"Bibao Secreto" es el título del nuevo libro de Alvaro Heras-Groh. La publicación se dedica en exclusiva a recoger imágenes de las diversas subculturas juveniles en el Bilbao actual. Las fotografías reflejan por un lado poses y estéticas y por otro representaciones gráficas de diverso tipo (pintadas, murales, graffittis, pegatinas...) . A continuación, el prólogo que redacté para la ocasión.
“Y el patito feo, rechazado por ser diferente, descubrió con alborozo que, en realidad, era un hermoso cisne en el estanque equivocado”.
De todos aquellos cuentos de la infancia me quedo con
éste. Dicen que Hans Christian Andersen escribió “El Patito Feo” (1843)
impulsado por su propia experiencia vital. El autor, nacido en el seno de una
familia muy humilde, durante su infancia y juventud se sintió marginado,
ridiculizado y poco aceptado por su aspecto físico, su origen social y su
carácter sensible. En Copenhague sufrió burlas y rechazo antes de ser
reconocido como escritor.
A diferencia de otras narraciones infantiles, a menudo
enfocadas a temer al extraño o a buscar príncipes y princesas azules, creo que
la del patito ha resistido muy bien el paso del tiempo y tiene una lectura
válida para cualquier edad.
Podría decirse que buena parte de la vida la pasamos
tratando de encontrar nuestros estanques adecuados, pero es en la adolescencia
y en la juventud, cuando estas búsquedas se viven con mayor dramatismo y
encontrar a “los tuyos”, a esa familia de congéneres con los que te sientes
identificado más allá de los vínculos de sangre, bien sea durante dos días a la
semana, se siente a menudo como un enorme
logro.
Repasando las fotos de este estupendo trabajo de Álvaro Heras Groh, es precisamente eso lo que veo: rostros, ropas y poses que te
gritan su orgullo de tribu: “mira por dónde, ahora resulta que somos putos
cisnes, ¿cómo te quedas”? Ahí los tienes, desafiantes, elegantes -dentro
de sus propios códigos-, felices y bien abrigados por sus nuevas familias
callejeras, encantados de mostrarse al mundo con el aspecto que han elegido y
no con el que les imponen.
El asunto de las tribus urbanas no es nuevo. Mods, rockers,
punks, skins, raperos y tantos otros ya han llenado miles de páginas y
kilómetros de celuloide en las pasadas décadas. Había entonces un cierto
espíritu de pertenencia militante que podía terminar en enfrentamientos
violentos entre tribus, aunque la mayor parte de las veces la sangre no llegaba
al río. En Bilbao y su amplia zona de influencia se vivió además durante
décadas un clima de altas temperaturas político/sociales que propiciaron a menudo
que los enfrentamientos fueran con la policía, así lo reflejamos en Zarama, en
temas como “Bihotzak Sutan”:
“Baska guztiak dira bat/ erantzun bat ematean/ borroka
benetan bero/ orain bihotzak/inoiz baino gehiago/ daude sutan”
(Todas las “baskas”son una / para dar una respuesta/ lucha
encarnizada/ ahora de verdad/ los corazones están ardiendo.)
Con el tiempo se han ido añadiendo otras denominaciones al
mapa tribal: otakus, urbanos, raveros, traperos… por no hablar de aquellos
unidos por luchas ecológicas, feministas, LGTBI+ o anti-capitalistas en
general, que en esta tierra siempre han tenido mucho predicamento. En un
plano más local, las peleas territoriales entre barrios y las cuadrillas de
delincuentes que poblaron el “cine kinki” han dado también para no pocas tesis
doctorales y para libros como “A Tope” firmados por el propio Heras
Groh.
Los sociólogos dicen que ahora domina la “liquidez” y no es
raro encontrar cierto flujo entre miembros de diversos clanes callejeros. Como
en tantos otros ámbitos, la fluidez también vendrá impuesta por el implacable
paso del tiempo. En “Quadrophenia”, aquella magnífica ópera rock escrita por el
líder de The Who, Pete Townsewnd, en 1972, su protagonista, Jimmy, alcanza tal
nivel de identificación con el movimiento “mod” que decide convertirlo en su
modo de vida. Su líder, “Ace Face”, encarnado en el cine por el músico Sting,
acaba por aceptar un trabajo de botones dejando a un lado las veleidades
juveniles. Jimmy no soporta semejante visión y antes de claudicar, decide
quitarse de en medio.
Todas esas miradas fascinadas captadas en estas fotografías
serán contempladas en el futuro por muchos de sus protagonistas. Unos las verán
como un recuerdo maravilloso, otros como una fiebre pasajera, unos se reirán,
revisándolas con su prole y otros procurarán que sus hijos no los vean “con
esas pintas”. Algunas amistades perdurarán, otras pasarán al olvido, algunos
recuerdos serán inolvidables, otros… mejor olvidar. La fluidez, en suma, es
parte intrínseca de la vida y lo mejor que puedo desear, para terminar este
prólogo, es que tengas unas migraciones lo más acertadas posibles en la
constante búsqueda del “lago de los cisnes”. Y si esta no llega del todo, cosa
previsible, recordemos aquella frase del gran escritor francés Marcel Proust,
autor de “En Busca del Tiempo Perdido” : “el verdadero viaje de descubrimiento
no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. Y de
eso precisamente, de miradas y paisajes (en este caso urbanos) trata la otra
parte del libro.
Mi primera conciencia
de ver mensajes en muros se sitúa en la infancia, cuando algunos kamikazes se
atrevieron a hacer varias pintadas a brochazo limpio clamando contra el proceso
de Burgos. Este tipo de acciones urgentes fueron hegemónicas hasta los años de
la transición política. Ahí empezaron los murales políticos más trabajados en
combinación con carteles y pegatinas como para empapelar la muralla china.
Con los ochenta llegaron los graffitis de inspiración
hip-hopera y los rotuladores se fueron adueñando de todas las superficies
imaginables. Tiempos de frases lapidarias, más o menos inspiradas, que
convertirán los baños en auténticos lienzos para la expresividad. tiempos
también para la “agitación y propaganda” para la nueva ola de bandas, dispuestas
a dejar la huella de su existencia en cualquier superficie disponible. (Rotu de
oro para Eskorbuto, sin discusión).
Ahora, avanzando a velocidad de vértigo por el siglo XXI los
lienzos se multiplican, graffitis, pegatinas y pintadas - por no hablar de
tatuajes- se muestran con tal abundancia que se hace difícil distinguir el
grano de la paja. Pintadas trabajadas conviven con torpes exaltaciones de egos
gigantescos, murales que son auténticas obras de arte malviven junto a
garabatos absurdos y fenómenos como Banksy siguen alucinando al mundo.
Con tal reclamo constante de atención, cobra especial
interés un trabajo como éste, enfocado a captar dónde están esos mensajes que
mejor retratan el espíritu de una época y una ciudad, cuales son, en suma, los
que se revelan como signo de los tiempos. La mirada atenta y minuciosa de
Alvaro Heras Groh, empeñada en captar, entender e interpretar las culturas
urbanas que le rodean, se muestra aquí con menos palabras que en sus anteriores
trabajos, pero, paradójicamente, ni un ápice menos de elocuencia.
ROBERTO MOSO.

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