Entre esas lecturas que tratan de comprender el tiempo en que vivimos encuentro este verano este publicado por Ariel. El autor habla desde el análisis y la investigación, pero tambien desde la experiencia personal y la autocrítica, como en este párrafo que he extraido. ¿Por qué le gustaba tanto la violencia grupal en los ochenta?
"Golpear, romper algo, incendiar y reírte después tiene
un contenido placentero innegable. Cuando era adolescente era un punki bastante
liante. Nos encantaba liarla, todavía más si había una motivación Política. Nos
tocó pegarnos con nazis más de una vez, en esa época salían de cacería, habían
pegado ya a varios colegas, así que necesitábamos autoorganizarnos y
defendernos. Pero, independientemente de la legitimidad de esa violen-cia, lo
que me interesa aquí es el afecto que nos despertaba todo aquello. Recuerdo
esas noches con júbilo y con un miedo estimulante. Había algo muy atractivo en
toda esa exposición, ese riesgo y esa violencia. Había, además, una sensación
de colectivo, de unión, una rabia compartida y una adrenalina que nos atrapaba
en una fiebre común. La violencia, la agresividad y la ilegalidad tienen en la
masculinidad un componente de riesgo que resulta motivador. Sabemos
perfectamente que los hombres tenemos problemas con el consumo, menospreciamos
el peligro y caemos más fácilmente en conducción temeraria y todo tipo de
conductas de riesgo (hay varias páginas de internet como
@porqueloshom-bresvivenmenos que dan buena cuenta de ello), pero lo que no
siempre queda claro es la funcionalidad de esta tendencia. Sí, ya sabemos que
«la masculinidad nos lleva a correr riesgos», pero eso no arroja luz sobre el
proceso afectivo a través del cual un hombre tiende a correr riesgos innecesarios.
Ya sé el porqué, quiero saber el para qué. Para qué hacemos eso. Y la respuesta
muchas veces pasa por el placer o por la búsqueda de experiencias que nos
conecten con algo: a veces con sentirnos vivos, a veces con una pulsión autodestructiva,
a veces con la diversión.
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