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jueves, 6 de agosto de 2026

YASSIN


Se llama Yassin. Tiene veintidós años. Estudia ingeniería mecánica en Tetuán, pero abandona la universidad cuando el dinero deja de alcanzar. Su padre lleva meses sin trabajo fijo. Su madre cose ropa para las vecinas. Sus dos hermanas pequeñas siguen yendo al colegio gracias a pequeños préstamos de la familia. Él encadena empleos de pocos días: descarga pescado en el puerto, pinta fachadas, carga sacos de cemento. Nada dura.

No sueña con hacerse rico. Sueña con un contrato. Con enviar dinero a casa. Con dejar de responder “pronto” cada vez que su madre le pregunta qué va a hacer con su vida.

Cuando empieza a correr el rumor de que miles de personas se dirigen hacia Ceuta, toma un autobús hasta Castillejos. No está seguro de lo que va a hacer. Solo sabe que necesita estar allí. Si de verdad existe una oportunidad, no quiere enterarse por boca de otros.

El pueblo está tomado por la expectación. Hay grupos de jóvenes caminando deprisa. Hay conversaciones en voz baja. Hay teléfonos que no dejan de sonar. Cada pocos minutos alguien asegura tener información nueva. Nadie sabe qué creer

Entonces el teléfono vibra. Lo saca del bolsillo con manos temblorosas. El mensaje es breve:

“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date prisa.”

Levanta la vista. A lo lejos, hacia el paso fronterizo, distingue una nube de polvo, gritos, sirenas. Decenas, quizá cientos de personas corren en la misma dirección. Algunos dicen que la verja ha cedido. Otros aseguran que los guardias no dan abasto. Nadie tiene la certeza. Todos tienen prisa. Echa a correr también.

Pero, al acercarse, comprende que por allí será casi imposible. El gentío se convierte en un muro. Hay empujones, caídas, niños llorando, policías intentando contener una marea humana. Aquello ya no parece una puerta abierta, sino un embudo donde solo unos pocos consiguen avanzar.

Entonces alguien, sin detenerse, le grita:

—¡Por el mar! ¡Es más fácil! ¡Rodea el espigón!

Yassin mira el agua.

Ceuta parece estar a un paso. La ciudad se recorta nítida bajo la luz de la mañana. Nunca la ha sentido tan cerca.

Piensa en su madre.

Piensa en su padre, que siempre le repite que no pierda la esperanza.

Piensa en los estudios que ha dejado atrás.

Piensa en la fotografía familiar que lleva doblada dentro de la cartera.

No sabe nadar bien.

Pero también sabe que, si se da la vuelta ahora, ese mensaje será el recuerdo de una oportunidad perdida.

Se quita las zapatillas.

El agua está más fría de lo que esperaba. Los primeros metros resultan fáciles. A su alrededor avanzan decenas de cabezas entre salpicaduras, respiraciones entrecortadas y oraciones pronunciadas en voz baja.

Cuando mira hacia atrás, la playa ya parece lejana.

Entonces el mar cambia.

Las olas empiezan a levantarle. Traga agua una vez. Después otra. Intenta mantener el ritmo de quienes nadan a su lado, pero cada vez los ve más lejos.

Piensa que no puede detenerse.

Piensa que, si alcanza aquella roca, podrá descansar.

Piensa que el teléfono sigue en el bolsillo.

La pantalla, seguramente, ya se ha apagado.

Al amanecer siguen llegando personas a la costa. Algunas tiritan envueltas en mantas. Otras miran fijamente el horizonte, esperando distinguir una silueta conocida.

En algún lugar, dentro de un servidor de telefonía, permanece almacenado un mensaje que nadie ha borrado.

“Ahora. La frontera está abierta. Es fácil pasar. Date prisa.”

 

sábado, 13 de diciembre de 2025

FLORES EN LA BASURA (como se plantaron)


Recién empezaba el nuevo milenio y todo seguía igual.Todas aquellas fantásticas previsiones para el año 2000 fallaron. La herramienta más “futurista” que conocíamos era el teléfono móvil, algo curioso al principio, pero casi obligatorio y bastante molesto después.

No andábamos en naves espaciales, en absoluto había coches voladores, y no podíamos teletransportarnos, como habíamos visto en los cómics. Así que en ese dichoso futuro estaba tan despistado y somnoliento como en el pasado.

Por no ocurrir, no ocurrió, ni siquiera aquella estúpida amenaza del "efecto 2000" que iba a colapsar todos los ordenadores. De hecho, el nuevo milenio comenzaba con una premonitoria noticia falsa, máximo exponente de la nueva era.

Para mí eran tiempos de muchos cambios. En 2001 nació mi segunda hija y yo dirigía un programa de televisión “El Periscopio”, en una productora donde no había horario de salida.

Desde tiempo atrás estaba deseando escribir las peripecias vividas en el grupo ZARAMA. Soñaba con hacer un libro que reflejara el ambiente de aquellos años locos, pero, ¿cómo demontre lo conseguiría? En el trabajo estaba más pillado que nunca y en casa no eran precisamente días tranquilos para mí, dos niñas pequeñas habían llenado mi vida de emotividad, pero también de interminables premuras.

Soñaba con tener tiempo algún día para escribir ese libro. Me imaginaba a mí mismo en una habitación de un edificio urbano, en pleno centro de Bilbao. Sí, no me preguntes por qué. No pensaba en una choza lejana, con un perro al lado y dando largos paseos por los senderos del campo, como desean otros escritores. Me veía escribiendo en soledad mientras veía pasar coches y gentes por la ventana.

Y se produjo el milagro, como si fuera un regalo del destino.

El programa que dirigía se grababa en los estudios de K2000, en Galdakao, a las afueras de Bilbao. Después de terminar con ese proyecto volví a las oficinas de la productora, al centro de la ciudad precisamente, donde me esperaba una oficina. Fue la única vez que ocurríó algo así en toda mi vida laboral y duró muy poco tiempo. ¿El destino jugando en mi equipo?

En el plazo de un mes tendría que entrar en otro programa y recuperar el ritmo intenso, pero mientras tanto, me vi sin tareas concretas y habitando en solitario un modesto despacho que estaba dentro de un piso, en pleno centro de Bilbao. La estructura de ese libro bullía en mi cabeza. Sólo tenía que teclear. Y así lo hice. Aquel diciembre de 2001 llegaban de la calle los sonidos navideños de unos grandes almacenes y la flauta irritante de un "perroflauta"de reglamento.

No quería hacer una biografía. Quería contar una historia.

Billie Wilder decía que un buen guión debe empezar sorprendiendo y dejando al espectador con curiosidad. Es lo mismo que quería hacer yo. Empezar la historia con una escena impactante que creara interés en el lector. Así que recordé aquella brutal actuación en Eibar en la que casi nos matan. Ese iba a ser el principio, sí señor. El resto vino cuesta abajo.

Pero a la hora de salir a la luz no fue nada fácil el camino de “Flores en La Basura”. Ninguna editorial se interesaba -la mayoría ni siquiera se molestaron en contestar- y al final lo colgué gratis en la red gracias al ofrecimiento del gran Niko Vázquez.

Meses después, lo publicaría “Zirkus”, subsello literario de Illargi-Discos Suicidas, con un excelente diseño gráfico, de la mano de mi amigo (y bajista de Zarama) Alfonso Herrero.

Desde entonces, el libro sólo me ha dado buenas noticias: ha conseguido varias reediciones (una de ellas en Argentina) y muchas buenas opiniones, tanto de profesionales como de lectores agradecidos

La última buena noticia es esta nueva reedición de la mano de “Liburuak”.  Nuevos prólogos (a cargo de Roge Blasco y Gotzon Hermosilla), nuevos capítulos y una revisión integral de la edición en euskara para hacerlo más mio.


Flores en la basura es la historia de una pasión compartida, de un sueño hecho realidad, de un tiempo convulso y de un lugar especial. Escrito con corazón y sin freno de mano.

domingo, 9 de noviembre de 2025

EL DELIRIO


 Avanzaban ya los ochenta hacia su tramo final. El tsunami Kortatu había convertido en fenómeno de masas lo que pocos años antes era underground de gaztetxe y frontón.  

Parecía que la tarta estaba más que repartida y que un espacio tan reducido como Euskal Hernia no podría dar muchos frutos más. No, al menos, sin repetirse en sus fórmulas conocidas. Y entonces llegó aquella maqueta. 

No sabría decir cómo llegó a mis manos pero sí dónde la escuché por primera vez: fue en aquel programa increíble que ocupaba las horas centrales en las noches de Radio Euskadi: "Alguien te Está Escuchando" de Pablo Cabeza. Aquel sonido efervescente, aquella voz nasal y cadenciosa escupiendo textos en euskera de Mutriku

Tres temas bastaban para atrapar al oyente , para conseguir que  te enamoraras de ese sonido, de esas letras, de esa voz. 

"Asko", "Kontuz" y "Porky". La primera describía con desolada certeza la impotencia de verse atrapado por aquel maldito "Servio Militar Obligatorio" que ahora, algunos, pretenden recuperar. La segunda clamaba por el espacio propio y la tercera presentaba la candidatura del cerdito  "Porky" para ocupar Ajuria Enea. Títulos cortos para un power trio al que alguien definió como "Los Pistols del Cantábrico". Aunque las etiquetas suelen ser demasiadoreduccionisras, no andaba descaminado aquella definición. Delirium Tremens sonaban salvajes y espumosos como las olas de Saturraran y su puesta en escena, con el sobrio y carismático Andoni Basterretxea al frente, no podía ser más arrebatadora. 

Los vi varias veces en aquella primera versión trio. Recuerdo con esoecial cariño una tarde de domingo en el Gaztetxe de Bilbao y otra en Aste Nagusia, en la sección "bandas locales" .

Sonaban una y otra vez en nuestra guarida santurtziarra de la época, "La Herradura" (La Herra para los parroquianos) . La frase " kontuz, hemen ibili behar naiz" era como un mantra en nuestras bromas cotidianas. 

Luego, como tantas veces ocurre, llegó el éxito masivo. La banda fichó al gran Iñigo Muguruza y su primer álbum funcionó como un misíl. Su sonido y su puesta en escena mejoraron considerablemente, pero ya no era lo mismo. Recuerdo cierto bolo en la Plaza Nueva donde estábamos apachurrados como sardinas en lata. 

Sin embargo seguimos disfrutando de los muchos buenos temas que iban publicando: Boga Boga, Ezin Leike, Ni Naiz Naizena, Sua , Ikusi eta Ikasi...

Me sorprendió su repentina disolución en 1991 y más aun su arrolladora vuelta a los escenarios con ese potente  Ordago , que nos daba un buen sopapo como los que se dan en el clip. 

El próximo día 29 los Delirium se despiden de nuevo y esta vez voy a tener la suerte de compartir escenario con ellos. Lo haré primero con nuestra nueva flamante banda JAN! A la que han ofrecido el honor de abrir el show en la sala Santana 27 de Bilbao. Más tarde Tontxu y yo subiremos a escena con ellos para interpretar juntos Gasteizko Gaua, canción elegida por ellos en la que recordamos la masacre de 1976 en la que cinco obreros en huelga fueron asesinados impunemente. 

Así que aquí estamos, preparando el bolo con ilusión de chavales, agradecidos en el alma a Delirium por darnos esta pedazo de oportunidad y deseando vivir lo que será, sin duda, una gran fiesta .

Esto si que es un delirio. 



viernes, 25 de abril de 2025

LA MIRADA DEL PADRE

 


Imposible olvidarla. Yo caminaba joven y arrogante con mis nuevos amigos de cuero negro hacia el tren que nos llevaría a Barakaldo. Llevábamos encima todos los suministros necesarios para una noche de auténtico punk-rock destroyer , en aquellos locos ochenta en los que se podían exhibir botellas por la calle sin mayores problemas. El mundo era nuestro. ¿Me gustaban todos mis acompañantes? En realidad no. 

Podía sentir diferentes grados de afinidad y simpatía por aquellos compañeros puntuales de batalla, pero realmente no sentía, por ninguno de ellos, lo que se conoce por “amor”.

En ese momento vi a mi padre, que avanzaba con paso cansino hacia nosotros. Suponía un contraste indeseado. Llevaba su atuendo laboral de siempre: pantalones de tergal, zapatos de rejilla, camisa de cuadros, americana gris. Él volvía del trabajo, rumiando probablemente un día duro junto al torno y el estricto control del capataz.  Observé como se hacía a un lado a nuestro paso, entre sorprendido y algo temeroso ante aquel bullicioso tropel y aunque traté de evitarlo, finalmente nuestras miradas se cruzaron fugazmente. Para su sorpresa, yo formaba parte de ese grupo de gamberros intimidantes.

No me paré. Me limité a saludarle sin muchas contemplaciones. Íbamos con cierta prisa a coger el tren y además, no estaba en el código de los 19 años pararse por la calle a charlar con familiar alguno.                                                                                             Pero aquella mirada fugaz no me resultó inocua. Regresa a mí cada cierto tiempo, cargada de significado. A mi padre, a pesar de nuestras diferencias y de momentos en los que lo hubiera estrangulado, sí le quería. En buena lógica, si lo natural es pasar el mayor tiempo posible con la gente que queremos, yo tendría que haberme quedado con él. “Cuida lo que amas”, dicen.

Pero la vida, está claro, no funciona así. En la infancia lo adoraba y nada me hacía sentirme más seguro que su mano callosa y recia. Hasta los  catorce-quince años mantuvimos algún nivel de conversación. Las últimas las solíamos mantener en el balcón de casa.  Hablábamos de deportes, de recuerdos, de política. Yo me ponía pretendidamente bolchevique para marcar territorio y él, que venía de una infancia aterrada por la guerra y una juventud marcada por la escasez, me advertía  contra los peligros del fanatismo. La guerra había terminado unos 35 años antes, una distancia que entonces me parecía descomunal y ahora me resulta ridícula. Pero aquellas charlas se acabaron y llegó un tiempo de distancias y mutua incomprensión. Aquel día del concierto había también algo de decepción en su fugitiva mirada.

Con el paso de los años la he seguido interpretando y ahora, si tuviera que convertir en palabras el mensaje de sus ojos, creo que dirían algo así: 

“Es posible que estés haciendo el idiota, hijo mío, y poco puedo hacer al respecto. Me preocupa verte así, pero… qué puedo hacer yo. Estás en la edad de vivir la vida, lo entiendo, y te ha tocado una época en la que tienes libertad para hacerlo.  Pero no pretendas ser el más listo, el más nota, el gallito de la banda.  Habrá siempre alguien que te gane. Pero nunca pierdas el timón ni consientas que otros lo lleven por tí. Por lo demás... ya sabes donde estoy”.                                                                            Oscar Wilde dejó escrita aquella afinada cita: “Todos los hijos quieren a sus padres. Más tarde los juzgan y -a veces- hasta los absuelven”. Yo, desde luego, voy más allá de la simple absolución. Sí, es cierto, si me pongo a buscar encuentro sin problemas momentos en los que tal o cual decisión me parece errónea y hasta nefasta, también puedo recordar escenas de mierda y días oscuros pero ¿Quién no los tiene? y ¿Quién soy yo para juzgarlos? Después de una infancia repleta de miedos y privaciones dedicaron su juventud y su vida entera a trabajar para sacar a sus hijos adelante y lo hicieron con buenas dosis de cariño, comprensión y hasta humor, ¿Qué más se puede pedir? ¿Absolución? Vaya para ellos mi más sentida ovación.                                                             Mi padre murió con 61 años en 1987, al igual que le ocurría al protagonista de “El Extranjero” de Albert Camus, me resulta perturbadora esa sensación de que yo ya he superado con creces esa edad. Fue un hombre de su tiempo y su lugar, obrero metalúrgico de la margen izquierda, nacido y criado en Sestao entre los humos de Altos Hornos, viendo como su casa familiar se iba  rodeando de colmenas inhabitables. Mi madre, nacida en un pueblo de Aragón y criada desde los 5 años en Santurtzi, lo conoció cuando llevaba a su hermano Luis la comida a la fábrica. Los bailes del txitxarrillo de Portugalete hicieron el resto. Por eso se emocionaba tanto cuando escuchaba “Te Recuerdo Amanda” de Victor Jara. Tanto poteo y tanto tabaco acabaron prematuramente con el corazón de mi padre, que quizás confió demasiado en su buena constitución. Mi madre llegó hasta los 93 y siempre llevaré clavado en el alma el mensaje que me repetía y que yo también quiero inculcar a mis hijas: “Ten base, ante todo, en esta vida hay que tener base”.                                                                       Cuento todo esto porque, recientemente, vi a mi hija mayor y a sus alegres amigas adolescentes entrar en tropel en un vagón del  metro, camino de no sé qué fiestas patronales.  Iban cargadas de bolsas del hiper repletas de presuntas botellas. Se las veía felices, excitadas, riéndose y empujándose tontamente.  Justo yo salía de ese mismo vagón que ella se disponía a tomar. Nuestras miradas se han cruzado por unos instantes. La suya tenía algo de fastidio y una pizca también -quiero creer- de amor, además de  cierto brillo chispeante. Ha esbozado un tímido saludo y aunque ha dudado por un instante, finalmente no se ha parado a hablar conmigo.   

(Extraido del libro "Puto Boomer)   

    


miércoles, 12 de febrero de 2025

13 DE FEBRERO, DÍA MUNDIAL DE LA RADIO.



El Día Internacional de la Radio se celebra anualmente el 13 de febrero, conmemorando la fecha de establecimiento de la Radio de las Naciones Unidas en 1946.​ Esta fecha fue elegida específicamente para subrayar la contribución única de la radio en unir a las personas alrededor del globo. En lo que a mí respecta la radio ha sido (como oyente) fuente de información, placer y evasión, especialmente en los años de adolescencia y juventud. Después acabó siendo mi medio de vida. Este relato, publicado en su día en el libro “La Radio Encendida”, describe mi vivencia personal en un día cualquiera en los agitados ochenta.

UN DÍA EN LA VIDA.

El tren está atestado de figuras desoladoras como la mía. La lluvia crea deprimentes chorretones sobre los cristales mugrientos y los paisajes parduzcos y herrumbrosos de siempre parecen aún más amenazantes. Podría ser un miércoles mierdoso más, pero es aún peor. Ayer superé de nuevo la delgada línea roja del sentido común para embarcarme en una de esas noches hooligan con mis colegotas de “La Herradura”. No estaba previsto. De hecho, al llegar a Santurtzi, tras una larga jornada, estuve a punto de enfilar por un día el camino de vuelta a casa con la sana intención de acostarme pronto. Imbécil. Para cuando quise darme cuenta, mis pasos estaban ya subiendo la cuesta de la perdición hacia el bar donde todo el mundo sabe tu nombre, que cantaban en Cheers. “Te mereces un poco de diversión”, me decía a mí mismo en esas ocasiones, “a ver si todo va a ser currar y sobar”. De modo que, una vez más, me vi sumergido en la dinámica habitual de rock&roll/Voll-Damm/ fumeteo/risas que tan funestos resultados ofrecía al amanecer del día siguiente.                                                                                                             

Así que aquí estoy. En el tren siguiente al que he perdido, aferrado de mala manera a un asidero pringoso y luciendo unas ojeras que más parecen gafas.                                                                                 Estoy hablando del año 85 del siglo pasado y en algunas cuestiones se diría que se trata de la prehistoria: en aquellos vagones se fumaba con absoluta naturalidad y profusión y los “pikas” se dedicaban con tesón a perseguir cuadrillas enteras que viajaban “de colada” y que a veces ofrecían auténticos espectáculos acrobáticos.

A medida que mis brumas se disipan voy tomando conciencia de mis inminentes quehaceres: A las diez, rueda de prensa ordinaria que convoca el diputado general de Bizkaia, Makua. En principio no debe de ser algo demasiado complicado, se trata de colocar la grabadora, apuntar lo fundamental y después convertirlo todo en una de las noticias del informativo de las dos. No es actualidad taquicárdica ni previsible “scoop”, no tendré que esforzarme en dar con preguntas clave o en captar titulares. Soy un neófito de la información y a veces me veo perdido en selvas que en realidad no deberían pasar de jardines. Mi vida, por otro lado, es todo un homenaje a la ironía. Puedo estar un jueves cubriendo un lunch con la Confederación de Empresarios y el sábado llamando a la lucha de clases con mi banda rockera. Esta dualidad me sitúa a veces en situaciones esperpénticas. Mi mayor preocupación en esos momentos radica en el tiempo. He subido al tren en marcha y tengo por delante los minutos justos para hacer el recorrido hasta Bilbao, salir volando en “el apeadero”, atravesar como una flecha el parque, coger los bártulos en la emisora y situarme por los pelos en el lugar preciso. Sin embargo, algo empieza a fallar. En Sestao-Urbínaga el tren se ha retrasado en reanudar su marcha y ahora, en Olaveaga, a tan solo una estación de mi final de trayecto, el parón empieza a superar lo razonable y los nervios recorren los vagones en forma de murmullos. Efectivamente, una voz metalizada confirma lo que tememos: Señores pasajeros, por graves problemas surgidos en el trayecto, este convoy no puede concluir su recorrido. Rogamos lo abandonen a la mayor brevedad posible. Gracias.                                                    Así que corro. Corro sobre las vías, apartando pasajeros remolones y tropezando con raíles y traviesas. Corro entre obreros que corren en sentido contrario al mío dejando atrás un tren en llamas, corro entre botes de humo y pelotazos usando el pánico de gasolina. Corro entre coches sorprendidos y frenazos quemagomas generando amargas alusiones a mi familia. Corro atravesando el parque, propulsado por deyecciones caninas y en constante colisión con paraguas de todo tamaño y color. Corro hasta que mi pecho se alía con mi bazo y me exigen con sus punzadas que deje de correr. La puerta de la emisora se halla a unos quinientos metros y la rueda de prensa a unos diez minutos. No está todo perdido. Como es de esperar, Cristina, la recepcionista, no puede reprimir la carcajada. Mi aspecto debe de ser el de un pollo remojado y mi gesto, sin duda, conserva el estúpido rictus que da la velocidad. En unos instantes vuelven las malas noticias: –No quedan ya grabadoras. Hoy hay muchas convocatorias. “Como no vayas con esta”… Guti me lo dice con una mezcla de preocupación y guasa. Lo que me ofrece es un aparatoso modelo de bobinas que yo ni siquiera tengo el gusto de conocer. –Mira, es muy sencillo, éste botón a la derecha, este a la izquierda y esta palanquita en “on”. Si quieres rebobinar: aquí, y si quieres escuchar, aquí… ¿te repito? No, por dios. Me arriesgaré a confiar en mi memoria y sobre todo en la fortuna, aunque consciente de que hay un principio que se cumple en estos casos: “Si algo puede salir mal, saldrá”. Sólo hay que memorizar cuatro movimientos muy sencillos. Él lo hace con habilidad de prestidigitador, con esa misma que usan ciertos feriantes para venderte el cuchillo corta-todo que después no corta nada. No había tiempo para cursillos, así que cargo con la pieza de museo al hombro y me lanzo de nuevo a las calles con premura, confiando en mi memoria y en la suerte. Al menos no me ha visto el jefe. “Ten cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que se cumpla” debió de decir algún chino. Algo de eso me ocurre a mí. Si hace tan solo dos años me dicen que mi banda de rock iba a mantener una intensa actividad y que mi accidentada carrera de periodismo desembocaría en un curro fijo en la radio, habría cambiado  automáticamente de pitonisa. Sin embargo, las situaciones agobiantes son demasiado abundantes y cotidianas como para sentirme flotar sobre una nube. No, lo del día a día son más bien nubarrones, cuando no tormentas en toda regla y más desde mi ingreso en la sección de informativos.

Pocos meses atrás había conocido la dulce experiencia del programa propio. Un lienzo en blanco a llenar día a día con los colores que más me apetecían… entrevistas, montajes, música, sonidos de archivo, conversaciones con los oyentes… y encima un sueldo… demasiado, demasiado pronto. Todo se vino abajo cuando la dirección, en una maniobra tendente a subir la audiencia, fichó a la casi totalidad de la plantilla de los Cuarenta Principales con la intención de instituir una radiofórmula de “música y noticias”. Como mis músicas no cuadraban con los nuevos aires, me tocaron las noticias. El apasionante mundo informativo de la Euskadi de los ochenta: atentados recién cometidos, funerales encendidos, ruedas de prensa bulliciosas, obreros reconvertidos en luchadores callejeros, guerra de las banderas, “tostartekos” contra “armadores” … cada día podía verme en un nuevo planeta extraño, en otro conflicto de difícil interpretación donde era fácil dejarse llevar por lo evidente y difícil hurgar en las tripas de la verdad, o al menos en algo que se le acercara. A veces me sumergía en la más pura desesperación: una semana antes me había visto en medio del caos bursátil, tras ser enviado allí con una inquietante consigna: “Se rumorea que hoy va a pasar algo gordo en la bolsa, véte y entérate”. Sí, parecía que pasaba algo gordo pero ¿qué? Mis colegas (en sentido estricto) de otros medios, no tenían como prioridad explicarme nada y yo me movía entre aquellos psicópatas trajeados como si fuera invisible. Peor, como si fuera un estorbo Ni que decir tiene que mi falta de experiencia me crea problemas. Como bien suele decirse (gracias, Alkate) “cortando cojones se aprende a capar” y yo estoy todavía aprendiendo a manejar las tijeras (o como quiera que se llame lo que usen para capar, que ya me estoy cansando del símil). Como lógica consecuencia, no es extraño que a veces, dos minutos escasos de noticia me lleven un trabajo ímprobo y algún dato de interés se quede en la gatera. El día de la bolsa, por ejemplo, no pasó nada de interés, pero yo dejé pasar por alto lo que me dijo un broker jubilado con el que hice migas aquel día: “Tengo entendido que se van a fusionar las cajas de ahorros”. Lo comenté más tarde con otros periodistas, algunos “expertos” en el área económica y todo fueron sonrisitas y desdenes: “Es hasta físicamente imposible, habría muchas calles con dos sucursales de la misma caja”. Pues bien, pocos días después la noticia saltó a titulares y a mí se me quedó cara de lerdo, aún más de la que ya tenía.

La Gran Vía se va convirtiendo en un inmenso estruendo. Ese tren ardiendo que me daba la bienvenida a un nuevo día es un paso cualitativo en la desesperación de los operarios de “Euskalduna”. Las consecuencias en cadena, habituales en los últimos meses (intervención policial, cortes de tráfico, bomberos, ambulancias…) se han disparado hoy hasta crear un paisaje apocalíptico, como sacado de una película pesimista de ciencia-ficción. Braman bocinas y motores mientras los viandantes aceleran el paso con rictus de tensión. A mí, para completar el cuadro, se me va clavando en el hombro la correa del muerto que llevo colgando. Si tuviera que correr ¿qué hago con semejante lastre? “Bizkaiko Foru Aldundia”, “Diputación Foral de Bizkaia”. Aquí es. Siete minutos de retraso. Con el Cristo que hay en la calle seguro que empiezan tarde. Me lanzo escaleras arriba con decisión. Parece como si el artefacto del demonio hubiera perdido de pronto su peso. Mierda. Lo ha perdido de verdad. El enganche se ha soltado y el mamotreto boto escaleras abajo. Son solo tres botes, pero me duelen como navajazos en el pecho. ¡Ay, Dios! Un caballero de traje azul marino se ha visto sorprendido por la enorme bolsa negra que se le abalanzaba y lo ha asido cual pelota de rugby. Sin tiempo para explicaciones lo arranco de sus brazos farfullando disculpas y reinicio la marcha ciega. Solo tengo una idea difusa de dónde se halla el salón de plenos. Esas dos enormes puertas de vidriera parecen invitar. Hay luz adentro. Las acometo con brío y el estruendo acristalado al abrir parece asustar a una docena de reunidos en torno a una enorme mesa oval. –Perdón, ¿saben dónde es la rueda de prensa de Makua? Un silencio lánguido parece que va a ser toda la respuesta que merezco. Finalmente, uno de ellos, especialmente bronceado y repantingado, se digna en responder con tono cansino: –Las ruedas de prensa de la Diputación son en la Diputación… esto es Hacienda. Todos sonríen maliciosos al constatar mi error. Cuando vuelvo a cerrar las compuertas puedo escuchar sus risotadas. Es cierto, con las prisas no me he dado cuenta de dónde me metía en realidad. El maldito letrero me ha despistado. Me lanzo de nuevo a la calle donde la situación ha empeorado. Ahora el tráfico está literalmente parado y varios conductores se han bajado de los coches con aires de desesperación. El concierto de bocinas se une al de ambulancias impotentes. Un cielo roñoso dota al conjunto de un aura opresiva. “Por lo menos no llueve”, me digo mientras inicio una nueva carrera. Ahora llevo el peso sujeto por el asa y me veo obligado a cambiar de mano cada cuatro pasos. Me duele el corazón, me falla el resuello, son los doscientos metros más largos de mi vida. Finalmente me veo ante el palacio foral, pero tengo que atravesar una concentración de trabajadores de la limpieza que se agolpan en las escalinatas. Lo hago con tanta determinación que algunos congregados pierden el equilibrio. Subo los peldaños escuchando silbidos de fondo y alguna desagradable mención a mi querida madre. Las grandes compuertas de la entrada están cerradas. Me temo lo peor. Trato de abrirlas, el portón cede sin mayor problema, pero un policía foral me para en seco justo a la entrada.

–¿Adónde crees que vas? –A la rueda de prensa de Makua –consigo decir entre resuellos–.                         –¿Rueda de prensa? Hace más de media hora que ha empezado. No se puede pasar. –Un momento. Es muy importante que yo esté ahí –le digo mirándole fijamente a los ojos–. Te juro que si no me dejas lo voy a contar por la radio –añado, sin creer que soy yo el que suelta esas palabras–. En un primer momento la reacción del txapelgorri es un tanto desafiante, pero las consignas del grupo de la pancarta arrecian animados con la escena y finalmente cede. Más escaleras, más puertas. ¿Cuál abro? ¿dónde se sitúa la maldita convocatoria? Cuando mi respiración ahogada y mis latidos van recuperando su ser, creo escuchar un rumor lejano, teñido de cierta solemnidad. A medida que me voy acercando creo reconocer un timbre de voz enfático que podría ser el del diputado general. Abro tímidamente la puerta correspondiente y esta vez sí: varios compañeros de tareas rodean una enorme y lustrosa mesa presidida por José María Makua. Mi irrupción en la sala interrumpe levemente su discurso y hace girar cabezas hacia mi persona. –“Egun on mutil, jezarri zaitez”. Me dice el diputado, con tono campechano. Pero aún no voy a sentarme. Aprovechando que mi figura ha perdido interés, me sitúo en uno de los escasos asientos libres, en el extremo opuesto al orador y trato de sacar discretamente todo mi utillaje de la bolsa.

Como suponía, la carcasa trasparente que servía de tapa, se ha rajado ostensiblemente con la caída y las dos bobinas se han salido de su sitio. Empezamos bien. Extraigo el aparato entero, coloco las cintas en su lugar adecuado, inserto la clavija del micrófono y me repito mentalmente las instrucciones: “Izquierda, derecha, on”… bien. Muevo cada uno de los selectores tal y como –creo– me indicara Guti y… ¡sí! Las agujas de los vúmetros parecen moverse adecuadamente y un pilotito rojo sugiere que estamos grabando. Después del descalabro de las escaleras, es todo un milagro. Bien, Roberto, bien. Antes de dirigirme con mi artillería pesada hacia las inmediaciones del ponente, echo un rápido vistazo. Todos parecen ignorarme excepto una pelirroja de gafas redondas que me observa con disimulo y cierta guasa en la expresión. Los aparatos que arropan al mandatario son, en general, ligeros: seis o siete grabadoras de mano y un par de portátiles Sony con micrófono. Desde mi posición calculo el lugar donde voy a situar mi artilugio y su micro y emprendo la marcha. Procuro adoptar un aire indiferente, rutinario. Avanzo con el muerto del demonio, lo deposito en la mesa, acerco el micro a su posición y emprendo de nuevo la marcha al otro extremo. Durante la operación, el diputado ha tenido la deferencia de interrumpir su plática para permitirme maniobrar. Cuando ya ve que tengo el bolígrafo en la mano y el cuaderno abierto reanuda su speech, un vago listado de subvenciones a diversas entidades deportivas. Estoy a punto de respirar tranquilo pero lo mejor (o peor, según se mire) está por llegar. Las frases del político tienen de pronto eco. Peor. Tienen “rever”. Su voz se repite con unos segundos de retardo y ridiculizada por el sonido metálico del casete. En un primer momento tan solo muestra cierto desconcierto, pero el revuelo posterior entre mis compañeros de la prensa parece incomodarle:

–A ver, por favor, quíteme este tormento de aquí, si es usted tan amable. Me dice, no sin cierta irritación.

–“A ver, por favor, quíteme este tormento de aquí, si es usted tan amable”. Repite la máquina con tonillo robótico.

Los congregados estallan en una carcajada lacerante y yo me abalanzo hacia la grabadora sin saber muy bien para qué. Me siento un cruce entre Peter Sellers y el primer Woody Allen. Acciono botones y palancas en un afán represivo, pero no consigo parar su marcha. Justo al contrario. Alguno de mis movimientos provoca que los carretes inicien un avance enloquecido que termina por expulsarlos del aparato y entonces el descojono es ya desbocado. Para mi sorpresa –y alivio– compruebo que el propio diputado general se muere de la risa tapándose la cara con la mano. La rueda de prensa tardará cinco minutos largos en reanudarse. Para entonces el aparato del pleistoceno está fuera de combate y me las tengo que arreglar tomando apuntes como un descosido.

 

La sala está vacía. Hace unos minutos que el último periodista la ha abandonado. Estoy solo, desmadejado en mi asiento, contemplando un trasto agrietado y descompuesto. A través de la ventana puedo observar que la lluvia ha vuelto a escena. Si hasta ahora todo han sido despropósitos, lo que se avecina puede ser un cataclismo. A ver quién es el guapo que vuelve ahora a la emisora sin cortes de voz y con la grabadora escacharrada. Porca Vita. Justo cuando la desolación y un profundo sentimiento de Titanic anímico me van venciendo, algo me solivianta. Alguien ha posado su mano en mi hombro a la vez que enuncia mi nombre. Es ella. La pelirroja de la mirada acristalada.                                                                                                        

 –Perdona. Es que yo no voy a necesitar la cinta, porque soy de prensa escrita, si quieres te la paso…                                                                                                                                                         

 –Pero… ¿seguro?                                                                                                                                                         

 –Claro, otro día igual puede pasar al revés ¿no? Por cierto, yo que tú no me quedaría aquí mucho tiempo. De un momento a otro se va a montar la de dios.                                                        

Y sí. Cuando salgo a la calle “la de dios” ya está montada. El mundo parece caerse entre sirenas de policía, ambulancias, bomberos y bocinas cabreadas. Emprendo el camino de vuelta al redil. Hay palos, piedras y señales de tráfico torcidas. Hay consignas agrias y un rabioso chaparrón trata de borrar la humareda de los botes de humo. Pero todo me da igual. Un corazón feliz late en mi pecho y mis labios se arquean de forma inconsciente para silbar una estúpida melodía. La grabadora está rota, sí, pero…  “¿tú has visto el Cristo que hay en la calle? ¡Un milagro que haya llegado entera!”


 

martes, 11 de enero de 2022

URóBORO (Gotzon Bastida)

 

Un insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha verde en forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge ante él. Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros chalés con su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto. Durante un instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto lo hubiera vivido antes no una sino mil veces: el insecto, esa señal de tráfico vibrando por el viento, aquella sombra de un columpio proyectándose monstruosa sobre una fachada, el silbido lejano de un cohete, todo. Tras unos segundos, la sensación se desvanece. Y su alma regresa al coche.

                           Es Nochebuena, y en el interior de las casas burbujea la vida mientras los hornos jadean como ciclistas y las chimeneas arrojan humo a un mundo repleto de villancicos, estrellas fugaces, campanas hechas de papel dorado, rebrotes sicóticos, hojas de acebo, renos sonrientes, bajones anímicos, trineos voladores, dulces carcajadas y sabe Dios cuántas cosas más.  Su casa es una de las últimas del grupo, pero cuando llega a su altura, por primera vez en siete años, no se detiene. Al pasar, ha visto fugazmente la figura de su mujer sentada en la cocina. Se dice para sí que dará media vuelta un poco más adelante, que tan solo necesita un pequeño respiro, algún minuto más, aclarar las ideas a pesar de que lleva todo el día planeando ese momento, conteniendo la rabia, ensayando cada una de las palabras que quiere decirle.  Sin embargo, continúa rodando más y más hasta que la carretera vuelve a ascender dejando atrás el valle, las luces, las casas.

                          La autovía de la costa serpentea entre una empinada ladera a un lado y el océano al otro. La noche es despejada y no hay circulación. Hay colgada media luna de color lima allí arriba. Su brillo dulzón se desploma sobre el mar y le arranca destellos que danzan como dibujos de Disney. Baja la ventanilla un par de dedos y con el aire le llega un olor a salitre y pescado podrido. Es consciente de que cada minuto que pasa se acerca más al punto de no retorno. En el asiento de al lado deja que el móvil vibre. Y con cada uno de sus zumbidos, le llega una pregunta: ¿dónde estás, amor?, ¿pasa algo?, ¿estás bien?, hasta que finalmente el teléfono queda en silencio y algo esférico y velludo se revuelve en su estómago. Se detiene bruscamente y consigue abrir la puerta justo a tiempo para inclinarse y arrojar un vómito oscuro y violento para sobresalto de lunas afrutadas, océanos traidores y una araña cebra que, maldita casualidad, dormitaba en su tela ajena a todo y soñando con moscas grandes como sandías.

                          Algo más adelante gira a la izquierda, toma una vieja carretera comarcal en dirección a las montañas y consigue por fin dejar el océano a sus espaldas. De vez en cuando unas luces delatan alguna casa de campo muy a lo lejos. Le vienen imágenes de mesas atiborradas, niños furiosos y perros moviendo la cola. Cosas así. Ha apagado el móvil y lo ha tirado al asiento de atrás. No quiere verlo. El aire que ahora entra por la ventana huele a estiércol y de vez en cuando se oye el canto ronco de un pájaro oculto en algún sitio.

                         Tres kilómetros más. ¿Qué está haciendo? El reloj marca la medianoche y ella estará pasándolo mal de verdad. Habrá llamado a todos los amigos comunes, a los compañeros de trabajo, estará pensando ya en accidentes y hospitales. Le da igual. Quiere castigarla, destrozarla, hundirla del todo. Por cosas que él sabe y hubiera preferido no saber nunca. La carretera parece atravesar ahora un bosque. Hay gruesos árboles y una densa vegetación a los lados. Estira el brazo y palpa el asiento de atrás hasta dar de nuevo con el móvil. El coche zigzaguea peligrosamente en la noche invadiendo el carril contrario varias veces, aunque sin nadie a quien alarmar pues a esas horas la circulación es nula y el mundo parece vacío. Conecta, saltan llamadas y mensajes perdidos a los que no hace ningún caso. Reduce algo la velocidad para escribir el mensaje: “Estoy bien. Necesito pensar. Pocas ganas de sentarme contigo a cenar esta noche, la verdad. ¿Te imaginas por qué?”. Lo relee, duda unos segundos, pero finalmente lo envía así, frío como la hoja de un cuchillo. Aunque, ¿y si se está equivocando?, ¿y si todo tiene una explicación? Tiene ante sí una recta inmensa y acelera algo más mientras busca la foto en el móvil. No sabe quién la ha enviado, pero le da igual. La encuentra y la pone ante sí, apoyándola en la parte alta del volante. Ahí están las miradas de caramelo, la de su mujer, la del otro, los labios rozándose, la mano del desconocido apartando un mechón de pelo de la frente de ella, todo despidiendo un aire de complicidad tan intenso como él no ha conocido nunca, todo tan clásico, tan humillante, tan de folletín barato…Siente de nuevo la náusea, el dolor, el desgarro, pero también la duda. Una duda enorme y fatal. ¿Y si todo es una paranoia?  ¿Y si está siendo víctima de una broma siniestra? Tiene que dar media vuelta ahora mismo, tiene que volver y preguntarle y escucharla, tal vez haya una explicación para todo esto y si la hay quiere conocerla, de viva voz, mirándose a los ojos, aunque sea lo último que haga en la vida…

                       Levanta la vista de la foto justo para ver durante un segundo el ciervo parado en el centro de la carretera, iluminado por los conos de luz del automóvil. Un frenazo y un volantazo instintivos hacen que el coche empiece a girar sobre sí mismo en dirección a los árboles. Dentro del vehículo el tiempo parece transcurrir con una lentitud imposible. La noche y el mundo giran en torno a él en medio de un feroz estrépito de metal y cristales. Y a pesar de todo, a pesar de lo que está viviendo, de su contundencia física, de sentir la muerte tan cerca, su mente no se mueve un milímetro de una idea central: por favor, por favor, así no, es nochebuena, la noche de la bondad, la noche en que los deseos se cumplen…Y él no quiere morir sin saber la verdad, ese es su gran deseo y lo siente con una intensidad tan brutal que en el mismo instante en que el coche se estrella contra los árboles y todo se hace pedazos…

                        Un insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha verde en forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge ante él. Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros chalés con su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto. Durante un instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto lo hubiera vivido antes no una sino mil veces.

                          

 

 

 


lunes, 9 de marzo de 2020

CAFE CON ODIO

Maldita sea. ¡No puede ser!. Ese tipo se ha llevado mi periódico. No hace ni cinco minutos que han abierto esta,  mi cafetería de todos los días . Llevo años con el mismo ritual. Aquí tomo todos los días mi café con leche con un croissant a esta misma hora y echo una ojeada al periódico. Exactamente lo mismo que está haciendo ese tipo en mis propias narices. Su fea cara me suena. Seguro que conocía mi rutina y se ha adelantado a propósito. Ahí lo tienes. Desde aquí  puedo entrever qué parte del periódico está leyendo. Está degustando con deleite las páginas deportivas. Mastica despacio su puto pincho de tortilla mientras su mirada parece absorta en lo que lee. Se diría que está en pleno éxtasis. Ni siquiera ha reparado en mi presencia el muy cabrón. Joder, le odio con toda mi alma. Si, ya lo sé. Podría coger otro periódico distinto y conformarme con mi suerte. O, por un día, podría dedicarme a contemplar a la gente o a las moscas.
Ahora que recuerdo, sí, a ese tipo ya lo he visto por aquí antes, con su fea gorra de cuadros y su careto enrojecido y sin afeitar. Creo que ayer mismo le gané por la mano y se tuvo que conformar con un suplemento dominical que quedaba suelto por ahí. Claro. Hoy se ha jurado a sí mismo que llegaría antes que yo. Buitre. Pero qué digo. Yo también podría levantarme ahora mismo, acercarme hasta el kiosco y comprarme uno, claro. Pero no. No le voy a regalar una victoria tan fácilmente a ese usurpador. Mi rutina es mi rutina y no me la cambia nadie. Mira como sonríe el muy idiota. Se le ha quedado un sonrisa boba con lo que lee. Lo mato. Te juro que lo mato.
No tengo todo el día. Está claro que ese tiparraco está dispuesto a eternizarse aquí con un miserable café y un pinchito. No voy a  permitir que me amargue la mañana. Voy a aprovechar para leer mis guachaps. Veamos: “meme” sobre el coronavirus, video sobre el coronavirus, un tipo con bata blanca que tranquiliza sobre el coronavirus –y que ya me han enviado siete veces - ¿que dice este? “Confirmado primer caso de coronavirus en Balmaseda” veamos... mierda, el “negro del guachap” y su enorme atributo otra vez, ¿terminara alguna vez esta pesadilla? Voy a empezar a borrar “amigos” , esta invasión es casi peor que propia enfermedad. ¿Pero que hace ese tío? Esta charlando tranquilamente con esa señora mientras el periódico sigue ahí, abierto de par en par sobre la mesa sin nadie que lo lea. Noto que mis pulsaciones se aceleran, maldita sea. Voy a levantarme y se lo voy a quitar. Es más, voy a chocar “accidentalmente” con su mesa y le voy a tirar el café. Ahora entiendo aquel letrero en ese viejo bar de Pozas: “El que coja el periódico más de media hora deberá leer las noticias en alto a partir de ese momento”, siempre pensé que era de mal gusto...ahora lo aplaudo.  Este desgraciado lleva más de media hora. Ya se ha ido la señora. Voy a mirar fijamente en su dirección, A ver si se da por aludido. Ahora se ha quedado pensativo. Es mi momento. Allá voy.
_Perdona... ¿Te importa que coja el periódico?
_ Pues sí, la verdad.  Es mío. El del bar lo tiene aquella señora...
_ Uh...lo siento. (Mierda)       

                    

lunes, 29 de julio de 2019

EXTERMINIO DE LA RAZA DEL MONO





Una niña en edad de preguntar se dirige a su padre:
- Aita... ¿de donde venimos?”
Bueno, esta pregunta parece más fácil que otras. El hombre, que ha quedado con los amigos para ver el partido en el bar, improvisa una respuesta concisa:
-“Mira... En África, hace tiempo, hubo una especie de monos más listos que los demás. Poco a poco y con el paso de los siglos, esos monos fueron perdiendo pelo y se irguieron, hasta tomar el aspecto que tenemos nosotros”...
El pequeño se queda pensativo.
- “¿Está claro maitia? ¿quieres saber algo más?”
- “Mmm no, gracias”.
El padre se marcha contento, repasando satisfecho su discurso. “Vale, no ha estado mal la explicación”. La niña, sin embargo, en busca de una segunda opinión, se dirige a la madre, clavada ante la televisión.


“Ama, una pregunta... ¿de dónde venimos?”
Mmmm, bonita pregunta. Su madre recuerda la primera versión que oyó de pequeña. “Ya tendrá tiempo de escuchar otras”...


-“Pues mira laztana, Dios creo a los dos primeros humanos, guapos y listos como tú, se llamaban Adan y Eva y vivían en el paraíso terrenal. La única condición para seguir allí era la de no comer la manzana prohibida pero... no hicieron caso y Dios les expulsó. De aquella primera pareja descendemos todos... hasta que llegaste tú, tan guapa y tan lista como ellos....
- “Pues aita dice que venimos de unos monos”...
- “Mmm, bueno, a ver, yo te estoy hablando de MI familia”...


Me acordé de este viejo chiste viendo un documental sobre el comportamiento de los simios. Según decían, los capuchinos aceptan por amigos, sobre todo, a los seres humanos que imitan sus movimientos y gestos. Después de hacer muchas pruebas, los científicos han llegado a esta conclusión: a la hora de conseguir la empatía de los monos, el camino más directo es la imitación.
Ese reportaje me suscitó no pocas sospechas. ¿Hemos superado realmente ese comportamiento de nuestros antepasados? Los tatuajes, los lenguajes, las indumentarias, las modas en general... ¿acaso no son, a menudo, fruto de la pura imitación? ¿No usamos –de forma más o menos consciente- la imitación para conseguir la aprobación de un grupo?
¿Acaso no son, hoy en día, los Estados Unidos el gran mono que se quiere imitar en todo el mundo?
¿Acaso no es Hollywood el gran espejo mundial? ¿Somos monos en perpetua y mutua imitación?


Tras el reportaje y con esas dudas mosconeando en mi cabeza, me puse a ver el Teleberri. La primera noticia no podía ser más adecuada al respecto: Boris Johnson nombrado primer ministro de Gran Bretaña. La primera reacción internacional, como no, la de Donald Trump. El nombramiento -of course- le ha encantado. Ahora, en el Reino Unido hay otro tipo “pintoresco” de pelo rubio y raro, que quiere alejarse de los vecinos del sur cuanto antes, otro que está de cruzada contra el inmigrante y que pone a su país “first” por encima de las alianzas actuales. Si, al “Big Monkey” norteamericano le ha salido el imitador perfecto. Los dos, además, parecen considerarse de mejores familias que los demás. Los imitadores se multiplican por todo el mundo. “Exterminio de la raza de mono...¿quizás mañana será?”




martes, 23 de julio de 2019

BARCELONA BLUES





Estuve aquí por primera vez en mi primer viaje sin padres. Txus y yo vinimos a ver a los Rolling Stones, en un tren expreso que tardó un día entero en hacer el recorrido. Estuvimos cerca de una semana alojados en el barrio del “Clot”, en el piso donde vivían entonces mi abuela y su hermana. El día del concierto, los “grises” a caballo rodearon desde la mañana la plaza de toros de Las Arenas. Por la tarde, cuando estábamos entrando en el recinto, tiraron un bote de humo -todavía no sé por qué- y durante algunos segundos, fui incapaz de respirar. Creí que allí mismo se acababa todo. Otro escándalo en la biografía de los Stones, como el festival de “Altamont”. Pero no. La densa niebla se disipó y pudimos gozar de la actuación. Nos sentíamos en el centro del mundo. En el lugar exacto en el que debíamos estar. Pero el espectáculo, no había hecho mas que empezar.
Cuando estuve aquí por primera vez, tras una larga caminata, nos sentamos en las sillas de madera de la plaza Catalunya. Aquel señor mal encarado se nos acercó cojeando para cobrar el “servicio”. Cobraban por sentarse...qué bueno. No, gracias.


Cuando estuve aquí por primera vez, apenas había gente en el parque Güell. Tan solo alguna criada, con cofia incluida, cuidando al bebé de sus amos.
Cuando estuve aquí por primera vez, no se veía tanto extranjero. Como cantaba Gato Pérez: “Hay gitanos y judíos / valencianos, portugueses/ andaluces, africanos / isleños y aragoneses /  una Rambla rebosante/ de fecunda humanidad/ un oasis de tolerancia/ imposible de ocultar”.
Cuando estuve aquí por primera vez, en la sala Magic, tocaba Oriol Tramvia y en la Zeleste Paul Riva. Hippis barbudos se paseaban con discos de “Sisa” y la “Companyia Eléctrica Dharma”bajo el brazo. En la “Bodega Bohemia”, antiguas estrellas del “Cuplé” exhibían sus decadencia entre las chanzas de un público bien “perfumado”.


Cuando estuve aquí por primera vez Ocaña no era el nombre de un restaurante o el protagonista de una exposición. En aquel tiempo Ocaña hacía en las Ramblas sus “performances” . Pudimos ver a la policía disolviendo una a hostias y llevándose detenido al “alborotador”.


En aquellos días, en Las Ramblas, no había estatuas humanas, ni atentados yihadistas. Además de los puestos de flores y prensa , abundaban los músicos de calle y los tenderetes de partidos políticos, con los comunistas del PSUC como estrellas del momento. La reivindicación nacional más extendida era “Volem L'estatut”, visible en muchas camisetas.
Cuando estuve aquí por primera vez, Se veían muchos chalecos y greñas largas entre los chicos. Muchas chicas llevaban camisetas “sin suje”, al estilo de Carly Simon.


Cuando estuve aquí por primera vez, teníamos dieciséis años Txus y yo y no teníamos suficientes ojos ni orejas para absorber todo lo que nos rodeaba. Una vida larga y llena de emociones se abría ante nosotros; Barcelona era toda una promesa de libertad.
La vida me ha traído hasta aquí otra vez. En la soledad de esta habitación de hotel, tantos años después, constato de nuevo lo corta que es en realidad la vida. El paisaje de la calle ha cambiado por completo. Zombis sonrientes de variadas razas e indumentarias pululan en busca de la foto ideal.
Gato Pérez murió hace tiempo y yo, supuesto hombre adulto, sigo sin sentirme como tal.


Cuando estuve aquí por primera vez, de alguna manera, me quedé aquí para siempre.

jueves, 16 de mayo de 2019

EL ABRAZO


Corría el año 1982 y yo, desgraciado de mí,  estaba en la mili. Tras un par de meses de instrucción en Gasteiz, aprendiendo  a desfilar como un perfecto muñeco mecánico, me destinaron a Donosti, Brigada de Montaña. Nada más llegar al cuartel, se abrieron ante mi dos alternativas, a cual más temible. O me quedaba a disfrutar del campechano ambiente de las novatadas cuarteleras o me apuntaba voluntario a unas maniobras en los pirineos: “susto o muerte” , como en el chiste.
Los soldados veteranos eran otros pringados como nosotros pero llevaban allí unos  meses más. Eso los dotaba de una autoridad no escrita, emanada del hecho incontestable de que se irían antes. Ante nosotros se mostraban como tipos duros, curtidos, sin piedad. Su mero aspecto ya era un factor desmoralizador; si en unos meses habían envejecido tanto... ¡qué nos esperaba Dios mío!.     
Aterrorizar a los “conejos”, era una tradición, consentida por los mandos, destinada a ir forjando el espíritu castrense a base de bromitas inocentes como desfilar en calzoncillos en el amanecer helado o que un botarate borracho te rasurase los testículos con una cuchilla roñosa...
No tuve el “placer” de conocer esa experiencia, a mí me estaba reservada otra. Durante el viaje en camión hacia los Pirineos, apilados como sacos de patatas, me llegó una noticia que me dejó pasmado. Aquel hatajo de críos asustados éramos parte del “operativo para impermeabilizar la frontera contra posibles atentados de ETA”. Sí, éramos, se suponía,  como esos que pocas semanas antes había visto en la revista “Interviú”. Era como una película fantástica, como una pesadilla vivida en directo.
De la plácida vida de estudiante de periodismo/amigos/rock & roll/novia/militancia rojeras/tortilla recalentada,  había pasado en tiempo récord al mayor surtido de precariedades y sinsentidos que imaginarse pueda. Pelele sin derechos en manos de tipos amargados y a menudo alcoholizados que llevaban fatal eso de “la transición a la democracia” y vivían en perpetua paranoia en aquellos “años de plomo”.
El vetusto camión remoloneaba quejumbroso ladera arriba mientras una lluvia pertinaz y rabiosa embarraba el camino al infierno. Cuando por fin el agotamiento nos sumía en un sesteo precario, una voz ejecutiva conminaba a saltar y a empujar aquella mole cuaternaria atrapada en algún lodazal hasta que la rueda sufriente de turno dejaba de escupirnos fango.
Llegamos a la ladera de aquel monte donde debíamos montar el campamento con mucho retraso. Estábamos en el valle de Salazar, tierra originaria de mi familia paterna , que yo habría querido visitar en otras circunstancias.  
El panorama que se extendía ante mí era de una hermosura imponente. Crestas  pirenaicas difuminadas por una cortina de lluvia entre la que se adivinaban elegantes casas de tejados puntiagudos. Todo me llevaba inevitablemente al recuerdo de mi padre. El solía cantar, en cuanto se sentía a tono, aquella jota que me helaba el corazón: “En el alto el pirineo soñé/ Que la nieve ardía/ y por soñar imposibles soñé/ Que tú me querías”... El caprichoso destino quería que yo estuviera precisamente ahí, en medio de aquel entorno que él me había descrito con tanto detalle porque, ironías de la vida, a él también le toco conocer la tierra de sus antepasados durante su eterno servicio militar. Algo así como juntar cielo e infierno en un mismo espacio-tiempo.
-“Vayan montando las tiendas y rapidito, que ya está anocheciendo. Si falta alguna pieza se buscan la vida”.
Montar una tienda de campaña. Algo unido hasta entonces a vacaciones y alegría entre amigos era ahora una inquietante amenaza. ¿De verdad que teníamos que erigirla sobre aquel barrizal? ¿De verdad que teníamos que buscar palitos por el monte para sustituir los anclajes perdidos? ¿de verdad pretendían que pasáramos la noche allí? 
Una risa nerviosa y cantarina fue toda la respuesta que recibí a mis preguntas. Era la risa de Josean Albisu, recluta donostiarra y  hombre al que el destino (bueno, y el sargento Macarro) había tenido a bien ponerme de compañero de fatigas.
- “Vaya, esto le parece a usted muy gracioso. Cabo, apúntele a ‘risitas’ 15 días de arresto a prevención”...
Lo que se dice un buen comienzo. Pero nada grave comparado con la noche que se nos echaba encima. Tras un periplo tortuoso en busca del “palito perdido” , montamos aquel amasijo inestable en cuyo interior debíamos dormir. Lo intentamos, sí, pero fue inútil. Una y otra vez la construcción caía sobre nosotros sin remedio y una y otra vez salíamos a la intemperie de una noche de perros a tratar de de enderezar lo imposible. No éramos los únicos. En la inmensa negrura de la noche podían oírse las voces de otros reclutas maniobrando entre juramentos. Yo notaba que enfermaba por momentos  pero no llegaba a desesperarme del todo porque Josean, divina insensatez, seguía con aquella risa contagiosa, como si, efectivamente, se tratara de una divertida jornada de camping “un tanto” accidentada.
- Esto es la hostia tío... ja ja ja... De esta no salimos  ja ja ja...
Al amanecer y sintiéndome ya como una auténtica piltrafa, Josean me ayudó a llegar hasta el furgón/botiquín donde dormía placidamente el sanitario. Tras aporrear la puerta durante un buen rato, el tipo nos recibió legañoso, me puso el termómetro y me dio un par de analgésicos.  
-“Joder tienes mucha fiebre,  métete en la camilla  y ya aviso yo luego al sargento”.
El cabo de enfermería se volvió a dormir y yo me sentí flotando acurrucado entre las mantitas, al calor de aquella estancia climatizada.
Pasado un tiempo indefinido en brazos de Morfeo, la cruda realidad me dio una nueva bofetada. No, no fue el cabo quien me despertó, sino  la voz agria y etílica del temible sargento Macarro gritando a los cuatro vientos mi nombre y apellidos como si le fuera la vida en ello. Me puse la botas temblequeante y salí escopetado...
-“Estoy aquí mi sargento”.
Aquel tipo pequeño y malencarado vino hacia mí con paso resuelto y me estampó un puñetazo en el pecho.
- “¿Que coño hace usted ahí? ¿Es que no sabe que al botiquín solo puede enviarle un mando? Pensábamos que se había fugado. ¿Usted se cree que estamos de camping? Queda usted arrestado. En cinco minutos se presenta junto al aljibe”.
El aljibe: una cisterna de unos tres metros de largo con un grifo del que manaba un tímido chorrito de agua polar. Albisu y yo, al parecer los dos apestados del regimiento, nos encargábamos de limpiar vajilla, cubiertos y cacerolas de toda la compañía rascando con nuestros estropajos bajo aquel hilillo de agua turbia. Habría llorado, habría maldecido, me habría vuelto loco quizás ...pero ahí estaba el jodido Josean, partiéndose por el eje como si fuera la catarata del humor.
-“Joder Bilbo –ja ja ja- aquí hay mierda para aburrir –ja ja ja- parecemos los de Villarriba y Villabajo –ja ja ja-  No te agobies tío. Aquí se van a quedar con sus putos platos. Si se creen que nos van a amargar van listos...” 
Así que en eso debía consistir aquello de “hacerse un hombre”. Saber que tu calidad de vida puede, de la noche a la mañana, volverse nula. Asumir que debes obedecer ciegamente y sin rechistar a unos tipos que te odian. Constatar que estar enfermo, no conlleva necesariamente camita, medicina y mimos sino que puede ser causa de castigo... Comprender, en fin, que la condición humana puede ser mucho peor de lo que imaginabas y que la democracia puede hacerse añicos de un día para otro.  
Para completar el menú estaba también la muerte. Nunca antes me había planteado seriamente su cercanía, pero en aquellos días de fiebre y penurias llegué a pensar que en cualquier momento  podría desfallecer y quedarme para siempre entre aquellos valles.
Si las condiciones eran penosas para todos, Albisu y yo nos llevábamos el premio gordo. Todos los días participábamos junto al resto de la tropa en largas marchas monte a través, conociendo las poblaciones de la zona: Otsagabia, Jaurrieta, Itzalzu, Eskaroz... pero para nosotros no había derecho al descanso. Tras la comida y la cena los dos apestados estábamos obligados a hacer el más lastimoso fregado que imaginarse pueda y  por la noche, debíamos restar dos horas al sueño para hacer guardia al aire libre, provistos en caso de lluvia, eso sí, de unos impermeables mugrientos que pesaban como losas. Las risas, palmetazos y comentarios sarcásticos de Josean eran el único consuelo en aquellos días de espanto. Estaba convencido de que nadie podía estar tan mal como yo en aquel campamento siniestro, pero, al parecer,  estaba equivocado.
Fue en la tercera o cuarta noche de aquellas maniobras. El cabo de guardia subió hasta mi puesto acompañado del soldado que me había de reemplazar, un muchacho paliducho,  aterido de frío, que ni siquiera me miró ni pareció escuchar mis palabras de ánimo. Sabía, vagamente, que era de Alicante y días antes ya me había fijado en que portaba el fusil de asalto como si le diera repelús. Le esperaban dos horas plantado a la intemperie, en medio de ninguna parte, escuchando todo tipo de sonidos inquietantes surgiendo de una negritud insondable; justo lo que estaba yo a punto de dejar atrás.
Al poco de volver a la tienda y  embutirme en el saco de dormir, se escuchó una detonación lejana a la que no quise dar mayor importancia. Al amanecer, en formación de diana, el teniente Lopera nos informó escuetamente de lo sucedido. Un recluta “con problemas mentales” se había quitado la vida durante la guardia. No habría marchas en esa jornada y quedaban levantados todos los arrestos.
Entre las brumas de aquel domingo deprimente y lluvioso pudimos ver a lo lejos como una compañía de la guardia civil y un coche de la funeraria se acercaban al lugar y cumplían los trámites burocráticos del levantamiento del cadáver. No, lo de la muerte no era pura ensoñación en aquel entorno.
El terrible suceso cambió varios aspectos de nuestra vida allí. El cabo sanitario se acercó a mí durante la comida para preguntarme por mi salud y decirme que me acercara a su furgón por la tarde; lo hacía por indicación expresa del teniente Lopera (!). Allí mismo, en la “tienda-comedor” Lopera  nos conminó a contar “cualquier problema que tengamos” y a no “guardarlo para nosotros” . Entonces estuve a punto de ser yo el de la risa tonta, pero no era día para risas. El problema, para muchos de los presentes, era dónde poder llorar a escondidas.  
Las estrictas normas castrenses se suavizaron levemente tras el terrible suceso, pero el semblante de los soldados no podía ser más turbio. De un día para otro ya no era Josean el que me daba ánimos. El suicidio del recluta había cortado en seco aquellas carcajadas y ahora mi compañero de tienda mostraba su lado más vulnerable. Por la noche me rogaba que no dejara de hablar. Era incapaz de conciliar el sueño...
- Cuéntame una de esas historias que tú te sabes Bilbo... No puedo dormir.
“Aquellas historias” eran en realidad anécdotas exageradas que había leído sobre estrellas de rock, futbolistas y otros héroes de variado pelaje. Eran fabulaciones que me evadían tanto a mí como a él. Aquel entorno nos había vuelto indefensos. Repetíamos a edad tardía los miedos de los primeros días de colegio. En un tiempo record, aquel desconocido había pasado a ser una parte fundamental de mi vida. Nunca antes había sentido una confianza tan cálida e incuestionable. Las circunstancias extremas nos llevaron a confesar sentimientos que no habíamos contado antes a nadie. Alcanzamos un grado de amistad desconocido hasta entonces, una complicidad  esencial para que todo aquel horror no nos afectara más de la cuenta.
Los días de marchas sobre el barro y ranchos en vajilla de latón tocaron a su fin y la caravana de camiones desahuciados emprendió el camino de vuelta. El recuerdo del recluta que no volvía hizo correr otro mar de lágrimas mal disimuladas en la penumbra de aquel remolque.
De vuelta al cuartel Josean y yo fuimos trasladados a distintas compañías, alejadas entre sí y nuestras vidas cotidianas tomaron rumbos diferentes.
El estuvo destinado en el hospital de Burgos y apenas tuvimos un par de encuentros casuales durante la mili. Después de licenciarnos coincidimos alguna vez en el festival de jazz  y otra en una  manifestación anti militarista en Bilbao. Poco después alguien me dijo que ya no vivía en San Sebastián, que se había mudado con su moza, creo que a Leiza y que se había roto la cadera en un accidente de coche.
Han pasado treinta y seis años de aquellas maniobras. El viernes, mientras preparaba el programa en la redacción de la radio donde trabajo sonó el teléfono.
-“Hola Bilbo, Soy Josean Albisu... ¿te acuerdas de mí?”
- ¿Josean? ¿El que estuvo conmigo en la mili?
- “Si joder, el que estuvo contigo en el balneario de Otsagabía ja ja ja”.
Joder, la misma exacta risa de entonces...
-“Josean, qué sorpresa tío... te ríes igual igual, ¿donde andas?”
- “Estoy en Bilbo... He venido con un amigo al camping de Mundaka pero la tienda de campaña se nos ha hundido con la lluvia y el barro ¿te suena?”
- “Claro que me suena...joder esto es cosa del destino...”
- “Estoy aquí abajo, en la puerta de la radio... Me he acordado de que trabajas ahí. ¿Puedes bajar un momento?”
Casi antes de que pudiera acabar la frase ya estaba yo lanzado hacia la puerta. En el camino se reprodujeron en mí aquellas sensaciones de angustia, miedo e intenso cariño de casi cuatro décadas atrás. Aquella voz y aquella risa habían desatado algo en mi interior; algo que yo creía muerto, pero al parecer, solo estaba en letargo. Salí a la calle y miré por todos lados, pero no lo veía. Al otro lado de la carretera, sentados en un banco había dos señores de cierta edad a los que no distinguía bien porque me daba el sol de cara. Entonces uno de ellos, el más voluminoso, se levanto con dificultad y se acercó a mí cojeando...
“Que pasa Bilbo, ¿necesitas gafas o qué? Ja ja ja”.
No se qué pudieron pensar los que en aquel momento pasaban por ahí, pero os puedo jurar que nunca en mi vida he dado un abrazo tan largo y tan sentido. Estaba abrazando a un viejo compañero de fatigas, sí, pero era mucho más. Ahora sé que en ese abrazo intenso, vibrante, estaba el paso del tiempo, la compasión –y autocompasión- por la plenitud perdida, estaba aquella remota muerte compartida, estaban todos esos años de paréntesis y estaba, en suma, la conciencia incontestable de la fugacidad de la vida, algo de lo que te hablan los mayores y lees en los libros y escuchas en las canciones, pero no acabas de asimilar hasta que, de verdad, ese tiempo fugaz te planta ante el espejo.
Aquel abrazo fue como el de dos náufragos aferrados a los restos de un barco en la tempestad, pero con una diferencia. A nosotros nos esperaba un fin de semana de risas recuperadas.  

ROBERTO MOSO