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lunes, 1 de junio de 2020

LA MUSICA ES INVISIBLE

La Venta de Borja
La música no descansa nunca. Ni siquiera en situaciones como la del confinamiento que hemos vivido. Desde los balcones han seguido sonando todo tipo de himnos y versiones y no son pocos los que han usado el streaming para presentar conciertos desde casa o dentro de iniciativas en recintos sin público. Además las plataformas digitales, la radio y la televisión. nos han ofrecido la oportunidad de consumir música en diversos formatos. La música está tan presente, que alguien podría llegar a pensar que ser músico es algo rentable y que se cuida en este Estado. Pues no. En la inmensa mayoría de los casos ser músico es una aventura ingrata entre nosotros.
No es fácil explicar el panorama actual del sector musical , ya que no es comparable la situación de un músico de jazz a la de un músico en plantilla de una orquesta sinfónica, un cantante de pop o una banda de punk-rock. Eso sí, hay un factor común a la mayoría: la precariedad, consecuencia directa de décadas de políticas culturales poco serias, que no abordan los problemas estructurales del sector .

No todos los músicos están en la misma situación. Los hay profesionales, que viven exclusivamente de la música contratados por una institución, incluso como funcionarios; los hay que trabajan por temporadas, y también los hay que compaginan su trabajos de músico con otras actividades más alimenticias.

No fue hasta finales de marzo cuando el Gobierno incluyó a las artes escénicas, la música y el sector audiovisual en sus medidas urgentes extraordinarias para hacer frente al impacto de la COVID-19. Las medidas adoptadas no alcanzan a los músicos que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera pueden acreditar las mínimas cotizaciones exigidas en el régimen de artistas para poder acceder a las ayudas ni estar incluidos en los ERTE, porque para ello es una exigencia estar dado de alta en la Seguridad Social.

Los músicos de alta en autónomos eran minoría al declararse la alarma (14,38%). Porque la mayoría lo hacen por la exigencia de las empresas que les contratan, privadas y públicas, para que les emitan una factura. Aunque sea legalmente una relación laboral por cuenta ajena, solo aquellos que tienen un nivel de contratación muy elevado pueden permitirse estar dados de alta como autónomos durante todo el año. El resto solo se dan de alta uno o dos meses al año para emitir las facturas de los trimestres que han trabajado o directamente contratan a una de las empresas que que viven de emitir facturas por el trabajo de los músicos a cambio de un porcentaje.

No se debería permitir que el dinero previsto para paliar una situación social grave de los músicos, se use para perpetuar una situación fraudulenta.

El sentir de los músicos al respecto lo explica muy bien a través de un vídeo publicado en Youtube por José, un músico de orquesta que a sus 39 años lleva ya 27 en el mundo de la música, "desde los doce". Reconoce que ha vivido siempre en un clima de incertidumbre laboral, "tal vez sea culpa nuestra, por no haber sido capaces de movilizarnos", reconoce, "esto nos ha cogido más en pañales que a nadie". Como apunta, son un sector que no suele tener contrato y que no tiene un salario mensual: "Tenemos el régimen de cotización especial de los artistas y sólo se nos da de alta por día trabajado, sin contemplarse tareas que nos llevan largas horas, como los ensayos".

Segín una reciente encuesta , cuatro de cada 10 músicos no tiene derecho a ningún tipo de ayuda. Años de fraude en la contratación pasan a día de hoy una factura demoledora con gravísimas consecuencias para un colectivo al que siempre se ha invisibilizado administrativamente o contratado en fraude de ley. Una profesión excluida socialmente y desprovista de derechos laborales. Lo más sorprendente de todo es que se trata de una actividad económica importante para el tejido económico, que mueve mucho dinero y un cupo importante procede de la administración pública, vía contratos directos, o vía subvenciones.

Uno de cada cuatro músicos, con antigüedad profesional mayor de 10 años, no tiene derecho a ninguna ayuda. ¿Qué profesiones conocemos que no permitan acceder a ninguna ayuda y/o prestación tras más de 10 años de antigüedad trabajando?

Tenemos a músicos contratados como camareros por horas, otros que se ven obligados a alquilar el local donde van a actuar. Entre los que dan clases en academias privadas la encuesta arroja que un 16,60% está con contratos mercantiles para dar clases, contratos por obra y servicio que duran años o fijos discontinuos que se paralizan durante el verano. También están las actuaciones cotizadas en el régimen general, la aun abundante inexistencia de contratos, y un largo etcétera de situaciones irregulares y fraudulentas en las que el único perjudicado es el músico profesional, el eslabón más débil, pero a su vez el más importante en la cadena de valor en la Industria Musical.

La música en vivo, como es de suponer, esta prácticamente en coma. Tan sólo el 18% ha logrado aplazar sus conciertos o derivarlos al streaming, mientras las innumerables pérdidas y cancelaciones de temporadas enteras se han multiplicado en los últimos meses.

Por cierto, respecto al streaming: “Tan sólo un 1,02 % de las actuaciones han sido remuneradas y con alta en la Seguridad Social.” O se regula el “On-Line” desde el principio con las mismas condiciones laborales que el físico y los derechos de Propiedad Intelectual pertinentes, o se convertirá nuevamente en otro tipo de “contenido al peso”, con que comercian las grandes plataformas aprovechándose de la precariedad de un sector en constante crisis desde el año 85. Otras medidas como implantar una “Renta Mínima de Subsistencia” hasta que se pueda reanudar la actividad, crear una “Oficina de Atención al Músico”, la puesta en marcha del Estatuto del Artista que establezca un nuevo marco jurídico… también han sido declaradas de urgencia para la supervivencia de un colectivo que no puede ser de nuevo abandonado a su suerte.

jueves, 24 de agosto de 2017

CONFESIONES DE UNA MILF


Hay quien escribe libros sin tener nada que contar y hay quien tiene mucho que contar y se lo guarda bajo llave. Hay también trayectorias vitales que merecen, exigen, al menos, un libro que las refleje.
Nacida a mediados de los cincuenta Viv Albertine compartió escuela en los sesenta con  los hermanos Davies (futruros Kinks)  –algo mayores que ella-. Vivió de cerca la Beatlemania, la Rollingmania y la psicodelia. Vio a David Bowie antes de hacerse famoso lanzándose a un público sorprendido y el duque blanco la pisó con su botaza para encaramarse de nuevo a escena (“no es tan refinado como parece”-pensó-) . Mediados los setenta fue novia de Mick Jones de Clash, compañera de batallas de Johny Thunders, compartió grupo y amistad con Syd Vicious (“tras su apariencia desenfadada escondía una gran ambición”), se movió en los ambientes de la mítica tienda SEX junto a Rotten, Steve Jones, Siouxie, Malcon Mclaren, Vivienne Westwood  etc y lideró la banda señera del punk femenino en el Londres de la época: “The Slits” (Las Rajas).
Semejante trayectoria justificaría ya un buen libro sobre sus vivencias. De hecho, cuando tuve noticia de su existencia, pensé que sería otra crónica más sobre la era punk, como tantas otras que hemos conocido. Pero lo que te encuentras es más, mucho más.
Porque además de lo relatado, Viv Albertine fue abandonada por su padre francés cuando era una niña, contrajo ladillas en sus incursiones por los pisos ocupados holandeses, probó todas las drogas imaginables, vivió el trauma de abortar con el agravante de hacerlo en años muy hostiles al respecto. Tras su periplo musical y tras un periodo de depresión se puso a estudiar cine y dirigió varios cortos. Más tarde se casó con un motero y vivió varios años con “maridito” y con su hija en una elegante casa de la costa donde ella trató de ejercer de madre convencional.
Su largo y tortuoso proceso hacia la maternidad derivó en un cáncer de útero que finalmente superó. Después llega el traumático divorcio, la vuelta a los escenarios y el reto de enfrentarse con cincuenta y tantos a públicos de pub y locales de ensayo “de esos que tienen pollas dibujadas”. Viv Albertine no vuelve para rememorar el pasado, lo hace para componer nuevas canciones en las que relata, con humor corrosivo, la experiencia de ser una mujer madura en el nuevo milenio, con temas tan elocuentes como “Confessions of a MILF”.
Cuando menos se lo espera, una pujante realizadora la propone como protagonista de su nueva película. Para que no falte de nada también se enamora, tras su divorcio,  de un maltratador y vive la experiencia –como es tristemente habitual- con una mezcla de pavor y dependencia.
Albertine tuvo la oferta editorial de contar sus aventuras y dejar que un “negro” las redactara. Pero ella prefirió hacer el libro de puño y letra y creo que es muy de agradecer. "Ropa, Música, Chicos" es un relato que rezuma franqueza, que huye de la autocomplacencia y que va mucho más allá de ese título un tanto frívolo que se queda muy corto.  El punto de vista de una mujer como Viv, añade unas tonalidades nuevas a los retratos de los héroes del punk. Aquí aparecen sus grandezas, si, pero también los vemos vulnerables, ambiciosos, salidos y hasta desagradables.
Arantxa Urretabizkaia suele decir que los lectores masculinos somos homosexuales porque solo leemos a hombres y por lo que he comprobado no le falta razón (aunque ella es, en mi caso, una de las excepciones). El de Viv Albertine es uno de esos libros que animan a la bisexualidad.   
   


martes, 26 de agosto de 2014

ONCE

Hace frío en Dublín. Una ciudad donde la música está en todas partes. El músico callejero trata de hacerse oír combatiendo la indiferencia, la feroz competencia, la picaresca de los desahuciados. En la funda de su guitarra hay algunas monedas al anochecer. Entonces se permite dejar de ser complaciente y se anima a cantar sus propias canciones. Una de ellas parece ser un desgarrador reclamo. Parece dirigida a un amor huido, frustrado, lejano. La calle parece desierta pero no lo está. La joven del abrigo y ojos tristes se ha parado intrigada por esa letra, por esa voz rota, por esos acordes doloridos que llenan el aire helado. Al terminar ella le echa una moneda y él no puede evitar cierta mofa - "10 céntimos, menuda fortuna". En realidad sí lo es. Ella es checa y vive con lo justo en los extrarradios de la ciudad, junto a su madre y a su hija. Ella también sabe tocar. El dueño de una tienda de instrumentos le permite probar sus pianos. Entre los dos surge una historia tan bella y melancólica como el paisaje que la rodea. Hay dos protagonistas presentes y otros dos ausentes. Estos últimos no lo saben, pero condicionan de forma fatal el destino de esa relación. Una historia de amor donde el sexo es sustituido por la música. Un argumento tan simple como verosímil trenzado a base de canciones que saben a lluvia y a soledad. Once es una película donde la música es omnipresente, tratada con un protagonismo y un gusto nada habitual en el cine. Una cinta para dejarse acurrucar que te deja con ganas de mas. Me la recomendó recientemente Bruno Pekín y ha pasado a mi lista de películas musicales imprescindibles junto a "The Future is Unwritten", "The Commitmen", "Control", "Tommy" , "This is Spinal Tab" o "Buenavista Social Club".