viernes, 17 de abril de 2026

MAGNOLIA

Cuando cumplí cuarenta años decidí celebrarlo de una forma discreta, casi íntima, como si no quisiera hacer demasiado ruido al cruzar esa frontera invisible que separa lo que uno cree que es la juventud de lo que empieza a intuir que ya es otra cosa. No hubo fiesta, ni brindis multitudinario, ni discursos. Hubo, en cambio, una butaca en penumbra y una película de la que todo el mundo hablaba maravillas. Pensé que no había mejor manera de marcar el momento que dejarme llevar por una gran historia. Algo que, de algún modo, estuviera a la altura de la cifra. Pero no lo estuvo. A medida que avanzaban los minutos, empecé a sentir una incomodidad difícil de explicar. No era aburrimiento exactamente, ni siquiera rechazo frontal. Era más bien una sensación de desajuste, como si la película y yo estuviéramos en frecuencias distintas, incapaces de encontrarnos. Las escenas se sucedían con solemnidad, los personajes sufrían con intensidad, todo parecía diseñado para conmover… y sin embargo, yo no estaba allí. O peor: estaba, pero con una conciencia cada vez más aguda del tiempo que pasaba. Recuerdo pensar, con una mezcla de ironía y desasosiego: “Dios mío, estoy a punto de llegar a la mitad de mi vida —si todo va bien— y aquí estoy, desperdiciando dos horas en algo que no me dice nada”. Aquella idea se me clavó como una pequeña astilla. No dolía demasiado, pero tampoco desaparecía. Me hizo mirar el reloj. Me hizo removerme en el asiento. Me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que el tiempo no es algo abstracto, sino un recurso limitado que uno gasta, a veces sin darse cuenta, en cosas que no lo merecen. Y entonces surgió la pregunta, casi inevitable: ¿cuántas veces nos ocurre eso en la vida? No solo en un cine. También en conversaciones que no llevan a ningún sitio, en trabajos que no nos llenan, en relaciones que se alargan por inercia, en decisiones que tomamos por miedo o por costumbre. Momentos en los que, de pronto, algo dentro de nosotros se despierta y dice: “¿De verdad quieres estar aquí?”. Y la respuesta, aunque incómoda, suele ser honesta. Salí del cine con una sensación agridulce. No había disfrutado la película, eso estaba claro. Pero tampoco podía decir que hubiera sido una experiencia vacía del todo. Había algo más, algo que no terminaba de encajar en la categoría de “pérdida de tiempo”. Durante el camino de vuelta, sin prisa, empecé a darle vueltas a esa idea. Quizás el error estaba en medirlo todo en términos de aprovechamiento inmediato. Quizás no todo tiene que ser útil en el sentido clásico. A veces, lo que parece una decepción es simplemente una pausa forzada, una especie de espejo incómodo en el que uno se ve reflejado sin adornos. Aquella película no me había dado lo que esperaba, pero me había obligado a hacerme preguntas que llevaba tiempo evitando. Y entonces la reflexión cambió de dirección. ¿Qué pasaría si las decepciones no fueran un fallo del sistema, sino parte esencial del mismo? ¿Y si esos momentos en los que sentimos que estamos perdiendo el tiempo fueran, en realidad, pequeñas grietas por las que se cuela algo importante? No siempre es evidente en el momento. A veces hace falta distancia para entenderlo. Porque, al fin y al cabo, si no hubiera ido al cine aquel día, si no me hubiera sentido incómodo, si no hubiera tenido ese pensamiento casi dramático sobre la mitad de la vida… probablemente no estaría ahora recordándolo. Ni escribiendo esto. Y eso introduce una paradoja curiosa: aquello que parecía completamente inútil termina teniendo un valor inesperado. No por lo que fue en sí, sino por lo que provocó después. Como una semilla que no sabías que estabas plantando. Desde entonces, cuando me encuentro en situaciones similares —una charla insustancial, una película fallida, una tarde que parece deslizarse sin sentido— intento no reaccionar con tanta impaciencia. No siempre lo consigo, claro. Pero al menos me esfuerzo por pensar que incluso ahí puede haber algo rescatable. Aunque solo sea una idea, una frase, una sensación que más adelante encuentre su lugar. Quizás no se trata de evitar perder el tiempo a toda costa, sino de aprender a transformarlo. De aceptar que no todo va a ser brillante, ni memorable, ni digno de ser contado… pero que, de vez en cuando, incluso lo mediocre deja un rastro que merece la pena seguir. Aquella noche no salí del cine con una revelación cinematográfica. Salí con una pregunta. Y, con el tiempo, he aprendido que a veces eso es mucho más valioso.

No hay comentarios: