Amaba la velocidad, la sensación de que el mundo iba
quedando atrás a toda pastilla. Aceleraba, aceleraba a grandes impulsos hasta
que era incapaz de distinguir lo que había ante sus ojos. Corría y corría hasta
la extenuación sintiendo que la libertad invadía todos sus sentidos hasta
emborracharse de ella.
Cuando ya no podía más, bajaba de la rueda y se
dedicaba de nuevo a comer lechuga, beber agua y desplazarse con sus patitas
entre deposiciones, por esa jaula de mierda.