A veces pienso que no iba a la biblioteca a estudiar, sino a esconderme un rato del mundo. Tenía trece o catorce años y en Santurtzi todo me resultaba cercano, conocido, casi inevitable. En cambio, al cruzar la puerta de la biblioteca, el aire parecía otro: más quieto, más denso, como si allí dentro el tiempo caminara de puntillas. Me sentaba con mis cuadernos abiertos, decidido a concentrarme, con esa seriedad impostada que uno adopta cuando empieza a tomarse en serio a sí mismo. Pero la voluntad me duraba poco. Bastaba levantar la vista para que las estanterías me miraran de vuelta, cargadas de promesas. Los lomos de los libros eran como pequeñas puertas alineadas, invitándome a empujar cualquiera de ellas. Casi siempre cedía.
Había algo irresistible en ese gesto de abandonar los apuntes y dejarme llevar por lo inesperado. No elegía los libros: eran ellos los que parecían elegirme a mí.
Aquel día, sin embargo, fue distinto. Aquel día encontré uno que no solo me distrajo, sino que me cambió. Se titulaba "El otro árbol de Guernica". Lo abrí sin saber muy bien por qué, quizá por el peso de las palabras, quizá porque “Guernica” era un nombre que flotaba en el ambiente de casa, en conversaciones a media voz, en silencios que yo entonces no entendía. Me senté y empecé a leer. Ya no estaba en la biblioteca.
Las páginas me llevaron a otro tiempo, a otra realidad que, sin embargo, tenía que ver directamente conmigo, con mi tierra, con la gente que conocía. Por primera vez, la guerra dejó de ser algo lejano, borroso, algo que pertenecía a documentales o a historias contadas sin detalles. Allí estaba, viva, concreta, humana. Y dolía de otra manera.
Recuerdo cerrar el libro con una sensación extraña, como si hubiera descubierto algo importante que nadie me había explicado del todo. Afuera seguía siendo el mismo Santurtzi de siempre, con sus calles y sus rutinas, pero yo ya no lo miraba igual.
Volví a casa ese día con el libro bajo el brazo y los apuntes casi intactos. No había estudiado gran cosa, es cierto. Pero había aprendido algo que no venía en ningún temario: que los libros podían abrir grietas en la realidad, y que, a través de ellas, uno podía empezar a entender de verdad de dónde viene.
Desde entonces, cada vez que entro en una biblioteca, vuelvo a sentir lo mismo: que en cualquier estantería puede estar esperándome otra puerta, otro descubrimiento, otra pequeña sacudida. Por unos instantes recupero mis trece años. Feliz día del libro. Gora Santurtzi.

Nik ere irakurri nuen aspaldian. Ez da oso liburu ona, literaturari dagokionez, baina egia da interesgarria dela informazioaren ikuspuntutik. Ondo izan.
ResponderEliminarBere garaian asko gustatu zitzaidan. Geroago irakurri nuen berriro eta ez zen gauza bera. Baina hala eta guzti oso gomendagarria iruditzen zait.
ResponderEliminar