Otra
vez votaciones. Es un ritual que, como tantos otros, va perdiendo morbo a
medida que se hace costumbre. Sí, es posible que el poder político esté cada
vez más mediatizado. Quizá tengan razón los que dicen que la democracia es de
mala calidad, que las elecciones no sirven para gran cosa, pero sea cual sea su
influencia real, hay algo indudable: El reparto de escaños, junto al número de
votantes que se quedan en casa, nos dará una foto bastante nítida de la
sociedad en la que vivimos.
Es más,
Bizkaia, Alava y Guipúzcoa, se llenan hoy de pequeños escenarios donde se
representan, con diversos, matices, obras teatrales que retratan nuestra
realidad.
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| Campaña de 1933. Jon Zabalo ("Txiki") |
Hace
muy poco tiempo (aunque a veces nos parezca que fue hace un siglo) esos teatros
que se montan en escuelas reflejaban hechos dramáticos: muchos de los
apoderados y algunos de los votantes, estaban protegidos por guardaespaldas. Una
relevante opción política, por su parte, estaba fuera de la legalidad. Tener
que ejercer de presidente, vocal o apoderado, era en esas circunstancias, algo
a menudo incómodo y desagradable. Por suerte para todos, esa parte de nuestro
argumento ya es historia. Hoy, previsiblemente, la oferta “teatral” vasca
perderá tintes dramáticos en aras de guiones más amables y costumbristas. Los actores de cada clase compartirán “hamaiketakos”
y comentarios “integradores” : “Si seguimos a este ritmo, para las cinco yo
calculo que habremos superado el cincuenta por ciento”, “Qué duras son estas
sillitas de escuela, hace tanto tiempo que éramos niños que ya ni nos
acordamos”.
Y es
que muchas de las pequeñas historias que hoy se viven, lo hacen con el
inconfundible y evocador olor de las aulas escolares. Esa química inimitable
que mezcla sudores, tizas, hormonas y gomas de borrar, que inevitablemente nos
sitúa en un entorno que un día fue disciplinario, inquietante, atemorizador. Un
entorno donde también se dirimen sordas batallas por el poder, donde también se
van perfilando “populares”, “pringaos”, “minorias” y hasta grupos
“extraparlamentarios”.
El de
hoy es un teatro entre vecinos. Con encuentros inesperados y especulaciones
silenciosas , “Este antes era de Eusko Alkartasuna, pero ahora no se donde
andará…no le veo en Bildu”… “Seguro que él está pensando algo parecido de mí”…
Y al
atardecer, a las ocho en punto: el acto final. La hora de la verdad. Los votos
se van contando a cara de perro y ya no hay lugar para bromas. Cualquier
pequeña rayita será “voto nulo” y sea cual sea el desarrollo de los resultados
nadie demostrará ni entusiasmo ni decepción evidentes. Al fin y al cabo, una
mesa electoral representa un micromundo de muy relativa representatividad.
La hora
de la verdad llegará más tarde. Los escaños bailarán y todos nos iremos
reflejando en ellos, tratando de adivinar cuanto puede cambiar nuestra vida a
partir de mañana. ¿Me cambiarán el jefe? ¿Será más posible conseguir un
trabajo? ¿Habrá paga extra de navidad? ¿seré recortado?
Preguntas que labrarán muchas ojeras y que
abrirán un mundo de especulaciones. Solo deseo que los legítimos ocupantes de
esas aulas, los que mañana las llenarán, puedan seguir representando esas o –a ser
posible- mejores obras, en el teatro de
la democracia
