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jueves, 6 de agosto de 2026

YASSIN


Se llama Yassin. Tiene veintidós años. Estudia ingeniería mecánica en Tetuán, pero abandona la universidad cuando el dinero deja de alcanzar. Su padre lleva meses sin trabajo fijo. Su madre cose ropa para las vecinas. Sus dos hermanas pequeñas siguen yendo al colegio gracias a pequeños préstamos de la familia. Él encadena empleos de pocos días: descarga pescado en el puerto, pinta fachadas, carga sacos de cemento. Nada dura.

No sueña con hacerse rico. Sueña con un contrato. Con enviar dinero a casa. Con dejar de responder “pronto” cada vez que su madre le pregunta qué va a hacer con su vida.

Cuando empieza a correr el rumor de que miles de personas se dirigen hacia Ceuta, toma un autobús hasta Castillejos. No está seguro de lo que va a hacer. Solo sabe que necesita estar allí. Si de verdad existe una oportunidad, no quiere enterarse por boca de otros.

El pueblo está tomado por la expectación. Hay grupos de jóvenes caminando deprisa. Hay conversaciones en voz baja. Hay teléfonos que no dejan de sonar. Cada pocos minutos alguien asegura tener información nueva. Nadie sabe qué creer

Entonces el teléfono vibra. Lo saca del bolsillo con manos temblorosas. El mensaje es breve:

“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date prisa.”

Levanta la vista. A lo lejos, hacia el paso fronterizo, distingue una nube de polvo, gritos, sirenas. Decenas, quizá cientos de personas corren en la misma dirección. Algunos dicen que la verja ha cedido. Otros aseguran que los guardias no dan abasto. Nadie tiene la certeza. Todos tienen prisa. Echa a correr también.

Pero, al acercarse, comprende que por allí será casi imposible. El gentío se convierte en un muro. Hay empujones, caídas, niños llorando, policías intentando contener una marea humana. Aquello ya no parece una puerta abierta, sino un embudo donde solo unos pocos consiguen avanzar.

Entonces alguien, sin detenerse, le grita:

—¡Por el mar! ¡Es más fácil! ¡Rodea el espigón!

Yassin mira el agua.

Ceuta parece estar a un paso. La ciudad se recorta nítida bajo la luz de la mañana. Nunca la ha sentido tan cerca.

Piensa en su madre.

Piensa en su padre, que siempre le repite que no pierda la esperanza.

Piensa en los estudios que ha dejado atrás.

Piensa en la fotografía familiar que lleva doblada dentro de la cartera.

No sabe nadar bien.

Pero también sabe que, si se da la vuelta ahora, ese mensaje será el recuerdo de una oportunidad perdida.

Se quita las zapatillas.

El agua está más fría de lo que esperaba. Los primeros metros resultan fáciles. A su alrededor avanzan decenas de cabezas entre salpicaduras, respiraciones entrecortadas y oraciones pronunciadas en voz baja.

Cuando mira hacia atrás, la playa ya parece lejana.

Entonces el mar cambia.

Las olas empiezan a levantarle. Traga agua una vez. Después otra. Intenta mantener el ritmo de quienes nadan a su lado, pero cada vez los ve más lejos.

Piensa que no puede detenerse.

Piensa que, si alcanza aquella roca, podrá descansar.

Piensa que el teléfono sigue en el bolsillo.

La pantalla, seguramente, ya se ha apagado.

Al amanecer siguen llegando personas a la costa. Algunas tiritan envueltas en mantas. Otras miran fijamente el horizonte, esperando distinguir una silueta conocida.

En algún lugar, dentro de un servidor de telefonía, permanece almacenado un mensaje que nadie ha borrado.

“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date prisa.”

 

domingo, 3 de mayo de 2026

ACROPOL. RUMBA MADRILEÑA A QUEMARROPA

 


Por circunstancias casi casuales de la vida llega a mis manos un recopilatorio singular. Una rareza a medio camino entre lo bizarro y lo testimonial, no apto para todos los públicos. Se titula como la discográfica que los editó en su día: Acropol, y más que un disco es una cápsula del tiempo que nos arroja, sin anestesia, a los márgenes sonoros del Madrid de los años setenta. 

Lo primero que sorprende no es tanto la música como el contexto que la envuelve. Detrás del nombre Acropol hay un sello casi fantasma, impulsado por el productor de origen egipcio Noumbar Hamatjis, que operaba al margen de cualquier lógica industrial. Sus métodos eran directos, casi salvajes: grabaciones rápidas, artistas captados en bares o en la calle, canciones registradas sin apenas ensayo. El resultado es un sonido crudo, urgente, con más verdad que técnica. Este recopilatorio, editado décadas después por el empeño de tres amigos entusiastas, rescata ese material disperso y lo ordena en un formato que permite asomarse a una escena olvidada. Lo que aparece es una suerte de rumba madrileña desgreñada, híbrida, que mezcla ecos de flamenco, copla y canción ligera. Nombres como Chichos, Chunguitos o Las Grecas son inevitables a la hora de buscar referentes.                   

En cierto  sentido hay algo profundamente punk en este trabajo. No es una exageración, esa precariedad, ese descaro es puro "hazlo tú mismo” mucho antes de que se pusiera de moda. Los nombres que desfilan por el disco —Los Gitanos de Hoy, Tony el Gitano, Antonio el Kalifa, Los Capricornios— suenan más a personajes de una película de"kinkis" que a estrellas musicales. Y, en cierto modo, lo son. Sus canciones hablan desde los márgenes, sin filtros ni pretensiones, con una espontaneidad que te sorprende. No hay corrección política ni voluntad de agradar: hay vida, hay tensión, hay historias ásperas y declaraciones de amor descarnado. Escuchar Acropol exige, por tanto, cierta "ecualización" personal previa para aparcar prejuicios. No es un disco “bonito” en el sentido convencional. Tampoco busca serlo. Su valor está en otra parte: en su capacidad para documentar una realidad social y cultural que rara vez ha tenido espacio en los relatos habituales de la música española. Es, en ese sentido, un documento tanto como un objeto artístico. También hay algo profundamente evocador en su estética. Las portadas originales, improvisadas y de bajo presupuesto, y los circuitos de distribución —gasolineras, mercadillos, salas de fiesta— hablan de una economía paralela, de una cultura que se movía por fuera de los canales habituales. Todo en Acropol respira periferia. Que este material haya sido recuperado no deja de ser una pequeña victoria contra el olvido. Porque, más allá de lo excéntrico o lo pintoresco, lo que late en estas canciones es una forma de entender la música como expresión directa, sin mediaciones. Y eso, en tiempos de producciónes calculadas al servicio del algoritmo, tiene algo de revulsivo. Quizá por eso este recopilatorio funciona hoy casi como un artefacto incómodo. No encaja del todo en ninguna categoría, no se deja domesticar fácilmente. Y, sin embargo, ahí reside su atractivo: en recordarnos que la historia de la música también se escribe en los márgenes, en los lugares donde lo imperfecto y lo auténtico se dan la mano sin pedir permiso.

Como digo, la información y la mera existencia del disco (discos Templo 2016) ya descatalogado, me llegó de forma casual a cargo de uno de sus editores Jon Navarro. Junto con dos amigos, también entusiastas de la arqueología musical: Daniel Gutierrez y Fernando Tomé se lanzaron a la aventura de recopilar joyas perdidas entre rastros y subastas. Incluso se impusieron la tarea de buscar a protagonistas o descendientes. Así lo describen en el texto que acompaña al disco: "Contactar a los artistas no ha sido fácil. Ha pasado demasiado tiempo. y cuando nos planteamos intentar localizarlos no sabíamos por dónde empezar. Pero de alguna manera estábamos iluminados. y la voluntad. determinación y mucha suerte nos pusieron en el camino. Las vivencias darían para un libro pero lo que podemos decir es que los artistas se han volcado con nosotros. abriéndonos sus casas. cediéndonos su tiempo, ayudándonos con sus recuerdos y testimonios, y ofreciéndonos en muchos casos las claves para localizar al siguiente artista o conjunto. La mayoría no conservan fotografías de aquella época, ni siquiera los propios discos por lo que recordar con ellos toda aquella etapa ha resultado toda una experiencia vital, dando lugar a momentos imborrables e indescriptibles"  . Puedes escucharlo aquí: Acropol


viernes, 17 de abril de 2026

MAGNOLIA


Cuando cumplí cuarenta años decidí celebrarlo de una forma discreta, casi íntima, como si no quisiera hacer demasiado ruido al cruzar esa frontera invisible que separa lo que uno cree que es la juventud de lo que empieza a intuir que ya es otra cosa. No hubo fiesta, ni brindis multitudinario, ni discursos. Hubo, en cambio, una butaca en penumbra y una película de la que todo el mundo hablaba maravillas. Pensé que no había mejor manera de marcar el momento que dejarme llevar por una gran historia. Algo que, de algún modo, estuviera a la altura de la cifra. Pero no lo estuvo. A medida que avanzaban los minutos, empecé a sentir una incomodidad difícil de explicar. No era aburrimiento exactamente, ni siquiera rechazo frontal. Era más bien una sensación de desajuste, como si la película y yo estuviéramos en frecuencias distintas, incapaces de encontrarnos. Las escenas se sucedían con solemnidad, los personajes sufrían con intensidad, todo parecía diseñado para conmover… y sin embargo, yo no estaba allí. O peor: estaba, pero con una conciencia cada vez más aguda del tiempo que pasaba. Recuerdo pensar, con una mezcla de ironía y desasosiego: “Dios mío, estoy a punto de llegar a la mitad de mi vida —si todo va bien— y aquí estoy, desperdiciando dos horas en algo que no me dice nada”. Aquella idea se me clavó como una pequeña astilla. No dolía demasiado, pero tampoco desaparecía. Me hizo mirar el reloj. Me hizo removerme en el asiento. Me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que el tiempo no es algo abstracto, sino un recurso limitado que uno gasta, a veces sin darse cuenta, en cosas que no lo merecen. Y entonces surgió la pregunta, casi inevitable: ¿cuántas veces nos ocurre eso en la vida? No solo en un cine. También en conversaciones que no llevan a ningún sitio, en trabajos que no nos llenan, en relaciones que se alargan por inercia, en decisiones que tomamos por miedo o por costumbre. Momentos en los que, de pronto, algo dentro de nosotros se despierta y dice: “¿De verdad quieres estar aquí?”. Y la respuesta, aunque incómoda, suele ser honesta. Salí del cine con una sensación agridulce. No había disfrutado la película, eso estaba claro. Pero tampoco podía decir que hubiera sido una experiencia vacía del todo. Había algo más, algo que no terminaba de encajar en la categoría de “pérdida de tiempo”. Durante el camino de vuelta, sin prisa, empecé a darle vueltas a esa idea. Quizás el error estaba en medirlo todo en términos de aprovechamiento inmediato. Quizás no todo tiene que ser útil en el sentido clásico. A veces, lo que parece una decepción es simplemente una pausa forzada, una especie de espejo incómodo en el que uno se ve reflejado sin adornos. Aquella película no me había dado lo que esperaba, pero me había obligado a hacerme preguntas que llevaba tiempo evitando. Y entonces la reflexión cambió de dirección. ¿Qué pasaría si las decepciones no fueran un fallo del sistema, sino parte esencial del mismo? ¿Y si esos momentos en los que sentimos que estamos perdiendo el tiempo fueran, en realidad, pequeñas grietas por las que se cuela algo importante? No siempre es evidente en el momento. A veces hace falta distancia para entenderlo. Porque, al fin y al cabo, si no hubiera ido al cine aquel día, si no me hubiera sentido incómodo, si no hubiera tenido ese pensamiento casi dramático sobre la mitad de la vida… probablemente no estaría ahora recordándolo. Ni escribiendo esto. Y eso introduce una paradoja curiosa: aquello que parecía completamente inútil termina teniendo un valor inesperado. No por lo que fue en sí, sino por lo que provocó después. Como una semilla que no sabías que estabas plantando. Desde entonces, cuando me encuentro en situaciones similares —una charla insustancial, una película fallida, una tarde que parece deslizarse sin sentido— intento no reaccionar con tanta impaciencia. No siempre lo consigo, claro. Pero al menos me esfuerzo por pensar que incluso ahí puede haber algo rescatable. Aunque solo sea una idea, una frase, una sensación que más adelante encuentre su lugar. Quizás no se trata de evitar perder el tiempo a toda costa, sino de aprender a transformarlo. De aceptar que no todo va a ser brillante, ni memorable, ni digno de ser contado… pero que, de vez en cuando, incluso lo mediocre deja un rastro que merece la pena seguir. Aquella noche no salí del cine con una revelación cinematográfica. Salí con una pregunta. Y, con el tiempo, he aprendido que a veces eso es mucho más valioso.

martes, 3 de marzo de 2026

JAN! TALDEA: NEW CALEDONIA


Navigare necesse est, vivere non necesse. Esta fue la frase que, según Plutarco, Pompeyo dijo a unos marineros que no se querían embarcar porque le tenían miedo al mar. «Navegar es preciso, vivir no lo es». En este tema hemos querido reflejar la emoción del viaje, del descubrimiento. Viaje que puede ser exterior o interior, pero que a de ser ,necesariamente, audaz. Ya lo dice otro conocido proverbio: "piedra que rueda, no cría musgo" Uuuuuu Kaledonia Lur ederra Egoaldeko, iparraldeko Itsasoen irlak Ekialdeko, mendebaldeko Mendikateak Ekiaren bila Munduan zehar Bizitzea baino Nabigatzea Uuuh berriro ere Errepidean Aurrera beti ez dagoelarik Atzera bidea Aurrera beti, ez dagoelarik Bidezidorra Edonondik ekira Edonondik ekira.

miércoles, 28 de enero de 2026

50 AÑOS DE "PUNK"

 


Aunque a los british les gusta mucho vender el "punk" como algo nacido de sus entrañas, lo cierto es que Sex Pistols, Clash y tantos otros bebian de algo surgido meses atrás y que ahora cumple 50 años.       
En enero de 1976 apareció en Nueva York un fanzine barato, mal impreso y descarado llamado Punk. Nadie imaginó entonces que aquel objeto de grapas torcidas acabaría dando nombre a un movimiento cultural global.Creado por John Holmstrom, Legs McNeil y Ged Dunn, Punk no nació para explicar nada, sino para provocar.                                                                           
Su epicentro fue el CBGB, un club sucio del Bowery donde tocaban bandas que no encajaban en ningún sitio. Ramones, Television o Patti Smith encontraron en sus páginas un espejo fiel. El fanzine no embellecía: exageraba, caricaturizaba y se reía de todo.                     
Su estética deliberadamente fea era una declaración política contra el rock virtuoso, contra la industria, contra la solemnidad. Punk convirtió la precariedad en estilo y la falta de futuro en bandera. Mas que informar construía su propio relato, una escena local se transformó en identidad colectiva. 50 años después, su influencia sigue viva, no tanto en la música, sino en la actitud.                                 
El “hazlo tú mismo” que hoy invade internet nació en aquellas páginas fotocopiadas.                                Blogs, redes sociales y cultura independiente le deben más de lo que a menudo admiten. A cincuenta años  de su nacimiento, el fanzine ya no circula pero su espíritu sí. Cada vez que alguien decide publicar sin aval, sin pulir y sin miedo,Punk vuelve a imprimirse, aunque ya no huela a fotocopia barata ni a cerveza derramada.

lunes, 19 de enero de 2026

LA IA TE HACE VAGO

 La IA te hace vago.




No porque piense por ti, sino porque te tienta a dejar de pensar.

Antes buscábamos palabras; ahora las pedimos.

Antes dudábamos; ahora aceptamos la primera respuesta.

La comodidad es el gran caballo de Troya tecnológico.

Promete ahorrar tiempo y acaba robando criterio.

No es que la IA escriba mal, es que escribe demasiado fácil.

Y lo fácil rara vez nos exige algo.

Delegar tareas puede ser inteligente.

Delegar el juicio, nunca.

La pereza intelectual siempre se ha disfrazado de progreso.

Hoy tiene forma de algoritmo amable.

La creatividad sin esfuerzo se parece mucho al relleno.

La opinión sin fricción acaba siendo eco.

Pensar cansa, contrastar aburre, corregir desespera.

La IA nos ofrece atajos constantes.

Y los atajos, ya se sabe, cambian el paisaje.

No es una condena, es una advertencia.

Usarla bien exige más disciplina, no menos.

Lo dicho, la IA te hace vago.

(Articulo escrito por el chat GPT respondiendo a esta petición: hazme un artículo titulado "la IA te hace vago")

sábado, 13 de diciembre de 2025

FLORES EN LA BASURA (como se plantaron)


Recién empezaba el nuevo milenio y todo seguía igual.Todas aquellas fantásticas previsiones para el año 2000 fallaron. La herramienta más “futurista” que conocíamos era el teléfono móvil, algo curioso al principio, pero casi obligatorio y bastante molesto después.

No andábamos en naves espaciales, en absoluto había coches voladores, y no podíamos teletransportarnos, como habíamos visto en los cómics. Así que en ese dichoso futuro estaba tan despistado y somnoliento como en el pasado.

Por no ocurrir, no ocurrió, ni siquiera aquella estúpida amenaza del "efecto 2000" que iba a colapsar todos los ordenadores. De hecho, el nuevo milenio comenzaba con una premonitoria noticia falsa, máximo exponente de la nueva era.

Para mí eran tiempos de muchos cambios. En 2001 nació mi segunda hija y yo dirigía un programa de televisión “El Periscopio”, en una productora donde no había horario de salida.

Desde tiempo atrás estaba deseando escribir las peripecias vividas en el grupo ZARAMA. Soñaba con hacer un libro que reflejara el ambiente de aquellos años locos, pero, ¿cómo demontre lo conseguiría? En el trabajo estaba más pillado que nunca y en casa no eran precisamente días tranquilos para mí, dos niñas pequeñas habían llenado mi vida de emotividad, pero también de interminables premuras.

Soñaba con tener tiempo algún día para escribir ese libro. Me imaginaba a mí mismo en una habitación de un edificio urbano, en pleno centro de Bilbao. Sí, no me preguntes por qué. No pensaba en una choza lejana, con un perro al lado y dando largos paseos por los senderos del campo, como desean otros escritores. Me veía escribiendo en soledad mientras veía pasar coches y gentes por la ventana.

Y se produjo el milagro, como si fuera un regalo del destino.

El programa que dirigía se grababa en los estudios de K2000, en Galdakao, a las afueras de Bilbao. Después de terminar con ese proyecto volví a las oficinas de la productora, al centro de la ciudad precisamente, donde me esperaba una oficina. Fue la única vez que ocurríó algo así en toda mi vida laboral y duró muy poco tiempo. ¿El destino jugando en mi equipo?

En el plazo de un mes tendría que entrar en otro programa y recuperar el ritmo intenso, pero mientras tanto, me vi sin tareas concretas y habitando en solitario un modesto despacho que estaba dentro de un piso, en pleno centro de Bilbao. La estructura de ese libro bullía en mi cabeza. Sólo tenía que teclear. Y así lo hice. Aquel diciembre de 2001 llegaban de la calle los sonidos navideños de unos grandes almacenes y la flauta irritante de un "perroflauta"de reglamento.

No quería hacer una biografía. Quería contar una historia.

Billie Wilder decía que un buen guión debe empezar sorprendiendo y dejando al espectador con curiosidad. Es lo mismo que quería hacer yo. Empezar la historia con una escena impactante que creara interés en el lector. Así que recordé aquella brutal actuación en Eibar en la que casi nos matan. Ese iba a ser el principio, sí señor. El resto vino cuesta abajo.

Pero a la hora de salir a la luz no fue nada fácil el camino de “Flores en La Basura”. Ninguna editorial se interesaba -la mayoría ni siquiera se molestaron en contestar- y al final lo colgué gratis en la red gracias al ofrecimiento del gran Niko Vázquez.

Meses después, lo publicaría “Zirkus”, subsello literario de Illargi-Discos Suicidas, con un excelente diseño gráfico, de la mano de mi amigo (y bajista de Zarama) Alfonso Herrero.

Desde entonces, el libro sólo me ha dado buenas noticias: ha conseguido varias reediciones (una de ellas en Argentina) y muchas buenas opiniones, tanto de profesionales como de lectores agradecidos

La última buena noticia es esta nueva reedición de la mano de “Liburuak”.  Nuevos prólogos (a cargo de Roge Blasco y Gotzon Hermosilla), nuevos capítulos y una revisión integral de la edición en euskara para hacerlo más mio.


Flores en la basura es la historia de una pasión compartida, de un sueño hecho realidad, de un tiempo convulso y de un lugar especial. Escrito con corazón y sin freno de mano.

lunes, 29 de septiembre de 2025

JOSEBA ZULAIKA: VIEJA LUNA DE BILBAO

 «El infierno es demasiado dulce»



Una forma de emprender viaje por la margen izquierda es a través de la música de grupos de rock que surgirían en la zona. Se había creado en los años sesenta un grupo de cantautores integrados en lo que se denominó la nueva canción vasca. El tema de Lourdes Iriondo «Ez gaude konforme»                                                              (No estamos conformes), de 1967, con el mismo aire de manifiesto que «My Generation» (1965) de la banda británica The Who, marcó la nota de rebeldía del grupo. Influidos por la música folk de los Estados Unidos y por la canción protesta catalana, los cantautores declararon la guerra al romanticismo de la música tradicional. «Desde luego no nos dedicaríamos a cantar la triste historia de la paloma blanca, porque había historias mucho más tristes que contar. La blanca paloma llevaba mucho tiempo ennegrecida por el humo de las chimeneas en las ciudades industriales del País Vasco», explicó Julen Lekuona, un sacerdote convertido en cantautor. Preferían cantar sobre el racismo, la guerra del Vietnam, el asesinato de Martin Luther King, o los obreros muertos en Chicago o

Bilbao.

A finales de los años setenta, la canción protesta, como buena parte de la resistencia antifranquista de la época anterior, se quedó obsoleta.

Había llegado el tiempo del rock and roll y el punk con grupos cuyos nombres eran cuanto menos elocuentes: Zarama (Basura), Eskorbuto, Vómito, Eructo, Puskarra (Pedo), Cicatriz, Delirium Tremens, R.I.P., Barricada, Ertzainak, La Polla Records. «Bilbao, Mierda, Rock & Roll"» era el eslogan de la banda M.C.D. (siglas de la frase «Me Cago en Dios»). Estos grupos musicales -que combinaban las letras irreverentes con la fuerza del rock, la ira del punk, la marcha del ska o la calidez del reggae— se convirtieron en un auténtico fenómeno social. Algunos años más tarde surgiría un vigoroso movimiento de música hip-hop bajo la influencia de la cultura juvenil internacional. Se popularizó la imagen «Euskadi tropical». Las drogas abundaban por todas partes.

Un grupo muy conocido en Bilbao fue Itoiz. Con su mezcla de rock y pop, sus actuaciones durante la Semana Grande bilbaína a principios de los ochenta tuvieron mucho éxito. Las letras de sus canciones ya no poseían la misma relevancia que las de los cantautores anteriores. Aun asi, baladas como «Lau teilatu» (Cuatro tejados) se hicieron muy populares:

La protesta social ya no estaba en el primer plano: «donde el roquero radical ve a un policía golpeando a un manifestante, Itoiz ve a una vieja prostituta llamando a un taxi amarillo porque hace frio y no hay trabajo».

Un hit de Itoiz fue «Marilyn», la historia del pastor vasco que vuelve del Oeste americano e instala en su caserío con letrero de neón la imagen icónica de la diva. El líder del grupo, Juan Carlos Pérez, era de Mutriku e hijo de un vendedor ambulante que emigró desde Galicia, un hombre muy apuesto que recorría, con sus grandes bolsas de cuero repletas de ropa, las casas del medio rural, incluida la mía. En el año 1987, cuando estaba en la cima del éxito, Itoiz decidió disolverse. «El éxito no me satisfacía», me confesó Pérez.

Zarama, de la margen izquierda de Bilbao, fue igualmente un grupo destacado al que influyeron los Who. Otro grupo, Negu Gorriak, interpretaba una versión en euskera de la canción de los Who «I can't explain» (No lo puedo explicar). La primera canción que grabó Zarama resultó de haber ganado un concurso de música vasca organizada por la discoteca de los jóvenes de Itziar en 1980. Una de sus canciones era una parodia del conocido poema de Aresti «Defenderé la casa de mi padre». ETA pronto puso una bomba en la discoteca, construida en buena parte por antiguos militantes de ETA, alegando que estaba contaminada por la música extranjera y por la droga. Hacia 1984, sin embargo, el entorno de ETA organizaba conciertos con grupos de rock y punk que le sirvieron para atraer simpatizantes.

Cuando el líder de la banda, Roberto Moso, escribió la historia de Zarama, la tituló Flores en la basura, una frase de la canción de los Sex Pistols «God Save the Queen». «Cuando escuchas a los Sex Pistols», dijo Pete Townshend, «lo que de inmediato te sorprende es que esto está sucediendo realmente».

Moso se hizo eco de la misma realidad electrizante cuando escribió sobre un concierto caótico: «Estábamos conectando brutalmente con la audiencia en unos días en los que había revueltas por la calle cada dos por tres.

Estábamos consiguiendo la máxima aspiración de cualquier artista que se precie: comunicar sensaciones en toda su intensidad y además en tiempo real». Zarama estaba infectada por el virus que encerraba el grito de Johnny Rotten, el vocalista de los Sex Pistols: «No Future». Lo que les atraía de bandas de punk como Sex Pixtols, The Clash o Ramones era que aquellos artistas «eran sencillos, hacían una música directa, contundente, sobria, absolutamente alcanzable. Para poder hacerla no se requería ser buen músico ni tener carísimos equipos: simplemente había que tener huevos».

Después de uno de los conciertos de Zarama, Moso se reunió con Josu que, como él, era también de Santurce. Josu era un adolescente rubio con barba y pelo largo que llevaba una guitarra llena de pegatinas entre las que destacaba la diana de los Who. Estuvo tocando con Zarama durante tres años antes de dejar el grupo para formar Eskorbuto en compañía de Juanma y Paco. Una de las canciones tradicionales bilbaínas más populares, «Desde Santurce a Bilbao», describe el trayecto

-hoy convertido en evocación del folclore- que en el pasado realizaban las mujeres por la orilla del Nervión con un cesto de sardinas encima de la cabeza. Eskorbuto escribió una brutal parodia de la canción con el título «Ratas en Bizkaia». Se pueden encontrar en Youtube otras canciones de Eskorbuto con títulos como «Anti-todo», «El infierno es demasiado dulce», «En la luna», «Cerebros destruidos», «Más allá del cementerio» o «Busco en la basura». Cuando Moso acude a visitar la tumba de su padre en el cementerio, tiene que pasar delante de las de Josu y Juanma, a los que mató la heroína. Los cuatro miembros de Cicatriz también murieron por la heroína. Entendieron bien, al igual que su héroe Johnny Rotten, las palabras de Richard Huelsenbeck: « La vida debe hacer daño... No hay suficientes crueldades». Lejos de la idolatría que los héroes del rock and folk recibían sobre el escenario, el canon establecido por los punk consistía en arrojar botellas y una lluvia de lapos. En el cementerio, Moso se para a oír los ecos de una canción de sus amigos:

Y a mí me torturaon y torturaron y torturaron para que cantara y cante esta canción

Satanás, el infierno es demasiado dulce.

Satanás, el infierno es demasiado dulce.

jueves, 3 de julio de 2025

PREMIO BURDIÑA. DISCURSO DE AGRADECIMIENTO.

 


Como es natural, antes de nada, quiero agradecer de corazón al colectivo “Burdiña” por haberse acordado de mí a la hora de elegir el premiado de esta edición 2025. Veo la lista de anteriores galardones y, sinceramente, me parece que habéis sido muy generosos al unir mi nombre al de Ramiro Pinilla, Agustín Ibarrola, el Orfeón de Sestao, la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y tantos otros que aparecen ahí. Me comunicaron la noticia hace unos meses y me explicaron la razón de ser del colectivo y del premio. Para quien no lo sepa permitidme que lo recuerde aquí.

Todo empezó el día en el que murió definitivamente Altos Hornos de Vizcaya. Al apagarse el horno principal, se pudo escuchar durante un largo periodo de tiempo un sonido angustioso que recordaba al de una fiera herida de muerte y que helaba los corazones de todos los habitantes de la zona. Era el sonido de ka despresurización del horno principal, pero para todos los que lo escuchaban, era mucho más.

Me pareció una imagen bellísima en su tristeza devastadora. Una imagen repleta de poesía y cargada de simbolismo que, además, me toca la fibra de forma muy personal. Mi bisabuelo paterno Donato, vino desde el pirineo navarro a trabajar ahí. Mi abuelo Luis Eusebio, su hijo, quemó también allí buena parte de sus mejores años, los dos fueron enterrados en el cementerio de Sestao, al igual que sus respectivas mujeres, mi bisabuela Generosa y mi abuela Felisa.

También mi padre era de Sestao, aunque a él le tocó ejercer su profesión de tornero mecánico en La Babcock & Wilcox, popularmente conocida como “La Balco”. Cuando mi madre era una mocita, tenía el encargo diario de traer la comida desde Santurtzi a su hermano Luis, que también trabajaba allí y, en esas, conoció a mi padre, con el que luego, los domingos procuraba bailar en el Txitxarrillo de Portugalete. Cada vez que mi madre escuchaba “Te recuerdo Amanda/ Corriendo a la fábrica/ Donde trabajaba/ Manuel” …se emocionaba acordándose de aquellos días.

Mi padre, como suele decirse se casó “a Santurtzi”, pero mantuvo muchos vínculos con su pueblo natal. Recuerdo durante los años de la infancia venir al cementerio el día de todos los santos, que, en mi memoria ha quedado como un día muy desapacible. Las monjas de la caridad solían instalar unas casetas de madera para vender boletos de una rifa, hubo un año en el que el viento era tan fuerte que volaban los puestos con monjita y todo, una imagen que se me quedó grabada a fuego.

El primer partido de futbol que presencié en mi vida también fue uno del River. No me enteré de gran cosa, pero sí recuerdo que uno de los jugadores -Espiña, se apellidaba-, antes de empezar el partido vino a saludar a mi padre, porque era compañero de la “Balco” y me dio un par de palmaditas en el hombro. Mi padre le dijo “mira este es mi hijo” y el: “¡Ah, majo!”, luego en casa mi madre me preguntó ¿Qué te ha dicho Espiña? Y yo: “¡Ah, majo!”, lo cual quedó para siempre como broma familiar.

Así que no puedo evitar unir el nombre de Sestao con el de mi padre, un hombre con gran sentido del humor, aunque, a menudo, se le quedaba una sombra de tristeza en la mirada. El hombre reunía todas muchas virtudes, pero también varios vicios propios de los hombres de su generación. Ya se sabe: había que fumar como el vaquero de Marlboro, Soberano es cosa de hombres, etc. etc… qué os voy a contar. No eran tiempos aquellos para “nuevas masculinidades”.

Mi padre era un hombre bastante cultivado, gracias a los buenos oficios de la escuela de aprendices. Se sabía palabras en francés y le encantaba cantar piezas de zarzuela, jotas y bilbaínadas. No había un solo día en el que no comprara el periódico y todos los lunes me traía prospectos (ahora se diría “flyers”) con películas del cine Amézaga. Mirando aquellos fabulosos pasquines me pasaba horas enteras, la película que yo me hacía en la cabeza solía ser bastante más divertida que la película real, que a veces tenía ocasión de ver en alguna sesión matinal. Mi padre era también muy dado a los dichos populares y a quedarse con frases que le resultaban ingeniosas y luego repetía en cuanto venían a cuento: “El inglés es muy fácil: Al pan bread, al vino wine, y todo lo demás chibiriuan”. Otra que repetía a menudo: “La vida es triste y melancólica, no obstante, muy agitada”. Cuando hablaba de alguien engreído le salía aquella otra: “De qué te puedes jactar, en qué tu orgullo consiste, si unos gusanos te visten otros te han de desnudar” (supongo que tomada de alguna obra teatral). Termino con otra un poco escatológica pero muy sabia: “Más caga un buey que cien golondrinas”.

Así que sí, soy un producto muy Margen Izquierda y aunque he cambiado de domicilio unas cuantas veces, creo que es muy cierto aquello de que uno puede irse de sus orígenes, pero los orígenes no se van tan fácil de uno. Y a mucha honra:

Como digo, mi padre era de Sestao. Mi madre llegó a los cinco años a Santurtzi, cuando a su padre, maestro castellano, lo destinaron al pueblo donde yo me crie, aunque en mi carnet pone que soy natural de Barakaldo, algo muy habitual en mi generación, por aquello de Cruces. Además, Portugalete fue destino muy recurrente para mi ocio juvenil y tengo muy buenos amigos de allí. Diré también para completar el cuadro que la primera mujer de la que me enamoré platónicamente era de Zorroza.

Podría añadir ahora aquello de “estoy orgulloso de ser de la Margen Izquierda”, pero lo del orgullo no se si tiene mucho sentido en estos casos. Uno debe estar orgulloso de lo que hace no de donde nace, que al fin y al cabo no es algo elegido. Mas que orgullo yo diría, sin ningún complejo, que es una suerte haber crecido aquí. Me siento afortunado. Ya sé que a algunos se les hace difícil de creer, muchas veces por pura ignorancia, pero es que aquí se generó buena parte de la riqueza que ha hecho de Euskadi lo que es, aquí sabemos de verdad lo que es aprender a convivir entre gentes de diversos orígenes, sabemos lo que es pasarlas canutas porque tu padre lleva un mes de huelga y tu madre tiene que hacer virguerías para llenar los platos, sabemos lo que es pelear duro por unas mejores condiciones de trabajo y por la libertad. Porque aquí se pelea duro desde los días de la minería en Gallarta y La Arboleda, porque aquí se combatió el golpe de Estado que trajo el fascismo y se sufrieron cientos de bombardeos con decenas de víctimas. Este ha sido el punto de origen de muchas organizaciones políticas y sindicales de izquierda y se ha conocido la represión franquista como en muy pocos lugares del estado. Una suerte, claro que sí. Somos de una zona que puede mirar su pasado sin vergüenza y sí, con orgullo.

En un plano más personal quiero recordar, ya que estamos en Sestao, al gran actor argentino Claudio Nadie, que huyendo de la dictadura en su país cayó, casi por casualidad, en este pueblo. Él vivía de alquiler en un pequeño piso junto al campo de Las Llanas que llamaban “La Comuna del 35” y allí veníamos unos cuantos capullos de Santurtzi a recibir clases de teatro. Aquella casa estaba siempre repleta de visitas militantes llegadas de variados confines, sobre todo de Italia, y nosotros no teníamos ojos ni oídos para tanto estímulo de todo tipo.  

Con Zarama actuamos en la desaparecida discoteca “Kaiku” y también en la plaza del Casco en un festival que coincidió con una huelga de basuras y acabó en batalla campal con la policía. Al día siguiente nos sorprendió un tremebundo titular de prensa: “Tratan de quemar el ayuntamiento de Sestao tras un concierto de rock”.

En fin, amigos, aquí me tenéis, recibiendo un premio que me incluye en una lista alucinante. Quiero pensar que con esto se reconoce mi labor tanto en el periodismo como en la música, labores en las que siempre he querido reivindicar mis orígenes y de las que sí estoy razonablemente orgulloso.

En la radio, he ejercido el periodismo durante cuarenta años, combinados con algún periodo televisivo. Mi criterio siempre ha sido priorizar a la audiencia, por encima de mis ambiciones personales. He querido ejercer un periodismo independiente de quien estuviera en el poder y hacerlo de forma amena y entretenida, que bastantes motivos para la amargura teníamos ya en este sufrido País de nuestros amores y de nuestros temores.

Aunque mucha gente me conoce sobre todo por Zarama, o incluso porque bauticé a los Eskorbuto, lo cierto es que es en la radio donde más horas he metido durante los últimos cuarenta años. Dedicado al periodismo informativo, pero también, quizás en mayor medida, al entretenimiento. Programas de música, de humor, dramatizaciones, personajes…  

En televisión también hice mis pinitos, presentando algunos programas y, sobre todo, como coordinador de otros. Un mundo el de la televisión que puede parecer de lo más interesante, y en ciertos aspectos lo es, pero en el que la brutal competencia entre cadenas te somete a un stress constante que resulta mentalmente agotador.

 En el libro “Puto Boomer” lo describo con detalle. De aquellos años locos me quedo con la experiencia de colaborar en la puesta en marcha de proyectos como “Vaya Semanita” o “Wazemank” que marcaron un antes y un después en nuestra televisión pública.     

También he llevado a cabo una labor sindical a veces difícil y poco gratificante. Nos tocó lidiar, entre otras cosas con las protestas por

 el único ERE que ha habido en la administración pública vasca, pero mis compañeros me eligieron para representarles en las tres ocasiones en las que me presenté, y quiero pensar que por algo será.

Zarama es margen izquierda 100% y lo hemos reflejado en varias de nuestras canciones: “Hau da Amaituko”, “Ezkerralde”, “Dena Ongi Dabil”, “Hau Zortea”, “Maiatzaren Lehena” y, como no, en nuestro humilde “hit” “Iñaki, zer urrun dagoen Kamerun”, que sigue dándonos tantas alegrías y que, de algún modo, trata de ser la versión actualizada del mítico “Desde Santurce a Bilbao”.   Y, por cierto. Quiero añadir que de la música no me he jubilado. Permanezcan atentos a sus pantallas que de mí no se libran tan fácil.    

Amigos, amigas, de verdad, sé que hay una lista inmensa de gente que merecería este galardón más que yo. Eso sí, me lo voy a tomar como un reto para seguir mereciendo reconocimiento -que no siempre tiene que ser en forma de premios- en el futuro.

Huelga decir que me hace una ilusión muy especial que este premio se me conceda desde y por la Margen Izquierda que ha marcado tanto nuestras vidas.

Yo escuchaba a menudo a padres y abuelos hablar de “cómo ha cambiado todo” y el caso es que así seguimos: Ya no hay sardineras vendiendo pescado por toda la orilla.  Las únicas sardineras que quedan son en forma de corazón estatua. 

Los arrantzales de Santurtzi y los que zurcen las redes son ahora africanos. Los Altos Hornos son una mini acería y La Balco es un gran almacén de Amazon, toda una ironía. El viejo tren de crecanías RENFE en el que hemos pasado tantas horas es ahora mucho más rápido y compite con el nuevo metro. Sestao recuperó hace años el muelle de la Benedicta y la ría ya no es de color chocolate. Los barcos que la navegan ya no son buques enormes, entrando o saliendo de los astilleros, ahora predomina la embarcación deportiva y la turística. Desaparecieron también los autobuses oruga y aquel otro de dos pisos, el mítico 15 que tardaba una eternidad en llegar a Bilbao. Se ha ganado en urbanismo y en calidad del aire y se ha perdido peso en demografía y en poderío industrial.

Hay otros detalles de la vida cotidiana que también ha ido desapareciendo: el poteo se ha vuelto algo prohibitivo, el café completo ni te cuento y aquellos bares un tanto turbios de copazo y porno al amanecer, han pasado a mejor vida. Los juegos de nuestra infancia tenían mucho hierro también: aquellas preciadas canicas de acero, aquellos rodamientos para construir goitibeheras y aquel juego endemoniado de “hinque” que todavía no me explico como a no le abrieron la cabeza a nadie. Tampoco las chicas saltan apenas a la comba ni juegan a la goma, a las tabas o al truquemé.

Paisaje y paisanaje han cambiado mucho en las últimas décadas, es evidente, pero Ezkerraldea sigue siendo sinónimo de clase obrera, de lucha social y sindical, de integración de gentes de diverso origen y de cultura de barrio.

Podría terminar este discurso de muchas maneras, pero creo que lo más adecuado es hacerlo con una canción, un tema titulado MZ IRRATIA, (Te quiero radio) que hoy quiero que sea una declaración de amor a la radio y también a esta tierra de luchadores, a los que se dejaron aquí los higadillos y ya no están con nosotros. El agradecimiento sincero de este hijo del Baby Boom que nació y creció en este agitado rincón del mundo y ha tratado de seguir el obsesivo consejo que siempre le dio su madre: Hijo mío, hagas lo que hagas, no lo hagas a tontas y a locas. No lo hagas sin sentido, ten BASE.   

Eskerrik Asko Bihotzez. 

 

         

  

       

viernes, 25 de abril de 2025

LA MIRADA DEL PADRE

 


Imposible olvidarla. Yo caminaba joven y arrogante con mis nuevos amigos de cuero negro hacia el tren que nos llevaría a Barakaldo. Llevábamos encima todos los suministros necesarios para una noche de auténtico punk-rock destroyer , en aquellos locos ochenta en los que se podían exhibir botellas por la calle sin mayores problemas. El mundo era nuestro. ¿Me gustaban todos mis acompañantes? En realidad no. 

Podía sentir diferentes grados de afinidad y simpatía por aquellos compañeros puntuales de batalla, pero realmente no sentía, por ninguno de ellos, lo que se conoce por “amor”.

En ese momento vi a mi padre, que avanzaba con paso cansino hacia nosotros. Suponía un contraste indeseado. Llevaba su atuendo laboral de siempre: pantalones de tergal, zapatos de rejilla, camisa de cuadros, americana gris. Él volvía del trabajo, rumiando probablemente un día duro junto al torno y el estricto control del capataz.  Observé como se hacía a un lado a nuestro paso, entre sorprendido y algo temeroso ante aquel bullicioso tropel y aunque traté de evitarlo, finalmente nuestras miradas se cruzaron fugazmente. Para su sorpresa, yo formaba parte de ese grupo de gamberros intimidantes.

No me paré. Me limité a saludarle sin muchas contemplaciones. Íbamos con cierta prisa a coger el tren y además, no estaba en el código de los 19 años pararse por la calle a charlar con familiar alguno.                                                                                             Pero aquella mirada fugaz no me resultó inocua. Regresa a mí cada cierto tiempo, cargada de significado. A mi padre, a pesar de nuestras diferencias y de momentos en los que lo hubiera estrangulado, sí le quería. En buena lógica, si lo natural es pasar el mayor tiempo posible con la gente que queremos, yo tendría que haberme quedado con él. “Cuida lo que amas”, dicen.

Pero la vida, está claro, no funciona así. En la infancia lo adoraba y nada me hacía sentirme más seguro que su mano callosa y recia. Hasta los  catorce-quince años mantuvimos algún nivel de conversación. Las últimas las solíamos mantener en el balcón de casa.  Hablábamos de deportes, de recuerdos, de política. Yo me ponía pretendidamente bolchevique para marcar territorio y él, que venía de una infancia aterrada por la guerra y una juventud marcada por la escasez, me advertía  contra los peligros del fanatismo. La guerra había terminado unos 35 años antes, una distancia que entonces me parecía descomunal y ahora me resulta ridícula. Pero aquellas charlas se acabaron y llegó un tiempo de distancias y mutua incomprensión. Aquel día del concierto había también algo de decepción en su fugitiva mirada.

Con el paso de los años la he seguido interpretando y ahora, si tuviera que convertir en palabras el mensaje de sus ojos, creo que dirían algo así: 

“Es posible que estés haciendo el idiota, hijo mío, y poco puedo hacer al respecto. Me preocupa verte así, pero… qué puedo hacer yo. Estás en la edad de vivir la vida, lo entiendo, y te ha tocado una época en la que tienes libertad para hacerlo.  Pero no pretendas ser el más listo, el más nota, el gallito de la banda.  Habrá siempre alguien que te gane. Pero nunca pierdas el timón ni consientas que otros lo lleven por tí. Por lo demás... ya sabes donde estoy”.                                                                            Oscar Wilde dejó escrita aquella afinada cita: “Todos los hijos quieren a sus padres. Más tarde los juzgan y -a veces- hasta los absuelven”. Yo, desde luego, voy más allá de la simple absolución. Sí, es cierto, si me pongo a buscar encuentro sin problemas momentos en los que tal o cual decisión me parece errónea y hasta nefasta, también puedo recordar escenas de mierda y días oscuros pero ¿Quién no los tiene? y ¿Quién soy yo para juzgarlos? Después de una infancia repleta de miedos y privaciones dedicaron su juventud y su vida entera a trabajar para sacar a sus hijos adelante y lo hicieron con buenas dosis de cariño, comprensión y hasta humor, ¿Qué más se puede pedir? ¿Absolución? Vaya para ellos mi más sentida ovación.                                                             Mi padre murió con 61 años en 1987, al igual que le ocurría al protagonista de “El Extranjero” de Albert Camus, me resulta perturbadora esa sensación de que yo ya he superado con creces esa edad. Fue un hombre de su tiempo y su lugar, obrero metalúrgico de la margen izquierda, nacido y criado en Sestao entre los humos de Altos Hornos, viendo como su casa familiar se iba  rodeando de colmenas inhabitables. Mi madre, nacida en un pueblo de Aragón y criada desde los 5 años en Santurtzi, lo conoció cuando llevaba a su hermano Luis la comida a la fábrica. Los bailes del txitxarrillo de Portugalete hicieron el resto. Por eso se emocionaba tanto cuando escuchaba “Te Recuerdo Amanda” de Victor Jara. Tanto poteo y tanto tabaco acabaron prematuramente con el corazón de mi padre, que quizás confió demasiado en su buena constitución. Mi madre llegó hasta los 93 y siempre llevaré clavado en el alma el mensaje que me repetía y que yo también quiero inculcar a mis hijas: “Ten base, ante todo, en esta vida hay que tener base”.                                                                       Cuento todo esto porque, recientemente, vi a mi hija mayor y a sus alegres amigas adolescentes entrar en tropel en un vagón del  metro, camino de no sé qué fiestas patronales.  Iban cargadas de bolsas del hiper repletas de presuntas botellas. Se las veía felices, excitadas, riéndose y empujándose tontamente.  Justo yo salía de ese mismo vagón que ella se disponía a tomar. Nuestras miradas se han cruzado por unos instantes. La suya tenía algo de fastidio y una pizca también -quiero creer- de amor, además de  cierto brillo chispeante. Ha esbozado un tímido saludo y aunque ha dudado por un instante, finalmente no se ha parado a hablar conmigo.   

(Extraido del libro "Puto Boomer)