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| Mapa del territorio reivindicado por el ISIS |
Hay un
capítulo en “Patria”, de Fernando Aramburu, en el que “Txato”, empresario al
que ETA viene amenazando de muerte, va con su hijo a La Romareda a ver un
Zaragoza-Real Sociedad. Hinchas furibundos se pasan el partido llamándoles
“terroristas”, “vascos hijos de puta” y demás lindezas habituales en la época.
Recordaba
esta paradoja -muy verosímil – hablando
con amigos de Girona, durante una recientes vacaciones. “A los catalanes nos
odian mucho más que a vosotros, y aquí no ha habido asesinatos, es increíble”. Ciertamente,
si nos fijamos, por poner un ejemplo reciente, en los estereotipos que aparecen
en las películas de los “apellidos”, los vascos podremos aparecer como brutos
pero el regusto final es de cierta simpatía. Los catalanes son retratados como
snobs y usureros sin demasiado margen para la empatía.
Mis
amigos del Ampurdá han abrazado el independentismo en los últimos años. La
serie de torpezas y humillaciones producidas de Zapatero a esta parte han
contribuido sobremanera a esta salida generalizada del armario. Sin embargo,
curiosamente, dicen no ser nacionalistas. A mí esto no me acaba de cuadrar. Parece
lógico que la reivindicación de un Estado propio parta de un sentimiento
nacional, ¿cuales son si no las razones para poner unos límites u otros a tu país?
Pongamos que aparece petróleo en el valle de Arratia, ¿bastaría el nivel de
vida que podrían alcanzar para reivindicar la independencia?
Mis
amigos de Barcelona (La Prospertitat, distrito de Nou Barris) en cambio, no son
independentistas. Nos tratamos con cierta frecuencia desde que organizaban
conciertos con grupos vascos en los 80. Ellos piensan, con la izquierda
clásica, que el nacionalismo siempre favorece a los poderosos, aunque apoyan el
referéndum como única salida democrática al problema. Por cierto, mis únicos
amigos independentistas y nacionalistas “de siempre” son valencianos.
Otra
paradoja bastante llamativa es la proliferación de grupos, dúos y solistas de
rumba catalana. En eso no hay diferencias, todo el mundo disfruta de lo lindo –yo
mismo tambien, sí- y no es extraño
escuchar en unas fiestas a uno de estos grupos, con cierto deje “sureño” y
aflamencado, cantando en castellano y gritando consignas “soberanistas”.
Y en
medio de tanta paradoja llegó la salvaje masacre de La Ramblas. Un joven
disfrazado de guerrillero y con acento andaluz, nos recordaba al día
siguiente los límites de su reivindicación nacional: “recuperaremos Al Andalus”, un territorio en
el que –por si alguien no lo sabe- incluyen por igual a todo lo que ahora se
conoce como España.
Que Alá
nos proteja.