrizante cuando escribió sobre un concierto caótico: «Estábamos conectando brutalmente con la audiencia en unos días en los que había revueltas por la calle cada dos por tres.
Estábamos consiguiendo la máxima aspiración de cualquier artista que se precie: comunicar sensaciones en toda su intensidad y además en tiempo real». Zarama estaba infectada por el virus que encerraba el grito de Johnny Rotten, el vocalista de los Sex Pistols: «No Future». Lo que les atraía de bandas de punk como Sex Pixtols, The Clash o Ramones era que aquellos artistas «eran sencillos, hacían una música directa, contundente, sobria, absolutamente alcanzable. Para poder hacerla no se requería ser buen músico ni tener carísimos equipos: simplemente había que tener huevos».
Después de uno de los conciertos de Zarama, Moso se reunió con Josu que, como él, era también de Santurce. Josu era un adolescente rubio con barba y pelo largo que llevaba una guitarra llena de pegatinas entre las que destacaba la diana de los Who. Estuvo tocando con Zarama durante tres años antes de dejar el grupo para formar Eskorbuto en compañía de Juanma y Paco. Una de las canciones tradicionales bilbaínas más populares, «Desde Santurce a Bilbao», describe el trayecto
-hoy convertido en evocación del folclore- que en el pasado realizaban las mujeres por la orilla del Nervión con un cesto de sardinas encima de la cabeza. Eskorbuto escribió una brutal parodia de la canción con el título «Ratas en Bizkaia». Se pueden encontrar en Youtube otras canciones de Eskorbuto con títulos como «Anti-todo», «El infierno es demasiado dulce», «En la luna», «Cerebros destruidos», «Más allá del cementerio» o «Busco en la basura». Cuando Moso acude a visitar la tumba de su padre en el cementerio, tiene que pasar delante de las de Josu y Juanma, a los que mató la heroína. Los cuatro miembros de Cicatriz también murieron por la heroína. Entendieron bien, al igual que su héroe Johnny Rotten, las palabras de Richard Huelsenbeck: « La vida debe hacer daño... No hay suficientes crueldades». Lejos de la idolatría que los héroes del rock and folk recibían sobre el escenario, el canon establecido por los punk consistía en arrojar botellas y una lluvia de lapos. En el cementerio, Moso se para a oír los ecos de una canción de sus amigos:
Y a mí me torturaon y torturaron y torturaron para que cantara y cante esta canción
Satanás, el infierno es demasiado dulce.
Satanás, el infierno es demasiado dulce.
lunes, 21 de julio de 2025
BAHIA DE KOTXINOS. VUELVE LA LOCURA
Todo estaba a punto. Había llegado el gran momento. Las canciones estaban seleccionadas, grabadas, mezcladas y a gusto de todos. Iñaki Bilbao había dirigido el proceso en sus estudios de PAM-POT, pioneros en el Bilbao de los ochenta, donde tanto quedaba por hacer. Ya había sello discográfico, el grupo contaba con una formación estable y sonaba engrasado, tras batirse el cobre en numerosos directos. Se habían ganado el favor de un número considerable de seguidores, la portada estaba lista, nada podía fallar.
En realidad, nunca supe la causa concreta de que el disco
nunca viera la luz, pero el caso es que, de un día para otro, las expectativas
creadas se fueron al carajo y el flamante disco estreno de Bahia de Kotxinosdurmió durante décadas el sueño de los justos. La banda pasó a formar parte de
la abultada lista de grupos “de culto” o “malditos” y su disco se quedó en
“maqueta” per secula seculorum.
Bueno no. Como os decía al principio, resulta que ahora lo
tienes entre tus manos. ironías de la vida. Me encantaría que esto fuera
como aquella película de “Sugar Man” en la que un supuesto cantante fracasado
triunfa con su disco en tierras remotas sin que él llegue a enterarse hasta
muchos años después. Imagínate: resulta que treinta y tantos años después
de su grabación, sale el disco de Bahia de Kotxinos y tiene tal éxito que la
banda tiene que volver a los escenarios y triunfa allá donde va. Todo el mundo
descubre al desgarbado de Alberto Yanes “Yanki” y sus compulsivos shows al
micro. La crítica local se rinde ante los ritmos de pop-punk machacados por
Javi Losa al bajo, Iñaki Garro a la guitarra y -en este disco- Ernesto Alava a
la batería. En esa película fantástica tendrían también cabida escenas
inolvidables para mí: aquellos bolos de Barcelona y Granada, cuando nos colamos
de noche en la Alhambra y acabamos de animada cháchara cannábica con el guarda
jurado. Se recrearían aquellas sesiones en casa de Pako Eskorbuto donde
salieron, casi de tirón “Locura General” y “Voy a Volar el Tren de Santurce a Bilbao”
con Josu Expósito a la guitarra y Javi Losa al Bajo (junto al propio Pako a la
batería). Temazos inolvidables como “Tribus” o “Los Ciegos” conocerían días de
justicia poética. También “Yo maté a Julio Iglesias” con letra de Gabriel
Vecino o “Radio Subnormal”, que les escribí yo para su única versión del “I
Like My Baby” de Rezillos.
En esa vuelta multitudinaria se haría justicia con una banda
que contaba sus bolos por fiestas, que arrastraba con ellos a una troupe super
loca y que supieron como pocos conjugar aquello de la “Fiesta y Rebeldía” que
marcó los ochenta en Euskal Herria.
Los cuentos de hadas son raros en el mundo real, pero ¿Quién
podría soñar con esta edición tanto tiempo después? Sea como fuere
bienvenida sea esta edición tardía, billete de vuelta a un tiempo irrepetible
donde todo parecía posible.
miércoles, 9 de abril de 2025
“YOU’LL NEVER WALK ALONE”
Y es que, en una posible lista con las canciones de recorridos más insólitos, el himno de grada por excelencia, el mítico “You Never Walk Alone” ocuparía, sin duda, un puesto destacado en el cuadro de honor. Su andadura hasta convertirse en canto ritual futbolero es pura ironía.
"You'll never walk alone" -"Nunca caminarás solo"- pasó de los escenarios de Broadway a los estadios gracias al azar. La pieza, en absoluto pensada para sonar en las gradas, es uno de los puntos fuertes del musical "Carousel", de Rogers & Hammerstein, compositores de éxito de comedias musicales.
La canción recrea la voz de un padre tratando de animar a su hija que está atravesando un mal momento de ánimo. Según dicen las crónicas de la época "Carousel" se estrenó en 1.945, en plena Guerra Mundial y su guion caló profundamente entre las personas que tenían familiares en el frente.
¿Por qué la pieza se ha convertido en un clásico de estadio? La razón es, sin duda, su popularidad entre los seguidores del Liverpool. Lo que sorprende es los Reds, tan aguerridos ellos, adoptaran una canción tan sentimental como himno. La explicación más extendida, con visos de verosimilitud, es bastante asombrosa:
Durante varios partidos seguidos, a finales de la década de los cincuenta, la canción sonaba habitualmente por la megafonía de Anfield Road antes de los encuentros. En esa época estuvo en lo alto de las listas una versión de Jerry & The Pacemakers, héroes locales antes del gran estallido Beatle. Un día, por circunstancias que se desconocen, no sonó y “The Kop”, la grada más tumultuosa de Anfield Road se arrancó a cantarla por su cuenta. Los hinchas se gustaron y aquello terminó convirtiéndose en hábito. Con el paso de los años, ya no solo es innegociable en cualquier encuentro importante en este estadio, hoy en día se puede escuchar en Paises Bajos, Alemania o Escandinavia como himno futbolero con galones.
"The Kop” fue derruida el treinta de abril de 1994 y transformada en tribuna con asientos. En el partido de despedida, Gerry Marsden, cantante original de la banda, interpretó, junto a unos remozados Pacemakers el "You'll Never Walk Alone" ante los miles de emocionados aficionados reunidos para despedir la tribuna.
"Cuando camines a través de la tormenta
Mantén alta tu cabeza
Y no tengas miedo de la oscuridad.
Al final de la tormenta
Hay un cielo dorado
Y la dulce y argentina canción del pájaro cantor.
Camina a través del viento,
Camina a través de la lluvia,
Aunque tus sueños se vean agitados y golpeados.
Camina, camina con esperanza en tu corazón
Y nunca caminarás solo,
Nunca caminarás solo.
Camina, camina con esperanza en tu corazón
Y nunca caminarás solo,
Nunca caminarás solo."
viernes, 28 de abril de 2023
EL ENIGMA DE LOS MUSICOS DESAPARECIDOS
![]() |
| Connie Converse |
Puedes escucharlo aquí: en las voces de Roberto Moso y Marisa Ozalla
En 2012 la película documental "Searching for Sugar
Man" del director sueco Malik Bendjelloul supuso un auténtico fenómeno de
masas. Como muchos recordareis, el fime cuenta la historia de Sixto Rodriguez,
un músico de Detroit cuya pista se perdió tras la grabación de su único disco.
A pesar de no haber tenido éxito comercial en su país natal, Rodriguez logró
con su disco un éxito considerable en Sudáfrica. Movido por la curiosidad. el
periodista sudafricano Craig Bartholomew-Strydom inicia una investigación y
finalmente descubre que Rodriguez lleva
años trabajando en la construcción, ajeno por completo a su lejano éxito.
JIM SULLIVAN
Al hilo de esta
historia, cargada de misterio y emotividad, os queremos hoy relatar otras tres
que no tienen un final tan feliz o no lo patrece, al menos. Son las historias
de tres músicos, dos hombres y una mujer que un buen día desaparecieron sin
dejar rastro y que, a día de hoy, nadie sabe que pasó con ellos, ni siquiera si
aun siguen con vida.
Comenzamos hablando de Jim Sullivan, un cantautor y
guitarrista estadounidense nacido en 1940 y desaparecido en 1975. Tuvo una
carrera musical corta con un estilo que mezclaba elementos de country, folk,
rock y blues. Su primer álbum, "U.F.O.", de 1969, recibió críticas
positivas pero no tuvo gran éxito comercial. En 1972, Sullivan lanzó su segundo
y último álbum, "Jim Sullivan", con una respuesta más tibia por parte
de la crítica.
Poco después el músico desapareció misteriosamente mientras
viajaba por el desierto de Nuevo México. Su auto fue encontrado abandonado en
una carretera secundaria, pero nunca se encontró rastro de su persona. Su
desaparición ha dado lugar a todo tipo de especulaciones. La temática de su
primer album, repleta de alusiones a las ciencias ocultas ha contribuido en
buena medida a amplificar el misterio… Y
vamos otra historia cargada de misterio;
la de Connie Converse,
CONNIE CONVERSE
Connie Converse fue una cantautora y guitarrista
estadounidense nacida en 1924 en New Hampshire. Aunque nunca logró una gran
fama durante su vida, su trabajo ha sido reconocido como una influencia
importante en la música folk y el indie rock. Converse comenzó a escribir y
grabar música en los años 50, y sus canciones son conocidas por su estilo
poético y melancólico, y su habilidad para explorar temas profundos y
complejos. A pesar de haber grabado varias maquetas y haber enviado demos a
diversas discográficas, nunca logró un contrato discográfico, y en la década de
1960, decidió abandonar la música y desaparecer.
Sus grabaciones fueron redescubiertas en la década de 2000,
y se ha lanzado una serie de álbumes recopilatorios con su trabajo. Converse se
ha convertido en un icono de la música indie y es admirada por su talento, su
originalidad y su honestidad emocional. También se ha destacado su vida como
precursora y luchadora por la igualdad de género, ya que su obra trataba de
temas importantes para las mujeres y ella misma luchó por sus derechos en una
época de grandes desigualdades. Converse desapareció de la vida pública en los
años 70 y nadie, ni familia ni amigos saben qué fue de ella después de ese
momento.
Otro misterio sin resolver; el de Richey Edwards, músico y
compositor galés nacido en 1967 y fallecido en 1995. Era el guitarrista y
principal letrista de Manic Street Preachers.
RICHEY EDWARDS
Edwards se unió a la banda en 1989 y rápidamente se
convirtió en una figura importante en la escena musical británica, gracias,
entre otras cosas, a sus letras de
contenido político y social. Durante su carrera con Manic Street Preachers,
Edwards se destacó por su comportamiento excéntrico y sus actitudes
autodestructivas. En 1991, se cortó la mano con un cuchillo durante una
entrevista promocional, y en 1994, desapareció misteriosamente.
Encontraron su coche, sin batería, aparcado cerca del
Severn Bridge, un puente colgante de acero, de un kilómetro y medio de
longitud, que une Gales con Inglaterra. Es tristemente famoso porque los
suicidas lo usan frecuentemente. Se supone que eso es lo que hizo Richey. Pero
es algo que nunca se ha podido comprobar.
En 2008, 13 años
después de su desaparición, el que fuera guitarrista de Manic Street Preachers,
fue declarado oficialmente muerto. En el libro
Withdrawn Traces: Searching for the Truth About Richey Manic de 2019, se
abona con numerosas pruebas la tesis de que Edwards planeó, deliberadamente su
propia desaparición. Su familia no pierde la esperanza de encontrarle.
viernes, 2 de septiembre de 2016
COCKTAIL VERANIEGO.
lunes, 29 de agosto de 2016
EL GRITO DE TROTSKY
![]() |
| Alain Delon y Richard Burton en un momento de la pelicula "El asesinato de Trotsky" |










