Se llama Yassin. Tiene veintidós años. Estudia ingeniería mecánica en Tetuán, pero abandona la universidad cuando el dinero deja de alcanzar. Su padre lleva meses sin trabajo fijo. Su madre cose ropa para las vecinas. Sus dos hermanas pequeñas siguen yendo al colegio gracias a pequeños préstamos de la familia. Él encadena empleos de pocos días: descarga pescado en el puerto, pinta fachadas, carga sacos de cemento. Nada dura.
No sueña con hacerse rico. Sueña con un contrato. Con
enviar dinero a casa. Con dejar de responder “pronto” cada vez que su madre le
pregunta qué va a hacer con su vida.
Cuando empieza a correr el rumor de que miles de
personas se dirigen hacia Ceuta, toma un autobús hasta Castillejos. No está
seguro de lo que va a hacer. Solo sabe que necesita estar allí. Si de verdad
existe una oportunidad, no quiere enterarse por boca de otros.
El pueblo está tomado por la expectación. Hay grupos de jóvenes caminando deprisa. Hay conversaciones en voz baja. Hay teléfonos que no dejan de sonar. Cada pocos minutos alguien asegura tener información nueva. Nadie sabe qué creer
Entonces el teléfono vibra. Lo saca del bolsillo con manos temblorosas. El mensaje es breve:
“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date
prisa.”
Levanta la vista. A lo lejos, hacia el paso
fronterizo, distingue una nube de polvo, gritos, sirenas. Decenas, quizá
cientos de personas corren en la misma dirección. Algunos dicen que la verja ha
cedido. Otros aseguran que los guardias no dan abasto. Nadie tiene la certeza.
Todos tienen prisa. Echa a correr también.
Pero, al acercarse, comprende que por allí será casi
imposible. El gentío se convierte en un muro. Hay empujones, caídas, niños
llorando, policías intentando contener una marea humana. Aquello ya no parece
una puerta abierta, sino un embudo donde solo unos pocos consiguen avanzar.
Entonces alguien, sin detenerse, le grita:
—¡Por el mar! ¡Es más fácil! ¡Rodea el espigón!
Yassin mira el agua.
Ceuta parece estar a un paso. La ciudad se recorta
nítida bajo la luz de la mañana. Nunca la ha sentido tan cerca.
Piensa en su madre.
Piensa en su padre, que siempre le repite que no
pierda la esperanza.
Piensa en los estudios que ha dejado atrás.
Piensa en la fotografía familiar que lleva doblada
dentro de la cartera.
No sabe nadar bien.
Pero también sabe que, si se da la vuelta ahora, ese
mensaje será el recuerdo de una oportunidad perdida.
Se quita las zapatillas.
El agua está más fría de lo que esperaba. Los primeros
metros resultan fáciles. A su alrededor avanzan decenas de cabezas entre
salpicaduras, respiraciones entrecortadas y oraciones pronunciadas en voz baja.
Cuando mira hacia atrás, la playa ya parece lejana.
Entonces el mar cambia.
Las olas empiezan a levantarle. Traga agua una vez.
Después otra. Intenta mantener el ritmo de quienes nadan a su lado, pero cada
vez los ve más lejos.
Piensa que no puede detenerse.
Piensa que, si alcanza aquella roca, podrá descansar.
Piensa que el teléfono sigue en el bolsillo.
La pantalla, seguramente, ya se ha apagado.
Al amanecer siguen llegando personas a la costa.
Algunas tiritan envueltas en mantas. Otras miran fijamente el horizonte,
esperando distinguir una silueta conocida.
En algún lugar, dentro de un servidor de telefonía,
permanece almacenado un mensaje que nadie ha borrado.
“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date
prisa.”

Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarDeseando que el final no tenga que ser el que finalmente es... Real como la vida misma de miles de congéneres humanos. Eskerrik asko Roberto por plasmarlo.
ResponderEliminarEskerrik asko Roberto por este post. Para reflexionar.
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