Mila esker.
miércoles, 4 de septiembre de 2024
PUTO BOOMER.
martes, 29 de marzo de 2022
VINILO TEMPORE. (Gotzon Bastida)
“A
menudo recuerdo cosas que no he vivido.”
Los domingos, a eso de las once de la
mañana, echaban a andar en dirección a Santurce atravesando zonas sin edificar,
vacíos interestelares llenos aún de maleza y deshechos por los que corrían perros
sin dueño, recorriendo un camino de tierra que seguía el trazado del muro de la
fortaleza de San Juan de Dios, dejando a la izquierda el poblado de las Casas
Prefabricadas de El Burgo, construidas para alojar entre paredes de papel a los
afectados por las explosiones del gas butano, hasta desembocar en la carretera
nacional a través de un pequeño túnel peatonal que conservaría mucho tiempo
-como si de una siniestra advertencia se tratara- sus paredes ennegrecidas por
el humo y el fuego de alguien a quien habían quemado allí mismo (¿quién? ¿por
qué?). Llegaban luego hasta una sala de juegos situada en una de las primeras
calles del pueblo, donde jugaban unos futbolines, tal vez unos petacos, todo
tan físico, tan profundamente orgánico aún, tan confiadamente ajeno a la
ofensiva que la SEGA Corporation, Arcade y los Space Invaders estaban a punto
de desencadenar y que partiría la Historia en dos poniendo el mundo en sus
manos… Salían de allí para recorrer más calles – mediodía: panes bajo el brazo,
zapatos de ir a misa, olor simultáneo a colonia,
gasoil, lejía y café- hasta llegar a la sala Young´s de Las Viñas, en cuyo
interior les esperaban, entre las nebulosas fosforescentes de una realidad
paralela, las actuaciones en directo de Storm, Triana, Burning, Bloque, Fusioon.
Aun eran demasiado jóvenes para beber, para fumar, para follar (siempre que no
fuera en sueños) o para preocuparse por el qué pasará mañana. A sus quince años
eran tan solo agentes infiltrados en un mundo que aún no era el suyo, pero que
lo sería pronto. Cuando eso sucediera, el fin de la inocencia sería el precio a
pagar, pero qué más daba: era algo que iba a suceder hicieran lo que hicieran. Así
que cuanto antes, mejor. A una edad en tierra de nadie, sin asideros, en la que
tan fácil era quedarse a la intemperie, vagando en la inmensidad de un espacio
helado y vacío, la música les servía como una estrella en torno a la que orbitar;
un motor que les empujaba a moverse, caminar y explorar el mundo que les
rodeaba, además de un vínculo de acero entre ellos. Ellos: esos mismos cuatro
pelagatos que algo así como dos horas después de haber entrado, emergían de las
tinieblas del Young´s a la luz del día con ritmo de samba en las venas y todas
las áreas del cerebro recalentadas en su empeño por procesar semejante ensalada
de nuevos estímulos. Y, como si estuvieran de pronto rellenos de helio,
flotaban ingrávidos acera abajo hasta la calle del Dólar para aprovechar que El
Delfín Verde –agazapado en una de sus bocacalles- permitía entrada libre en el
último tramo de su sesión matinal. Una vez dentro, fascinados por la calidad
sobrenatural del equipo de sonido, cautivos de los haces de luz de la bola de
espejos y el ir y venir de los focos giratorios, tonteaban por la pista,
rehenes de los arreglos siderales del “Papa was a rolling stone” de The
Temptations, del desparpajo orquestal del Nuevo Sonido de Filadelfia, del acrobático
humor amarillo de Carl Douglas y “Kung Fu Fighting” o de la perversidad
adolescente del “Sugar Baby Love” de The Rubettes. Hasta que de pronto se
encendían las luces con una canción lenta que era siempre la misma y que venía
a decir: todo el mundo fuera. Y entonces desandaban el camino, Los Cuatro. De
vuelta al hogar. Y tal vez eligieran en esta ocasión volver a través de las
humaredas de las parrillas de sardinas del puerto, recorriendo el paseo del
Relleno por toda la dársena hasta alcanzar la Náutica y las piscinas de su
infancia, cruzando el parque de los monos estremecido como siempre por los
graznidos de los pavos reales, empezando a divergir a partir de ahí sus
vectores hasta colocar a cada uno de ellos ante su propia comida familiar,
inevitablemente conectados por los hilos invisibles de lo vivido, la sólida textura
de un domingo cualquiera al que aún le quedaba la mejor de sus dos mitades: la
tarde.
1
«Muchos
años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía
había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el
hielo.”
“Cien años de soledad”
Las
epifanías y el contacto con lo mágico se producen a edades tempranas. En los
sapiens, a partir de cierto momento, pongamos los trece años, la materia gris
disminuye en tamaño y las sinapsis neuronales se reducen sensiblemente. Como
contrapartida, las conexiones que permanecen se especializan en la efectividad.
Efectividad frente al mundo que les rodea. Pragmatismo. De pronto, la fantasía
pasa a ser una amenaza, una rama sobrante. Hay que poner los pies en el suelo.
Bajar la cabeza de las nubes. No mirar volar las moscas. La mecánica corporal
se concentra en la adaptación y la supervivencia. Todo lo demás es apartado.
Desaparece. O se esconde en una remota región interior esperando el momento
propicio para reaparecer…
Por lo
que se refiere a A.M., sus tres iluminaciones, así es como él prefiere
llamarlas, todas ellas previas a su adolescencia, son:
Primera Iluminación: Round & Round
“Me
veo, no sé a santo de qué, en la casa de Alberto Arana. Ambos somos amigos de
las monjas, Colegio Santa Ana, Portugalete, algo así como el preescolar.
¿Tendremos cinco, seis años? El portal es el primero de la calle Carlos VII. El
número 2. Haciendo esquina con General Castaños. Una casa alta para la década
de los sesenta, casi un rascacielos. Aún sigue ahí. Idéntica a sí misma, a
pesar de los años transcurridos. Un lugar también para las noticias luctuosas
pues, desde tiempos inmemoriales, hasta hoy, las funerarias exponen en su
fachada las esquelas de los muertos del pueblo. Impresos rectangulares con la
foto del que se ha ido, nombres de los familiares, hora y lugar del funeral y
que en paz descanse. La lluvia los golpea con frecuencia y los papeles acaban
disolviéndose sobre la acera, esa misma acera que los muertos habrán pisado
tantas veces. Resulta que como el padre de Arana es marino, la casa está llena
de cosas raras. Exóticas. O eso me parece. Estamos en la cocina, que es
amplísima, y Arana me va a enseñar su último juguete. Aparece con un enorme
platillo volante con ruedas que deposita en el suelo y que empieza a rodar
sobre las baldosas hasta chocar con la pared y entonces ¡cambia de dirección! Y
sigue rodando hasta topar, un par de metros más adelante, con la pata de la
mesa… ¡y lo hace de nuevo!¡Gira él solo! No daba crédito. Mi cabeza humeaba…
¡Aquel cacharro podía estar rodando de un lado para otro hasta el juicio final!
¡Si lo bajáramos a la calle y lo dejáramos sobre la acera, daría la vuelta al
mundo!¡No se pararía jamás!”
Segunda Iluminación: Invisible Touch
“Un
día mi padre saca del bolsillo un trozo de metal oscuro, feo, irregular. Del
tamaño de un dedal. Lo pone sobre la mesa de madera del comedor. Agarra unos
alfileres que había por allí y los sitúa a cinco o diez centímetros y de
inmediato se desplazan por sí solos hasta agarrarse con fuerza al metal. ¡Un
imán! Cráneo humeante de nuevo. ¡Así que había fuerzas invisibles que podían
mover las cosas! ¡Con un imán gigantesco se podrían arrastrar camiones y
derribar aviones y vete tú a saber cuántas cosas más! Me pasé el día probando
aquel prodigio sobre todo tipo de superficies y descubriendo que no todo lo que
parecía hierro lo era en realidad y que la potencia de un imán era capaz de
traspasar el plástico y el papel. Todos los días de los meses siguientes, sacaría
algún momento para dar vueltas en mi sesera al vital asunto de “cosas que se
podrían llegar a hacer con un gigantesco y poderosísimo imán”.
Tercera Iluminación: The Art of Noise.
“Doy
un brinco en el tiempo. Tendré ya trece años. Mi tío Santi, hermano de mi
padre, trabaja como empleado en una tienda de electrodomésticos de Portugalete.
Un día, como yo llevaba tiempo dando la tabarra con la idea de un tocadiscos o
al menos un transistor para mi uso exclusivo (ya asomaba sus antenas y parte de
su cuerpo segmentado el gusano musical), aparece por casa con un radiocasete
(sería más apropiado decir un reproductor de casetes, es para lo que servía,
allí no había radio alguna incorporada). Lleva una cinta de demostración de
música orquestal que suena bien y nada más. Pero luego pone una cinta virgen,
vuelve a introducir la mano en la caja de cartón y extrae, envuelto en su
plástico, un rudimentario micrófono. “Y
con esto se puede grabar lo que quieras”, dice. Conecta el cable a una compleja
entrada lateral. Presiona a un tiempo dos teclas y me acerca aquel artilugio…
“Di algo”, “¿Y qué digo?”, “Lo que quieras”, “No sé qué decir”, “Con eso ya
vale, verás” ...Apartó el micrófono, rebobinó la cinta, dio al play y… ¡eran
nuestras voces! ¡El momento que habíamos dejado atrás estaba atrapado para
siempre allí dentro! Nunca hubiera podido creer que fuera así de simple.
¡Podría cazar todos los sonidos, todas las canciones, las voces, la vida
entera! No es que deseara aquel trasto… ¡es que lo necesitaba más que al aire!
¡Sería mío y nunca me separaría de él! Y eso es lo que hice. De alguna forma.”
2
Acabábamos de estrenar la década de los
setenta. Toda la familia comíamos en la mesa de la cocina. La radio estaba
sobre el frigorífico. No era ya una de aquellas soñadoras y hermosas radios
grandes a válvulas con el nombre de todas las ciudades del mundo escritos en el
dial que morirían ejecutadas por la llegada de la frecuencia modulada. Tuvimos
una de esas, por supuesto, cálida y barroca, de arquitectura única, pero había
expirado poco tiempo atrás. Como Hemingway, tiró la toalla cansada de luchar
contra un tiempo que la excluía. Y un día, sencillamente, entregó su alma con
un último suspiro y dejó de “andar”. Su sucesora estaba hecha de otra pasta. En
realidad, ya no era una radio propiamente dicha: se trataba de un transistor
forrado con una gruesa funda protectora que lo defendía del polvo y la suciedad
y dejaba acceso a los botones fundamentales. Echaba humo todo el día, ese
transistor. Dale que te pego con las voces marciales de siempre dando las
noticias de siempre. Curas impartiendo sermones apocalípticos desde locutorios
franquistas con olor a incienso. El Ángelus a las doce en punto. Empalagosas
voces blancas reclutadas en la Sección Femenina de Falange leyendo la
programación del día. Consejos comerciales doblados por el peso de la caspa,
pero aun así entrañables. Yo soy aquel negrito. Soberano es cosa de hombres.
Mantenga limpia España. Pero de un tiempo a esta parte algo estaba cambiando
ahí dentro. Surgían nuevos lenguajes, nuevas propuestas. Todavía eran tan solo
excepciones, islas diminutas en medio de un aburrimiento oceánico, pero crecían
y se multiplicaban con rapidez. Desde esos rincones del dial nos llegaban por
fin canciones que parecían hechas para nosotros… Y ahora, gracias a aquel
ingenio grabador de mi tío Santiago, yo podría capturarlas en una casete y disfrutarlas
cuando me diera la gana. A la hora de comer, los todavía larvarios 40
Principales eran una buena oferta. El micrófono llevaba un sencillo accesorio
de plástico que se le acoplaba y le hacía levantar el morro, como un mortero en
zona de guerra. Colocados uno al lado del otro, mi nuevo aparato empequeñecía
al transistor hasta hacerles parecer Godzilla y la Hormiga Atómica. Antes de
sentarme a la mesa dejaba todo el tinglado dispuesto. Luego empezaba a comer
convertido en un ceñudo tirano atento a la voz de los locutores. Al anuncio de
determinada canción, abandonaba de un salto el zancarrón con tomate para
lanzarme sobre la nevera exigiendo silencio a todos mientras ponía el trasto a
grabar presionando dos de sus teclas al tiempo. Si en algún lugar hay un
registro de los momentos estelares de la petulancia este ocupa, a buen seguro,
un lugar destacado. ¿Se puede ser más cretino? ¿Simplemente, por qué no me arrojaron
por el balcón y luego siguieron a lo suyo? Y así día tras día, tensando el
microclima familiar con mi antojo, acumulando grabaciones y broncas, hasta
cosechar finalmente un C60 con unas diferencias atroces de volumen,
interferencias, tajos a destiempo y en el que, mezclado con el “Vals de las
mariposas” de Danny Daniel, podía oírse el sonido de las cucharas sopeando, el
siniestro arrastrar de banquetas y la tos de mi abuelo.
3
estamos Los
Cuatro sentados en la terraza de un sitio que se llama el Kubrick Bar y me
parece curioso que se llame así porque las pelis de Stanley tienen lo suyo en
música el tío se lo tomaba tela en serio como por ejemplo las cosas
sintetizadas que suenan en la naranja mecánica o el así habló Zaratustra de la
escena de los monos de 2001 uf mucha música en ese y también el recuerdo de Schubert maravilla piano cello violín en Barry Lyndon y
más cosas porque la chaqueta metálica también guau que sí Kubrick maniático
obsesivo insoportable genial y es la una y media y tomamos vino blanco y
cerveza mientras vemos cómo la línea de sombra se desplaza poco a poco hasta
devorarnos por completo como uno de esos monstruos de otro planeta que
consisten básicamente en una mancha que se expande más y más / y entonces según
pasan los minutos el sol ya no está aquí sino un poco más allá y luego más allá
y luego más allá y el asunto se nota porque de pronto la calle es un tubo de aire frío lleno de
balcones fríos y baldosas frías y sillas frías y orejas frías y corrientes
heladoras y es como si estuviéramos atrapados los cuatro en una placa de Petri
y algún hijo de puta bata blanca experimentara con nosotros sobre el límite
crítico de colapso multiorgánico a cierta edad / y pasan negros aerodinámicos llenos
de bolsas vendiendo calcetines con diferentes grados de tabarra verbal y pasan
también rodando bien cerca coches enormes casi siempre de color blanco y con un
solo pasajero dentro que siempre parece el mismo y que mira las terrazas el muy
cabrón como si deseara rociarlas con napalm en plan un día se me van a hinchar
los cojones y la voy a armar mientras de
la tienda de alquiler de bicicletas que hace esquina salen dos tías
fuertes y rubias tan en manga corta que solo pueden ser finlandesas que caminan
calle arriba dirección a la tienda de discos power records que es de las
últimas de su especie en pie porque todas las nuestras ya han muerto vellido quintana
serrano corte inglés galerías preciados donde escuchábamos de pie y en mostrador
circular con teléfonos auriculares uno en cada mano y un dependiente en el centro que iba
pinchando sin ningún interés y como ofendido por tener que estar haciendo lo
que hacía / y me revuelvo en la silla de plástico y aluminio del bar y cambio
de postura e inspiro fuerte por la nariz intentando agarrarme al instante
Kubrick a la calle en la que estoy al aquí y ahora como a tabla de náufrago o
risco saliente sobre el precipicio porque en realidad no estoy aquí y sé que es por un gesto de piper de hace nada
cuando aún nos quedaba un poco de sol de oro caliente y piper nos ha entregado
en mano como todos los años un cd recopilatorio cosecha propia y ha bastado solo
ese gesto de transacción escénica para que mi cabeza saliera disparada mil años
atrás
4
Portugalete, 1972. Dejo la tarea de química a medio hacer y salgo de
prisa de casa. Puerta, escaleras, la acera. El aire frío de febrero soplando en
la cara. Son las siete de la tarde, pero ya hace tiempo que se ha hecho de
noche. Viejos camiones grasientos desplazándose por la oscura carretera a
Santurce como elefantes agotados camino del cementerio de marfil. Fluorescentes
de baja intensidad bañando siluetas estáticas que esperan la vez en las tiendas
de ultramarinos con un capazo vacío en las manos. Sombras chinescas en las
ventanas. Bajar, bajar, bajar rápido toda la cuesta hasta el puente colgante.
Para flotar en la barquilla sobre el agua densa-densa chocolate. Al otro lado
ya espera Piper. Siempre nos sentamos en la piedra. Ahí mismo. Me entrega la nueva
casete grabada. Basf C90 Hierro. Impecable. Dejamos pasar tres o cuatro
puentes. Que vienen y van. Motos, coches, bicis, gente. Nos damos un
respiro. A nuestra bola. Esto y aquello.
Risas. Cada cinta siempre lleva dos álbumes completos. Uno por cada lado. Led
Zeppelin IV. Wings Wild Life. Badfinger. Guess Who, Ziggy Stardust… Mundos
enteros explosionando. El Big Bang de los sonidos. Pero siempre sobran minutos
para un relleno, canciones sueltas que completan el minutaje. La última siempre
acaba a tajo. Como debe ser. Se aprovecha hasta el último aliento grabable. Y
ahí siempre hay sorpresas. En el relleno. Delicatessen. Maravillas emergentes
de cosecha piperiana. Elliot Murphy. Mama Cass. Stealers Wheel. Grand Funk.
Caen las primeras gotas. Finas. Casi imperceptibles. Adiós. Nos vemos mañana.
En el colegio. Y ya estoy cruzando de nuevo la frontera entre dos mundos. Smic
/ Smac. Ánodo y cátodo. Sístole y diástole. Hacia la otra orilla. Sobre la ría,
otra vez, ahora escenario de un ballet de remolcadores terminando jornada.
Subir, subir, subir, remontar las cuestas bajo el eterno sirimiri. Comercios
cerrando. Estrépito de persianas tableteando como carracas al caer. Paraguas
brillando como focas. Bares desnudos con una única figura apoyada en la barra,
el chiquito en la mano, mirando hacia fuera sin ver. Llego a casa. Soy yo. Olor
a castañas asándose sobre la chapa de leña y carbón. Pelo húmedo y aun así
directo a la habitación que comparto con mi hermano. El cuaderno y el libro
siguen abiertos sobre la cama tal y como los dejé. Sodio, potasio, rubidio.
Saco la cinta del bolsillo y con un par de gestos hago que “Madman across the
water” comience a sonar. Y con las primeras notas del piano las paredes se
derrumban y el techo de la habitación salta por los aires.
5
Los
viernes por la tarde, un portero vestido como el recepcionista del Hotel Hilton
de Nueva York se cuadraba todo sonrisas ante cuatro mocosos a su llegada a la
Sala Jamaica de Portugalete. Había una razón de peso: entre ellos estaba el
hijo del jefe. La familia de Piper eran los propietarios de aquel palacio de
los sueños situado en el camino al campo de San Roque. El primero de los
grandes aciertos era el nombre: Jamaica, tres sílabas con sabor a las películas
de piratas que veíamos en las matinales de cine. Ni el reggae ni Marley ni la
hierba estaban aun ni remotamente en nuestro radar, así que Jamaica era una
luna roja brillando sobre el mar, la calavera y los huesos ondeando en el palo
mayor, garfios, patas de palo, mujeres salvajes con escotes vertiginosos soltando
una carcajada con los brazos en jarras y broncas multitudinarias en las tascas
del puerto. Jamaica, ¿a quién se le ocurriría llamarlo así? Y, ¿por qué?
Pensándolo ahora, no solo sería el portero, me imagino que allí habría más ojos
pendientes de que Piper se encontrara a gusto, que no le faltara de nada. Y por
añadidura, tampoco a los desgarramantas que le acompañaban. Intuyo manos
invisibles que despejaban discretamente nuestro rincón favorito (tal vez hasta
sacando de allí a empujones a algún incauto), veo camareros ajustándose con
premura el corbatín bajo el chaleco, erguidos como mariscales austrohúngaros a
nuestro paso, recuerdo refrescos servidos en vasos impolutos, abrillantados
hasta el desgaste y al disc jockey atento como un pointer a lo que nos hacía
mover el pie para incluirlo en el epígrafe “tema imprescindible-pinchar los
viernes” … Stones, Purple, Led Zep. ¿Qué más se podía pedir? De nuevo el
destino haciéndonos un regalo, los dioses sonriendo a nuestro paso, la fortuna arropándonos
con su manto de plata. Entre aquellas paredes íbamos a ver, tan cerca que
podíamos tocarlos, a los integrantes de grupos como Mezcla, Andrómeda o La
Quinta Reserva dejarse la piel en versiones salvajes de canciones insólitamente
“à la page”. Allí intercambiaríamos, hablando los cuatro al tiempo, nuestras desventuras
más recientes entre los muros del penal menesiano. Por allí empezaríamos a ver pulular
personajes que, por su aspecto y la música que les hacía vibrar, serían
nuestros futuros aliados. Y allí, extasiados por esa sensación de libertad
extrema que solo puede ofrecer la tarde de un viernes, con el ánimo
estratosférico de tener todo un fin de semana por delante, resulta que a la
mínima nos poníamos a bailar.
6
Siendo realistas, el término bailar les quedaba un tanto grande. Aunque,
por otro lado, a su favor hay que decir que lo daban todo. En las discotecas,
Los Cuatro pasaban de permanecer amodorrados en una mesa claramente periférica
del local a saltar al foso de un brinco y fregar la pista con el sudor de sus cuerpos
con tan solo sonar el primer acorde del “Highway Star” de Deep Purple. ¡Qué instinto
escénico! ¡Qué asombroso sentido del espectáculo! ¡En contadas ocasiones, antes
y después, la civilización occidental ha podido contemplar semejante despliegue
de gestualidad! Tocaban guitarras fantasmales, redoblaban baterías aéreas y sus
dedos recorrían teclados invisibles mientras cabeceaban ceñudos golpeando un
clavo imaginario con su frente. Con el tiempo, esa coreografía no dejaría nada
al azar: las sincronías eran perfectas y cada nota estaba en su sitio, pues la
canción la habían escuchado un millón de veces. Y si los dioses del sonido
tenían a bien que a Deep Purple le siguiera algo como el “Gerdundula” de Status
Quo, el cuarteto entraba en trance místico, perdiendo el poco control que les
quedaba, agitándose epilépticos bajo el influjo de misteriosas y terribles
descargas eléctricas, con los ojos en blanco como los no-muertos de las noches
de Haití.
7
los padres de Manu tenían una tienda de ropa y
novedades llamada coquet que recuerdo como un mundo aparte ordenado y acogedor
y con un olor mullido a lana y angora y tergal donde había que probarse jerseys
camisas nikis pantalones la madre siempre rápida y nerviosa y el padre siempre
grave y sonriente y hasta tímido en aquel espacio de mostrador doble con una
puerta que daba a un almacén que era un tetris de cajas de cartón de todos los
tamaños un lugar en el que me gustaba estar con cualquier excusa pero al que a
partir de cierto momento solo se iba si no había más remedio porque la norma y
el impulso natural eran escapar todo lo posible del radar de los padres pero
claro la tienda desapareció y ahora veo tanto tiempo después al pasar por allí
el local reencarnado en algo que se llama encurtidos sánchez donde venden un
montón de cosas metidas en tarros de cristal aceitunas chorizo queso pimentón
de la vera como extrañas formas de vida flotando en formol / porque el tiempo
cabrón ha ido demoliendo las cosas que nos acompañaban y ahora el Young´s es un
supermercado y el Jamaica también dos supermercados enormes en los que los
guardas jurado dimiten uno tras otro aterrorizados por ver en la noche a la luz
de sus linternas refulgentes ectoplasmas que se mueven entre los pasillos de
conservas galletas licores artículos de limpieza leche yogures flotando
concentrados en sí mismos los ectoplasmas ondeando sus luminosas transparencias
siempre al compás de con su blanca palidez de procol harum que es sin discusión
alguna una de las canciones más devastadoramente tristes que se han escrito
nunca nunca nunca y que ya en sí misma por sí sola y sin fantasmas por medio
justifica que el más bregado de los guardas arroje todo sobrepeso y salga por
patas de donde sea perdiendo el culo y sin mirar atrás
miércoles, 16 de marzo de 2022
JUKE BOX
Gotzon Bastida.
Solo mucho más tarde nos enteramos de que aquello era
una jukebox, para nosotros era una máquina de discos. Un robot prodigioso que
no tenía ningún problema en mostrarte a través del cristal cómo lo hacía: el
brazo desplazándose solemne hasta agarrar delicadamente el single seleccionado.
Una vez atrapado, su arrastre a trompicones hasta el punto de reproducción. Un
par de segundos más y la espiral girando ya a cuarenta y cinco revoluciones por
minuto. Y por fin, el sonido. Aquello era pura magia. Pero era caro. Por eso,
la máquina se pasaba muchísimo tiempo en silencio. Triste y sola, como el arpa
de Bécquer, hasta que un corazón partido no podía evitar gravitar en círculos y
caer en su órbita, rascarse el bolsillo, teclear la selección y al poco en el
aire explotaba una canción horrenda que convertía a todos los presentes en
víctimas de un sociópata sónico que ahí seguía aún, el muy cabrón, satisfecho y
ondulante, las dos manos apoyadas en los extremos del ingenio, los ojos
escudriñando de nuevo el listado de canciones para decidir cuál iba a ser su
próximo golpe, ajeno del todo a los puñales que llovían sobre su espalda . Pero
otras veces, ah, otras veces era bien distinto y una covacha triste habitada
por futbolines y niñatos con acné volcánico se iluminaba con una buena canción.
O un bar se sacudía la modorra. Y así, en el caprichoso mundo de mi memoria, en
la sala portugaluja de Desi sonará hasta el día del juicio final la maravillosa
“Nutbush City Limits” de Ike & Tina Turner; y en otra sala, posterior y
efímera, junto a la casa de mi amigo Flaki, será el Bangla Desh de Harrison; y
en una extraña sala de Las Arenas hundida en el subsuelo rebotarán eternamente
entre sus bajísimos techos los acordes del “Communication Breakdown” de Led
Zeppelin, y en un bar frío y desapasionado que hacía esquina en la plaza de
Santurce será el “Rock and roll” en dos partes de Gary Glitter, y…
lunes, 31 de enero de 2022
Canciones sobre la bocina (Gotzon Bastida)
Autos de choque. Fichas redondas, amarillas y sucias. Si compras cinco te damos seis. Siempre hay un coche más rápido que los demás. Violento e inalcanzable. Todo el mundo sabe que es el 9 Rojo. Suena la bocina que marca el final del viaje y de los cuatro lados del rectángulo salta gente que corre hacia él, tropezando entre sí, metiéndose los codos, brincando entre el resto de los coches que aún continúan rodando por pura inercia. Carreras en vano, pues el 9 Rojo no queda libre por ahora. Disfrutando del momento, su ocupante alarga el brazo para introducir una nueva ficha en la ranura que, tras una resistencia inicial, el mecanismo absorbe con la avidez de un agujero negro. Nuevo bocinazo y todo se vuelve a poner en marcha. Otra vez el sonido de las ruedas deslizándose sobre las placas de acero, las chispas surgiendo del roce de las escobillas con la red electrificada que hace de techo, los prohibidos choques frontales que llegan a elevar al aire las ruedas traseras de los coches para luego derrumbarse rebotando sobre el metal. Y siempre un empleado cetrino, fibroso y patilludo de edad difusa, con un número tatuado en el antebrazo y mil llaves colgando de una hebilla del ceñido pantalón que va saltando de auto a auto con gesto displicente y aires de bailarín ruso, un Marlboro humeante en una mano, la otra aferrándose a la vara trasera del coche, la mirada abismándose desde lo alto hasta lo más profundo del escote de las dos incautas adolescentes al volante que han venido a caer en su tela de araña… Y mezclándose con todo esto, envolviéndolo en una burbuja de ritmo que lo aísla del resto del mundo: la música. Una tras otra, canciones vomitadas por unos gigantescos bafles baqueteados en mil ferias, llenos de cicatrices, de aspecto oscuro y grasiento, como si hubieran sido forjados entre las llamas del infierno y luego arrastrados con cadenas hasta el exterior. Atronando ahora con “El Jardín Prohibido” de Sandro Giacobbe y luego con “La fiesta de Blas” de Fórmula V y más tarde con el “Goodbye T´Jane” de Slade, sumando trallazo tras trallazo hasta dejar bien claro que aquí, en los autos, al pan, pan y al vino; sin hostias, ni postureos. Solo música directa al estómago. Baja en grasas y sin edulcorantes. Desnuda e inmortal.
martes, 11 de enero de 2022
URóBORO (Gotzon Bastida)
Un
insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha verde en
forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge ante él.
Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros chalés con
su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto. Durante un
instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto lo
hubiera vivido antes no una sino mil veces: el insecto, esa señal de tráfico
vibrando por el viento, aquella sombra de un columpio proyectándose monstruosa sobre
una fachada, el silbido lejano de un cohete, todo. Tras unos segundos, la
sensación se desvanece. Y su alma regresa al coche.
Es Nochebuena, y en el interior de las casas burbujea la vida mientras
los hornos jadean como ciclistas y las chimeneas arrojan humo a un mundo
repleto de villancicos, estrellas fugaces, campanas hechas de papel dorado,
rebrotes sicóticos, hojas de acebo, renos sonrientes, bajones anímicos, trineos
voladores, dulces carcajadas y sabe Dios cuántas cosas más. Su casa es una de las últimas del grupo, pero
cuando llega a su altura, por primera vez en siete años, no se detiene. Al
pasar, ha visto fugazmente la figura de su mujer sentada en la cocina. Se dice para
sí que dará media vuelta un poco más adelante, que tan solo necesita un pequeño
respiro, algún minuto más, aclarar las ideas a pesar de que lleva todo el día
planeando ese momento, conteniendo la rabia, ensayando cada una de las palabras
que quiere decirle. Sin embargo, continúa
rodando más y más hasta que la carretera vuelve a ascender dejando atrás el
valle, las luces, las casas.
La autovía
de la costa serpentea entre una empinada ladera a un lado y el océano al otro.
La noche es despejada y no hay circulación. Hay colgada media luna de color lima
allí arriba. Su brillo dulzón se desploma sobre el mar y le arranca destellos que
danzan como dibujos de Disney. Baja la ventanilla un par de dedos y con el aire
le llega un olor a salitre y pescado podrido. Es consciente de que cada minuto
que pasa se acerca más al punto de no retorno. En el asiento de al lado deja
que el móvil vibre. Y con cada uno de sus zumbidos, le llega una pregunta:
¿dónde estás, amor?, ¿pasa algo?, ¿estás bien?, hasta que finalmente el
teléfono queda en silencio y algo esférico y velludo se revuelve en su estómago.
Se detiene bruscamente y consigue abrir la puerta justo a tiempo para
inclinarse y arrojar un vómito oscuro y violento para sobresalto de lunas
afrutadas, océanos traidores y una araña cebra que, maldita casualidad,
dormitaba en su tela ajena a todo y soñando con moscas grandes como sandías.
Algo
más adelante gira a la izquierda, toma una vieja carretera comarcal en
dirección a las montañas y consigue por fin dejar el océano a sus espaldas. De
vez en cuando unas luces delatan alguna casa de campo muy a lo lejos. Le vienen
imágenes de mesas atiborradas, niños furiosos y perros moviendo la cola. Cosas
así. Ha apagado el móvil y lo ha tirado al asiento de atrás. No quiere verlo.
El aire que ahora entra por la ventana huele a estiércol y de vez en cuando se
oye el canto ronco de un pájaro oculto en algún sitio.
Tres
kilómetros más. ¿Qué está haciendo? El reloj marca la medianoche y ella estará pasándolo
mal de verdad. Habrá llamado a todos los amigos comunes, a los compañeros de
trabajo, estará pensando ya en accidentes y hospitales. Le da igual. Quiere
castigarla, destrozarla, hundirla del todo. Por cosas que él sabe y hubiera
preferido no saber nunca. La carretera parece atravesar ahora un bosque. Hay
gruesos árboles y una densa vegetación a los lados. Estira el brazo y palpa el
asiento de atrás hasta dar de nuevo con el móvil. El coche zigzaguea
peligrosamente en la noche invadiendo el carril contrario varias veces, aunque sin
nadie a quien alarmar pues a esas horas la circulación es nula y el mundo
parece vacío. Conecta, saltan llamadas y mensajes perdidos a los que no hace
ningún caso. Reduce algo la velocidad para escribir el mensaje: “Estoy bien.
Necesito pensar. Pocas ganas de sentarme contigo a cenar esta noche, la verdad.
¿Te imaginas por qué?”. Lo relee, duda unos segundos, pero finalmente lo envía
así, frío como la hoja de un cuchillo. Aunque, ¿y si se está equivocando?, ¿y
si todo tiene una explicación? Tiene ante sí una recta inmensa y acelera algo
más mientras busca la foto en el móvil. No sabe quién la ha enviado, pero le da
igual. La encuentra y la pone ante sí, apoyándola en la parte alta del volante.
Ahí están las miradas de caramelo, la de su mujer, la del otro, los labios
rozándose, la mano del desconocido apartando un mechón de pelo de la frente de
ella, todo despidiendo un aire de complicidad tan intenso como él no ha
conocido nunca, todo tan clásico, tan humillante, tan de folletín barato…Siente
de nuevo la náusea, el dolor, el desgarro, pero también la duda. Una duda
enorme y fatal. ¿Y si todo es una paranoia?
¿Y si está siendo víctima de una broma siniestra? Tiene que dar media
vuelta ahora mismo, tiene que volver y preguntarle y escucharla, tal vez haya una
explicación para todo esto y si la hay quiere conocerla, de viva voz, mirándose
a los ojos, aunque sea lo último que haga en la vida…
Levanta la vista de la foto justo para ver
durante un segundo el ciervo parado en el centro de la carretera, iluminado por
los conos de luz del automóvil. Un frenazo y un volantazo instintivos hacen que
el coche empiece a girar sobre sí mismo en dirección a los árboles. Dentro del vehículo el tiempo parece
transcurrir con una lentitud imposible. La noche y el mundo giran en torno a él
en medio de un feroz estrépito de metal y cristales. Y a pesar de todo, a pesar
de lo que está viviendo, de su contundencia física, de sentir la muerte tan
cerca, su mente no se mueve un milímetro de una idea central: por favor, por
favor, así no, es nochebuena, la noche de la bondad, la noche en que los deseos
se cumplen…Y él no quiere morir sin saber la verdad, ese es su gran deseo y lo
siente con una intensidad tan brutal que en el mismo instante en que el coche
se estrella contra los árboles y todo se hace pedazos…
Un insecto del tamaño de un puño golpea el parabrisas dejando una mancha
verde en forma de Z al tiempo que la urbanización en todo su esplendor surge
ante él. Reduce la velocidad y desciende suavemente hasta alcanzar los primeros
chalés con su exhibición de luces navideñas y jardines de césped perfecto.
Durante un instante le invade una sensación intensa de déjà vu, como si todo esto
lo hubiera vivido antes no una sino mil veces.
sábado, 4 de diciembre de 2021
TARA
Un cuento de Gotzon Bastida.
Estábamos a mediados de la década de los ochenta,
todos teníamos alrededor de veinticinco años y nos movíamos por la vida con la actitud
demente de los electrones en el alma de un átomo, trazando trayectorias imprevisibles
y chocando unos con otros sin cesar. Era un tiempo aquél en que en nuestras
cabezas anidaban pájaros de todas las formas y colores cuyos constantes
graznidos y agitar de alas nos resultaba imposible calmar. Estábamos bastante
locos y, literalmente, todos ardíamos por dentro, y algunos también por fuera. Baste
como muestra este botón.
El día del que os voy a hablar era uno del mes de junio, atardecía y el
cielo tenía el color cereza propio de una prolongada ola de calor. Como todos
los sábados, habíamos bebido unas cervezas, fumado unos cuantos porros, hablado
por los codos, reído hasta torturar cada hueso del esqueleto y ahora el grupo,
reunido junto a la imponente y destartalada fachada colonial del viejo hotel,
estaba impaciente por aprobar un plan de acción para la noche. Intentábamos
llegar a un acuerdo en una asamblea improvisada junto a la ría, nuestra entrañable,
querida, repulsiva, odiada ría, como siempre pastosa, oscura y ancestral, por
la que en ese momento se desplazaba hacia mar abierto un ruinoso mercante con
bandera noruega desde cuya cubierta un puñado de marineros con el pecho al aire
o, como mucho, en camiseta de tirantes, saludaban agitando los brazos sin que
nadie desde los semi desiertos paseos de las orillas les respondiera. Tampoco
es que lo hicieran con mucho entusiasmo, saludar, los del barco. Tenían el
aspecto de actores abatidos o de reos cumpliendo condenas injustas. ¡Y siempre tan
asombrosamente escasos! Me parecía prodigioso que monstruos flotantes como
aquél fueran manejados por tan pocas manos, ¿o es que la mayoría se escondían a
la vista atrapados entre émbolos grasientos y cilindros verticales en la ruidosa
tripa del monstruo, siempre llena de nubes de vapor oscuro y al borde de una
explosión por sobrecalentamiento? Lo dudaba. No me imaginaba ni uno solo de
ellos que no estuviera en esos momentos en cubierta, atemperando la resaca y disfrutando
de los últimos minutos con tierra a la vista, retrasando todo lo posible el momento
de volver a mirarse a los ojos en medio de un desierto de agua, contando con
ansiedad los días hasta llegar a un nuevo puerto. Un poco más allá, la
barquilla del Puente Colgante se aburría sin apenas vehículos ni pasajeros,
detenida en uno de los lados a la espera de que pasara el barco. Todo sucedía a
un ritmo lento, tan lento como un Perezoso trepando a un árbol, como la espera
de una cita importante, como cada anochecer de aquel recién inaugurado verano
al que todos parecíamos llegar con un exceso de revoluciones en el motor
interno. Tal vez porque nos hallábamos justo en el epicentro de un mundo a
punto de desaparecer, y había algo dentro de cada uno de nosotros – un olfato
primitivo, alguna oficina del cerebro reptiliano iluminada y con vistas a la
calle- que de algún modo se daba cuenta y presentía lo que se nos venía encima.
Por ejemplo, y mirando tan solo a nuestro alrededor, faltaba muy poco para que una
mano negra hiciera que ese hotel que teníamos al lado, que constituía nuestro
lugar de encuentro y en el que tantas horas pasábamos, ardiera hasta los
cimientos y llamas gigantescas redujeran a cenizas aquellas paredes de techos
altísimos donde se mezclaban las señoras de chocolate y churros con los grumos
de yonkis pandémicos de cucharilla y rodaja de limón, todos ellos reconociéndose
mutuamente por ser del pueblo de toda la vida: hijos pródigos, vecinas
cotillas, niñas bien echadas a perder, jubilados espía, garbanzos negros,
lectoras de misal, todos y todas entrechocando miradas de lástima y desafío
cada tarde a de seis a nueve, ignorando lo poco que faltaba para que cayeran fulminados
uno tras otro por aquel fuego injusto y violento que también iba a acabar con
las leyendas de locura y crimen que habitaban las tenebrosas habitaciones encriptadas
del segundo piso, ese mismo e idéntico fuego que devoraría el gran salón de baile
de grandes espejos verticales que tanto me recordaba al del último tango de
María Schneider y Marlon Brando… Todo aquello sería lamido a lo largo de casi
un día por gigantescas lenguas de fuego entre columnas de humo negro y el
crepitar rítmico de maderas y cristales. Y luego, nada, silencio y olvido, todo
aquel friso histórico, aquel maravilloso fragmento de la comedia humana, reconvertido
en un solar triste y vacío sobre el que ya volaban los buitres de siempre con
las tablas de la ley comercial en el pico. Y en todos lados lo mismo. Rayos y
más rayos cayendo aquí y allá, sin control. Los bancos de piedra del paseo, en
los que nos apoyábamos esa noche de la que os quiero hablar, darían paso a aburridas
verjas metálicas con el escudo del ayuntamiento como adorno estrella. El buque
noruego que aquella noche ya empezaba a dejar atrás la protección de los diques
de El Abra, sería muy pronto despedazado obscenamente en una playa de
Bangladesh por un ejército de hormigas de aspecto humano y su cuerpo convertido
en lonchas de acero reabsorbidas por la industria militar. A los heroinómanos, perseguidos
con antorchas campo a través, expulsados a la más cruda de las intemperies y ya
convertidos en sacos de huesos, el tornado del SIDA los fue rastreando y
absorbiendo uno por uno, elevándoles en el aire girando sobre sí mismos como
derviches hasta hacerles desaparecer entre las nubes. Y también las gigantescas
toberas y cápsulas cilíndricas de humareda constante de los altos hornos que iluminaban
de un rojo apocalíptico y cegador nuestro cielo al compás de las coladas, también
ellas serían borradas del horizonte, junto a todas las formas de vida adheridas
como mejillones a su carcasa: proletarias ceremonias sagradas y festivos rituales
de cosecha cuya existencia dependía del latido constante de aquél gigantesco músculo
central. Y así podría seguir con más y más ejemplos. Obviamente, se avecinaba
un giro en el guion. Por todos los lados, a nuestro alrededor, refulgían mil
señales y sonaban largas trompetas. Una vez más, la historia tocaba a rebato. El
mundo analógico iba a ser enterrado junto a nuestra alegre juventud. Y todo iba
a suceder a una velocidad pasmosa.
Pero
antes de que aquel alud se nos viniera encima, en el inicio de aquella noche centelleante
y hormonal, alguien propuso dejarnos caer por una fiesta que un tal Toñín
celebraba en un piso de Baraca. Era una opción interesante. Desde muchos puntos
de vista. Incluido el empresarial. Porque llevábamos camello incorporado: uno
de nosotros se ganaba la vida pasando hachís y en la fiesta iba a tener
clientela asegurada. Y eso significaba que el grupo lo celebraría fumando
gratis y a destajo el resto de la noche. Grandes noticias. Así que debate
concluido. La decisión estaba tomada. Para allá que íbamos a ir. En marcha,
pues. Las cosas eran así por aquel entonces. Y todo funcionaba a las mil maravillas.
Incluso sin móviles ni internet, o precisamente debido a eso. Nos dividimos en
dos coches y cuatro de nosotros seguimos a Eme hasta su Renault 4 con una idea
muy vaga de cuál era la dirección exacta a la que nos debíamos dirigir. Esos
detalles no eran importantes en absoluto. La clave era moverse con decisión. De
una forma u otra siempre se acababa llegando. ¿Cómo? Pues, en general, de pura
chiripa. De aquellos días conservo el gusto por el caos como el mejor de los sistemas
para poner en orden lo que haga falta. Además, con el caos, suceden cosas. Muchas
de ellas completamente imprevistas, y siempre de lo más edificantes.
Ya
estábamos dentro del coche y con el motor en marcha cuando alguien golpeó desde
fuera el cristal de la ventanilla de Eme.
-
¿Adónde vais?
Nina
era una chica del pueblo. No solía andar con nosotros, su órbita era diferente,
pero había algo en el pasado que la relacionaba con Eme y no era del todo
extraño que algún que otro día se nos juntara en el tramo de una o dos
cervezas. Llevaba rapados ambos lados de la cabeza y una gruesa mata de pelo a
franjas grises y negras le iba desde la frente a la nuca dando la sensación de
que llevaba un mapache dormido en la parte alta del cráneo. Por lo demás, su
indumentaria habitual consistía en la superposición de mil trapos negros y
granates estudiadamente armónicos y algunos accesorios pesadamente metálicos
aquí y allá. Un aspecto que el paso del tiempo iba a normalizar, pero que en la
época de la que estamos hablando resultaba aun de lo más llamativo, más allá de
la portada de algunos discos.
- ¿Nos
lleváis? – dijo señalando con un movimiento de cabeza a alguien que tenía
detrás.
Desde mi posición, en lo que en cine se llama
un plano contrapicado, ví el perfil de Tara allí fuera y sentí que la noche
daba un salto cuántico en intensidad. Como si de pronto mi estómago hubiera
entrado en el hiperespacio. Tara no era de Portu, vivía en Algorta, se movía
con gente muy diversa y no era fácil de ver. Había coincidido con ella alguna
que otra vez y había algo en ella que me gustaba, me gustaba a rabiar. Nuestro
último encuentro había sido algo así como un mes atrás, en el bar del velódromo
de Anoeta. En medio de un concierto, el azar nos había hecho coincidir codo con
codo en la barra en busca de cervezas para nuestros respectivos grupos. Nos
saludamos muy de cerca y todo entre los dos fluyó a las mil maravillas. Una
sólida burbuja de cristal pareció envolvernos aislándonos de todo y de todos hasta
que de pronto una avalancha de gente surgió de la nada y se abalanzó sobre
nosotros. La actuación en sí parecía haber concluido, aunque, como siempre, del
interior del pabellón llegaba un rugido de silbidos y aplausos y se solicitaba
a gritos un bis que ya no nos podríamos perder. Así que nos despedimos con
besos en las mejillas, agarramos las cervezas recalentadas y nos apresuramos a reencontrarnos
con Iggy Pop en la olla. Claro que esa había sido mi percepción del encuentro,
pero ¿habría sido también la suya? ¿Y si no era así? Me prometí a mí mismo
conocer la respuesta esa misma noche.
En el coche nos embutimos como buenamente pudimos.
Ambas invitadas de última hora tendrían que ir a la fuerza sentadas sobre las
rodillas de alguien. Y los dioses me
sonrieron ya que Nina corrió a sentarse en la parte delantera, mientras que el
bendito azar y la necesidad de equilibrar pesos hizo que Tara se sentara en mis
rodillas, en el asiento trasero, justo detrás de Eme, que iba al volante. Todo
era ilegal a más no poder: sumábamos siete en un coche de cinco, cargábamos un
buen montón de posturas de hachís ya cortadas y envueltas en papel de plata
para la venta, algunos bolsillos escondían papelinas de speed y al menos, que
yo supiera, dos de allí dentro contaban con algún tipo de antecedentes… ¿Veíamos
algún problema en todo eso? ¿Tenía alguien algún tipo de preocupación? Para
nada. Ni se nos pasaba por la cabeza. Y eso que corrían los años del plomo y
abundaban los controles y la presión policial. Pero muchos parecíamos vivir inconscientemente
en un planeta aparte. Distinto y muy lejano. No había nada en nosotros de lo
que al parecer se ha convertido en la versión única y oficial de lo que fue la
juventud vasca de los ochenta. El euskera, ETA, la militancia de algún tipo, la
construcción de gaztetxes, Oskorri, el llamado rock radical o la lucha por la
liberación de un país o de cualquier otra cosa sencillamente no estaban. Y,
como mucho, cuando algo muy gordo sucedía en alguno de esos mundos, en el
nuestro se vivía un ligerísimo movimiento sísmico, algo así como un imperceptible ruidillo de fondo en los
confines del imperio. Es más, y os juro que esto es cierto, éramos quince o así
en el núcleo, cada uno de su padre y de su madre y nada fans -que conste- del
ballet clásico o el macramé y sin embargo…¡el Athletic tampoco existía! No
recuerdo una sola conversación sobre el club sagrado, y mucho menos que alguno
de sus partidos, por importante que fuera, entorpeciera ninguno de nuestros
planes. Y digo todo esto sin orgullo ni vergüenza, o sea, sin ningún tipo de
connotación moral. ¿Qué nos pasaba? ¿No éramos vascos? ¿No éramos humanos?
¿Habíamos sido depositados en la margen izquierda desde la Galaxia Andrómeda
con una memoria implantada? Estas preguntas me las hago ahora, ya entrado el siglo
XXI. Por aquel entonces a ninguno de nosotros se nos hubieran pasado por la
cabeza. ¿Quién nos iba a decir que con el tiempo nos volveríamos invisibles?
Como les sucedía a aquellos que molestaban a Stalin y se les hacía desaparecer
de las fotos oficiales, nosotros también miramos hoy las fotos de aquella época
y no nos encontramos, les damos la vuelta, las giramos y nada. Nos miramos
entonces con ojos alucinados y nos decimos unos a otros: “Joder, en esta
salíamos, estoy seguro de cojones, ¡nos han borrao, ostia!”.
Así que, como iba diciendo, en
aquel remoto día de aquellos tiempos extraños, el coche se pone mansamente en
marcha, con cuidado para no destrozar algo en los bajos al salir de la zona de
aparcamiento. Dentro, un conseguido collage de cuerpos en contorsión, un mecano
de ensamblajes, un magistral aprovechamiento de espacios gracias a una
combinación de geometrías óseas y flexibles líneas de fuga. Las nucas de Nina y
Tara van pegadas al techo y sus cabezas dobladas en un ángulo de casi noventa
grados. Llevo mi sien pegada al cristal de la ventanilla. Tara ha saludado al
entrar con un hola colectivo y luego ha habido otro más íntimo dirigido a mí. Bien,
bien, bien: buena señal. Su voz es húmeda y algo ronca, como si la corteza de
un árbol te susurrara al oído. Viste una camiseta negra de manga corta con un
dibujo en el pecho que no he podido ver bien y una falda larga de una tela
suave y brillante y muy fina con flores de muchos colores y una apertura
lateral que no sé por qué me evoca a Shangai. Tiene el pelo castaño y largo y
huele a vainilla o nata o algo por el estilo. En cada curva, por leve que sea, siento
partes nuevas de su cuerpo entrando en contacto con el mío. En medio de un
follón ambiental considerable que habla de todo y nada, remontamos las inclinadas
pendientes del pueblo y al poco ya estamos rodando a una velocidad considerable
por la carretera de la margen izquierda del Nervión camino a Baracaldo con el
“Scary Monsters” de Bowie tronando en los altavoces. En el exterior, se ha echado la noche y las
taciturnas farolas de Sestao se inclinan a nuestro paso haciéndonos un pasillo
triunfal mientras sus dardos de luz amarillenta escanean el interior del coche
con el ritmo fijo de un metrónomo. Bowie acaba una y arranca con otra en medio
de una explosión de risas por algo que no he captado. El cuerpo de Tara deja de
luchar contra la energía cinética, los planos inclinados y los cambios de
marcha y se relaja sobre el mío. Y de pronto lo siento, panorámico y global. ¿Sabéis
lo que es danzar con las estrellas? ¿Y que la expresión “escuchar violines en
el corazón” no suene increíblemente a horterada? ¿Conocéis la sensación rotunda
de estar viviendo un momento perfecto, salvajemente físico e inmortal? ¿De
tener toda la vida por delante y que esa vida te pertenece por entero y que es –
y va a seguir siendo hasta el día de tu muerte, seguro, seguro, seguro- fosforescente,
rítmica, cálida y vibrante al tiempo? Momentos así existen, lo sabéis, ¿verdad?
Ahí tenéis uno. No tienen nada que ver con la voluntad de los dioses, ni
dependen del alineamiento de ningún astro, ni están escritos en las líneas de
la mano, no, qué va, pero al mismo tiempo tampoco son el resultado exclusivo de
tu voluntad, hace falta algo más, y ese algo más es siempre extraño e inasible,
¿no os parece?, todo un enigma, el reflejo de una cosa tan grande y compleja
que la simple exposición a uno de sus destellos puede hacerte estallar la
cabeza. Dentro de ese coche, recorriendo aquella carretera única esa noche de principios
de verano, yo vivía uno de esos momentos, creedme, uno de esos esplendorosos instantes
en los que la vida aúlla salvaje y tú te estremeces por dentro y por fuera.
-¡¡Ostia!!
El
frenazo nos impulsa con violencia a todos primero hacia delante y luego hacia
atrás. Había agarrado de la cintura a Tara por puro instinto protector y luego
el retroceso la había mandado con fuerza de nuevo sobre mí. El coche se ha detenido
en seco. Eme baja a cero el volumen de la música y se hace un silencio total.
Todos estamos mudos de asombro ante lo que tenemos delante. Sencillamente, no puede
ser real. Tenemos que estar soñando. Y sin embargo está ahí, en el centro de la
carretera, a apenas dos metros, frontal, bajo la luna amarilla y redonda. Como
arrancado de una página mitológica, iluminado implacablemente por los focos del
automóvil, el tigre ruge con suavidad y eso basta para que la tierra parezca
temblar alrededor. Avanza un paso y nos clava una mirada profunda, serena, a
todos y cada uno de los que allí estamos conteniendo la respiración, con ojos
que parecen piedras preciosas con mil brillos que explosionan en otros mil y,
en su interior, el reflejo claro y preciso de un mundo donde el tiempo no
cuenta y el instinto lo es todo. La imagen nos abruma a todos y es de una
belleza tal que el universo detiene su expansión para observarla a gusto y guardarla
en su memoria. Eso dura un instante descomunal. Y de pronto hay sirenas y luces
azules a lo lejos desplazándose en nuestra dirección que rompen el hechizo. Como
si volviéramos de un viaje astral, tomamos de nuevo posesión de nuestros
cuerpos al tiempo que el tigre se agita y desaparece de dos saltos perfectos
rumbo a los tenebrosos pabellones de Altos Hornos. Dentro del coche, todavía en
silencio, Tara gira su rostro hacia mí y en la penumbra dorada de ese interior
nuestras miradas se cruzan a lo largo de cinco segundos eternos.
Y
en el sexto, justo después de esa eternidad, nuestros alientos se funden.


